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Cuando no se ama demasiado no se ama suficientemente. De la Astrea a la erotomanía

08/08/2005- Por Noelia Dabrowski, Ximena Goldberg y M. Fernanda Montesano -

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A partir de un recorte clínico, las autoras proponen un recorrido que avanza desde la definición de erotomanía de De Clérambault y, pasando por los articuladores teóricos del psicoanálisis, desemboca en una pregunta acerca del amor, en una doble vertiente: la de la diferencia entre los modos masculino y femenino del amar y, por otra parte, la que encierra el límite entre el amor llamado "normal" y la locura de amor. Esto implica, en última instancia, situar a qué responden, en la estructura, las diversas variantes y figuras históricas de la pasión amorosa.

Los besos y las caricias ya no le producían ni alegría ni satisfacción; eran sólo una cortina, tras la cual el chico se torturaba y llamaba desesperadamente a su cuerpo a la obediencia. Eran unas caricias interminables y era un sufrimiento sin fin, un sufrimiento totalmente mudo, porque Jaromil no sabía qué decir y le parecía que cualquier palabra iría a aumentar su vergüenza; la chica también estaba callada, seguramente porque ella también intuía que estaba sucediendo algo vergonzoso, sin saber exactamente si era vergüenza suya o de él; de cualquier modo, lo que ocurría era algo para lo cual no estaba preparada y le daba miedo mencionarlo.
Y luego, cuando la horrenda pantomima de caricias y besos ya no tuvo fuerzas para continuar, apoyaron las dos cabezas sobre la almohada e intentaron dormirse. Es difícil adivinar si durmieron o no, y cuánto tiempo, pero aunque no lo hubieran hecho lo cierto es que simularon dormir, porque así podían esconderse el uno del otro. 

Cuando se levantaron a la mañana, a Jaromil le dio miedo mirar el cuerpo de ella; le parecía tan dolorosamente bello, tanto más bello porque no le pertenecía. Fueron a la cocina, prepararon el desayuno y se esforzaron por charlar con naturalidad.

Pero después de un rato la estudiante dijo:

—Tú no me quieres.

Jaromil quería asegurarle que no era verdad, pero ella no lo dejó hablar.

—No, es inútil que trates de convencerme. Es más fuerte que tú y esta noche ha quedado demostrado. Tú no me quieres. Tú mismo te has dado cuenta hoy de que no me quieres lo suficiente.

En un primer momento hubiera querido asegurarle a la chica que aquello no tenía nada que ver con la magnitud de su amor, pero no se lo dijo. Las palabras de la chica le habían brindado una inesperada oportunidad de disimular su vergüenza. Era mil veces más fácil soportar el reproche de la chica por su falta de cariño que la idea de que tenía un cuerpo defectuoso. Por eso no decía nada y se limitaba a agachar la cabeza. Y cuando la chica repitió la misma acusación él dijo, con voz deliberadamente insegura y poco convincente:

—No es verdad, yo te quiero.

—Mientes —le dijo—, tú quieres a otra.

Eso era aún mejor. Jaromil agachó la cabeza e hizo un gesto de tristeza con los hombros, como si reconociera que había una parte de verdad en el reproche.

—Cuando el amor no es verdadero no tiene ningún sentido —dijo la estudiante con voz fúnebre—. Ya te advertí que no era capaz de tomar estas cosas a la ligera. No soporto ser el sustituto de otra persona.

A pesar de que la noche que habían pasado juntos había constituido un sufrimiento, a Jaromil no le quedaba más que una salida: repetir la experiencia y superar su fracaso. Por eso se veía ahora obligado a decirle:

—No, eres injusta conmigo. Te quiero. Te quiero mucho. Pero hay algo que te he ocultado. Es verdad que en mi vida hay otra mujer. Esa mujer me amaba y yo le he hecho mucho daño. Y ahora hay en mi vida como una especie de sombra que me angustia y contra la que no puedo hacer nada. Compréndeme, por favor. Sería una injusticia que ya no quisieras que nos volviéramos a ver, porque yo te amo a ti, solamente a ti.

—Yo no digo que no quiera que nos volvamos a ver, lo único que digo es que no soporto a ninguna otra mujer, ni aunque sea una sombra. Compréndeme, para mí el amor es algo absoluto. Para mí en el amor no hay medias tintas.

Jaromil miraba la cara de la chica, sus gafas, y el corazón se le encogía al pensar que fuera a perderla; le pareció que tenían muchas cosas en común, que era capaz de comprenderlo. Y sin embargo no podía ni debía confiarle sus problemas y tenía que poner cara de que una sombra fatal lo aprisionaba, de que su propio ser estaba partido en dos, de que era digno de compasión.

—¿Y el amor absoluto no significa —arguyó— la capacidad de comprender al otro y de amarlo con todo lo que está dentro de él y encima de él, con sus sombras también?

La frase estaba bien dicha y la estudiante se quedó pensando. A Jaromil le pareció que no estaba todo perdido”[1].

 

 

 

Presentaremos un material clínico que podríamos ubicar dentro de la categoría de erotomanía, tal como es definida desde la psiquiatría por De Clérambault. Para este autor, se trata de un síndrome pasional mórbido, que en este caso se presenta puro, en tanto no aparecen asociadas concepciones megalómanas, globales ni absurdas; tampoco retrospección, y jamás alucinaciones. Dicho síndrome está definido por la presencia de un postulado fundamental: es el objeto el que ha comenzado y el que más ama o el único que ama. Es decir, se trata de un nudo ideo-afectivo inicial cuyo elemento afectivo está constituido por una emoción vehemente, profunda, destinada a perpetuarse sin detención, y que acapara desde el primer día todas las fuerzas del espíritu. En el nudo ideo-afectivo que constituye el postulado es muy evidente que, de los dos elementos, el primero en el tiempo es la pasión. El postulado tiene ese carácter de ser primario, fundamental y generador, siendo los componentes de este sentimiento el orgullo, el deseo y la esperanza. Este último siempre subsiste.

Las primeras y principales convicciones del erotómano han sido obtenidas por deducción del postulado. Se presentan temas derivados y observados como evidentes, tales como que el objeto no puede ser dichoso sin el pretendiente, el objeto no puede tener un valor completo sin el pretendiente, el objeto está libre (su matrimonio no es válido). Existen además otros temas derivados y que se demuestran: vigilancia y protección continua del objeto, trabajos de aproximación por parte de éste, conducta paradójica y contradictoria del objeto.

El delirio erotomaníaco se desarrolla en tres estadios. El primero, definido por un sentimiento de esperanza, está caracterizado por percepciones delirantes, es decir el cambio de significado de una percepción real. El segundo, definido por el sentimiento de despecho, se trataría de  la insistencia en el acercamiento a pesar de la percepción de la actitud despectiva del objeto. Finalmente un tercero de rencor, en el cual las señales de que el objeto se niega son muy claras pero se aduce que es por interposición de algo o alguien. En esta fase un activismo reivindicativo pone al objeto en posición de víctima, a veces con un desenlace médico-legal.

 

 

Elena, de 36 años, convive con sus padres, una hermana, sobrinos y sus dos hijos. Refiere como motivo de consulta estar “deprimida” y “no poder más”, luego de la separación de su última pareja, quien —al decir de la paciente— la abandonó hace ocho meses, luego de dos años juntos. Dice no poder hacer nada, no poder trabajar ni pensar en otra cosa. Comenta que lo persigue —“lo vuelvo loco”— y teme por lo que ella sería capaz de hacer para que él vuelva, hasta llegar a matarlo. En asociación con esto aparecerá el miedo a volverse loca o a que la encierren.

Agrega que “no puede tolerar el abandono”, que no puede dejar de llamarlo varias veces por día de modo insistente. Dice: “Necesito saber qué hace y dónde está todo el tiempo”. Manifiesta deseos de saber por qué le sucede ésto y expresa: “Quiero estar bien para volver a estar con él”, ubicando esto como el motivo para iniciar el tratamiento.

Respecto de las relaciones con su familia, comenta que con sus hijos “la relación no es buena”. Con su hija adolescente comenzaron las dificultades cuando la paciente conoció a su pareja, y se agudizaron al inicio de la convivencia, momento en que la hija comenzó a tener problemas en el estudio y de conducta. Durante la convivencia con su pareja, su madre se encargó del cuidado de los chicos, mostrando una actitud de rechazo hacia la relación con Guillermo. Del padre cuenta que hasta hace un año tenían una muy buena relación (trae recuerdos tiernos de su infancia y adolescencia), pero éste padeció un cuadro de hipertensión que dejó como secuela hemiplejia, y —dice Elena— ahora no tienen ninguna relación (“la culpa de ese accidente la tiene mi mamá, que lo volvió loco”).

En las siguientes entrevistas, la paciente sólo habla del momento actual en relación con su ex-pareja. “No sé dónde está, necesito escuchar su voz, que dé la cara, que me venga a ver”. Reaparece con intensidad la idea de matarlo. Imagina la escena: ella va a buscarlo a la casa o al trabajo con un arma en la cartera y cuando lo ve dispara. Niega ideas de suicidio, y dice sonriendo: “Si me mato, él hace lo que quiere. Él tiene que sufrir como sufro yo”. Esto le funciona como freno a la idea de matarlo.

Comienza a desarrollar la idea de que Guillermo está con otra mujer. “Yo sé que está con otra”. Al preguntar por esto, la paciente expresa: “yo lo sé”, y no le es posible describir a dicha mujer. “Guillermo no se da cuenta, pero yo sé que no va a durar”. Al preguntar cómo lo sabe, la paciente refiere que ella, con Guillermo, tiene una “sensibilidad especial”, dice que lo conoce demasiado y nunca duda de la idea de que él la ama y volverá. Comenta que llora todo el tiempo, que la desespera no tener noticias de él, y que cuando esto ocurre comienza a llamarlo compulsivamente. Luego de esto dice sentir “dolores en el pecho y el estómago” que no puede tolerar, por lo que insiste con sus llamados.

A la siguiente entrevista se presenta sonriente y de muy buen ánimo. Refiere que, hace unos días, Guillermo fue a verla y tuvieron relaciones sexuales, luego de una gran discusión. En su rostro impresionan gestos de placer. “Cuando hacemos el amor me devuelve el alma, pero cuando se va quedo vacía”. Se define como “vacía” si Guillermo no está con ella, y en asociación con ésto resurge con intensidad la idea de matarlo, como única solución si él no vuelve. En ese momento le pregunta a la analista si piensa que ella está loca, y dice: “¿Qué tengo?”. Al indagar por su pregunta, dice que quiere saber su diagnóstico y comienza a lastimarse el brazo con sus uñas, generando un leve sangrado. La analista interviene marcando un límite a esta acción. Elena empieza a desarrollar un plan para seguir a Guillermo y comienza a perder peso la idea de matarlo.

En el siguiente encuentro habla de “pensamientos que me atormentan”, que serán: saber dónde está, qué hace y con quién está. Cuenta que siguió a Guillermo como lo había planeado,  “pero me salió mal porque me dejé ver”. Fue a buscarlo al trabajo, discutieron, lo tomó de las manos y, en el forcejeo, lo arañó. Luego entró al lugar a buscarlo, y ante la evasión de él lo siguió hasta una escalera y lo empujó (dice que tenía la intención de que cayera). Cuenta este episodio con una sonrisa particular: “Sentí mucho placer porque vi que él estaba nervioso, incómodo, delante de sus amigos”. Comienza a desarrollar la idea de que él tiene que sufrir como está sufriendo ella, “pagar por lo que me hizo”, porque él le había jurado amor y fidelidad. Sin embargo, se asocia rápidamente la idea de que ella quiere que él la perdone y vuelva, porque no duda de que se aman. Si bien relata hechos que dan cuenta de cómo Guillermo la maltrataba, ubica que la relación que tenían era única, que él era muy compañero y tierno, resalta sus características físicas y su excepcional desempeño sexual. 

En entrevistas posteriores describe detalladamente sus actos, entre los que se ubican pegar cinta adhesiva en el timbre de su casa para verlo salir y luego esconderse, colocar pegamento en la cerradura y observar, tras un árbol, el enojo de Guillermo ante la ruptura de la llave, pegar carteles en el barrio donde él vive y trabaja con sus fotos y datos personales y la leyenda “Hacete cargo de tus hijos” (fruto de una relación anterior de Guillermo), entre otros. A raíz de algunos de estos actos él la agrede físicamente, por lo que Elena realiza una denuncia por lesiones. Sin embargo, dicha denuncia es retirada, ya que, como consecuencia de la misma, se le prohibía a Guillermo acercarse a Elena, quien luego se da cuenta de que, por este mismo motivo, ella misma no podría acercarse a él.

Más adelante concurre al espacio del tratamiento solicitando un informe psicológico, porque ha decidido realizar un “juicio por daño psíquico” contra Guillermo, impulsada por una abogada a quien conoce. Dice: “Él era muy posesivo y yo tuve que dejar de trabajar. Y ahora no tengo nada.”. Cuenta que en este momento no está en contacto con él porque no tiene dinero para seguirlo, aunque agrega que de vez en cuando lo busca y lo sigue en silencio.

 

 

A través de este recorte clínico, quedan en evidencia los operadores teóricos de De Clérambault, incluyendo el postulado fundamental y sus derivados, como así también el atravesamiento por los distintos estadios.

Resultan pertinentes, en este punto, los aportes de otros autores franceses en relación con los conceptos de erotomanía y pasión. Se desprende de sus desarrollos que la pasión es, en el dominio de la sensibilidad, lo que la idea fija en el dominio de la inteligencia. Constituye una fuerte tendencia, exaltada y exagerada, que se hace estable, sometiendo y arrastrando tras de si a todas las demás. El elemento pasional tiene por efecto disminuir la autocrítica, por lo cual las operaciones intelectuales pueden resultar viciadas y derivar en interpretaciones erróneas.

Más allá de esta descripción que permite la psiquiatría, los interrogantes que se plantea la paciente en relación con su pasión abren un nuevo recorrido para pensar las diferencias entre el amor normal y el amor loco, entre el enamoramiento y la locura de amor. Ella dice: “Cuando hacemos el amor me devuelve el alma, cuando se va quedo vacía”. Frente a esta intensidad de su amor, la paciente se desconoce y pregunta a la analista: “¿Me estaré volviendo loca? ¿Qué tengo? ¿Por qué me pasa esto con este tipo?”. Estas preguntas nos guiaron en la lectura de distintos autores psicoanalíticos, desde donde intentaremos abordar la cuestión de los límites del diagnóstico. Consideramos que este concepto de límite sobrepasa la noción de estructura, en tanto la dinámica de la pasión se encuentra en el núcleo de la psicopatología, y las particularidades que adquieren las relaciones de amor constituyen datos preciosos para establecer un diagnóstico diferencial.

La premisa que nos guía en este trabajo es que el caso presentado responde a una estructura psicótica, dado que la paciente desarrolla una convicción delirante de ser amada. Desde el psicoanálisis, el postulado fundamental puede leerse como un gran Otro que se impone en el lugar de emisión de la libido que toma como blanco al sujeto, constituyendo de este modo la misma estructura que el automatismo mental. Allí donde el neurótico se interrogaría sobre este amor, abriendo a la pregunta del sujeto, en la erotómana aparece la certeza de que es él quien la ama, y nunca dejará de hacerlo. Dicha certeza es transexperimental y constituyente de su relación con el gran Otro. Siguiendo la lógica del significante, no se trataría de la abertura dialéctica que se manifiesta en la creencia neurótica, donde el sujeto queda designado por su división. En el psicótico, en cambio, el intervalo entre S1 y S2 se solidifica, constituyendo una holofrase donde no hay sujeto y, por lo tanto, ya no es accesible la duda. Cuando se produce la holofrase no hay sujeto escindido ni objeto a como resto. Allí donde falta la falta no hay posibilidad deseante, y sólo hay lugar para el goce.

Este goce supone un modo de satisfacer la pulsión que lleva a que el sujeto quede ubicado como objeto en la estructura. En tanto el amor implica una relación de sujeto a sujeto, ¿se trata de amor la pasión de la erotomanía? Siguiendo los desarrollos de Lacan, lo específico de la relación del sujeto psicótico al Otro del lenguaje estaría dado por una heterogeneidad radical con que se le presenta este último, dejando como única posibilidad una relación amorosa en la que él aparece suprimido como sujeto. Es por esto que, si consideramos la posibilidad de hablar de amor en esta estructura, sólo podemos suponer un amor muerto, y como tal destinado al fracaso. Debido a este modo en que se le presenta el Otro, el psicótico solo puede relacionarse con la envoltura, cáscara, forma de la palabra. “Donde la palabra está ausente, allí se sitúa el Eros del psicótico, allí encuentra su supremo amor.”[2]

Los fenómenos que mencionamos —como la holofrase, el postulado erotómano, el amor mortífero, el modo de relación del psicótico con el Otro— encuentran una explicación desde el psicoanálisis si nos remitimos a los orígenes, al momento de la constitución de un sujeto. En la psicosis, en tanto falta un lugar en el amor del Otro, no hay un S1 que opere como marca. Por esta constitución fallida se ve imposibilitado de asumir un nombre como propio, como prueba de su existencia: el sujeto psicótico es la nada del gran Otro. “El delirio erotómano, como reconstrucción fallida, intenta darse un nombre y un lugar en el amor del Otro […]. La pasión precipita al acto en una búsqueda de un rasgo que nos erija uno mismo con el nombre.”[3] Es el acto de esta búsqueda lo que hace que el sujeto aparezca fenomenológicamente como agente, a pesar de ser objeto en la estructura. Desde esta posición, el sujeto psicótico es impulsado a buscar un significante que falta para regular su goce.

Tanto la certeza de que Guillermo la ama como los “actos de persecución” que Elena lleva a cabo son una y la misma cosa: la búsqueda de una prueba de existencia a través del amor del Otro, la operación de un nombre propio. Esta operación se juega en la pasión en tanto el “ser amada de…” (en este caso de Guillermo) le permite nombrarse, viene al lugar de ese nombre que a ella le falta. La pasión se manifiesta en la oscilación que presenta la paciente a lo largo de las entrevistas, entre momentos de absoluta desesperación y otros de absoluto éxtasis, que coinciden con la absoluta presencia o ausencia de aquel que la ama.

Aquel dicho de la paciente —“cuando hacemos el amor me devuelve el alma, cuando se va quedo vacía”— se resignifica a la luz de este desarrollo, en tanto pone de manifiesto que la función del otro consiste en otorgarle un ser que ella no tiene. Cuando la analista le pregunta por este vacío, ella lo identifica con la ausencia de Guillermo, y comienza a pesar en la posibilidad de no estar juntos. En este punto se le impone la idea de matarlo, que se pacifica con la intervención de la analista en relación con los límites. La pasión conlleva, así, la existencia y la muerte en su misma esencia, por lo que puede suponerse que, de haber efectivamente matado a este hombre, no le hubiera quedado otra alternativa más que suicidarse después. Si no es “la amada de”, no es nada. Queda evidenciado cómo la pasión busca —a través de la muerte— esa marca fundamental que hace al sujeto uno, que lo unifica.  

Lo que nombra en la estructura psicótica es un signo que no hace cadena, signo del goce del Otro que se aparece en el lugar de la falta. Es en este punto que la pasión no es una palabra de amor, sino un nombre del goce que se interpone entre ella y este hombre excepcional a falta de inscripción fálica, intento de marcar en lo real aquello que no se inscribió en lo simbólico. Al tiempo que limita la invasión del goce del Otro, el recurso a la pasión busca causar al objeto a, imposibilitado de operar como resto en esta estructura.

En el caso presentado, el partenaire elegido ama pero no goza; por el contrario, es el último recurso contra la amenaza del goce. Podemos preguntarnos qué invasión de goce está siendo elidida en la paciente con el recurso a la erotomanía, y por qué se desencadena con este partenaire en particular. Consideramos que las coordenadas del caso permiten plantear la hipótesis que la figura de la madre de la paciente encarna el lugar del Otro gozador. En relación a esto, Piera Aulagnier plantea un nuevo rodeo a la gramática freudiana desde la vertiente femenina en la erotomanía: “No la amo a ella, mi madre, lo amo a él porque me ama”. No es casual, entonces, que, entre los distintos hombres con quienes ha formado pareja, la erotomanía se desencadene con aquél que ha sido rechazado por su madre. 

Los registros del goce y del amor, que siempre se presentan más o menos entretejidos en la neurosis, y que conforman en su anudamiento el amor llamado normal, se desnudan en la psicosis, que los revela en su pureza. Las dos vertientes —masculina y femenina— de la sexualidad no son datos, nada que pueda deducirse de la experiencia.

En todo vínculo neurótico se presenta la dimensión de la creencia en su punto más engañoso, en tanto se pone en juego la ilusión de completud. “De ahí que en la exigencia neurótica de ser correspondido surja la prueba de amor, siempre a verificar, que es colocada en el lugar de la causa y que lleva a exigir una demostración al Otro” [4]. En tanto está sostenido en una ilusión, conformado desde una fantasía, es que el amor neurótico puede parecer loco. De hecho, Lacan lo define como “dar lo que no se tiene a aquel que no lo es”.

Así, en la neurosis el amor viene a suplir la ausencia de relación sexual, en tanto que en la psicosis suple la falta-en-ser, es evocado para evitar la inminencia de una relación mortífera. Es por esto que sólo puede entenderse la pasión si es estudiada en relación al objeto que la califica. En la erotomanía la demostración de amor se pone en acto, el sujeto se ubica como objeto, como la prueba viva del goce del Otro, dejando en evidencia que es un amor que no puede más, amor que intenta inscribir la polaridad sexual. Es en este punto que la pasión y el amor se tocan, y al mismo tiempo se diferencian.

 

 

Nos parece interesante, en este momento, retomar el fragmento de la novela con que iniciamos este trabajo. Los protagonistas, por las contingencias de la vida, se ven enfrentados a la imposibilidad de complementariedad sexual. De ahí en más, dan cuenta de una pluralidad de respuestas que se formulan ante esta ausencia. Será ella quien diga: “No soporto a ninguna otra mujer, ni aunque sea una sombra. Para mí el amor es algo absoluto. Para mí en el amor no hay medias tintas”. En ese punto se visualiza lo que planteamos anteriormente en relación con las similitudes y diferencias entre amor y pasión. La exigencia femenina de ser la única es lo que la psicosis erotomaníaca eleva hasta el postulado de ser la única del amor.

En el curso de la evolución histórica, el amor-pasión ha sido practicado en el estilo que se llama platónico o idealista apasionado, implicando el sacrificio total de un ser a otro. Ante nuestros ojos modernos, nos parece una locura. Pero, ¿siempre fue entendido como una locura este modo de vivir el amor? Entre los siglos XV y XVII se hacía de la pasión un título honorífico, un valor que transformaba al ser humano en generoso y noble. Como paradigma de este período es que tomamos la Astrea, de Honorato de Urfé, novela pastoril inspirada en las teorías platónicas del amor, predicando —a través de sus leyes— la excelencia de la amada y las condiciones del buen amante. Algunas de estas leyes son:

 

—Hay que amar con exceso.

—No tener más pasión que el propio amor.

—No amar sino a una persona.

—No tener más ambición que la de satisfacer a aquella a quien uno ama.

—Encontrar que en ella todo es perfecto.

—No tener más voluntad que la suya.

—Dedicarse a amarla siempre.

 

Para los filósofos las pasiones reúnen características comunes, como borrar los límites del sujeto, ser irresistibles y poseer al sujeto, que se transforma así en pasivo: padece la pasión.

Es difícil determinar hasta qué punto se revelan, en la idea del amante heroico, las visiones masculina y femenina del amor. ¿Es la figura del que sufre por amor la imagen de sí mismo que quiere ver el varón, o es voluntad de la mujer que se muestre así? Más probablemente lo primero. La visión que del amor tiene la mujer permanece siempre velada y oculta; es un profundo y delicado secreto.

La idea de pasión en este período aparecería como una de las respuestas posibles frente a la imposibilidad de relación sexual, adquiriendo el valor de fantasma de la época. El género en que los varones no se agotan nunca y las mujeres son dóciles en todo momento, es una ficción romántica, tan exactamente como el noble amor cortés. Se ve así como el concepto de pasión atraviesa todas las corrientes filosóficas, deja su marca en la literatura y aparece en la psiquiatría de la mano de la psicosis.

A diferencia del enamoramiento tal como es vivido en la época actual, el amante del Renacimiento se precipita a su objeto perdiéndose, el otro es todo, y le otorgará todo su ser. Es por esto que, desde una mirada contemporánea, aparece inmerso en el orden de la locura, en tanto se juega en el eje del puro espejismo, ya que el acento original de la dimensión amorosa está perdido. La ley mencionada según la cual no es digno tener más pasión que el propio amor presentaría una analogía con la afirmación freudiana de que “el psicótico ama a su delirio como a si mismo”. Sin embargo, aquello que fenomenológicamente daría cuenta de lo igual, instaura en el mismo acto la noción de lo distinto. En tanto el apasionado renacentista se ubica como sujeto amante, el psicótico, por estructura, funciona como un objeto que padece esta pasión. No es sin este límite que es legítimo pensar el deslizamiento de la Astrea a la erotomanía.

 

Trabajo presentado en las I Jornadas de Residentes de Psiquiatría y Psicología Clínica del Hospital “Braulio A. Moyano”, mayo de 2004, y en el 11º Congreso Internacional de Psiquiatría, AAP, octubre de 2004. Noelia Dabrowski, Ximena Goldberg y M. Fernanda Montesano son residentes de 3er. año en Psicología Clínica del Hospital “Braulio A. Moyano”. Correspondencia a: noeliadab@hotmail.com, xgoldberg@yahoo.com.ar y marife_mont@hotmail.com.
 

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Notas

[1] KUNDERA, M., La vida está en otra parte. Citado por SHUA, A. M. y STEIMBERG, A. (1999), Antología del amor apasionado, Alfaguara, Buenos Aires. 

[2] LACAN, J (2000), El Seminario, Libro III. Las psicosis. Editorial Paidós, 2000, Buenos Aires, Argentina.

[3] FERNÁNDEZ, E. (1995), Diagnosticar las psicosis, Data, Buenos Aires.

[4] ERNETA, L. (1988), Transferencia y erotomanía, Simposio del Campo Freudiano, Buenos Aires.


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