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Consideraciones sobre el Ideal del yo y el superyó en la neurosis

28/06/2010- Por Facundo Iriarte - Realizar Consulta

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El tema de este escrito surgió a partir del encuentro con una serie de casos caracterizados por un fuerte rechazo materno. Estas pacientes —todas mujeres— presentaban una imagen degradada de sí mismas y sentimientos de culpa, lo cual repercutía ampliamente en sus vidas cotidianas. La pregunta que atravesaba estos casos era: ¿qué hace que un sujeto pase de ser rechazado a sentirse rechazable? El autor de este trabajo recupera una hipótesis planteada previamente, a partir de la idea de la melancolización: una manifestación clínica que, sin corresponder a una melancolía, se caracteriza, como la melancolía, por la predominancia de un conflicto entre el yo y el superyó. En este texto, y mediante la presentación de un nuevo caso, continúa su investigación acerca del funcionamiento del superyó y del Ideal en la clínica de las neurosis.

I. Introducción

 

         El tema de este escrito —la función del Ideal del yo y del superyó en la neurosis— surgió a partir del encuentro con una serie de casos caracterizados por un fuerte rechazo materno. Estas pacientes —eran todas mujeres— presentaban una imagen degradada de sí mismas y sentimientos de culpa, lo cual repercutía ampliamente en sus vidas cotidianas. La pregunta que atravesaba estos casos, guiándome en su lectura era: ¿qué hace que un sujeto pase de ser rechazado a sentirse rechazable? Es como si el sujeto se leyera, en esos casos, a sí mismo como causa del rechazo materno sufrido.

         En un trabajo previo (1) intenté una lectura de uno de esos casos, a partir de la idea de la melancolización: una manifestación clínica que, sin corresponder a  una melancolía, se caracterizaba, como la melancolía, por la predominancia de un conflicto entre el yo y el superyó. La hipótesis planteada era que en estos casos, al modo del mecanismo que describió Freud para la melancolía,  el reproche dirigido inicialmente hacia el objeto (el haberla rechazado) se volvía contra el yo en la forma de un autorreproche (ser rechazable). Esto permitía al sujeto conservar al Otro libre de reproches, aunque a costa del sacrificio del yo. La ambivalencia hacia el Otro que la había rechazado era evitada, quedando el amor vinculado al Otro y el odio vuelto contra el propio yo.

         Conflicto entre el yo y el superyó… De este modo, sin haberlo sospechado en el inicio de mi recorrido, veía que el superyó se transformaba en una pieza clave del mismo. En este trabajo, por medio de la presentación de un nuevo caso —distinto en muchos aspectos a los anteriores, pero que me resulta útil para trabajar la temática— y de la lectura de algunos textos freudianos, me propongo seguir profundizando el estudio sobre el funcionamiento de dicha instancia psíquica.

 

 

II. La viñeta

 

         Ana enfermó de bulimia cuando tenía 15 años. Actualmente tiene 23, y dicha “enfermedad” jaqueó su vida desde distintos ángulos, con numerosas inhibiciones: Ana no pudo empezar la facultad, tal como se lo proponía luego de que terminó el secundario, no trabaja y sale poco de la casa en la que convive con su madre. En la primera entrevista, Ana hace presente su constelación familiar. Aparecen como un “peso” —lo que le resuena inmediatamente a la comida— tanto una madre que la consiente demasiado como un padre que le exige también en demasía, en relación con los cuales Ana no parece encontrar su lugar.

         El temor que Ana tiene de ser tomada por tonta le resuena a las exigencias de su padre: siente que siempre buscó conformarlo pero nunca logró cumplir con sus expectativas. Su padre siempre fue muy exigente y distante con ella. No terminó el secundario, pero igualmente es un hombre muy culto. Ella tiene miedo de que no le dé la cabeza para estudiar en la facultad. Ana se exige hacer todo perfecto, y por miedo a hacerlo mal no hace nada. Cuando Ana tenía 15 años sus padres se separaron, y luego ella comenzó a vomitar. La madre siempre le dijo que era linda, el padre le insinuaba en bromas que la tomaba por tonta. Por otro lado ese padre, siempre tan preocupado por cuidar su propio físico, le decía que tenía unos kilitos de más. La exigencia del padre la quería linda e inteligente.

         Las peleas de Ana con su madre, casi constantes en el último tiempo, relanzaban en la paciente sus dietas. El sobrepeso, inobservable desde mi punto de vista, era para ella, junto con el temor a ser tomada por tonta, el estandarte de sus inhibiciones. Ana temía que su madre se deprimiera si ella se iba de la casa. Creía que por eso la madre no la ayudaba y la consentía, dejándola comer. “¿Ella te consiente a vos…?”, pregunté, y Ana completó: “¿…o yo a ella?”.

         Relató que ella “enfermó” cuando su madre estaba en su peor momento, tras separarse del padre. Antes no salía para que su madre no se quedara sola, pero en ese momento no le importaba y salía igual. La salida a la que se refería esta afirmación se vio coronada con un accidente: Ana salió a correr, se cayó y se lastimó la rodilla. Este episodio, al cual Ana no atribuyó importancia alguna, me hizo empezar a preguntarme sobre la incidencia del superyó y la necesidad de castigo en el caso.

         Cuando Ana vomitaba, empezaba vomitando un día y luego no podía parar. Tampoco podía poner un límite a la comida una vez que se salía de la dieta: si comía una galletita de más decía “ya fue”, preámbulo que anunciaba que comería hasta llenarse y luego vomitar. El “ya fue” la remitió a otra escena. Su madre le propuso acompañarla al hospital, ella pensó decirle que no, pero tras el mencionado “ya fue” le dijo que sí.

         Cuando se acercaba a su madre empezaba con problemas con la comida. En otra escena, la madre sancionó una salida de Ana con amigos con un “me abandonaste” que a Ana le pesó como el plomo. Ana sentía la mirada vigilante de su madre, que le exige que no la dejara sola. Su madre dejó todo cuando Ana enfermó para cuidarla; ahora no tenía vida, sólo a Ana.

         Le planteé que decirle que sí a su madre era que se le viniera encima. Ana dijo que  quería hacer su vida, pero que en ese momento se sacrificaba para que su madre no estuviera sola. Pensaba que no iba a poder hacer su vida, ya que no podía salir si no estaba en peso, si no hacía la dieta. Le dije que la dieta de la que se trataba era la de no comerse a su madre, en ese punto en el que, cuando su madre le dijo “me abandonaste”, ella contestó “ya fue”.

         Ana dejó de vomitar por un tiempo, luego comenzó otra vez. Un episodio abrió la puerta a la nueva serie de vómitos: la desilusión que le generó, en una salida con amigos, que un chico que le gustaba no se fijara en ella. “Para qué esforzarme tanto si…”. El fracaso la hace recaer: un novio, un trabajo, se han tornado inaccesibles. Resuenan para Ana las exigencias de su padre y el miedo a ser tomada por tonta. Frente al temor de ser observada, prefería quedarse en su casa.

         La desilusión con el chico contrastaba con una fantasía de Ana: cuando ella estuviera bien todo sería perfecto. Esto implicaba ser flaca, tener un trabajo en el que hiciera siempre todo bien, amigos que nunca le fallasen, que los chicos se interesaran siempre por ella. Le planteé que, frente a la desilusión de encontrar que no es todo perfecto como buscaba, la madre le daba cierta seguridad, cierta perfecta complementariedad: una madre deprimida porque la dejó el marido, que no puede quedarse sola, y una hija enferma que teme salir.

         Pero encontró ahora ocasión de desilusionarse de su madre: surgieron en esa entrevista afirmaciones que cuestionaban la generosidad materna de dejar de lado su vida para cuidar a Ana, incondicionalidad supuesta que resonaba con un “malagradecida” cuando la paciente no respondía del mismo modo. La “enfermedad” de Ana no impidió que su madre se interesara más por un hombre que por su hija cuando Ana estaba en el peor momento de su enfermedad. 

         Ana paró de vomitar y sintió vacío. Antes, vomitando se le pasaba el día, y ahora no sabía que hacer. Leía luego de comer, señal de que en el lugar vacío había podido ubicar algo. Dijo que comía hasta llenarse y vomitar, le gustaría poder comer sólo una porción de torta pero disfrutarla. Sostuve que ella buscaba lo que la llenase: vomitar llenaba el día, la madre le llenaba la vida; que le costaba manejarse con lo que dejaba un vacío.  Respondió que se había enojado con su hermano porque luego de pasar el día con ella no la acompañó a la parada del colectivo. Le dije que el hermano no la llenaba, que ella esperaba un otro perfecto que, como supuestamente lo hacía su madre, no dejara lugares vacíos. El problema era que, si bien su madre la llenaba, no le dejaba espacio para hacer otra cosa. Planteé que su madre le pedía presencia constante, y que lo que ella no podía cortar de ese vínculo era la relación con lo “perfecto”: también ella buscaba de sí misma y de los demás que no dejaran vacíos. Ana habló de repensar su relación con su padre, a quien siempre reclamó que no se ocupara de ella, pero que muchas veces estuvo.

         En la entrevista siguiente habló de la perfección, de su idea de que “no debe fallar…”, la falla era traición. Dijo que, además de su madre, su padre también exigía perfección: no reconocía las cosas que no sabía y decía estar cansado de resolver los problemas de sus hijos. Le planteé que la idea de perfección partía de ambos padres. Ambos se ubicaban en un lugar de perfección (la incondicional/el lindo e inteligente) y le exigían ser perfecta. Señalé que lo que costaba poner en juego era que los padres tampoco eran perfectos como decían, como ella les exigía: su madre no era incondicional y desinteresada como afirmaba (por eso Ana le tenía bronca) y su padre no lo podía todo (aspecto que Ana parecía no cuestionarse). Ésa era la traición (desilusión). Le planteé cuestionar la idea de perfección: que Ana pudiera disfrutar de algo aunque no fuese perfecto, tolerar espacios vacíos.

 

 

III. La cultura. El Ideal y el superyó en Freud

 

         En el origen de la sociedad humana ubica Freud un mito: un padre violento asesinado por un clan fraterno unido por el odio al mismo. Pero además de odiar a este padre, sus hijos lo amaban, y luego del asesinato ese amor dio origen al remordimiento y a la conciencia de culpa. Esto dio un giro a la situación, dado que por la conciencia de culpa los hijos otorgaron al padre muerto mayor poderío del que tenía en vida. La conciencia de culpabilidad sería apaciguada con la obediencia retroactiva al padre y la imagen del mismo sería idealizada, devolviéndole su omnipotencia. La conciencia de culpabilidad es responsable de la elevación del padre asesinado a la categoría de Dios y de la voluntad de los hijos de sacrificarse y someterse al mismo. Subrayo una secuencia: tras el asesinato de un Otro odiado, el amor al mismo da origen a la conciencia de culpabilidad que lleva al sujeto a sacrificarse a sí mismo para devolverle al Otro su omnipotencia.

         La Ley del padre establece retroactivamente prohibiciones que rigen las relaciones entre los hombres (prohibición del homicidio y del incesto). La cultura agrupa a los hombres en torno a determinados ideales, que regulan sus relaciones y permiten el trabajo conjunto que busca dominar la naturaleza. Pero éstos implican también una renuncia a la satisfacción que supone la imposibilidad de alcanzar la felicidad en la cultura y una fuente de hostilidad hacia la misma. El superyó es la instancia que vuelve la hostilidad dirigida inicialmente al ideal cultural contra el propio yo, en forma de conciencia de culpabilidad. De este modo se mantienen, a costa del yo, la comunidad cultural y el sostenimiento de los ideales. El superyó vigila el cumplimiento del ideal, transformando en culpabilidad y necesidad de castigo el alejamiento del mismo por parte del yo. Genera el sostenimiento del ideal cultural por medio del sacrificio del yo, quién dirigirá hacia sí mismo la agresividad en un primer momento orientada hacia ese ideal que lo oprimía.

         ¿Qué brinda al individuo la cultura? La posibilidad de defenderse contra el poder de la naturaleza. Posibilidad precaria, pues las fuerzas de la naturaleza superan a las de los hombres, subsistiendo un estado de indefensión hacia las mismas. Pero la cultura brinda también otra cosa, la ilusión, lo que permite que el orden cultural sea soportable. La ilusión parte de los deseos humanos y busca su realización, prescindiendo de la relación con la realidad. El estado de indefensión humano ante la naturaleza llevó a desear la protección de un Otro todopoderoso, surgiendo de este deseo la idea de Dios y las representaciones religiosas. Pero el sostenimiento de este Otro que cobija con su amor implica para el sujeto un sacrificio de la razón (o de ciertos recorridos que, si la razón los hiciera, podrían cuestionar la existencia de ese Dios, lo que revelaría la persistencia de la indefensión humana). Podría pensarse que es a partir de la necesidad de evitar percibirse en su indefensión que el deseo lleva al hombre a creer en un Otro omnipotente protector, sacrificando para sostenerlo su razón, aceptando las renuncias que el ideal del Otro suponen y volviendo contra sí mismo la agresividad que las restricciones originadas en este ideal generan.

 

 

IV. Lectura del caso

 

         El Ideal del yo es un rasgo extraído del Otro con el cual el sujeto se identifica. Es el punto desde el cual el sujeto se ve a sí mismo como amable para la mirada del Otro. Creo que en el caso algo del Ideal puede ser pensado del lado de lo perfecto, lo que no presenta vacíos.

         Lo perfecto aparece en ambos padres, de distinto modo. Del lado materno, como una exigencia que cumple Ana y que la atrapa: la perfección de la incondicionalidad o presencia constante. Madre e hija se complementan en una ayuda mutua perfecta que no deja salida. Esta perfección genera un conflicto en Ana: si bien lo que llena puede ser perfecto, no deja posibilidad alguna de que tenga una vida por fuera de ese vínculo.

         Del lado paterno, la perfección es la de una estética y una inteligencia sin falla. Esta perfección queda del lado del padre, ya que esta exigencia (de ser “linda e inteligente”) no es cumplida por Ana (la “gorda y tonta”). El padre es una mirada que evalúa y desaprueba, que excluye. Así, el padre que debía dar a Ana una salida de su madre, redobla el encierro (salvo que Ana lograra algún día estar a su altura). 

         Los intentos de Ana de salir del mismo chocan contra fuertes resistencias: el superyó protege el carácter Ideal del Otro frente a los intentos del sujeto de cuestionarlo, vuelve contra el yo la hostilidad dirigida inicialmente al Otro que lo oprime. Así, Ana será “malagradecida” si se aleja de la “generosidad” de su madre, será “gorda” o “tonta” frente a perfección de su padre. El superyó hace sonar sus imperativos para señalar la distancia que separa al yo del Ideal (Ana no es perfecta). Lleva al yo a sacrificarse por el Otro, a volverse el objeto de sacrificio que se dedica a la divinidad del Otro.

         Tras el Ideal, el objeto se oculta. Creo que podría pensarse que la generosidad materna oculta que Ana es para su madre un objeto a devorar, algo que le permitiría taponar su falta. La perfección de su padre oculta que para él Ana es un objeto a señalar, una buena forma de tapar sus propias imperfecciones. Creo que tanto el Ideal como el superyó en la neurosis preservan al Otro de la castración. El Ideal permite al sujeto, cuando logra ubicarse como amable en relación a ese rasgo, cierta comunión con el Otro que excluye la falta en ambos. El superyó, en cambio, sostiene un Otro sin falta, pero la falta queda del lado del sujeto. Lo que se encuentra evitado tras ellos es la traición: ni la madre de Ana ni su padre son perfectos, ya que la perfección no existe.

         Pienso que este es el paso que Ana no puede dar: la caída del Otro del lugar del Ideal, el reconocimiento de la castración en el Otro, su asesinato (simbólico). En su lugar aparece el amor a ese Otro perfecto, sin falta, en el que cree y el sacrificio del yo.  Ana no puede dejar de creer en ese Otro que le prometió que existía la perfección, que le dio esa seguridad deseada de una complementación sin falla. La desilusión ante la traición, la pérdida de la idea de perfección, la enfrenta al riesgo de salir a un mundo que falla, que deja lugares vacíos, que no puede ofrecerle esa seguridad ilusoria en la que creyó.

 

 

V. Consideraciones sobre el Ideal del yo y el superyó en la neurosis

 

         Por su desvalimiento, el neurótico se sitúa en relación a un Otro en el cual ubica un rasgo Ideal. El sujeto busca completarse completando lo que al Otro le falta. Esta comunión con un Otro al que se supone omnipotente permite eludir, en un mismo movimiento, la castración del Otro y la del propio sujeto, su desvalimiento. El sujeto buscará hacerse amar por el Otro desde ese mismo rasgo Ideal del Otro: el Ideal del yo es el rasgo desde el cual el sujeto se ve a sí mismo como amable para el Otro. Este Ideal oculta cierta relación del sujeto con el objeto: cierta satisfacción que el sujeto obtiene al ofrecerse al Otro como determinado objeto de satisfacción, que supuestamente el Otro desea.

         El superyó es una instancia que preserva al Otro de la falta: por amor a ese Otro omnipotente se dirigen contra el yo las tendencias hostiles que podrían cuestionar el carácter Ideal del Otro. El imperativo del superyó, guardián del Ideal que castiga el alejamiento del yo de los requerimientos del mismo, ocupa el lugar en el que podría producirse el asesinato simbólico del Otro. Este último es evitado por el neurótico porque supone el reconocimiento de la castración del Otro y de la propia: la indefensión. Esto contradice el deseo del sujeto: el de huir de la castración, aunque más no sea por medio de la ilusión, creyendo en un Otro omnipotente  que brinda la completud narcisista con su amor y protección. Lo temido es finalmente la amenaza de la pérdida del amor del Otro o el descubrimiento de su inconsistencia.

         Cabe preguntarse finalmente si lo que puede ofrecer el psicoanálisis al sujeto es justamente el facilitarle encontrar la vía para el asesinato del Otro: permitirle que consienta perder lo más preciado, ese Otro divino que protege y ama, para no tener que sacrificarse a sí mismo por el deseo de conservarlo. Esto supone la aceptación de la castración, pero, como afirmó Freud en El porvenir de una ilusión: “La conciencia de que sólo hemos de contar con nuestras propias fuerzas nos enseña, por lo menos, a utilizarlas con acierto”.

 

 

Trabajo presentado en las XV Jornadas de Residentes de Salud Mental del Área Metropolitana, en Buenos Aires en Noviembre de 2008.

 

 

Bibliografía

 

FREUD, S., “Duelo y melancolía”. En: Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1996, vol. XIV.

FREUD, S., “El malestar en la cultura”. En: Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1996, vol. XXI.

FREUD, S., “El porvenir de una ilusión”. En: Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1996, vol. XXI.

FREUD, S., “Tótem y tabú”. En: Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1996, vol. XIII.

 

 

Notas

 

(1) El rechazo del Otro, publicado en la sección Hospitales de elSigma el 26 de junio de 2009.

 

 

 

 


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