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Nota biográfica sobre el caso Dora01/12/2006- Por Raúl Portas Esquivel - Realizar Consulta

El historial de Dora ha servido para mucho a lo largo de los años: se han valido de él los psicoanalistas para estudiar la histeria; algunos, antes y ahora, lo utilizan para denostar a Freud, las feministas se sirven de él para alegar el sometimiento de la mujer; psicólogos sociales resaltan su condición de adolescente atrapada en una familia disfuncional; su judaísmo es señalado por estudiosos culturalistas en la evolución de sus síntomas y del psicoanálisis en general; se valen de ella los historiadores para acreditar la doble moralidad de la época victoriana. Un caso clínico, como un tratamiento, es una ficción con efectos de verdad, pero no el relato de una vida; sino el de la lógica con la que el analista ha entendido y operado sobre el discurso del paciente. La vida de Dora no fue extraordinaria, como no lo es la de la mayoría. No pudo escapar ni a la neurosis ni a la historia de su época.
Casi cincuenta años después, y un poco más al Oeste, en Viena, sucedía otro fracaso de capital importancia para todos nosotros. Dora abandonaba el consultorio del Profesor Sigmund Freud, aniquilando "de manera inopinada las expectativas de feliz culminación de la cura, en el momento en que estas se encontraban en su apogeo", en lo que Freud califica de un inequívoco acto de venganza.
Estas dos situaciones podrían tomarse como oraculares advertencias sobre lo que le ocurre a quien se entromete con la histeria: la desilusión, la sorpresiva cachetada; pero también dejan entrever la ocasión de una promesa para quien persevera. Los de Dora y La Traviata son fracasos, pero conjugados al trabajo del derrotado podrían merecer el título parafraseado de "Las que hacen triunfar al fracasar”.
Este trabajo se modificó antes de comenzar a escribirse. En su primera versión se supuso dirigido a hacer un caso clínico de Violeta Valery (la "pérdida" que da título a la ópera), en contrapunto con Dora. Elementos para ello hay en el texto de la obra: el papel del padre es central en ambos casos, la tos pertinaz, el sacrificio en el altar de la otra mujer, en la ópera llamada "la joven si bella y pura". Pero al poco de andar tomó otra vertiente, motivada por el encuentro con una frase de Freud en Psicopatología de la vida cotidiana, en la cual da algunas de las razones por las que eligió el nombre de Dora para escribir su historial. Allí Freud se lamenta en nombre de la "pobre gente que no puede preservar ni su nombre". Así Violeta Valery en La Traviata se llama Marguerite Gautier en La Dama de las Camelias la novela de Alejandro Dumas (h), en la que se basa el libreto, pero cuando el escritor la frecuentó en los salones de París ella era conocida como Marie Duplessis, nombre con el que suponía enaltecer el de su nacimiento, un módico Alphonsine Plessis.
Dejándome seducir entonces por el canto de sirena de la "piccolla donna" en supuestos apuros, me intrigó conocer el nombre y la biografía de Dora. Comparto, con ustedes. por fin, ese prometido fracaso.
Con menos instancias de mediación que nuestra Violeta, diremos que el nombre de Dora era Ida Bauer. Esta muchacha judía había nacido en Bergasse 32, la misma cuadra en la que estaban el consultorio y casa de Freud, aunque ella ya no vivía allí en la época de su consulta. Su padre Philipp Bauer fue un próspero industrial textil. Freud lo alaba en el historial clínico, "la persona dominante tanto por su inteligencia como por sus rasgos de carácter… de vivacidad y dotes nada comunes”, pero percibe al mismo tiempo que “… era esa clase de hombre que se las ingenia para eludir un conflicto falseando su juicio sobre una de las alternativas opuestas.” Philipp Bauer había conocido a Freud a instancias de su amigo, el Sr. K. (de quien digamos de paso que se llamaba Hans Zellenka). Se presentó a consulta con un cuadro de "confusión, manifestaciones de parálisis y ligeras perturbaciones psíquicas" debidas a la sífilis”. Un hombre tan potente como impotente, que había cedido el control de su casa a la manía de limpieza de su esposa, y cuya enfermedad había obligado a la mudanza de toda la familia a la localidad montañosa donde conocieron a la familia K. Este hombre, lógicamente, no creyó en la carta de suicidio de su hija, dado que ya había él mismo alegado una gran desazón y el consiguiente intento de suicidio al ser sorprendido con su amante en el bosque. Philipp lleva a su hija a la consulta, entonces, para reestablecer el orden que tan inconvenientemente esta había modificado. Ambos eran hábiles jugadores de mentiras sociales, pero Dora había decidido apartarse del vals. En algunos textos psicoanalíticos se aventura la hipótesis de una personalidad melancólica. Hacia el final de su vida a menudo parecía estar loco, según los dichos posteriores de Dora.
La madre de Dora, Katharina Gerber, provenía de una familia campesina. Se casó a los 17 años y a los 20 ya era madre de Otto, y de Ida. Comúnmente viajaba con sus hijos a visitar el pueblo de donde era originaria su familia. Cuando el padre de Dora enfermó de tuberculosis y se retiraron a vivir al pueblo de montaña, este contacto con su familia de origen se interrumpió. Katharina extrañaba y lamentaba la pérdida de este soporte. Sufría de gonorrea, lo que motivó frecuentes curas en establecimientos termales, para limpiarse, a las que su hija la acompañaba. Murió en 1912, y su esposo la sobrevivió menos de un año.
El prólogo mismo del historial de Dora incluye una nota el pie que nos indica dónde ir a buscar más información sobre su vida. Este trabajo se basa principalmente en esa referencia a Felix Deustch, quien escribe en 1957 sus dos entrevistas a Ida Bauer ocurridas en el año 1922, y en el libro de Ana Decker Freud, Dora y Viena en 1900.
Felix Deustch es llevado por un otorrinolaringólogo (otra vez...) para entrevistar a una nerviosa Ida Bauer en su propio lecho. Ida sufre del “Síndrome de Meniere” que consistente en mareos, insomnio y ruidos en el oído. Estaba casada con un hombre que se retiró del cuarto inmediatamente cuando entraron los dos médicos y, agrega Deustch "no volvió". Ida se queja de que los hombres "son egoístas y pedigüeños", aplicándole reproches similares que los que utilizara con su padre, no mucho parece haberse modificado. Expresa la convicción de que su esposo le ha sido infiel. Nos enteramos de que su vida amorosa resulto frustrante. La paciente se declaraba frígida. No concebía la idea de un segundo embarazo porque no podría resistir los dolores del parto. Sentía asco por la vida marital y sufría de fuertes dolores premenstruales y un fuerte rechazo por su flujo vaginal. De hecho, se sometió a varias operaciones ginecológicas menores para aliviar su flujo vaginal. Cuando reprocha a su padre haber tenido un asunto con una mujer casada, cuyo esposo le hizo a su vez a ella proposiciones contrarias al decoro, y le pregunta a Deustch si éste conoció al Dr. Freud; él reconoció en ella la voluntad de confesarse como el caso Dora, cosa que realizó sin hacerse rogar y con gran orgullo.
Sigue Ida Bauer con sus quejas: su hijo también ahora la abandona, saliendo por la noche hasta tarde y más interesado en las mujeres que en proseguir sus estudios. Ella, por supuesto, lo esperaba escuchando ansiosamente. Cuando la intervención de Deustch conecta el síndrome con su hijo, ella pareció aceptarla, callada -diremos como había dicho Freud "que era su forma de afirmar en aquel momento"- y los síntomas cedieron.
Solamente su hermano no es víctima de los reproches. Ida lo tiene en muy alta estima, al punto de justificar su tenaz hábito de fumar en el hecho de que el hermano también lo padece; de un modo similar a como veintidos años antes justificara sus enfermedades contagiosas, tales como la masturbación. Este hermano, Otto Bauer, de quien Ida habla con orgullo, y al que admiró durante toda su vida, fue líder del Partido Socialista austríaco, llegando durante un breve período de entreguerras a ocupar un ministerio. Debió refugiarse en Paris cuando la anexión de Austria por Alemania. Fue enterrado en Francia con honores, mientras su hermana trataba de escaparse de
Quien adquiere mayor relevancia en esta historia es la madre de Dora. Ida relata lo infeliz que fue de niña debido a la compulsión a la limpieza de la madre, de su obsesión por lavarse y de su falta de afecto por ella. El único interés de la madre era su propia constipación. Ida Bauer también sufría de constipación, no podía limpiar sus intestinos y murió de cáncer de colón, que tardó en identificarse porque los síntomas a ella no le llamaban la atención.
Habían viajado a Estados Unidos escapando de la guerra. Allí su hijo se convirtió en un importante músico en varias compañías de ópera, de quien ella se aferró "con los mismos reproches y exigencias que había hecho a su esposo", quien había muerto en 1932 de una enfermedad cardiaca, torturado por la actitud paranoide de ella. Deustch cierra su comentario sobre él diciendo que "prefirió morirse a divorciarse" y "solo con un hombre así podía (ella) estar casada." Tal como Freud le hace decir en el historial a Dora “puesto que los hombres son detestables prefiero no casarme. Es mi venganza”
Luego de la muerte de su esposo, Ida comenzó a sufrir palpitaciones cardíacas frente a las que reaccionaba con ansiedad y temor de morir. Con esta dolencia mantenía a los que la rodeaban en continua alarma y utilizaba esto para enfrentar a amigos y parientes entre sí. Según un informante al que remite el artículo de Felix Deustch, su muerte, a los 72 años, "pareció una bendición a todos aquellos que estaban cerca de ella. Dora había sido una de las histéricas más repulsivas que conocí", o en términos de Freud durante el tratamiento “durante unos días su identificación a la madre le dio la oportunidad de descollar por lo insoportable.”
Nos ha quedado pendiente dilucidar el tema del cambio de nombre, ¿por qué Freud eligió Dora? La explicación que él da remite, como dijimos, a esas "pobres gentes que no pueden conservar ni su nombre". Poético relato, sin duda, pero ¿cómo surgió esta idea? Mientras Freud estaba escribiendo el caso visitó la casa de su hermana Rosa, y encontró sobre la mesa un sobre dirigido a Rosa W, que no era su hermana; Quién se llamaba así? Pues la institutriz de sus sobrinos, a la que, para evitar confundirla con la señora de la casa, llamaban... Dora. Entonces descubrimos que Freud elige para llamar a su paciente el nombre de una persona de servicio. Si un elemento primordial del segundo sueño de Dora es su manía patológica de venganza, si Dora se sintió celosa de que el Sr. K la tratara como a una gobernanta, y si se retiró del análisis dando preaviso como tal, pero también tratándolo a Freud como a una persona de servicio; qué manera postrera de actuar la contratransferencia, qué pequeña venganza, que Freud se permite, o se le escabulle en lapsus calami. Creo que podemos, con todo derecho, añadir este pequeño entusiasmo freudiano como uno de los lugares donde leer el deseo de Freud, fundante del campo psicoanalítico.
El historial de Dora ha servido para mucho a lo largo de los años: se han valido de él los psicoanalistas para estudiar la histeria; algunos -antes y ahora- lo utilizan para denostar a Freíd; las feministas se sirven de él para alegar el sometimiento de la mujer; psicólogos sociales resaltan su condición de adolescente atrapada en una familia disfuncional; su judaísmo es señalado por estudiosos culturalistas en la evolución de sus síntomas y del psicoanálisis en general; se valen de ella los historiadores para acreditar la doble moralidad de la época victoriana. Pudo ser retratada como una joven víctima de la comedia de hipocresías del mundo adulto. O como una Lolita descarnada, producto sufriente de una familia enferma, sin posibilidad de revelarse. O temible manipuladora de su entorno. En cualquier caso, no confundamos el canto de la soprano que da cuerpo a Violeta Valery sobre el escenario, con la tos de Alphonsine Plessis, enterrada en Montparnasse. ¿Quién habla en los casos clínicos? Sin duda en la vida de Ida Bauer no se produjeron las inversiones dialécticas y los desarrollos de verdad, aunque nos los haya ofrecido en beneficio de futuras pacientes. Esta es la lectura de Lacan de las intervenciones freudianas. Un caso clínico, como un tratamiento, es una ficción con efectos de verdad, pero no el relato de una vida, sino el de la lógica con la que el analista ha entendido y operado sobre el discurso del paciente.
La vida de Dora no fue extraordinaria, como no lo es la de la mayoría. No pudo escapar ni a la neurosis ni a la historia de su época. Esta mujer tan habituada a los engaños de la sociedad, que tan bien se desempeñó junto al padre al cuidado de los hijos del matrimonio Zellenka, habituada al cálculo y a la observación, encontró, en la decada del 20 un trabajo a la altura de sus capacidades. En ese entonces se había puesto de moda en Viena el juego del Bridge, se jugaba en salones y cafeterías y las mujeres contrataban profesoras que iban a sus domicilios a enseñar este juego de astucia y complicidades. Dora encontró trabajo como instructora del juego de Bridge, junto con una amiga suya de antaño, la Sra. K. Podía así seguir admirando, con el rabillo del ojo, ese cuerpo "deliciosamente blanco".
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