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Palabras desnudas

06/02/2012- Por Luis César Sanfelippo - Realizar Consulta

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En el presente texto, se intentará presentar el recorrido de un caso con una adolescente cuyas coordenadas se inscribían entre el acting out y el pasaje al acto. Frente a un exceso que se hacía público en la mostración y frente a la ausencia de una escena estable donde el sujeto pudiese habitar el mundo, las intervenciones apuntaron a construir y delimitar un espacio en el que la función del velo permitiese sostener lo que en nuestra cultura se suele llamar “lo íntimo”.

  

Me gustaría gritar, golpear con los pies, llorar, sacudir a mamá, sacudirla bien...

¿Cómo soportar de nuevo, cada día, esas palabras hirientes, esas miradas burlonas, esas acusaciones,

como flechas lanzadas por un arco demasiado tenso, que me penetran y que son tan difíciles de retirar de mi cuerpo?

ANA FRANK (1)

 

En el hospital...

 

El hospital se encuentra atravesado por múltiples intereses y demandas privadas, que adquieren cierto carácter público por el mero hecho de traspasar su umbral. Sin embargo, las consultas, que la institución hospitalaria aloja, tocan también otro campo: aquello que, en cada uno, constituye lo que suele llamarse intimidad. El presente texto intenta abordar el recorrido de un tratamiento en curso con una adolescente donde los límites entre lo íntimo y lo obsceno, lo público y lo privado han permanecido difusos.

 

 

De mostrar

 

Una madre, quien intentaba mostrar su buen desempeño en su rol al juzgado a cargo de su divorcio, acompañó a su joven hija al hospital para que iniciara tratamiento psicoterapéutico. Lila tenía entonces menos de 20 años y una denuncia que presentar. Su padre la había hecho callar durante una discusión hogareña bajo el conocido lema “si no te gusta, andate”. Y entonces, Lila partió a la casa materna, donde, según refirió, no encontraba sitio entre su madre y sus dos hermanos menores. Pretendía entonces que un juez le quitara a ambos padres su tenencia, aun si el costo de esto fuera terminar en un reformatorio.

 

La vehemencia de su escrache tomaba, por momentos, ribetes militantes, haciendo explícitas sus dudas de la utilidad del espacio psicológico que el hospital le ofertaba. Por mi parte, me limité a tomar nota de su reclamo. Tan sólo agregué que la solución imaginada parecía compartir con su queja un mismo rasgo: ella quedaría sin lugar. Y aprovechando que esta situación se había iniciado hace unos meses, le propuse no precipitar una decisión y tener, en principio, una entrevista más para pensar sobre ello (2).

 

A la semana siguiente, afirmó que se sentía mucho mejor tras haber hablado conmigo, pero que su madre, enojada, quería presentarse en el hospital para hacer explícito que Lila necesitaba mucho más que una entrevista. Al mismo tiempo, fue posible comenzar a recortar de su discurso diferentes versiones de sus progenitores. De su padre, sentía que no podía contarle cómo estaba sin despertar en él angustia. Por el lado de la madre, sostuvo: “nunca me escucha, no le importo.” Además, agregó que “es violenta e invade todos los lugares” (3). Por tal razón, me solicitó que no permitiera que viniese a verme si yo no la citaba, como ya había hecho en su escuela. Allí “todo el mundo” se habría enterado de la situación familiar por boca de aquélla, ocasión que fue para Lila motivo de vergüenza.

 

Al mismo tiempo, ella misma comenzó a definirse como “bocona”. Justificando su accionar en un ideal de verdad como sinónimo de contar todo (que la llevaba a leer como traición cualquier alejamiento de ese todo), Lila iba por el mundo dando a conocer sus experiencias sexuales con hombres hasta 10 años mayor que ella, provocando el escándalo de su abuela y la angustia de su padre. En nombre de su autoproclamada “transparencia”, afirmaba hacer “pública su vida”, sin mayores cuestionamientos. Sin embargo, ello no le impedía manifestar sorpresa ante lo que sus dichos y su cuerpo así exhibidos parecían provocar. En tal sentido, aparecía su lamento: “yo espero amor y me toman sólo como un objeto sexual.” Por cierto, sabía muy bien su participación en el desorden del cual se quejaba. Al fin y al cabo, la implicación subjetiva no es algo que pueda pedírsele al discurso que brota (aquí sin diques) de la vertiente del yo. Pero sus dichos no mostraban solamente una satisfacción (escópica) en juego. También parecían tener otra función: llamar a algún Otro que introduzca una medida.

 

Varios de estos elementos aparecen articulados en una escena en la que Lila relata a su madre sus prácticas sexuales con el chico del momento. La contestación de ésta no se hizo esperar: “Siempre fuiste una puta... vos tenías relaciones con tu papá”. Esta situación derivó en una nueva mudanza de Lila a la casa paterna. En sesión, afirmó que la acusación de su madre le produjo “asco y vergüenza”, a pesar de que, según aclaró, “no es cierto”. Le dije que, si estas sensaciones no podían explicarse por lo acontecido con su padre, podríamos preguntarnos a que se asociaban. Mencionó, entonces, sus “problemas sexuales”: que “la viesen desnuda” le provocaba una vergüenza tal, que sólo podía tener relaciones con la luz apagada, ya que “su cuerpo le daba asco”.

 

De algún modo, las palabras de esa mujer (4) se ubicaban en las mismas coordenadas que ciertas miradas. La desnudaban, sin lograr eludir lo que ellas iluminaban: la división subjetiva en presencia (de representantes) del objeto. Vergüenza y asco son, quizás, los últimos velos del sujeto en este campo escópico. A su vez, esos dichos la confrontaban a una madre que parecía no tener medida en relación a lo que mostraba (5).

 

En la misma sesión, Lila recordó que, cuando tenía 12 años, su padre solía dormir en su cuarto tras discusiones de pareja. Su presencia le molestaba, pues sentía que no “podía realizar intimidades” (por ejemplo, mirar televisión o hablar con su hermana menor). A pesar de ello, tampoco podía pedirle que se retirase porque, las veces que lo había hecho, su padre “se había puesto mal.” En su discurso, la angustia paterna y lo que la madre exhibía confluían en dejarla al desnudo.

 

 

Palabras de amor

 

Durante este primer tiempo del tratamiento, Lila insistía que su madre contaba a todo el mundo lo que ella hacía. Afirmaba no poder frenarla. Por cierto, las puertas del hospital, tampoco. No fueron pocas las veces en que dicha mujer irrumpió en los consultorios, buscando al psicólogo de su hija. La decisión de citarla, permitió frenar su recorrido por la institución y produjo cierto alivio en Lila.

 

Sin embargo, no resolvía en absoluto las situaciones en que ella misma se exhibía y denunciaba, casi con orgullo, la supuesta impostura de quienes no contaban todo. Sus relatos parecían convocar a los guardianes de las buenas costumbres. ¿Debería uno oponer al ideal del desnudo el ideal del velo? Parafraseando a Lacan, ¿convendría prohibir su conducta, interpretarla o reforzar el yo? Pero además, y antes de las cuestiones técnicas, ¿habría alguna razón para intervenir en un accionar despojado de cualquier cuestionamiento? En estos términos, el interrogante no permite salir del eje moral y se pierde la dirección de esta cura donde la dimensión del acting-out parecía ocupar toda la escena. Habiendo renunciado a definirlo por la positiva, me permito sostener: un psicoanálisis no es una práctica por la cual, desde una supuesta agencia externa, se intervenga sobre alguien o sobre sus acciones. Y, sin embargo, sea o no un análisis, intervenimos, por el mero hecho de estar allí sosteniendo el hablar de alguien. En el discurso que se hacía oír, se recortaba un malestar que llamaba y justificaba mi presencia. Y, de a poco, se fue construyendo una demanda que hasta entonces no aparecía (6). Lila contaba, se exhibía, se acostaba. Pero también penaba, por nunca haberse sentido amada. “Mi primera vez fue porque el chico con el que salía me dijo que, si lo amaba, teníamos que acostarnos. Yo espera que me dijera cosas lindas y nunca lo hizo. Nunca sentí nada durante las relaciones. No sé por qué lo hago.” En este ámbito, el del amor esperado, es donde por primera vez en el discurso de Lila la denuncia, la exhibición y la actuación daban paso a una tenue pregunta.

 

En una entrevista posterior afirmó: “encontré el amor de mi vida”. Había conocido a un chico que, por primera vez, le decía esas “cosas lindas” que nunca había escuchado. Y mientras relataba en sesión los sentimientos que ese encuentro había despertado en ella, una de sus manos cubría su rostro. Tras declarar su temor de cansarlo por “hablar de más”, señalé estas últimas palabras, quizás sin leer el valor de lo que estaba apareciendo. “Si lo pierdo, me mato” afirmó, permitiéndome concluir que, definitivamente, no era ésa la vía por donde debía intervenir. Cuando aún no se han producido algunos movimientos en la cura, ciertos señalamientos toman el valor de intervenciones escópicas, cuya estructura es “te vi”. Si, como pude pensar a posteriori, el espacio que empezaba a armarse con el novio permitía a Lila alojarse de otro modo, no debería ser yo quien intentara correr el biombo. Sin embargo...

 

 

En la cornisa

 

Una pelea con su hermana derivó en la prohibición, impuesta por su padre, de que saliera con su novio. Gritos, escándalo... hasta que este hombre se quebró y... la “amenazó con tomar pastillas.” En ese momento, Lila huyó nuevamente a la casa de su madre, quien le había prometido que la autorizaría a salir con su novio. Pero poco tiempo después, ocurrió una situación en la que preferiría detenerme.

 

Se había acordado que Lila acompañara a su hermana a un acto escolar. Pero, al levantarse, descubrió que, estando indispuesta, su madre le había utilizado sus toallas femeninas, por lo que resolvió quedarse. Entonces, dicha mujer tomó otra decisión: prohibirle el encuentro pactado con su novio para el sábado por la noche. En primer lugar, Lila intentó convencerla de que cambiara de opinión, encontrando siempre una negativa. Luego, gritó, ingirió unas pastillas, intentó cortarse. Mientras tanto, pudo observar que su madre “tan sólo sonreía”. Estando en el balcón a punto de tirarse, la mujer decidió agarrarla y llamar al SAME, razón por la cual Lila fue trasladada a una guardia psiquiátrica. La psicóloga de turno convenció a la joven de que el lunes fuese a verme al hospital.

 

En la entrevista, afirmó que se quería “ir a la mierda”. Las sucesivas maniobras que había intentado no hacían sino otorgarle más consistencia al lugar destinado a ella en esa escena. La propia desaparición seguía apareciendo, quizás, como la única salida. A su frase, respondí: “casi... o también a la morgue, o al manicomio.” El tono y el modo de mis dichos intentaban dar lugar al humor sin dejar de sancionar que sobre ella caían las consecuencias de lo ocurrido. “Vos querías otra cosa —agregué—, estar con tu novio, y finalmente casi terminás internada.” Es decir, me proponía ubicarla en el discurso en relación a otra escena, apostando a que allí sí pudiese sostenerse, en lugar de su intento, fallido, de inscribirse dejándose caer como resto de un intento de barradura del Otro. Y entonces continué: “¿Cómo es que si querías otra cosa, casi terminás internada?”. Ella comenzó a decir que siempre terminaba sintiéndose mal y que no podía pensar en sí misma. “Eso, pensar... cómo pensar en vos... Eso podríamos hacer...”. Pero Lila planteaba que su madre la obligaba a hablar ese mismo día con su abogada para decidir con quien quería vivir (¡cómo si eso fuera posible en esas condiciones!). Además, me preguntaba qué hacer. Entonces empezó a relatar que su novio se había ofrecido a hablar con su padre, para que volvieran a contactarse, pues no se hablaban desde su última mudanza. Él le decía que quizás había sido un error irse de la casa paterna por la prohibición de verlo y que la hubiese entendido si no se encontraban ese día. Afirmé que los padres suelen querer cuidar a sus hijas y que los novios pueden entender eso. Intentaba operar introduciendo en su discurso otra versión paterna, la del cuidado, allí donde el padre había oscilado entre la impostura del límite (7) y la angustia. Y, por otro lado, que ella no se viera empujada a responder con su presencia ante su novio, por el miedo que tenía de perderlo. Además, agregué que alguna de sus preocupaciones no eran de ella sino de la mediación de sus padres (donde Lila parecía quedar metida, una y otra vez). Al concluir, la situación que se presentaba sin salida dio paso a algunas opciones: Lila afirmó que quizás no era necesario decidir ya con quien viviría y que, en el tratamiento, podía venir a pensar lo que a ella le convenía.

 

 

Un lugar posible

 

Paulatinamente, el tratamiento fue convirtiéndose en un espacio que permitía el despliegue de otras cuestiones. Lila empezó a preguntarse por sus “celos”. Afirmaba que, cada vez que el novio salía sin ella, pensaba que estaría con otra. Entonces, intentaba garantizarse que siempre estuvieran juntos, no sin temor a cansarlo. Pero, en su discurso, se pudo ir marcando, por primera vez, la distancia entre la presencia permanente y la posibilidad de lazo, entre “contar todo” y la verdad. Por ejemplo, se preguntaba por qué el miedo a perder al chico del momento, la había conducido a tener sexo sin ganas y sin placer. Y afirmaba que con su novio fue, realmente, su primera vez. También podía ocurrir que con él no tuviera ganas, pero entonces se negaba a tener relaciones, y esperaba que su sustracción de la escena fuera la ocasión de un signo de comprensión (léase, de amor) de él. A su vez, afirmaba: “por más que él me diga con quién está, no sé si es la verdad. Pero tampoco puedo perseguirlo”. “La otra” comenzaba a aparecer y tomaba diferentes versiones: “la ex” de su novio, que es “la madre” de su hijo; “la puta” que lo llamaba, etc. Encontraba en ellas, el soporte de una pregunta por la feminidad que comenzaba a insistir.

 

Al mismo tiempo, las mostraciones comenzaban a ceder. De su boca salían frases muy diferentes a su presentación. En tal sentido, sostenía que muchas veces sería preferible no contar todo; que algunas cosas podrían quedar en el ámbito del secreto y la intimidad (que empezaba a aparecer no sólo en su relación de noviazgo sino con sus padres); que le preocupaba pensar que yo podría haberle comentado a su padre aspectos de su relación de noviazgo.

 

De todos modos, el encuentro con algunas frases volvían a conmoverla. Un hombre con el que se había acostado, le envío una propuesta: “¿Cogemos?” A ella le pareció grosero, y yo agregué: “Vengo escuchando que vos ya no querés escuchar estas cosas.”

 

La dirección de mis intervenciones apuntaba a instalarla, vez por vez, en una escena posible: aquélla que en la cultura suele designar lo íntimo. No por buenas costumbres ni prurito, sino porque su posición en el discurso la ubicaba, o bien, expuesta a una escena de mostración (8), o bien, confrontada con la angustia del Otro (9), o bien, sin tener siquiera lugar (10). Parafraseando, nuevamente, a Lacan, sostengo que el amor, presente en la contingencia de esa elección de objeto, fue la vía para que la satisfacción (de la mostración) pudiera condescender a alguna pregunta por el deseo, no sin el marco de un tratamiento que empezaba a instalarse. Obviamente, no se trata de un análisis, si por esto entendemos únicamente la neurosis de transferencia freudiana. Pero, muchas veces, son necesarios estos movimientos previos que den algún soporte al sujeto, aunque éste aún no sea el del significante que lo representa. Es decir, alguna pantalla donde ubicar al sujeto en una escena habitable. Sólo entonces se abre la posibilidad de la tan mentada implicación. En esta caso, quizás será posible después de escribir estas líneas. Aún no lo sé. Es una apuesta.

 

Luis Sanfelippo es psicoanalista, ex-Jefe de Residentes en Psicología Clínica del HGA “Teodoro Álvarez”, Ciudad de Buenos Aires y docente de la cátedra I de Historia de la Psicología, UBA. Coordina la sección Historia Viva de elSigma.com.

 

 

Notas

 

(1) Cf. El diario de Ana Frank, Hemisferio. Bs. As. 1993. Pág. 71. Citado en HARTMANN, A. et al., Adolescencia: una ocasión para el psicoanálisis, Miño y Dávila, Madrid, 2000. p. 201.

(2) Quizás porque prioricé el carácter mostrativo de su reclamo por sobre el contenido del mismo (“no tengo lugar, pero aún así este espacio no me sirve”), decidí ofertar tan sólo una entrevista, y apostar a despertar algún interés por alojarse aquí, en lugar de demandarlo.

(3) Una escena de los 13 años, parece tener relación con esta versión materna y con el propósito de Lila de “contar todo”. Tras su primera experiencia sexual, decidió contarle lo acontecido únicamente a su padre, quien, angustiado, relató esto a la madre de Lila. Esta mujer reaccionó golpeándola fuertemente en la vagina hasta que el padre la detuvo. Supuestamente lo hizó enardecida porque Lila no se había cuidado. La joven supone que fue porque no le había contado a ella.

(4) En el original, podía leerse “palabras maternas”. Quizás era demasiado. Una frase posterior (“si no vas al psicólogo, me van a sacar a mis hijos”) permite pensar que esa mujer no podía incluir (en su enunciación) a Lila en la serie de sus hijos. Y Lila, al escucharla, fantaseó con su propia desaparición.

(5) Recordemos el pedido que me había realizado de impedir que concurra a este espacio sin mi consentimiento.

(6) ¿Existía? No soy de quienes creen que los elementos con los que trabajamos en una cura estén dados. El psicoanálisis tampoco es una práctica de develamiento.

(7) En una entrevista con el padre, éste confesaría que su psicóloga le había “aconsejado ponerle límites a Lila.”

(8) Sea agente de la misma (es decir, en una escena fantasmática, identificada al objeto) o paciente de ella (es decir, sujeto dividido).

(9) Respondiendo, entonces, con lo que en el fantasma es “la posición del sujeto como posición masoquista” Lacan, J.: El Seminario. Libro XIV. La lógica del fantasma. Inédito. Clase del 15-02-1967.

(10) Como en el episodio que denominé “en la cornisa” o en la frase comentada en la nota n° 4.

 

 

Bibliografía

 

HARTMANN, A. el al., Adolescencia: una ocasión para el psicoanálisis, Miño y Dávila. Madrid, 2000.

LACAN, J., El Seminario. Libro X. La angustia. Inédito.

LACAN, J., El Seminario. Libro XIV. La lógica del fantasma. Inédito.

 

 

 


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