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El trabajo en la interconsulta: un desencuentro necesario para un encuentro posible

29/11/2010- Por Yanina Marcucci - Realizar Consulta

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El presente trabajo propone una reflexión acerca de la práctica que acontece en el marco de la interconsulta, cuando ésta es asumida desde el discurso del psicoanálisis. El ámbito institucional, hospitalario y público otorga ciertas particularidades a las prácticas que allí se suceden, dado que —entre otras cosas— refuerza y promueve el sostenimiento de ideales referidos al quehacer de los agentes de salud, y dificulta que estos mismos ideales, que a menudo comandan, puedan ser puestos en suspenso para pensar no sólo desde dónde se interviene, sino también qué es lo que se hace cuando se responde desde allí.

Lo inesperado es que el sujeto confiese él mismo su verdad y que la confiese sin saberlo. (1)

 

 

         El presente trabajo propone una reflexión acerca de la práctica que acontece en el marco de la interconsulta, cuando ésta es asumida desde el discurso del psicoanálisis.

         El ámbito institucional, hospitalario y público otorga ciertas particularidades a las prácticas que allí se suceden, dado que —entre otras cosas— refuerza y promueve el sostenimiento de ideales referidos al quehacer de los agentes de salud, y dificulta que estos mismos ideales, que a menudo comandan, puedan ser puestos en suspenso para pensar no sólo desde dónde se interviene, sino también qué es lo que se hace cuando se responde desde allí.

 

§

 

         Es a partir de que algo se repite con particular insistencia, y de que esa repetición es advertida, que se abre la posibilidad de pensar algo ahí, en relación con eso. No me referiré a la repetición que acontece en el discurso de alguien o en la vida de un sujeto, sino a aquella que hace a un modo particular en que se articula la demanda de interconsulta al Servicio de Salud Mental en un hospital público.

         Con frecuencia se escucha que la coyuntura que precipita el pedido de interconsulta es la siguiente: el médico se encuentra en una situación en la que se ve impedido su ideal de curar, no porque no disponga de un saber (médico) en relación a la terapéutica indicada para la dolencia o enfermedad en cuestión, sino porque el paciente se niega o rechaza ser asistido. Ocurre entonces que el médico convoca a un psicólogo o un psiquiatra “porque el paciente no toma la medicación”, “porque no quiere comer”, “porque no tiene adherencia al tratamiento”. En un gran número de casos se agrega también la inminente muerte del paciente si no se pone en marcha de inmediato el tratamiento que el médico indica. Se nos pide que intervengamos sobre lo que se entiende es “la conducta” o “la voluntad” del paciente y, además, que lo hagamos rápido, dado que el tiempo apremia.

         En este contexto, en el inicio existe un desencuentro, no sólo entre el médico y el paciente, sino también entre el médico y quien toma a cargo la interconsulta. En este segundo caso, el médico se encuentra con un otro que no sólo no lo calma, respondiendo a lo que demanda, sino que además lo interroga. Lo interroga en un intento de hacer surgir aquellas preguntas o cuestionamientos que aún no han sido formulados, abriendo una hiancia que permita pensar qué es lo que se demanda, quién lo demanda y en nombre de qué. Cuando esto tiene lugar, lo que no ocurre siempre ni con frecuencia, un encuentro posible acontece.

 

§

 

         Ana es una paciente con la que mantuve algunas entrevistas  durante su internación en clínica médica. La médica que seguía el caso solicitó la interconsulta por “falta de adherencia”: Ana no aceptaba la medicación antirretroviral indicada para el tratamiento de su VIH, y necesaria para revertir el cuadro que había motivado la internación. Acerca del pedido de interconsulta, la médica no pudo precisar, en un inicio, nada más.

         En la primera entrevista, Ana no mencionó nada sobre la gravedad de su estado clínico. Sólo dijo  “quiero irme a mi casa”, frase que repetiría en cada encuentro. Tampoco impresionaba angustiada. Pregunté si sabía o imaginaba por qué yo estaba ahí, y contestó que no.

         Me interrogué sobre el conocimiento de Ana acerca de la gravedad de su cuadro clínico y sobre las consecuencias de no iniciar su tratamiento antirretroviral. Pregunté a  la médica, quien señaló al respecto: “Sí, supongo que debe saber”. Le pedí que conversara con Ana y señalé la diferencia de tomar una decisión contando o no con esa información.

         En una entrevista posterior, la médica diría: “No le dije que iba a morirse si no tomaba la medicación, pero se lo dí a entender. Me pareció muy violento”. Interrogué sobre lo “muy violento” y agregó: “A lo mejor es muy violento para mí”.

         A partir de que la médica pudo ubicar esto que se hizo presente, señalando una dificultad en el decir y en su accionar profesional, la intensidad de su demanda se apaciguó, y el trabajo se orientó a un  poder decir acerca de los limites de la intervención médica. El límite, en un principio, apareció dado porque aquél sobre quien había que intervenir era un otro que se manifestaba como tal. La no correspondencia de este encuentro, el desencuentro, abrió paso a la emergencia de un sujeto. La médica, en el resonar de su decir, apareció en tanto sujeto, dividida. El punto de apoyo de su función, el saber médico, manifestó su inconsistencia, no pudiendo otorgar una referencia para llevar a cabo su acción.

 

§

 

         El saber médico se agrieta por la contingencia de un encuentro, posibilitando la emergencia de otro saber portador de alguna verdad. La función del analista se introduce como un operador y abre otra dimensión de la verdad, en tanto pone en suspenso los saberes referenciales e interroga el ideal, puntos ambos en los que se afirma el sujeto.  El efecto de verdad como caída de un saber caracteriza la relación que estos dos términos mantienen en la experiencia analítica.

         En Psicoanálisis y medicina, Lacan distingue la posición propiamente médica de aquella otra que menciona como producto de la entrada de la medicina en su fase científica, a partir de la Modernidad.  En esta última, el médico se convierte en un instrumento de la ciencia: sólo tiene que seguir los procedimientos que le son proporcionados desde el exterior de su función, y aplicarlos a todos por igual. Esta posición del médico puede ser sostenida a condición de negar o rechazar aquello que no es domesticable, eso que hace obstáculo, fisura. Ocurre que el real de la ciencia sostiene la posibilidad de su abordaje epistemológico. Muy distinto es en psicoanálisis, donde lo real se define como lo imposible (2), aquello que no cesa de no escribirse.

         En el discurso de la ciencia —en tanto discurso amo— el sujeto está en el lugar de la verdad, pero ese sujeto aparece reprimido, desconocido por el significante amo (S1), agente de ese discurso. Su reverso, el discurso del analista, es hacia el sujeto hacia quien se dirige, abriendo paso a un saber otro, no referencial sino inconsciente. En la interconsulta, cuando el médico enuncia su demanda, pide que se responda a ella con un saber que sortee las contingencias y le permita sostenerse en los principios de su ciencia. Muy por el contrario, la función del analista, sostenida en un no saber, tenderá a la producción de un discurso. El dar lugar a la necesidad de discurso implica una cuestión ética, en tanto involucra hacer lugar a la función de la falta (3).

         A nivel del universal, del para todos, existe un saber referencial que funciona como punto de apoyo para la acción; allí el sujeto no tiene lugar. La irrupción  de lo contingente, que se presenta como disfunción, hace existir el “no todo", el uno por uno, y reclama la puesta en juego de otro saber. Hacer lugar a esa diferencia es una posición posible desde la cual intervenir en el ámbito de la interconsulta.

         Para concluir, quiero hacer mención a aquello que se presenta como un impedimento a la intervención. La posición que ocupe quien tome a cargo una interconsulta determinará el sentido de las intervenciones, nunca su efecto. Asimismo, la posición que asuma quien formule una demanda facilitará u obstaculizará su resonancia. Freud nombró a todo aquello que se presenta como obstáculo al trabajo analítico como resistencia. En la interconsulta, cuando la resistencia se manifiesta marcadamente en el médico, la maniobra de nuestro lado es casi nula. A diferencia de la dirección de una cura donde, según el caso, puede operarse más o menos con la transferencia, en la interconsulta ésta difícilmente haya llegado a ponerse en forma, puesto que aún al saber no se le supone a un sujeto. Insistir allí donde no hay quien esté en situación de querer saber, conduce muchas veces a invertir la demanda, a demandar que se diga, lo que es opuesto a operar como causa de un decir. La pregunta acerca de la resistencia del analista tiene lugar cada vez que algo de esto ocurre.

 

 

Trabajo presentado en las VII Jornadas de Salud Mental del Hospital Piñero: “Salud mental e interdisciplina: la ética del bien decir y el uso de los semblantes”, Buenos Aires, septiembre de 2010. Yanina Marcucci es concurrente de 5to. año en Psicología Clínica en el Hospital General de Agudos “Dr. Parmenio Piñero”, Ciudad de Buenos Aires.  Integra el Equipo Enlace de los Consultorios Externos de Salud Mental. Correspondencia a: yaninamarcucci@yahoo.com.ar

 

 

Notas

 

(1) Cf. LACAN, J., “Psicoanálisis y Medicina”. En: Intervenciones y textos 1, Manantial, Buenos Aires, 1985, p.  97

(2) Cf. LACAN, J., El Seminario, Libro 17. El reverso del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 2008.

(3) Cf. SALAFIA, A., Esquizia y necesidad de discurso, Lugar, Buenos Aires, 1990.

 

 

Bibliografía

 

LACAN, J., El Seminario, Libro 17. El reverso del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 2008.

LACAN, J., “Psicoanálisis y Medicina”. En: Intervenciones y textos 1, Manantial, Buenos Aires, 1985, p.  97.

SALAFIA, A., Esquizia y necesidad de discurso, Lugar, Buenos Aires, 1990.

 


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