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Ateneos a la clínica, ¿qué clínica?03/04/2007- Por María Juliana Espert - Realizar Consulta
El llamado “ateneo clínico” se ha instituido como una práctica habitual en el ámbito residencial y su presentación pretende ser, en principio, una instancia de intercambio y discusión sobre la clínica que practicamos. A partir de cuestionar los variables usos del “caso clínico” e interrogar algunos aspectos relativos a la formación en psicoanálisis, la pregunta que queda abierta atañe a la implicancia de la escritura clínica: ¿qué se escribe en un ateneo que se dice clínico? ¿Qué supone la escritura desde una orientación psicoanalítica? ¿Desde dónde y qué leemos en el inevitable recorte de un caso o recorrido de un tratamiento?
Introducción
El llamado “ateneo clínico” se ha instituido como una práctica habitual en el ámbito residencial y su presentación pretende ser, en principio, una instancia de intercambio y discusión sobre la clínica que practicamos.
A partir de cuestionar los variables usos del “caso clínico” e interrogar algunos aspectos relativos a la formación en psicoanálisis, la pregunta que queda abierta atañe a la implicancia de la escritura clínica: ¿qué se escribe en un ateneo que se dice clínico? ¿Qué supone la escritura desde una orientación psicoanalítica? ¿Desde dónde y qué leemos en el inevitable recorte de un caso o recorrido de un tratamiento?
Valores del intercambio
De tradición inminentemente médico-jurídica, “la comunicación de casos” halla lugar entre “los psicoanalistas” desde la égida de su fundador. La publicación de Estudios sobre la histeria en 1895 se ubica como un primer antecedente y es rastreable en la obra freudiana el interés explícito de comunicar públicamente sus experiencias en aras de legitimar sus descubrimientos. Para Freud, concebir el psicoanálisis como un método de investigación es solidario con el intento de inscribir su invención en el campo de la ciencia. Y en su producción, teniendo como interlocutor a la ciencia de su época, delimitará los puntos desde los cuales el psicoanálisis no queda totalmente subsumido a la misma.
Al circunscribir un campo de intervención y un modo específico de abordaje opera un corrimiento del modelo médico, pudiéndose ubicar un punto en el cual sus razones tienen otro articulador: se sustentan, en todo caso, en la marca propia de la clínica que funda, una clínica en transferencia.
Ahora bien, en el interrogante que concierne al ateneo clínico, una primera línea de indagación remite al uso de la casuística, siendo que su valor, aun en nombre del psicoanálisis, no deja de ser variado.
A los fines de establecer un contrapunto, es posible reseñar que no es remota la solicitud que desde la I.P.A. insta al “desarrollo del psicoanálisis hacia estudios más formales y sistematizados que puedan someterse a los cánones científicos habituales.” (1)
Desde un pretendido discurso hegemónico de la ciencia, se propone la utilización de otras técnicas con el fin de “estandarizar y transmitir” lo más adecuadamente posible tanto los “procesos” como los “resultados de un análisis”. En vistas a procurar convencimiento (credibilidad) por parte de distintos interlocutores en el ámbito de la Salud Mental, la adjudicación de valor al método freudiano se relega al “contexto de descubrimiento” y se plantea como insuficiente con respecto a los requerimientos propios del “contexto de justificación”. De esta manera, argumentando que no alcanza “el simple relato” o la sola “confianza en la buena memoria del analista acerca del diálogo terapéutico”, el estudio de caso pasará a formar parte del “nivel más básico” en relación a los otros niveles (2) que consideran necesarios para llevar a cabo una investigación exhaustiva capaz de sacar al psicoanálisis de la “crisis” que suponen actual.
Llegados hasta aquí, podrían ser múltiples las objeciones a tales planteos. En principio, y teniendo en cuenta el notorio corrimiento de los lineamientos freudianos, se torna conclusiva la apreciación de que el nombre “psicoanálisis” parece habilitado a los más diversos usos. Pero bien, considerando pertinente leer los principios del renombrado “retorno a Freud” en Lacan (3) , ubiquemos en estas investigaciones algunos de los puntos que, al menos a modo de puntapié, nos puedan servir para cuestionar aquello que incumbe a las distintas formas de lectura del llamado “caso clínico”.
Delimita ya una distancia el hecho de que no pueda ser más que la instancia yoica la que brinde respuestas a tales cuestionarios, y que indefectiblemente la configuración transferencial excede cualquier intento de medición, quedando excluida para el psicoanálisis la posibilidad de replicar la experiencia (4).
Desde ya, la misma lectura de dichos estudios permite ubicar cómo, pese a tales intentos de objetivación, la posición enunciativa se infiltra aun en aquellos protocolos que no pueden sortear el malentendido que el uso mismo de la palabra conlleva. No obstante, si el planteamiento de dichos métodos abona la posibilidad de “lograr isomorfismo entre realidad y observación-razón, a pesar del sujeto del mismo” (5), tal vez el estatuto mismo de esta pretensión nos permita otra línea de indagación al habilitar una pregunta de distinto orden.
¿Cuál es el sujeto sobre el cuál operamos en psicoanálisis? Lacan se muestra asertivo al formular que —aunque resulte paradójico— este sujeto “no puede ser sino el sujeto de la ciencia” (6). Trazando una distancia en los términos clásicos en que se planteaba para Freud la relación entre ciencia y psicoanálisis, sitúa que la ciencia es esencial para la existencia del psicoanálisis, en forma interna y no como un ideal exterior.
El sujeto del inconsciente freudiano es el sujeto de la ciencia, sujeto puntual y evanescente de Descartes, despojado de toda cualidad tal como lo requiere la ciencia moderna; sujeto del significante que en el instante mismo en que emerge es rechazado del discurso de la ciencia (7).
Entonces, la expresión “a pesar del sujeto del mismo” señalada por las diversas críticas a dichos métodos puede ser leída, más que como una proclama a no perder de vista la subjetividad (término demasiado amplio), como inherente a la existencia del psicoanálisis (cuestionando el sujeto del mismo). En está dirección, habría que delimitar que lo que denominamos “caso”, “ateneo” o “material clínico” sólo halla su valor en función del discurso en el cual se inscribe (8).
Producciones teórico-clínicas
Varios son los autores que han destacado la estrecha vinculación entre el relato de cada historial freudiano y una pregunta teórica o una polémica que encuentra su expresión en otro texto (9). El valor de los historiales, más que radicar en la mostración de un resultado terapéutico, estriba en que los mismos se presentan cómo la vía desde la cual Freud construirá y dará sustento a sus afirmaciones. A partir del estudio de caso, y en función de los problemas vinculados a su práctica, Freud formulará sus preguntas y precisará los conceptos que a su vez tendrán incidencias en su clínica (10). Sus diversos recortes clínicos no se reducen al lugar de ilustrar lo bien fundado de la teoría, sino que su lectura dará lugar a aquello que aparece como obstáculo situando los límites propios del campo que circunscribe.
Por otra parte, es posible leer cómo en el mismo proceso de elaboración Freud localizará algunas dificultades relativas a la redacción y a la eventual comunicación de un caso. Así, las “Palabras preliminares” en el historial de Dora abundan en explicitar las particulares coordenadas desde la cual ha recortado el material y cómo, zanjando la cuestión de la credibilidad que dicho material pudiera despertar en el lector, pasará a remarcar que su foco de interés reside en indagar “la importancia de los sueños en el esclarecimiento de los síntomas” (11).
Por cierto, varios de sus señalamientos —entre ellos, la inconveniencia de comunicar una cura no terminada, la dificultad por parte del “analista” para dar cuenta de sus intervenciones y la particular modalidad de articulación teórico-clínica—, suelen presentarse como cuestionamientos habituales en nuestra práctica.
En todo caso, no parece ser menor para el autor sentar posición en torno a su escritura y la consabida lectura de la misma. Si Freud despejaba que el carácter clínico no radica en la capacidad de remisión a la empiria, y en más de una oportunidad apelaba a que sus historiales no fueran leídos en calidad de “novelas breves”, Lacan parece decidido a operar un corrimiento del entrampamiento, fascinación, que el mero relato suscita (12). En este punto, la frecuente alusión que desde el “sentido común psi” destaca la “escasez de referencias a su propia clínica aportadas por Lacan” (en contrapartida con las diversas referencias a intervenciones de otros psicoanalistas y la lectura de obras literarias, etc.), puede llevarnos a interrogar cómo pensamos la transmisión del psicoanálisis y qué entendemos como articuladores para pensar la clínica.
La pretendida formación y sus riesgos
Subsumir la transmisión (13) al terreno de la enseñanza o del conocimiento implica, al menos, el riesgo de orientar la búsqueda de formación del analista hacia una especie de “poseedor de un saber psi” aplicable y capaz de dar cuenta por anticipado de las coordenadas y la prosecución de un tratamiento.
Con respecto al lugar que ocupa la teorización, el resultado de una mera adecuación del recorte del caso a lo aceptado (y predicado dentro del propio ámbito en pos de un conformismo teórico), supone dejar de lado las condiciones singulares de quien habla y se presenta bajo la forma de producciones que tienden a ser estereotipadas e idénticas a sí mismas, sin dar lugar a cuestionamientos. En algunos casos, las réplicas de modelos tienden a borrar las diferencias y, entonces, la posibilidad de cuestionar lo ya sabido a partir de algún obstáculo o límite que podría considerarse clínico.
Parafraseando a Lacan, en el intento de romper con la tendencia irresistible de cada pequeña comunidad “psi” a hacer religión, masa, la dificultad para un analista es su audiencia y el peligro reside en el personaje con el cual tiende a identificarse.
A su vez, es considerable que en las discusiones clínicas (si las hubiera) al establecerse un lazo a partir de la experiencia, se vuelve factible la reducción de “la eventualidad del delirio de cada quien a su justo lugar.” (14)
Y bien, a distancia de lo que sería una experiencia inefable, interesa destacar que la interrogación de un texto teórico, independientemente de su cita, es desde alguna pregunta en relación a la clínica. La clínica articula teoría porque el concepto, desde dónde leemos, tiene incidencias clínicas.
Contra lo que se supone una masa continua y homogénea de términos que no nos permiten operar, hacer lectura de los puntos de discontinuidad que cada teorización recorta (15) permite ubicar los conceptos articulados a la particular problemática que cada vez se intenta cernir. Tal vez pueda ser ésta una orientación para pensar la rigurosidad en psicoanálisis y restarle consistencia a algunos vicios y/ o ilusiones que ponen en cuestión el lugar de escucha.
En este punto, es posible retomar la distancia que Lacan establece entre el analista operando en el discurso analítico del analista que se ubica dando cuenta de lo producido en aquella posición (16). Si no es un saber psicopatológico el que orienta la escucha en la cura, sino más bien un saber a producir, saber supuesto del inconsciente, reducir la instancia que supone un analista teorizando al mero ejercicio de lectura de determinados signos o rasgos pretendidos particulares, podría ser inconveniente. Y, en efecto, ¿no sería acaso una forma de remitir lo diferencial de la clínica psicoanalítica a dar cuenta de algún tipo psicopatológico observado? ¿No sería ésta otra versión de la cuestionada protocolarización del material?
Ateneos
“Lo que se dice en un psicoanálisis” (17) es “una” de las respuestas que da Lacan a la pregunta acerca de qué es la clínica psicoanalítica. Pero entonces, ¿qué y cómo escribimos acerca de eso que se dice?
Retomando la pregunta relativa a la escritura en psicoanálisis, con este recorrido se esbozan algunas de sus diversas dimensiones.
Más cerca de los ateneos que habituamos a escuchar o leer en el ámbito residencial, la pregunta sobre “qué clínica en cada ateneo”, lejos de presentarse en la vía del imperativo, apunta a situar algunas cuestiones básicas pero no por ello menos frecuentes en nuestra práctica. En este punto, dicha pregunta permite destacar dos lecturas solidarias entre sí. Por un lado, delimitar desde dónde leemos, con qué articuladores conceptuales estamos pensando nuestra clínica (y cuáles son los límites, lo que queda por fuera del campo que armamos). Por otro lado, cuestionar el lugar del “analista” al ubicar los efectos que genera al operar desde distintas posiciones.
Independientemente de los estilos, expresiones y giros verbales de cada quien (no se trata de una apreciación o crítica literaria) y siendo preciso algún ordenamiento del material, quizás interesan los ejes que puedan dar lugar a algún planteo clínico y/ o bordear los obstáculos, los momentos de detención de la praxis.
Indefectiblemente, la escritura se impone como acto en el momento mismo de la elección de qué (o sobre qué) escribir, pero lo cierto es que al escribir, mientras escribimos, la pregunta se arma, se formaliza y siempre queda algo más o menos escrito.
De todas maneras, para quien así lo lea, lo clínico de un relato permite cuestionar la enunciación del “analista” en relación a determinada posición en la cura. Como en el devenir mismo de un tratamiento, aquello que se lee en lo escrito no queda reducido a lo dicho. Aquello que precipita como escritura deja margen al equívoco y escribe un decir como escrito.
En esta orientación, en la tarea de escritura y reescritura se ponen en juego y quedan plasmados los puntos de escansión que signan que la lectura y escritura de un material clínico es transferencial (18). Esto supone entender el armado de un campo como operatoria del “analista”, si no quedamos por fuera (19), es decir, en una mera escucha de escenas sin corte, o lo que es lo mismo, en un ensayo descriptivo sobre peculiares modalidades de presentación de pacientes que no refieren a alguna intervención más que haber quedado, en presencia, como observadores del cuadro que se da-a-ver.
Y bien, “la posibilidad de tratar lo real mediante lo simbólico” es otra de las respuestas a la pregunta sobre qué es la praxis psicoanalítica (20) . “El psicoanálisis interpela lo real y... la respuesta es el sujeto barrado.” (21) En esta proposición, el analista lee y escribe. En “Momento de Concluir”, Lacan señala “El analista, él zanja, lo que dice es corte, es decir participa de la escritura [...]. Escribe diferidamente, de modo que por gracia de la ortografía, por un modo diferente de escribir, suena otra cosa que lo que es dicho” (22)
Notas
1.- FONAGY, P. (1999), Reflexiones sobre los problemas inherentes a la investigación en psicoanálisis. La perspectiva de los países anglosajones. En: Una revisión a puertas abiertas de los estudios de resultados en Psicoanálisis. [Versión electrónica: http://www.spdecaracas.com.ve7downlo ad7cdt 262.doc]. Asociación Psicoanalítica Internacional.
2.- KACHELLE, H – THOMA, H. (1997), Investigación del proceso psicoanalítico: métodos y logros. [Versión electrónica: http://www.apdeba.org/publicaciones/ 1997/01-02/pdf/K%E4chele%20y%20Thom%E4.pdf] Revista Psicoanálisis, Bs. As.: ApdeBa, Vol. XIX, Nº 1-2. Detallo que los niveles reseñados son: Descripción clínica sistemática (sustentada en grabaciones), Procedimientos guiados de evaluación clínica y Análisis de texto por computadora
3.- Cfr.:LACAN, J. (1987), El Seminario, Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós. Bs. As. Pág. 9
4.- Cfr.:FREUD, S. (1990), 35 Conferencia: En torno a una cosmovisión (1933 [1932]). En O.C. Tomo XXII. AE. Bs. As.
5.- PÁRAMO, P. - OTALVARO, G. (2006), Investigación Alternativa: Por una distinción entre posturas epistemologías y no entre métodos. Cinta de Moebio, Nº 25, Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, http://www.moebio.uchile.cl/25/paramo.htm.
6.- LACAN, J. (1997), La ciencia y la verdad. Escritos. Tomo 2. Siglo Veintiuno Editores. Bs. As. Pág.837.
7.- Cfr.: GÓMEZ, M. (2005), El sujeto de la ciencia y el inconsciente lacaniano. En Revista Universitaria de Psicoanálisis. Facultad de Psicología. U.B.A. Pág.13.
8.- Queda claro que los objetivos de tales investigaciones, exhortados por la premisa de que frente a la demanda social que aflore deben ofrecerse resultados, se inscriben en el contexto del neoliberalismo, donde lo que está en juego es una medición de la “eficacia” y la “calidad” entendidas en los términos de los resultados de los tiempos expeditivos de la lógica capitalista actual.
9.- Cfr.: MANNONI, O. La otra escena –claves de lo imaginario- A.O. Bs.As. Pág.100
10.- En términos generales, en sus extensos historiales Freud se cuestiona cómo se produce la cura en psicoanálisis. Es posible situar cómo, a partir de Más allá de principio del placer, encontramos más bien recortes clínicos a partir de los cuales intentará ir pensando los obstáculos que se le presentan.
11.- Cfr.:FREUD, S.(1998), Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora). En O.C. Tomo XXII. AE. Bs. As. Pág. 10
12.- Cfr.: GÓMEZ, M.: Op. Cit. Pág. 17. En su intento de formalización, “terminará problematizando la diferencia entre ciencias exactas y conjeturales... la conjetura es susceptible de calculo exacto (probabilidades) y la exactitud se basa sólo en un formalismo que separa los axiomas y las leyes de los símbolos agrupables.”
13.- A los fines de éste trabajo el término es utilizado de manera más abarcativa. Lacan hablará de posibilidad de transmisión de una escritura, como elementos inequívocos con los cuales operar (modelo matemático)
14.- LÉMÉRER, B. (1993), En Conversation sur le cas clinique. Analítica Volume 32. Paris. En este punto, el análisis, las supervisiones y la teoría, tal como Freud lo señala, se presentan como instancias fundamentales
15.- Hacer referencia a un punto de discontinuidad en una teorización supone una lectura diferente a la cronológica (sucesión, ordenamiento imaginario). Así, el algoritmo de la transferencia de la “Proposición del 9 de Octubre de 1967”, implica una formalización diferente del concepto tal como quedó planteado, por ejemplo, en el Seminario 8.
16.- LACAN, J., El Seminario, R.S.I. Clase del 10/12/74. Inédito. Lacan señala: “Es indispensable que el analista sea al menos dos, el analista para tener efectos y el analista que a esos efectos, los teoriza.”
17.-LACAN, J., (1981), Apertura de la sección clínica (1976), En Ornicar 3. España
18.- Neurosis de transferencia como estructura soporte del deseo como deseo del Otro
21.- Este planteo cuestiona cómo entendemos varios de los tratamientos que conducimos. Habría que pensar en la posición del “analista” en esas configuraciones transferenciales donde sería osado hablar de la instalación del dispositivo analítico tal como Lacan lo formaliza en la Proposición...(cuestión que no debe entenderse en meros términos cronológicos).
20.- LACAN, J., (1989), El Seminario. Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Ed. Piadós. Bs As. Pág. 40
21.- LOWESTEIN, A., (1999), Algunas reflexiones acerca de la relación entre teoría y clínica en psicoanálisis, En Lecturas. Seminario Lacaniano. Bs. As. Pág 74
22.- LACAN, J., El Seminario. Libro XXIV. Momento de concluir. Inédito. Lacan referirá la letra como materialidad del significante, punto de entrecruzamiento de lo simbólico con lo real del goce, lo que la estructura escribe para quien sepa leerlo.
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