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Procesos de simbolización en la infancia y puesta a prueba de una clínica psicoanalítica extra-muros: la invención de una ludoteca29/05/2020- Por Juan Pablo Hetzer - Realizar Consulta
La práctica analítica se ha ido extendiendo desde sus comienzos no sólo al sujeto en sus distintos tiempos —incluyendo el tiempo constitutivo de la infancia— sino a espacios y dispositivos que trascienden los consultorios. El autor de este texto reflexiona sobre una de esas experiencias, la ludoteca que funciona en lo que otrora fuera un hospital psiquiátrico, como avanzada de un “psicoanálisis extra-muros” en los tiempos de la infancia. ¿Qué posibilidades de elaboración brinda un espacio como éste al sujeto infantil, en las condiciones de su malestar? ¿Qué posibilidades le da de tramitar eso que, viniéndolo del Otro, es a la vez fuente de padecimiento y condición de alguna construcción posible?
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Luciano cumple la tarea creativamente*
“El trabajo de simbolización se ofrece, entonces, como un cuidadoso entretejido que no conserva ya la dominancia extractiva que constituyó durante años la concepción central de la clínica analítica, y reubica formas de intervención que se entrelazan en el interior del trabajo con las neurosis clásicas. Son formas que deberemos seguir explorando en nuestro trabajo cotidiano, si tenemos en cuenta que el traumatismo opera de modos diversos y permanentes en la vida actual –a partir del sometimiento masivo a catástrofes sociales constantes que este siglo propicia-, sin dar lugar a recomposiciones defensivas capaces de organizar transacciones sintomales, para las cuales ejercer una clínica psicoanalítica en la cual no se puede seguir resguardando la pureza del método a costa del sufrimiento del sujeto. Y, además, fundamenta la privilegiada posibilidad que tenemos los psicoanalistas, a través de una práctica extramuros de dar un sentido social a nuestro trabajo, más allá de las fronteras o los límites de nuestros consultorios”
Silvia Bleichmar (2010)
El presente trabajo aspira a demostrar —provisoriamente, como todo propósito de conocimiento— el alcance de un proceso de puesta a prueba de algunos conceptos que rigen la experiencia psicoanalítica con niñes. Sin embargo, no se trata de esa experiencia psicoanalítica que halla su lugar privilegiado en la cura, sino de una variante de aquella experiencia que representa el psicoanálisis extra-muros. Digo de una variante porque en sentido estricto no se superpone solamente con el hecho de dirigir el psicoanálisis al encuentro de los fenómenos culturales, tal como afirma J. Laplanche (2001). Más bien se trata de dirigirlo a la producción de esos fenómenos.
A lo que quiero referirme es a la invención de un dispositivo de trabajo destinado a niñes, que llamamos ludoteca, y que funciona desde el año 2012 en un Hospital público en la zona noroeste de la ciudad de Santa Fe. He puesto el acento en trabajo por dos motivos. El primero se hace eco de una necesidad cara al psicoanálisis por mantener vigentes sus paradigmas: la de “hacer trabajar” la obra. El segundo tiene que ver con el fundamento teorético de dicho dispositivo, es decir, con lo que oficia de justificación teórica y clínica para la práctica de esta experiencia psicoanalítica.
Cuando Laplanche (1990) sostiene que con el término trabajo intenta designar una muy particular provocación al trabajo por un desborde del mensaje, señala cuatro lugares de trabajo posibles en que el desbordamiento no está inscripto en los caracteres del lenguaje sino en la situación misma. Menciona el trabajo de duelo, el trabajo del texto, el trabajo de análisis y el trabajo de la infancia.
Tomando en cuenta este último, cuyo propósito esencial consiste en otorgar un destino a los significantes enigmáticos provenientes del adulto —a las inscripciones excitantes, dirá luego S. Bleichmar, ya que el niño en los primeros tiempos de la vida no tiene posibilidades de realizar una lectura sémica de lo que vivencia y, por lo tanto, no puede atribuir carácter de mensaje a las excitaciones originarias—, un destino que comporta un proceso de metábola, diseñamos y pusimos en funcionamiento un dispositivo que contribuya a este proceso.
Es decir, hemos hecho la prueba de abrir otro lugar de trabajo para les niñes, un lugar creado fundamentalmente a partir del juego, cuyo objeto es promover procesos de simbolización de la experiencia. Esta prueba pone en tensión el devenir concreto del método analítico. Con otros términos: contiene la exigencia de poner a trabajar las prácticas actuales de les analistas.
Me parece ver en esto una pretensión que continúa el empuje de S. Bleichmar por pensar la actualidad, la actualidad del sufrimiento de les niñes por un lado, y de nuestras herramientas teóricas y técnicas que definen la práctica del psicoanálisis, por otro. Y la actualidad implica pensar en un contexto específico, cuyo espesor es mucho mayor que el de época.
Este dispositivo que llamamos Ludoteca “La punta del ovillo” está situado en el ámbito de la salud pública, en un hospital del interior del país que se fundó como hospital psiquiátrico en 1943 —lastre del que actualmente resulta difícil sustraerse— en la periferia noroeste de la ciudad de Santa Fe, donde están emplazados los barrios que son algunos de los más pobres de la ciudad. La población infantil que atendemos habita estos barrios.
A principios de este siglo, cuando empiezo a trabajar allí, aún funcionaba una sala de internación paidopsiquiátrica que se regía con la misma racionalidad que las salas para adultos, es decir, ejercicio del control y sujeción de los cuerpos… en fin, un hospital donde había atención psicológica para niñes pero no había caja de juego. No se jugaba. Infancia y juego estaban escindidos. Éste es un elemento para destacar. En esta disyunción entre infancia y juego se revela un punto donde la institución hace totalidad, donde produce destitución subjetiva, este punto era preciso identificar para hacerlo estallar (1).
Entonces, ¿qué puede hacer un analista que trabaja en un hospital público a dominancia manicomial para garantizar la asistencia de la población infantil sometida a problemáticas de sobrevulnerabilidad y desamparo? Esta pregunta es una pregunta antiburocrática y pone en primer plano algo necesario: la asistencia. Asistencia cuyos efectos deben ser medidos en sus alcances inmediatos así como en sus consecuencias mediatas. Y aquí la idea de una clínica psicoanalítica extramuros permite ser puesta a prueba.
Lo primero que había que hacer era desmarcarse de la lógica del patronato y asociar infancia y juego. Y esto no podría ser posible sin hacer jugar al menos dos cosas: propuesta identificatoria y transferencia, sobre las que volveré enseguida.
Luego de ensayar diferentes modalidades de asistencia —dentro de las cuales nunca perdió un lugar privilegiado la clínica psicoanalítica del uno a uno—, que incluyeron propuestas de abordaje grupal en un dispositivo cuyo eje fue el juego del fútbol, y una asamblea de niños a su término, fundamos la ludoteca en el año 2012.

Ludoteca
Este dispositivo contiene diferentes talleres: uno de construcción de juguetes con madera al que llamamos Fabricatería, otro de pintura y cuentos, un taller de radio en articulación con una radio comunitaria que tiene los estudios en el hospital, un taller de alfabetización, otro de cocina y otro de modelado en porcelana fría. Destinados a niñes de entre 5 y 15 años.
Entre quienes coordinamos hay psicoanalistas, un artesano, nutricionista, psicopedagoga, trabajadora social, y en promedio recibimos unos 30-40 niñes. (2) Ocupamos el lugar de lo que fuera esa sala de paidopsiquiatría que mencioné antes, le tumbamos paredes, pintamos Kandiskys y Mirós en las puertas y en las paredes ovillos de colores junto con les niñes.
El dispositivo ludoteca ha devenido un espacio intermedio entre les niñes y el ambiente, un espacio destinado a contener experiencias en el sentido winnicottiano, experiencias de diversa naturaleza, pero que en su mayoría tienen que ver con el traumatismo y el abuso en sentido extenso que se desprende de las condiciones de miseria en la que habita esta población infantil.
Tenemos bien presente lo que pensaba S. Bleichmar respecto de por dónde pasa lo central de los procesos actuales de resubjetivación. Ella decía que pasaba por la función que cumplan los organismos protectores del Estado frente a la infancia. Este constituye uno de los ejes que fundamenta la ludoteca: el eje ético-político. El otro eje es el teorético, el que más interesa a los fines del presente trabajo.
Cuando decimos resubjetivación de les niñes pensamos en la necesidad de recomponer un entramado identitario arrasado o desarticulado. Por ello, en la invitación a jugar, en la convocatoria al trabajo psíquico que implica jugar, se intenta devolver a la infancia un aspecto que le es propio que va en la dirección de ficcionalizar lo que la afecta, de metabolizar (toda trasposición comporta una transformación) aquello que le plantea constantemente una exigencia, aquello que la desborda más acá y más allá del lenguaje: el inconsciente, el cuerpo y el otro.
Como trabajadores del sistema de salud público jugamos el papel de portavoces del contrato (narcisista) propuesto por el Estado a los nuevos sujetos, es decir, a les niñes. Lo que hacemos en las instituciones de salud a donde acuden les niñes representa una voz más en el coro de las propuestas identificatorias, las cuales corren de hecho el riesgo de destituirlos de su condición de sujeto, o de negarles, más o menos desfiguradamente, la posibilidad de reconocerlo como tal.
Con lo cual, en el momento de inventar este dispositivo de juego, lo que opera como “teorización flotante” es la noción de identificación en su aspecto de reconocimiento del niño como idéntico ontológico. Si partimos desde aquí, y si de lo que se trata es de ubicar la experiencia analítica fuera de la cura, lo que se impone es la pregunta por las condiciones para que devenga tal, es decir, para que la ludoteca devenga ese otro lugar de la experiencia analítica. ¿Sería legítimo situarla dentro del campo del análisis? Cito a J. Laplanche (1990), a propósito del psicoanálisis traspuesto:
Proponemos entonces definir este campo del análisis por su coordenada principal: ni por el lenguaje, ni por lo fantasmático, sino por lo sexual, ello de tres maneras:
1) en todo aquello de que el psicoanálisis trata hay, digamos, un sentido sexual por encontrar (tomo “sentido” de la manera más vaga, menos teorizada posible);
2) la sexualidad adulta debe ser referida sin cesar a la sexualidad infantil {al trabajar con niñes y si compartimos su teoría de la seducción generalizada, bien podríamos formular este punto en un sentido inverso: la sexualidad infantil debe ser referida en sus orígenes a la sexualidad adulta} (3);
3) la sexualidad debe ser tomada aquí en su acepción ampliada. [p. 155]
Veamos esto concretamente en el taller de pintura y cuentos. Allí, en un grupo de siete u ocho niñes, cada une cuenta con su atril, su paleta y su pincel. La consigna que formulo es que tienen que jugar a ser pintores por un rato y luego narrar un cuento sobre lo que se pintó. Lo que pinten puede ser cualquier cosa que se les ocurra: un recuerdo, un sueño, un deseo, algo vivido, visto u oído. Existe aquí una primera trasposición: se les convoca a poner afuera mediante la pintura lo primero que les venga a la mente.
Más tarde, escribo en la computadora el cuento que el niño inventa y relata sobre lo que ha pintado. En este momento me encuentro muchas veces tomado en el relato del niño, ya sea porque formo parte del cuento o el cuento me está destinado, ya sea porque el niño interroga sobre su propia producción plástica —a veces no sabe por qué pintó eso ni qué quiere decir—; ya sea porque pide ayuda para armar una frase o para proseguir una idea, y, a veces, para arrancar con el cuento y otras para terminarlo.
Tenemos derecho a pensar que estamos ante un fenómeno trasferencial. Pero ¿qué implica pensar la trasferencia en esta variante de la experiencia analítica extra-cura que no se dirige a los fenómenos culturales sino que apunta a la producción de los mismos dentro de un encuadre y una regla definidos que establece un interior del dispositivo? (4) Quizá sea pertinente también plantearse con Laplanche (1990): ¿de qué hay trasferencia?, ¿dónde se registra y cuáles son sus condiciones de producción? Cito al autor:
“En el análisis existen las condiciones de una verdadera producción de la trasferencia (por lo tanto de lo sexual). Con lo cual nos vemos conducidos a un tercer modo de entender esta frase —hay algo sexual dondequiera—: no basta decir que es posible una lectura sexual de todo; es preciso afirmar que existen lugares privilegiados de producción de lo sexual: la infancia, la cura, y también, quizá, ciertos fenómenos culturales”. [p.161]
Ahora bien, ¿estaríamos en condiciones de afirmar que la ludoteca, por sus reglas y por la asimetría de sus participantes (adultos que proponen a les niñes jugar en un tiempo y espacio definidos) trae consigo una suerte de reproducción estructural de los requisitos para el surgimiento de lo sexual?
Si, siguiendo la teoría de la seducción generalizada, entendemos al niño atravesado, habitado, trastocado, implantado, e inclusive, traumatizado por significantes o enunciados de deseo de los que él no tiene la clave, y si vamos más allá del sesgo lenguajero que supera S. Bleichmar para plantear que se trata de pulsaciones excitantes —provenientes del inconsciente del adulto clivado— que una vez constituido el yo en el niño le pueden hacer signo y devenir enigmáticas, podríamos sostener que nos constituimos en objeto de una trasferencia basada en el supuesto significar.
Hay algo en la producción plástica del niño que se le sustrae a la significación, hay algo en su cabeza que se piensa solo y se manifiesta en lo primero que se le ocurre para pintar. Esto, en algún sentido, lo desborda, no tiene la clave —quizá porque de hecho no exista ningún código de partida— y se le presenta como interrogante: ¿qué es lo que pinté?, ¿por qué lo pinté? Y es justamente aquí donde aparecemos en escena porque esa pregunta es formulada al interior del dispositivo.
“Hay una trasferencia originaria en la infancia, aquella misma que desemboca en ese producto marginal que es la sexualidad, y la trasferencia analítica se tendría que concebir no como un calco sino como una reanudación de ese proceso de trasferencia originaria. A esto, esencialmente, me refiero cuando hablo de trasferencia de trasferencia”. (Laplanche, 1990, p. 301).
Esta variante de la experiencia analítica extramuros que representa la ludoteca comparte un elemento esencial con la cura: en ella hallamos producida la trasferencia en la medida que retoma la trasferencia originaria pero también porque como analistas nos rehusamos a saber o pre-saber sobre el inconsciente del niño y a plegar lo sexual sobre el plano de la adaptación —lo cual nos desmarca de ese riesgo siempre presente en el trabajo con niñes que es el de devenir educadores.
Nuestra función, que incita a través del juego a la producción artística, promueve un trabajo de auto-teorización en el niño y crea las condiciones para un trabajo de simbolización destinado a que pueda apropiarse de sus propios pensamientos y producciones culturales. De este modo, y retomando la cita inicial de S. Bleichmar, el dispositivo representa una nueva forma de exploración en nuestra práctica cotidiana de intervenciones analíticas que amplíen el horizonte de trabajo.
Juan Pablo Hetzer es psicoanalista, especialista en Psicología Clínica, Institucional y Comunitaria (UNR), miembro del Servicio de psicología infanto-juvenil del Hospital Dr. Emilio Mira y López de la ciudad de Santa Fe, miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Paraná (SPP) y de la Asociación de Psicoanálisis Sigmund Freud del Litoral (APSFL), docente de la Escuela de Postgrado en Clínica Psicoanalítica de la infancia y la adolescencia ASAPPIA – APSFL, maestrando de la Maestría en Clínica psicoanalítica con niños (UNR).
Imagen*: tomada de… https://www.losandes.com.ar/article/view?slug=un-nino-mendocino-de-11-anos-dibujo-un-dinosaurio-que-es-viral Realizó la tarea escolar con lo que pudo en su casa de Guaymallén, Mendoza, Argentina
Notas
(1) Digo este punto porque en verdad pienso que en la actualidad no se trata, como pudo concebirse en ciertas sociedades durante las condiciones de pleno empleo que generó el Estado de Bienestar de la posguerra, de hacer estallar las instituciones. Hoy creo que estamos obligados a pensar en cómo garantizar el derecho a la asistencia -sin encierro, por supuesto- sosteniendo las instituciones. Antes el Estado encerraba a los niños, ahora los desampara.
(2) Hemos sido oficializados como dispositivo lúdico-creativo en el marco de la ley provincial de Salud Mental, artículo 18, y recibimos un presupuesto mensual muy magro.
(3) Las llaves son mías.
(4) Este interrogante no omite la siguiente consideración de Laplanche: “…la transferencia fuera de la cura no es una exportación de la transferencia, sino por el contrario, que la transferencia como fenómeno más general es importada por la cura. La transferencia existía ya antes, y lejos de haber sido exportada, existía originariamente fuera de la cura. Por lo tanto la transferencia no es en el psicoanálisis fuera de la cura una noción exportada. Se describe de manera diferente que en la cura, pero sus características esenciales están presentes. Lo que peligra de producirse, por el contrario, y demanda justamente una reflexión, es una exportación del psicoanálisis, es decir, de los dos puntos en los cuales la transferencia analítica se diferencia de la transferencia en general, es decir la regla y el método”. (Laplanche, Green, Rosolato y Dorey, 1994).
Bibliografía
BLEICHMAR, S., Psicoanálisis extramuros, Entreideas, Buenos Aires, 2010.
LAPLANCHE, J., Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Amorrortu, Buenos Aires, 2001.
LAPLANCHE, J., La cubeta. Trascendencia de la transferencia. Problemáticas V, Amorrortu, Buenos Aires, 1990.
LAPLANCHE, J., GREEN, J., ROSOLATO, G. & DOREY, R., “De la transferencia y/o la contratransferencia”. En: Revista Zona Erógena. Nº 20, 1994. Recuperado de http://www.educ.ar
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