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La transmisión del psicoanálisis: un bien-decir de lo maldito26/10/2015- Por Mirta Golduberg - Realizar Consulta
La transmisión de la experiencia analítica conlleva el juego en el que pasador y pasante sostienen la relación de deslizamiento de un objeto particular: ni más ni menos que el trazo de un borde que marca un vacío. ¿Cómo pensar esta transmisión sino de un modo singular, modalidad que impone la particularidad de este lazo discursivo, el del “caso por caso”? La autora de este escrito interroga aquello que llamamos transmisión, su relación al deseo del analista y el lugar fundamental que tiene en nuestra práctica.
Únicamente si practicamos nuestra guía espiritual analítica lograremos profundizar nuestra concepción de la vida mental.
Sigmund Freud
Como en el juego del anillo, que en su paso de mano en mano cae alojado allí, la transmisión de la experiencia de la práctica analítica conlleva el juego en el que pasador y pasante sostienen la relación de deslizamiento de un objeto particular: ni más ni menos que el trazo de un borde que marca un vacío.
¿Cómo pensar esta transmisión sino de un modo singular, modalidad que impone la particularidad de este lazo discursivo, el del “caso por caso”?
Podemos aplicar este axioma no sólo para el entendimiento del sufrimiento humano, en nuestro lugar de practicantes del psicoanálisis al dirigir una cura, sino también subsumiendo en él la práctica de un analista en cuanto transmisor de su experiencia a otros.
La formación del analista, entiendo, no sólo comporta el análisis personal, la supervisión, el trabajo de lectura, sino que incluye un cuarto término: la transmisión.
Entiendo el lugar del pasador como aquél que ofrece el testimonio, como acto de su práctica: escucha del discurso del sujeto, lectura del texto escuchado y aun articulación con el campo teórico. La condición para que la palabra transmitida se haga “texto”, es decir testimonio, es que deberá haber circulado por los andariveles del deseo de quien transmite, prueba de que lo que ha pasado al pasante, al aprendiz: es letra, trazo que como el anillo de nuestro juego, caerá en quien juegue su mano en el acto de tomarlo.
En Experiencias y ejemplos extraídos de la práctica analítica (1913), Freud nos propone que lo que diga el analista en su lugar de transmisor sea un estímulo para quien lo escucha, a quienes le pide, a su vez, un esfuerzo en su pensamiento. A su auditorio, legos en psicoanálisis, les solicita un benévolo escepticismo, al mismo tiempo les advierte que el psicoanálisis es una viva experiencia.
En Psicoanálisis y psiquiatría (1916) afirma: “Todo juicio, por acertado que parezca, carece de validez cuando recae sobre una materia que no se domina a fondo” (1). Agrega: “Lejos de imponerles convicción alguna, me bastará con estimular vuestro pensamiento y desvanecer algunos prejuicios. Habréis de limitaros a escucharme atentamente, dejando que aquello que voy a exponeros actúe sobre vuestra inteligencia” (2). Continúa luego realizando una crítica a aquellos que rechazan sus afirmaciones, producto de su labor de observación directa de más de 25 años y las juzgan como si se desconociera que dichas ideas son el producto de una investigación.
Más tarde, en Una dificultad del psicoanálisis (1917), Freud ubica la “dificultad del psicoanálisis” como una dificultad afectiva, lo cual implica su rechazo por la significación de su descubrimiento, el inconsciente, como una herida narcisística más que el hombre debe soportar.
En Sobre la enseñanza del psicoanálisis en la universidad (1918), al ubicar al psicoanálisis en relación a la Universidad nos dice que ese sitio es de exclusión.
“Palabras estímulos”, “esfuerzo de pensamiento”, “viva experiencia”, “benévolo escepticismo”, “dificultad afectiva”, “herida narcisística”, “desconocimiento y exclusión”, significantes aportados en el recorrido de los textos precedentes que leo así: Freud nos dice, desde el lugar mismo en que se ubica, el de transmisor, que se trata de una posición en la que el decir debe ser estímulo, causa, que invite a quien escucha a pensar. Nos aconseja que lo que tengamos para decir propicie la escucha del sujeto para quien será necesario efectuar un esfuerzo de pensamiento —un trabajo psíquico—, que entiendo producirá un valor.
En la relación entre uno y otro situamos la transferencia, en tanto movimiento producido para que pase el texto, saber en falta que desliza un vacío. Entonces, el texto será la letra que delimita ese vacío. Eso invita a continuar la producción de un saber en más.
Al mismo tiempo solicita a su auditorio —legos en psicoanálisis— un “benévolo escepticismo”, diciendo que se trata de “una viva experiencia”. “Experiencia” alude a un saber cuya hechura es efectuada por su práctica. Lo curioso es que a esa práctica la califica de viva: es una práctica en movimiento, una práctica pulsante. Se sostiene en el Drang, en el empuje. El saber agujereado, en falta, es transmitido en una dirección que supone un sujeto cuya posición será la de un “benévolo escepticismo”, como el mismo Freud lo nombra: se requiere de una apertura en torno a la no creencia, tal que no sea un rechazo. Lo “benévolo” supone una actitud de ausencia de hostilidad, algo más cercano al orden de lo amable. Es decir que, lejos de lo malévolo, el mal-decir, Ausstossung, propicie la Bejahung.
El psicoanálisis es ubicado, en tanto discurso en relación con otros discursos, en carácter de excluido, rechazado, mal-dito, por ser el causante de una nueva herida narcisística y por concernirle los temas malditos: sexualidad y muerte. La maldición es su marca de origen, su sello. Podemos pensar entonces que una ética de sus practicantes consistirá en recoger el guante, para hacerlo decir, haciendo pasaje de resto a causa. Allí mismo se aloja la particular posición del analista como transmisor de su hacer, como agente de la producción de un bien-decir, a partir del resto mal-dito en su origen.
El Génesis afirma que “el mundo aparece sólo a través de este compañero que es lo inmundo”. Ubicamos el mundo y lo inmundo, lo humano y lo inhumano.
Leyendo a Didier-Weill en su libro Los tres tiempos de la ley, encontramos que en el primer tiempo se ubica el superyó arcaico que interpela al sujeto “¿Qué has hecho con la palabra que te ha sido dada?”. ¿Cómo responder a semejante interpelación? (3)
Didier-Weill nos lleva a distinguir tres superyós. La orden terminante del primer superyó, el superyó arcaico, que tiende a introducir un silencio absoluto, es traducible por: “¡Ni una palabra!” Por su segundo mandamiento que prohíbe, el superyó, debiendo tener en cuenta que una primera palabra ha sido formulada por el sujeto, tenderá, en tanto que censura, a significar al sujeto: “¡No insistas!” Cuando ha transgredido la censura, comprometiéndose en la insistencia, dejará de ser orden terminante para llegar a ser soporte de esta pregunta: “¿Encontrarás la tercera palabra que transmutará tu insistencia en perseverancia?”. (4) Según la relación que el sujeto establezca con el mandato superyoico y su respuesta, podrá producir una palabra sorprendente o quedará sujetado a una palabra intimidante.
La fraternidad que hay entre el neurótico y el psicótico reside en que el silencio absoluto al que está confrontado todo sujeto —por el hecho de la forclusión estructural que lo enfrenta a lo que hemos llamado el abismo— no es idéntico, pero sí comparable al silencio absoluto que frecuenta el psicótico, que reina en estas tinieblas donde la luz está forcluída. Lo que es comparable no es la causa del silencio, sino el carácter fenomenológico, clínico, de este silencio, en la medida en que es silencio de silencio.
El psicoanálisis ha sido, tal como nos lo ha testimoniado Freud, marcado en su origen por una mal-dición, rechazado por la herida que su afirmación produjo en la humanidad, de cuya defensa se levanta la voz arcaica del superyó —“¡Ni una palabra!”—, en su intención de arrojarlo al silencio absoluto de lo inmundo.
Existe un significante especial que Marie Bonaparte nombró “siderante”, un significante estelar. La voz alemana lo nombra Verblüffung, estupor. La represión original es producto de la presencia y el efecto de este significante siderante. Es un comienzo imposible de recordar, como lo formula el autor a quien sigo en esta lectura. Existe un no saber del que hacemos la experiencia de la sideración.
¿Acaso el psicoanálisis, en su origen, sideró los discursos de su época, cuya respuesta lejos de ser la afirmación, Bejahung, fue el rechazo? ¿Cómo pensar, bajo esta lógica, el acto de transmisión del psicoanálisis, sino como acto de conmemoración, especialmente del origen de la transmisión de su práctica?
Entiendo que para que haya el acto es necesaria una especial posición de dejarse siderar. Quien esté en esa posición se dejará atravesar por el asombro, autorizándose a través de esa fractura, de la experiencia de una hendidura de saber, en un tiempo ahistórico que conmemora el acto inaugural de la invención freudiana y se hace, cada vez, deudor de ella.
Se trata de una posición del analista en la transmisión de la experiencia de su práctica. Desde allí volverá cada vez a partir de otra manera, y en esa nueva partida tendrá lugar el acto psíquico de conmemoración del origen. Se produce así un nuevo significante que cayendo de él, pasando a otros, se desprenderá en tanto objeto como su producto, nominado texto.
Es interesante y curioso: Weill nos advierte que para hacernos sujetos de la experiencia de sideración, para arribar a la de-sideración, es necesaria la caída de la inteligencia. Es justamente lo que Freud demandaba a su auditorio. ¿Acaso no nos demanda que, lejos de rechazar, nos dejemos siderar, iluminar, sorprender? Hay allí una cesión de saber que propicia el asombro, no sólo de quien transmite, sino también del destinatario.
Del lado del pasador, concierne el acto de la sideración dirigida al sujeto pasante. La sideración abre la posibilidad de la de-sideración del sujeto, de un más allá del sentido. Podemos leer aquí lo que Freud nombra como una actitud de “benevolente escepticismo”, invitación a abandonar prejuicios, solicitando un acto de fe hacia las nuevas ideas que va a exponer. En esta invitación, Freud hace la transmisión de su propia experiencia siderante, de su propio asombro cada vez que se confrontaba con las formaciones del inconsciente propio y de sus analizantes. Se dejaba sorprender por la histeria, mientras divisaba el bello paisaje de montaña a
Entre el Padre simbólico y el superyó que impide tomar el don
Arribados aquí nos hallamos frente a la encrucijada subjetiva entre el Padre simbólico y el superyó que nos interpela ante el pago de la deuda. Desde el origen, el decir esta clivado entre el bien-decir y el mal-decir.
Didier-Weill plantea que “existen dos reales silenciosos: el abismo, un real inaccesible al poder nominante del creador, encarna en el seno de un decir un punto innominable creado por la represión originaria.” Ubicamos allí lo imposible de decirse. Testimonio del límite que el poder simbólico de la Bejahung recibe de la Ausstossung, éste es el silencio del abismo, diferente al silencio que se hace escuchar de las tinieblas.
No es lo mismo la oscuridad del silencio abismal, silencio de silencio, que el silencio posible de escuchar en las tinieblas, posible de ser escuchado por la palabra, por la presencia de su ausencia. Las tinieblas tienen un silencio desesperado, es un silencio que supone la esperanza de una palabra posible.
Para el autor, la ley simbólica no hace desaparecer lo real del abismo sino que su función es encadenar este agujero sin fondo y sin borde, lo puramente real, el silencio abismal de la oscuridad, maldito e in-mundo, y transmutarlo en un agujero fondeado y bordeado.
Hay entonces silencio de silencio, efecto de la forclusión estructural que según Didier-Weill anida en todo decir. Por ello, todo bien-decir conlleva el mal-decir. La perseverancia es el acto por el cual el sujeto sale de la fascinación que produce la sujeción al orden simbólico por el significante siderante: el mal-decir podrá ser transformado por el sujeto en el instante de su de-sideración, trasmutado en causa de un bien-decir, una palabra justa.
Existe un superyó que impide la insistencia, que vigila el cumplimiento del mandato y envía al sujeto, por medio de la mirada, a su relación más íntima con la palabra, a su punto de sujeción a ella. Este origen lo ata pero lo enmudece, dejándolo en el abismo de un silencio oscuro, donde lo aloja al lenguaje bajo los términos de su ser objeto: “Sos eso y nada más que eso”. La palabra nombra la verdad del sujeto, sin posibilidad alguna de cuestionar la orden que prohíbe. Es el orden de lo inmundo, condenado a su maldición.
La mirada lo envía a este sitio. La elección es quedar capturado por esa mirada o bien salvarse por intermedio de la palabra, proferir una palabra que lo confronte con el superyó, que no lo autoriza a insistir en su decir. Si elije la insistencia, avanza un paso, quedando a mitad de camino, por donde el acto devendrá fallido. El último tiempo de la ley, lejos de ordenar y prohibir el decir del sujeto, propicia la perseverancia y lo interpela en su posición deudora del don que ha recibido, interrogándolo: “¿Perseverarás en tu decir o no?”. Si el sujeto responde afirmando una vez más su insistencia, saldrá airoso, en el acto de decir, en ir más allá de su sujeción a la palabra.
Entiendo que la afirmación, frente a la interpelación de la ley, “¿Perseverarás o no en tu decir?” ubica la ética del psicoanálisis, porque Freud no dejó de perseverar.
Cada vez que hay asunción de un “sí” insistente en respuesta al mandato siderante, el sujeto testimonia que es cuando ha perdido todo (el soporte que recibía de la interdicción y del superyó) que puede volver a visitar esa casa que había vuelto humana. Es en esta visitación transgresiva que retornará, no pudiendo más que engendrar la perseverancia de un “sí-de sí-de sí”.
El paso siguiente será la producción de un nuevo decir que articule su deseo, afirmándose en la autoría de su propia autorización. Pasará de la sideración originaria, Bejahung primera, a una siguiente, y esto cada vez que persevere. La salida por la perseverancia es el acto logrado a través de una palabra nueva, propia, que habita el mundo del bien-decir. Es éste un acto por el cual el sujeto se autoriza en su creación, afirmándose como sujeto de la palabra, con la firma de su decir.
Tomando estas ideas expuestas por Weill, ubico como origen del deseo de analista el acto por el cual, enfrentando el mal-decir forclusivo de la sociedad de su época, su autor perseveró en la producción de un bien-decir de lo forcluído, como acto creador del sujeto del inconsciente. Autoría de su saber-hacer, nombrado psicoanálisis, donación significante de la que somos deudores, deuda ética del deseo de analista, que asumimos cada vez que efectuamos el acto de nuestra propia perseverancia de-siderante, hacia la máxima diferencia. Perseverar y firmar: única moneda válida con la cual el analista debe pagar su deuda, como transmisión de un deseo que no se desdice. En palabras de Lacan, “cada vez que adelantamos un vocablo hacemos surgir de la nada una cosa, es nuestra chance de ser humanos”.
Mirta Golduberg es psicoanalista, integrante del Servicio de Salud Mental, Área Atención de Adultos, Hospital Manuel Belgrano, San Martín, Provincia de Buenos Aires. Correspondencia a: mirtagolduberg@hotmail.com.
Notas
(1) Cf. FREUD, S., “Lecciones introductorias al psicoanálisis. Lección XVI. Psicoanálisis y psiquiatría”. En: Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1981, vol. II, p. 2273.
(2) Op. cit.
(3) Cf. DIDIER-WEILL, A., Los tres tiempos de la ley, Homo Sapiens, Rosario, 1997.
(4) Op. cit.
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