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Apuntes sobre el secreto08/07/2023- Por Sabrina S. Morelli - Realizar Consulta
El estallido del secreto vía forzamiento es un claro abuso del poder. Y ésta es la gran advertencia para un oficio psi: es necesario ofrecerse como testigo/acompañante e implicarse en una escucha que no fuerce. Una escucha no extractivista. Un borde. La confidencialidad del dispositivo tiene sus límites: el secreto profesional puede dejar de serlo en tanto nos anoticiemos de aquello que podría poner en riesgo la vida del paciente, de otras personas, o que implicara un delito. Como el caso de un abuso sexual infantil. Y entonces, el estallido del secreto. Romper el pacto de un secreto no como traición sino como restitución. El secreto no arma lazo de confianza con otros, sino que excluye a quien lo porta de los posibles lazos con los otros, lo apresa en un vínculo de dominio con quien lo obliga a callar.
“El secreto” (2022), de Indira Castellón*
El secreto, el tesoro
Una niña afirma que me dirá un secreto. Se acerca a mi oído y pone sus manos alrededor de mi oreja (excluye otras escuchas). Arma un megáfono del inaudible murmullo. Mientras murmura sonidos, siento viento en mi oído, cosquillas. Contar un secreto tiene efectos aun cuando no haya un contenido. Ella arma un túnel vacío, una conexión muda entre nosotras.
Con ese acto, hace varios movimientos en su infancia. O actúa la infancia de varios movimientos. Se construye la ficción de un interior. Se construye el valor ‒lo valorable, lo atesorable‒, la posibilidad del don y su negación. Se convierte al otro en un testigo y un deudor, al hacerlo partícipe de un pacto: se cuenta a quien se confía, para que no cuente a otros. Se incluye a alguien en un pacto que necesariamente excluye a otros. Se construye (sobre) la confianza.
En In defense of secrets (2021), Dufourmantelle afirma que el secreto del secreto es que puede ser tanto un veneno como un tesoro, su ambivalencia constitutiva lo hace partícipe tanto del trauma como de la jouissance. A veces, con el trabajo del tiempo se podría transformar el veneno en un tesoro, teniendo en cuenta que cada secreto es en sí mismo un proceso, un devenir, una posibilidad de conversión en otra cosa.
En contra de su esencialización, el secreto es más un acto (de reserva, de separación, de relegación al silencio, de divulgación) y un poder, que un contenido, cuya alteración es inherente a su expresión/extracción, es decir, es inevitable. El secreto no es “un cuarto interior cerrado”, es un dinamismo, una libertad inapropiable, un “paisaje” íntimo en construcción y modificación, una fuerza.
Dufourmantelle (2021) resalta que el secreto arma un ternario (guardián, testigo y excluido) que siempre puede estallar: por celos o por la conquista del poder. Afirma que el secreto es la invitación a la zona más íntima del ser: no es un enigma ni un misterio, pero apunta a este último. En ese sentido, el secreto se espiritualiza.
El secreto espiritualizado
Un niño está internado hace meses. Está cursando el fin de su vida en el hospital. No habla, no mira a los ojos a sus padres. Tanto sus padres como los médicos de la sala convocan a la psi para que hable con él, “para que diga lo que tiene guardado”, “que saque para afuera su dolor, su miedo”. Está “cargando con el peso del secreto”, dicen sus padres. “No hace falta que después nos lo cuentes a nosotros”, le dicen a la psi...
En “El mito de la psicoterapia” (1996), Szasz despliega la conexión histórica entre la confesión como sacramento de la Iglesia Católica ‒unida a la inviolabilidad del secreto‒ y su posterior relevo en las prácticas psicoterapéuticas, que hacen uso del secreto confesional transformándolo en la confidencialidad inherente a la relación psicoterapéutica. En tal relevo, los elementos básicos que estarían en juego en el secreto confesional ‒la culpa, el arrepentimiento, la confesión, la conversión, el cambio de pensamiento y la absolución‒ serían capturados por los dispositivos psicoterapéuticos, donde continuarían funcionando. El/la psi reemplazaría al sacerdote, el diagnóstico psicopatológico iría al lugar del desorden del alma, el tratamiento propuesto, al lugar de la penitencia y el perdón.
Varios elementos de este dispositivo confesional se articulan en el recorte anterior: la suposición de una interioridad, que incluiría contenidos discriminados y preformados, revestidos de “verdad” en tanto cercanos a la muerte (es decir, articulados en la ficción de la “revelación pre-mortem”), la figura del/la psi como relevo del sacerdote (pero en el dispositivo médico, quizás más cercano a un/a extraccionista de sangre).
El encargo a extraer una confesión del muriente no sólo performa esta epistemología extractivista, sino que perfoma/valida también al lugar del muriente como tal (así como extraer una confesión de una víctima valida/legitima su lugar de víctima). Ante la muerte, la medieval extracción de “la piedra de la locura” se vuelve algo así como la extracción de la piedra de la sabiduría. Se espiritualiza (la ficción de) un secreto, que lo vuelve digno tanto de fascinación como de horror. Y como el vértigo, invita a precipitarse.
Así, en la genealogía de la espiritualización del secreto, tenemos el antecedente del cristianismo medieval, que sustrajo al secreto del orden del mundo para conformar el orden sagrado de la interioridad. En esta genealogía, el secreto se convirtió en una llave de la identidad individual. El mismo movimiento de conformación de lo íntimo-inviolable, abre la posibilidad del forzamiento del testimonio como transgresión (del orden de lo violatorio).
El estallido del secreto vía forzamiento es un claro abuso del poder. Y ésta es la gran advertencia para un oficio psi que no haga del lugar vacante del poder pastoral un usufructo. Y la necesaria abstinencia como parte de una ética que no ocupe ese lugar. Rechazar la deriva pastoral-paliativista no implica no ofrecerse como testigo/acompañante: es más bien implicarse en una escucha que no fuerce. Una escucha no extractivista. Un borde.
Resituando el eje en el supuesto portador del secreto en este recorte, resta señalar lo inestable de la categoría de la niñez, que suele oscilar entre la infantilización ‒peyorativa‒ del entendimiento del mundo y el adultocentrismo que extrapola la percepción infantil. En este recorte, a quien se le suponía abroquelar un secreto no era al “Hombre ante la Muerte”, sino a un niño. Un niño que entendía perfectamente el concepto de muerte, pero que no tenía nada que des-enrollar hacia afuera, sino más bien, mucho por articular. En este punto, es posible diferenciar fuertemente el diálogo “confesional” de la conversación analítica.
El prejuicio parental que motivó la interconsulta –“que diga lo que tiene guardado”‒ se relaciona con la ideología ‒diagnosticada por Foucault‒ que, por un lado, se basa en la revelación como la forma más altamente valorada de producir la verdad en Occidente y que, por otro lado, entrelaza verdad y salud haciéndolas equivalentes entre sí.
Siguiendo a Despret (2022), el secreto, como dispositivo teórico y técnico, construye una determinada versión de la experiencia del malestar, obliga al paciente a interpretar y vivir su problema enraizándolo en lo más profundo de su intimidad, construye interioridad. Despret (2022) invierte la relación causal: no pone el foco en aquello que el secreto haría callar, sino más bien, en aquello que haría decir; no en aquello que autorizaría o prohibiría, sino en aquello que crearía.
Mientras que para Despret (2022) no hay “esencia” del secreto, para Dufourmantelle (2021) la “esencia” del secreto no es capturable, porque sería el nudo inquebrantable del devenir de un ser, su motor interior. Esta autora afirma que todo secreto es un devenir: el secreto es lo que (se) hace secreto, es un tiempo en sí mismo, una relación con la verdad, y no la verdad misma.
No revelar sus “secretos” ‒o “hacer secreto” de un dolor aún no articulado‒ antes de morir puede ser un terreno de afirmación de sí: la construcción y defensa de un espacio íntimo mientras todo se derrumba y descompone, una fortaleza ante la fragmentación. O incluso ‒como afirma Dufourmantelle (2021)‒ la “celebración” de las posibilidades del lenguaje.
El secreto, el veneno
Dufourmantelle (2021) afirma que nada es lo suficientemente poderoso para proteger un secreto de su revelación excepto su propia intensidad, es decir, lo que lo mantiene vivo. En este punto ‒y si nos deslizamos al valor negativo del secreto‒, su intensidad puede ser un cautiverio.
Las relaciones implicadas en el secreto participan por definición de las diferencias jerárquicas: confiar un secreto y guardar un secreto arman asimetrías o se condicionan por ellas. La asimetría al confiar un secreto implica que el receptor accede a un poder: la posibilidad de la traición y el potencial de daño a partir de hacer un determinado uso de ese saber confesado.
Por otro lado, la asimetría al guardar obligatoriamente un secreto puede ser un modo de esclavitud frente a la propia vida amenazada. En estos casos, el secreto no arma lazo con otros de confianza, sino que excluye a quien lo porta de los posibles lazos con los otros, lo apresa en un vínculo de dominio con quien lo obliga a callar.
En Diario de un incesto (2017), la narradora comienza el libro afirmando:
“Uno de los terapeutas a quienes mentí era una mujer muy guapa cuyo padre había estudiado con Freud. Me caía bien hasta que tocamos el tema del incesto (...) Nuestras conversaciones giraban en torno a mi familia y yo mentía acerca de la relación con mi padre. Un día me dijo que estaba preocupada porque corría el riesgo de autolesionarme (...) Salí de su consulta y no volví a verla (...) Nunca le devolví las llamadas”.
En el segundo párrafo, afirma: “Un niño no puede huir, y, más adelante, cuando pude hacerlo, ya era demasiado tarde: mi padre controlaba mi mente, mi cuerpo, mi deseo. Yo lo deseaba a él. Iba a casa. Volvía a casa por más”.
Si, siguiendo a Despret (2022), es posible considerar el trastocamiento de la relación causal entre intimidad y secreto en términos inversos –no que la intimidad fabrique al secreto, sino que sea el secreto el que fabrique a la intimidad– ¿qué textura de intimidad construirá el mantener como inviolable el secreto de una violación?
La narradora del Diario anteriormente citado afirma:
“Mi padre es mi secreto. Sus violaciones son mi secreto. Pero el secreto que encierra ese secreto es que a veces me gustaba (...) He consultado a terapeutas y psiquiatras, a psicólogos y psicoanalistas, y les cuento que extraño a mis abuelos. Les hablo de dos amigas mías que murieron y a las que añoro. Les hablo de cuando mi madre me cruzaba la cara de un bofetón y luego se desplomaba en el suelo llorando, diciéndome que era espantosa (...) A algunos les dije que mi padre había abusado de mí, pero si intentaban hablar más extensamente del tema, daba la conversación por zanjada. Nunca les conté toda la verdad sobre mi padre y yo.”
Etimológicamente, secreto procede del término secretus, participio pasado de secernere, que significa separar. Despret (2022) señala que es justamente eso lo que hace el secreto: organizar lo que debe ser separado, de manera que nuestras prácticas terapéuticas serían mecanismos que reproducen y producen esa separación entre lo interior y lo exterior.
Entonces, consideremos el replegamiento que implicaría contar un secreto en un espacio donde todo lo que se dice se produce necesariamente como secreto ‒por necesidad del dispositivo mismo, que se sostiene en su confidencialidad (1)‒. Un repliegue más, una sobreescritura, la separación en la separación.
Ese movimiento de separación de la separación implicaría la esa posibilidad de realizar un pliegue que devuelva o construya la habitabilidad de una zona común, una legalidad común, una operación de des-privatización de una zona que fue capturada en la intimidad con un otro que rechazó su función paterna, rescindiendo de un pacto social, estallando una legalidad social común, realizando un incesto.
La construcción de lo íntimo, en estas topografías de superficies escritas, no implica sólo la construcción de una interioridad sino también la des-captura de lo que se incrustó como un íntimo a la fuerza y la nueva delimitación de las fronteras, la posibilidad de un trabajo de (re)construcción en las zonas siniestradas, aquellas en las que ‒siguiendo a Aulagnier (1988)‒, se prohíbe el acercamiento y estarían rodeadas de sólidas barreras y carteles de señalización.
Esa posibilidad de hacer de la zona siniestrada una zona de contacto es la que Anónima no efectuó en sus espacios terapéuticos, pero que sí efectuó al publicar su Diario. En este punto, podemos recuperar la histórica comparación que señaló Maine de Biran, para quien la Psicología sería “la técnica del Diario íntimo” (Canguilhem, 2009). Dos prácticas constituidas por el secreto, que también comparten la posibilidad de su apertura bajo ciertas condiciones. En este caso, un diario íntimo se puede hacer público como denuncia.
De todas maneras, la comparación tiene sus límites y con el diario nos encontramos ante una producción que ‒también‒ participa de los mecanismos de la ficción: hay una des-coincidencia entre la autora y la narradora. Autora que, más aún, se hace llamar Anónima, otra des-coincidencia. Punto en el que, volviendo a Despret (2022), es posible mencionar el “efecto sin nombre”, es decir, el efecto paradojal en el que el anonimato crea identidad.
Si bien Despret se refiere a las prácticas investigativas y cómo el anonimato legitimaría la diferencia jerárquica entre la voz del investigador y las voces de los anónimos, cuyas palabras -en ese dispositivo de poder- podrían no tener ninguna consecuencia. ¿Qué consecuencias habrá tenido “Diario de un incesto” para quien lo escribe? ¿Habrá fugado de su cautiverio?
El secreto, el sacrificio
Para Dufourmantelle (2021) la relación entre secreto y sacrificio es, en principio, etimológica: secreto, sacrificio y sagrado comparten la misma raíz. Quien realiza un sacrificio, entra en otra ley que la que ordena los valores de la vida en común, acepta ser nada más que un koros, un vector simbólico por el cual ocurre el acontecimiento.
En este sentido, el acto sacrificial es au secret, y es casi siempre incomprensible, tanto para los íntimos como para la comunidad, y más aún si lo lleva a cabo una mujer. Para la autora, el espacio secreto que se reinscribe a través del cuerpo del sacrificado se dirige a Otro, vehiculiza una demanda, un grito, una oración, un llamado.
Si el secreto es la relación del iniciado con un saber que, como el secreto mismo, sustrae a uno o varios miembros de la colectividad (Dufourmantelle, 2021), el secreto constitutivo del incesto implica la sustracción de la sexualidad del niño/a por parte del adulto que se apropia de su cuerpo y su deseo; implica la sustracción del niño/a de su propia infancia.
Siguiendo a Dufourmantelle (2022), la dimensión sacrificial está presente cuando alguien es convocado a dar “un paso al costado” en relación a todo su linaje, a los mandatos otorgados o a una fatalidad ligada a su nacimiento. Sin embargo, la autora se separa de la connotación meramente negativa de este concepto, se separa de pensarlo en términos de opresión, para resaltar su valor de revuelta y de apertura a lo nuevo: su valor como acto de desobediencia que produciría una brecha en el curso de un destino.
Habría un pasaje de lo traumático hacia lo sagrado, una reconversión del daño y la profanación sufridos hacia un acto de restauración, hacia una “una celebración sacrificial”, que siempre implica la presencia de, al menos, un testigo.
La desobediencia podría ser, entonces, la renuncia al orden parental inscripto en la genealogía, la confesión que implica la ruptura del pacto de silencio, de lealtad y aislamiento relativos al abuso, y la renuncia a ubicarse dentro de ese orden parental en el que alguien ha sido dañado/a: “el sacrificio comienza con el ya no” (Dufourmantelle, 2022), aunque lo irreparable ya haya tenido lugar. Un acto sacrificial sería aquel que retomara el escenario fijado por el trauma, abriera esa escena sin sujeto, abriera la profanación, para hacer emerger de ella un sujeto, asumiendo tanto lo irreversible de la misma como la posibilidad reparatoria de un duelo.
Afirma Dufourmantelle (2022) que tal duelo “es la reparación de un inconfesable, nombrándolo en una escena colectiva”. Se podría decir, entonces, que en la zona sacrificial habitaría la posibilidad paradojal de nombrar lo innombrable, haciendo partícipe al Otro. Podríamos pensar aquí a la escena analítica como una zona sacrificial, que propicie un acto de desobediencia subjetiva (más que como meramente un dispositivo “terapéutico” de legitimación de la confesión y de validación de la víctima como tal).
En este punto, retomo la diferencia que señala Foucault (2014) entre una confesión y una declaración. La confesión consistiría en pasar del no decir al decir, suponiendo que ese no decir tiene un motivo particular, un valor importante ‒aquello que previamente se ubicó como lo que sostiene al secreto‒; la confesión sería el acto verbal mediante el cual quien confiesa plantearía una afirmación sobre lo que él/ella mismo/a es, en la que se comprometería con esa verdad, se pondría en una relación de dependencia con respecto a otro y, a su vez, modificaría la relación que tendría consigo/a mismo/a.
Esto es lo que Foucault (2014) delimita como “cierto costo de enunciación”. Así, en el caso de la confesión de un secreto, este costo de enunciación podría tener el potencial transformador de una posición subjetiva.
Podríamos acercar este costo al acto sacrificial en su vertiente de desobediencia y apertura a lo nuevo. El libro de ésta y otras Anónimas. La decisión de cambiar de apellido. Fugarse de genealogías abusivas. Unirse con otras en la desobediencia. Inventar una infancia por fuera de la cronología donde se la profanó. Afirmarse en un borde vital cuando la vida está amenazada.
Sabrina S. Morelli es psicóloga, ex-residente de Salud Mental en el Hospital Ramos Mejía, ex-residente y jefa de residentes en la residencia post básica interdisciplinaria en Cuidados Paliativos del Hospital Udaondo. Ex psicóloga de planta en el Hospital de Quemados. Psicóloga de planta en la Unidad de Violencia Familiar del Hospital de Niños Pedro de Elizalde. Correspondencia a: sabmorelli@hotmail.com
Notas
(1) La confidencialidad del dispositivo tiene sus límites: el secreto profesional puede dejar de serlo en tanto nos anoticiemos de aquello que podría poner en riesgo la vida del paciente, de otras personas, o que implicara un delito. Como el caso de un abuso sexual infantil. Y entonces, el estallido del secreto. Romper el pacto de un secreto no como traición sino como restitución al orden común de ciudadanía. Vehiculizando una denuncia en los sistemas legales que forman parte de nuestras ciudadanías o dando nuestro testimonio en una instancia judicial cuando sea pertinente. En estos casos, el/la psi tomaría el camino del “descenso al Departamento de Policía” (Canguilhem, 2009) no en el sentido de constituirse meramente en el instrumento de un tropezón irrefrenable a la moral adaptativa del control social ni al consentimiento despolitizado a devenir “una tecnología del peritaje sin ética”, sino como el calculado gesto político y ético de denuncia a la instrumentalización de quien estaba cautivo en la violencia sexual sellada en un pacto de silencio.
Referencias bibliográficas
Anónimo (2017). Diario de un incesto. Barcelona: Mal paso.
Aulagnier, P. (1988). “Como una zona siniestrada”. En Revista Trabajo del
psicoanálisis. Vol. 3 N° 9. (pp. 161-173) Buenos Aires.
Aulagnier, P. (1988). “Como una zona siniestrada”. En Revista Trabajo del
psicoanálisis. Vol. 3 N° 9. (pp. 161-173) Buenos Aires.
Aulagnier (1988). “Como una zona siniestrada”. En: Revista Trabajo del Psicoanálisis. Vol. 3, Nro. 9 (pp. 161-173). Buenos Aires.
Canguilhem, G. (2009 [1958]). Conferencia: “¿Qué es la Psicología?” En: Estudios de Historia y de Filosofía de las Ciencias. Buenos Aires: Amorrortu.
Despret, V. (2022). Cuerpos, emociones, experimentación y psicología. Buenos Aires: Coloquio de Perros.
Dufourmantelle, A. (2021 [2015]). In defense of secrets. New York: Fordham University Press. La traducción es mía.
Dufourmantelle, A. (2022 [2007]). La mujer y el sacrificio. Desde Antígona hasta nosotras. Buenos Aires. Nocturna.
Foucault, M. (2014 [1981]). Obrar mal, decir la verdad. La función de la confesión en la justicia. Buenos Aires: Siglo XXI.
Szasz, T. (2004) [1996]. El mito de la psicoterapia. México: Ediciones Coyoacán.
Arte*: óleo sobre papel.
Indira Castellón es una artista mexicana de Guadalajara.
https://www.instagram.com/castellonindira/?hl=es
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