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El lugar del cuerpo en el tratamiento de la histeria y la esquizofrenia19/02/2007- Por Marisa Fenochio - Realizar Consulta
Es ya un lugar común en el psicoanálisis que el modo de presencia de la dimensión corporal tiene la marca que las distintas variantes de la estructura le aporta. En la clínica, sin embargo, no va de suyo en qué lógica se inscriben las referencias al cuerpo de distintos pacientes. Situarlas requiere una operación de lectura en transferencia. La autora se pregunta, a partir de dos recortes clínicos, acerca del lugar que tiene el cuerpo en la histeria y en la esquizofrenia, articulando ese material con elementos diferenciales que entiende cruciales para pensar la dirección de la cura en las estructuras
1. Introducción
A partir de la clínica, empecé a preguntarme acerca del lugar que tiene el cuerpo en la histeria y en la esquizofrenia. El camino trazado sigue el recorrido del tratamiento de dos pacientes atendidas en el hospital, articulando en el último punto el material con elementos diferenciales que entiendo como cruciales para pensar la dirección de la cura en las estructuras antes mencionadas.
2. Caso C.
Comienzo a atender a C. de cerca de 50 años, en Consultorios Externos. Nunca consultó a un “psi”. Explica que siempre fue una mujer muy alegre y fue mermando de a poco, que escucha desde hace dos días “ruidos en el techo”, pero que se calmó y durmió cuando su hijo le dijo que eran irreales, y que él le avisaba si se escuchaban realmente, que en la calle la seguían autos con vidrios polarizados, que cree que esto se debe a que vio cómo repartían droga en una escuela, que le hizo muy mal ver a niños inocentes expuestos a la droga, que califica de basura. También padece amenorrea, sangrado de nariz, deposiciones con sangre. Durante el tratamiento se descartan distintas enfermedades médicas.
En la segunda entrevista critica lo ocurrido, aclarando: “¿Qué me creía yo, el centro del mundo?”. Los fenómenos corporales van mutando, se disfrazan, se presenta con moretones en brazos y piernas, y a la vez comenta muy al pasar que se siente ahogada, sin intimidad, que los padres la sobreprotegen, que están pegados y no la dejan pensar, y se pregunta: ¿el exceso de amor puede hacer mal? El significante “pegados” se enlaza con los moretones.
En la siguiente entrevista, dice que los moretones ya no aparecen. Cuenta que va a ser abuela de su primer nieto, y también que se separó de su marido hace 10 años y allí comenzó una relación con R., su actual pareja, con quien dice que las cosas no andan bien. Comienza a sentirse triste, dice que es la primera vez que le pasa en la vida. Asocia este estado con su vida: “Yo siempre fui la que animaba a todos, la alegre, la que consolaba y hacía chistes, ahora me tocó a mí… exploté”.
En otra entrevista surge una opresión en el pecho, disnea y hemorragia nasal. Cuenta que apareció luego de hablar con su pareja de algo que pasó, que a ella la atormenta, ya que no sabe si es realidad o fantasía. Explica que una semana antes de la admisión, estando con su pareja en un hotel alojamiento, él la tomó con los brazos, le puso el dedo en la nariz y le hizo aspirar algo, que luego recuerda que se encontraba desnuda cerca de la puerta. Esto se asocia a la hemorragia nasal, que cede en adelante.
C. relata una escena de angustia ante una publicidad de Navidad, un brindis “por los que vienen y por los que ya no están”, que mostraba un bebé y una silla vacía. Asocia esto con un recuerdo infantil en el que todos estaban unidos. Cuenta sobre su hermano esquizofrénico, quien hace unos años se suicidó, y ella tuvo que hacerse cargo de todos los trámites: “es que los otros estaban tristes”.
Para Año Nuevo pierde la visión de un ojo, y aclara: “No pasó nada, sólo que no vi a mi hijo. En realidad tuvo que asistir a un velorio, pero no me avisó…”. Le digo que no ve al hijo y pierde la visión de un ojo, el síntoma cede cuando vuelve a verlo.
Plantea su miedo a la decadencia física y mental. En la próxima entrevista trae un sueño: “Una persona desconocida le dice que está por morirse y que su última voluntad es que la entierren, pero su familia quiere cremarla y le pide a ella ayuda. Se despierta angustiada metiendo las manos en la tierra para enterrar el cajón”. Recuerda que, luego de la muerte de su hermano, “no se respetó la última voluntad de que lo cremen”. Del sueño y la muerte le angustia algo “esto me hace pensar en mi padre: está muy viejito, está ciego y diabético, no quiero ir a verlo así”.
Presenta un episodio de insomnio, y cuenta que en el día anterior su madre le aconsejó que ella, para dormirse a la noche, escuchara la radio bajito. Entonces lo intentó, pero generó el efecto contrario, ya que se quedó escuchando lo que decían en la radio: “Hablaba un tal S., que es el nombre de mi hijo, hablaban del paqui, que puede ser la droga, el paco, pero también es el nombre con que le decíamos al pene a mis hijos cuando eran chiquitos, también hablaban de que de todo esto hay que preguntarle a C. (nombre de la paciente)”.
C. habla de su relación con R.: “Me espera en la puerta de mi casa sin avisar… Nuestra relación está mal, me asfixia”. Para la siguiente entrevista, 2 días después, vuelve a escuchar la radio, pero nada de esto aparece y cuenta que está más tranquila, que se peleó definitivamente con su pareja. Actualmente consiguió trabajo, lo cual la reconforta por estar en contacto con la gente y por el dinero extra para sus gastos.
3. Caso M.
M. tiene alrededor de 30 años, y se encuentra internada en la sala de mujeres del Hospital. Se la interna por un episodio de excitación psicomotriz y erotomanía con un vecino. Ya en la primera entrevista, relata la experiencia que marcó su vida hace 4 años. Estaba sola en su casa y, viendo la luna por la ventana, dice haber sentido un cimbronazo y haber sido “transportada”, haber experimentado un cambio de lugar. “Morí y renací”, “fui empujada por una fuerza extraña”.
Del padre, dice que no tiene opinión, que “habla por boca de jarro” {sic}, y de la madre que no la deja en paz, que estando dormida le golpea la puerta varias veces preguntándole si necesita algo. Relata un hecho que le ocurrió hace 6 años en la calle: iba a trabajar, un hombre en un auto le pidió una dirección, él le indicó con la mirada que mirara hacia abajo, y tenía el miembro erecto, a lo cual ella salió corriendo angustiada a contarle a su madre. Luego de este episodio se fue a los lagos del Sur por varios meses, a hacer un voluntariado. Allí tuvo su primera experiencia sexual que califica de “dolorosa, horrible, estaba en un charco de sangre, se fue y me dejó sola… Todo el pueblo se rió de mí”.
3.1 Los episodios
Estando internada, se presenta en la guardia un chico que ella bautiza “Juan de los Palotes”, que más adelante dirá que es Jesucristo que resucitó para estar con ella. Luego de un encuentro en el que el chico le besa un pecho y le propone tener sexo oral, M. entiende esto literalmente: “Creía que sexo oral significaba que te digan cosas lindas al oído”. Al hacerlo siente mucho asco, y ese día empieza a sentir extrañeza, el estómago ensanchado, mareos, dolores de panza, y realiza un episodio en el que se arrastra por el parque del Hospital, grita, se encoge de dolor. Luego dirá que el dolor era en la costilla izquierda, que hacía un ruido —“tuc tuc”— como los latidos de un bebé, que se casará con Juan de los Palotes ó Jesús (cabe destacar que M. no vuelve a ver a este chico). Dice que ya no le interesa el vecino. Por momentos dice ser ella Jesús, comienza a sentir dolor de cabeza que interpreta como “las heridas de la corona de espinas”, que ella resucitó, que quiere hacer el amor pero espiritualmente.
Otro episodio reiterado en su casa era que se paraba frente al espejo y se sentía empujada, tirada, por una “fuerza superior”, luego besaba su imagen. Otro ocurrió en el baño del Hospital: al orinar sintió un ardor vaginal y gritó, pero no era su voz sino la de un bebé; dice que luego algo la tiró hacia atrás y la empujó, ella se tapó los oídos y ese algo le agarró las manos y ella lo besó. No puede explicar qué es, se le abren las piernas y dice que se hace “manuable”, dando a luz varios hijos, se siente embarazada pero explica que son hijos invisibles.
3.2 La flagelación
Empieza a hablar de la flagelación de Cristo, a raíz de una estampita que le entrega una compañera de sala. Se muestra angustiada: “¿Qué le hicieron a Jesús? Siento sus heridas”. Se confunden en su relato ella, Jesús, el vecino, Juan de los Palotes. Los fenómenos de transitivismo se suceden. Dice saber que “estamos todos vivos, ya no hay más muertos”, ve a personajes históricos en otros pacientes: la Virgen, un mártir, la hija de San Martín, el primo, etc. La mirada empieza a ocupar un lugar importante: “Yo soy el ojo a través del cuál todos ven”. Dice curar el mal de ojo, y que la agota mucho que la gente la mire tanto o le acerque bebés en la calle para que ella los toque y los cure. También notó que ella es la única persona que tiene los dientes amarillos, que todos los tienen blancos, y explica el motivo: “Tengo el cuerpo de Cristo… todos fuman menos yo, la que me flagelo por los males del mundo soy yo, si yo fumara le afectaría a todos”. Se pone de novia con un paciente del Hospital, que —dice— es diferente a otros.
3.3 La vía muerta
Trae un sueño en el que hay una vía muerta de tren, a ella le sale leche del pecho que besó Juan de los Palotes, y una hija dice a su madre que está embarazada. Luego cuenta que vio junto a su madre una nota en la revista Viva sobre un chico que hace milagros con las manos en Santiago del Estero, y la madre dice querer ir allí a que la curen de sus dolores, lo que genera bronca en M. y piensa que la única que puede curar es ella. Dice que le duelen las piernas, y que con sus manos se curó sola.
3.4 La Biblia
Empiezo a pensar la sexualidad y la maternidad como la vía muerta para M. e intento como estrategia tomar la cuestión de los milagros como aquello que puede conectarla con la vida, en una apuesta por orientar el delirio dentro de un discurso establecido, que podía ser la Biblia. Le digo que me parece importante que pueda desarrollar su capacidad de hacer milagros, pero para eso hay que estudiar la Biblia.
En la sesión siguiente, M. trae el Nuevo Testamento. M. lee en las sesiones algún capítulo. Se muestra entusiasmada con el proyecto. A medida que vamos leyendo, encuentra un nuevo sentido autorreferencial en cada texto, que poco a poco la inscribe en un lugar diferente. Comienza leyendo la anunciación de María, la multiplicación de los panes, la exhortación a la santidad, la curación vía las manos, los ojos y la palabra, M. se pregunta a través de qué se puede curar, y dice sentir que la mano derecha no para de moverse, que se le sale del cuerpo, que es como una energía, dice que es por ahí por donde puede curar, así como por el ojo derecho que ve visiones. Cuenta un recuerdo infantil en que fue llevada a un curandero que le pasaba un cuchillo con una cinta y la tomaba fuerte de las manos. Dice además tener unas vecinas que hacen tarot, y a quienes visita en un permiso de salida: “ellas me creen”.
En otra sesión lee (Primera carta a los Corintios 11, 6): “Si una mujer no se cubre con el velo, que se corte el cabello. Pero si es deshonroso para una mujer cortarse el cabello o raparse, que se ponga el velo”. Esto le llama la atención y me pregunta: ¿qué es el velo? Lo averigua para la sesión siguiente, y dice que es algo que cubre a las mujeres, que las protege. Frente a un cuerpo abierto, desanudado, sin velo, la idea de recuperar unos anteojos perdidos la alivia, dice que será una protección, como si algo del ojo se enmarcara.
La próxima entrevista abre la Biblia (Mateo 6, 38): “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra” Intento una maniobra tomando la frase literalmente: le digo que me parece que eso tiene que ver con lo que a ella le pasa cuando la miran y ella mira, y con los dientes. Dice, sorprendida: “O sea que si todos me miran mal, no tengo que devolver el mal”. Luego se queja de que una compañera de sala la toca todo el tiempo para que ella la cure, le digo que no devuelva mano con mano, que esto de tocar y hacer milagros tiene que ser cuando ella decida.
Lee en una sesión (Gálatas 6, 15 y 17): “Estar circuncidado o no estarlo, no tiene ninguna importancia: lo que importa es ser una nueva criatura… De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”. Interpreta que, entonces, practicarse algo en el cuerpo, como circuncidarse ó flagelarse para parecer Cristo, no es necesario, sino que hay que ser una nueva criatura, que para ella representa ayudar a otros a través de los milagros. Habla de su madre: “Me molesta, no me deja hacer nada… Como dice la Biblia, que nadie me moleste”.
Los permisos de salida se hacen más prolongados y M. se va estabilizando. Decide asistir con más asiduidad a la iglesia. Continúa en pareja, intenta tener relaciones sexuales, pero no pueden: “Es la primera vez que no me asusto al ver un miembro viril […]. Sentimos un amor no vaginal, sino espiritual […]. Disfruto de dormir al lado de él sin sexo […]. Él es un paquetito que me llevo del hospital”.
Luego se encuentra con otra cita (Mateo 7, 14): “Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran”. Se pregunta si podrá tener una vida normal o será una santa. Le digo que no hace falta ser una santa para hacer milagros. Se pregunta si lo de ella será curar el cuerpo o aliviar el alma. En el siguiente encuentro, M. dice que encontró que su verdadera vocación, que es estudiar Veterinaria, que ya no le interesa tanto hacer milagros, que quiere darle una alegría al padre estudiando. Es derivada a Consultorios Externos, donde continúo atendiéndola.
4. Conclusiones
Si bien en los dos casos la sintomatología corporal se presenta como lo más significativo, el tratamiento de cada caso es radicalmente otro. En el caso C., considero que se trata de una histérica que enloquece en un momento en que vacila el fantasma —¿qué soy para el Otro?— en relación a su pareja, su padre, su hijo y su nieto, etc. Con respecto a la variabilidad de los síntomas, ya Sydenham, en el siglo XVII, decía de la histeria: “adopta una infinidad de formas diferentes, es un camaleón que cambia sin cesar”. Pero —a diferencia segundo caso— C. cuenta con el recurso de un cuerpo regido por zonas privilegiadas, donde la simbolización de los síntomas, las asociaciones, los recuerdos y los sueños, se enlazan en un discurso como significantes que emergen, se encadenan y luego pierden valor de verdad, produciéndose la remisión de los síntomas corporales. La significación fálica se puede leer en la interpretación del lo oído en la radio, donde aparece la ecuación “pene” (el paqui como el nombre infantil del pene) “heces” (el paqui entendido como paco, droga, basura-excremento para los pobres niños) “niño” (el hijo-los niños afectados por la droga). C. deja de menstruar y significativamente comienza a sangrar por todos lados (nariz, orina, heces, moretones).
Dos recuerdos la ubican en un estado de inocencia: el de la Navidad y su visión infantil de las cosas, y el de ser drogada por la pareja, sin saber cómo aparece desnuda en la puerta. No ver al hijo lleva a perder la vista, y esto se enlaza con una identificación al padre, a quién no ve hace un tiempo y quien está quedando ciego por la diabetes. C. se anoticia y se angustia al pensar que no es tanto la propia vejez lo que la aterra, sino la decadencia física del padre y el dolor que esto implica, no queriendo saber nada de la falta en el Otro, ofreciéndose ella misma como objeto de identificación a un rasgo de impotencia paterna.
En el caso M., se trata de una paciente esquizofrénica. El cuerpo está fragmentado, dislocado, por fuera de sí. Cuando el falo no opera como articulador, se pone en cuestión la unidad corporal y surgen distintos fenómenos de transitivismo e influencia: el cuerpo se transporta, resucita, se duplica, se expone a la flagelación, sufre dolores insoportables, se arrastra, el ojo queda sin marco, la mano se descontrola, no hay límites, incluso se confunde su cuerpo, su ser, con otros. Dice Lacan en El atolondradicho que la función de cada uno de sus órganos le hace problema al ser hablante, y esto se especifica en el esquizofrénico, “por estar tomado sin el auxilio de ningún discurso establecido”. Al no contar con ello está obligado a inventar sus apoyos, para poder hacer uso de su cuerpo y de sus órganos.
Entonces, la apuesta del tratamiento es a la invención, tomando el material que la paciente trae, e intentando orientarlo hacia un discurso —religioso— a través de la lectura de la Biblia. En este viaje transferencial, surgen algunos velos, límites, bordes: ahí donde no hay cuerpo habitable, un cuerpo adviene. Los anteojos dan un marco que le pone un límite a la mirada, ya no necesita pensar en la flagelación, puede empezar a ubicar qué cosas le molestan, se transforma en una nueva criatura.
El cuerpo en la histeria realiza una conversión, porta un mensaje dirigido al Otro, a descifrar. C. metaforiza con moretones el sentirse cerca del Otro, casi “pegada”. El cuerpo en la esquizofrenia no porta ningún mensaje ni se dirige a nadie, es un cuerpo deshabitado del Otro. Para M., sexo oral es lindas palabras en el oído. Hay metáfora, pero delirante, fuera del discurso compartido.
Entonces, en el tratamiento de la histeria hay un cuerpo afectado que se interpreta por la vía significante, pero en la esquizofrenia no va de suyo que alguien pueda decir “yo habito ese cuerpo”: el cuerpo hay que construirlo, hacerlo un lugar habitable, lo cual requiere un esfuerzo permanente de invención para el paciente, y de soporte para el analista. Ése es el desafío con el que nos enfrentamos en cada encuentro con un paciente esquizofrénico. La apuesta… seguir adelante.
Trabajo presentado en las XIII Jornadas de Residentes del Área Metropolitana, Buenos Aires, noviembre de 2006.
Bibliografía
LACAN, J., El atolondradicho. En: Escansión 1, Paidós, Buenos Aires.
MILLER, J.-A., La invención psicótica. Seminario de la Sección Clínica Paris-Île-de-France. Conferencia pronunciada el 24 de noviembre de 1999
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