» Hospitales

Un amor travestido de locura y muerte: erotomanìa y transferencia

26/12/2005- Por Mónica Fudin Govednik - Realizar Consulta

Imprimir Imprimir    Tamaño texto:

Bajo la fachada seductora de una persistente muestra de interés y deseo que no deja de incluir simpáticas y hasta pintorescas promesas amorosas, suele esconderse a veces la siniestra pesadilla de un “amor travestido”, que cae estrepitosamente cuando el partenaire resiste las ofertas. La autora examina el concepto de “erotomanía” desde sus raíces psiquiátricas hasta sus implicancias en las distintas estructuras clínicas, para desembocar en una pregunta acerca de la maniobra que —necesariamente— nos implica en la transferencia.

EROTOMANIA: UN AMOR TRAVESTIDO DE LOCURA Y MUERTE

 

 

    Bajo la fachada seductora de una persistente muestra de interés y deseo que no deja de incluir simpáticas y hasta pintorescas promesas amorosas, suele esconderse a veces la siniestra pesadilla de un “amor travestido”, que cae estrepitosamente cuando el partenaire resiste las ofertas.

    Encuentro sexual, extremo goce donde renace el horror en que los mitos antiguos entrelazaban muerte y amor, donde la locura señala su camino a través de un loco amor que la acepta y la reclama. Un lobo devorador travestido en oveja cuya voluntad es poseer por entero al objeto amoroso, o como objeto de amor-odio, o con la obsesión de matarlo antes que compartirlo o perderlo.

Para Freud, la sexualidad humana no es obvia ni normal, dependiendo de múltiples factores, y no sólo de la naturaleza genital ni de las normas sociales reguladoras. Sexualidad y muerte, desde Freud a Lacan, están asociadas a momentos de una fiesta que la naturaleza celebra, mostrando la fragilidad misma del ser humano, indisociable de la sexualidad. “Nada detiene al libertinaje”, profetizaba el Marqués de Sade, no hay nada que lo contenga, y así, en Justine, considera que no hay mejor medio de familiarizarse con la muerte que aliarla a la idea libertina.

     La erotomanía comienza con un acercamiento cordial al partenaire, para terminar con características de perversión en la sexualidad, dadas por grados extremos de fijeza, exclusividad y estereotipia. Nos hallamos frente a un  intercambio que afecta al objeto sexual, y desde allí captura al sujeto comprometido en la asunción de la posición sexuada. Estamos en el terreno de una función simbólica que distribuye sus diversas vertientes de intercambio mostrando de qué manera queda en ello comprometido el campo de la sexualidad y el deseo humano. Su mensaje cruel y duramente dirigido hacia su racional finalidad destructiva apunta directamente a lo corpóreo saltando por encima de lo imaginario, palabra y acto se tornan equivalentes y, así, el hecho de la declaración amorosa requerirá la correspondencia del acto inmediato.

     Clérambault, reconocido por ser quien mejor ha descrito y estudiado la erotomanía, la define como “la ilusión delirante de ser amado”, ubicándola entre las psicosis. La describe en tres fases evolutivas: esperanza, despecho y rencor. Su postulado fundamental lo formula así: “es el Objeto, la persona por quien el paciente se cree amado y que pertenece a un rango más elevado que el sujeto, quien ha empezado a declararse, es él quien ama más o el único que ama Esta erotomanía pura se basa en intuiciones, falsas interpretaciones e ilusiones, llegando a conversaciones indirectas vía alucinaciones.

 

I

 

    En la clínica, muchas veces nos hemos topado con este tipo de pacientes, debiendo maniobrar duramente con las intervenciones para que la cosa no pasase a mayores, pero, ¿qué sucede cuando los analistas nos encontramos con pacientes cuyo delirio erotómano nos coloca en el centro de su escena amorosa? 

    Uno de ellos, desde el comienzo del análisis y durante varios años concurría a las sesiones porque “quería casarse conmigo. Convencido de que algún día podría lograrlo, todas sus sesiones comenzaban con una declaración amorosa, expresando esa ilusión hasta el mutismo hostil que tardaba en despejar. En el  primer tiempo de las entrevistas preliminares, tal como las diferencia Lacan, para que la demanda se instituya y recaiga sobre el analista se comienza por poner el cuerpo en el tema.

    De nada servían —en este caso— mi silencio, puntuaciones, señalamientos, aclaraciones, interpretaciones, y —por qué no— mi enojo... Su persistencia arrasaba con todo: la convicción de que yo estaba enamorada también de él, sólo que “no me animaba a decírselo porque era su psicóloga”, hacían que estuviese dispuesto a esperar hasta el final del tratamiento. Después nos casaríamos. Sus miradas furtivas, su rubor al hablarme, sus inhibiciones —que lo obligaban a sonreír y esquivar la mirada—, su empecinamiento, no hacían más que incrementar mi incomodidad hasta el punto de evitar cualquier signo o gesto que pudiera malinterpretar, acentuando su imaginación desbordada. Mientras tanto, esta transferencia instalada en la vertiente resistencial ilusoria del amor —que duró muchos años—, le otorgaba un lugar, y logró avanzar en tantos terrenos como le fue posible.

    Era difícil sostener esa transferencia coagulada, pues la demanda requiere de una respuesta que no es ni su satisfacción, ni el silencio absoluto, ni tampoco el rechazo. Se demanda siempre amor, se instituye a quien se demanda en Otro, suponiéndose que tiene aquello que se le demanda y dependerá de su buena voluntad, ternura o arbitrariedad entregar lo que puede satisfacer. Esta demanda, de características erotómanas, aunque extravagante y bizarra, estancada en la fase de la ilusión de ser amado y la esperanza, no pasó de ese umbral. Cuando pude escucharla como parte necesaria de la transferencia de este sujeto para poder analizarse —o intentarlo— me relajé, y podría decir que dejé de lado la actitud defensiva, que operaba como reacción terapéutica negativa. Ese amor transferido al analista, a aquél al que se le supone un saber, no está siempre claramente articulado con aquello que trae a alguien a consulta. En este paciente era una manera de poder recobrar la ilusión y dirigirse a una mujer sin ser rechazado, encontraba dónde desplegar su decir, luego de haber padecido un mortificante silencio familiar en el que todo lo referido al amor, al ideal (posibilidad de estudiar, demostrar afecto, relacionarse con el otro), le estaba duramente vedado.

    En los casos graves, el cuerpo se hace escuchar a través de quejas, sufrimiento y demandas de amor explícitas. Se reclama un amor unificante —que remite al narcisismo, a la unificación imaginaria— para poder soportar lo real de la vida. La presencia y la escucha del analista representa ya una respuesta que tendría efectos en la marcha de cada análisis. Hacer oídos sordos no facilita la tarea, al contrario, incrementa la agresividad. Cada sesión, para este paciente, planteaba la posibilidad de la declaración amorosa, para después proseguir con otros temas de su interés, pudiéndose en ocasiones articularse esa declaración a otras cuestiones de su vida.

 

II

 

    Dos formas de amor se conjugan en el ser hablante: el amor narcisista y el amor al padre, posiciones subjetivas diferentes. En nuestra práctica, encontramos en los enfermos graves —como en las psicosis, donde la forclusión del nombre del padre no ha operado— que se presenta la forma más primitiva del amor, y es con esto con lo que contamos para comenzar a trabajar. El Eros unificante implica indefectiblemente al cuerpo[1], que está ligado indisolublemente al sexo, al amor y al goce. Mientras el goce está más cercano a la pulsión, el amor al padre está en juego en el amor al saber —a quien supongo amo—, que remite a la amistad, al amor sublimado, donde no hay cuerpo ni sexo en juego. Conduce al ideal del bien, de la felicidad, base del ideal del Yo.

También ocurre en la clínica que nos encontramos con pacientes erotómanos más graves, en los que nos percatamos, en el relato de su vida amorosa, de que el partenaire —sin estar advertido— es llevado a seguirle el juego, pues alientan el goce narcisista, sin percibir el peligro en potencia que se cierne sobre ellos como objeto elegido. Pues, según Freud, el motor de la pasión delirante no es el amor sino el odio. Así se presentifican la persistencia, la fijeza y la exclusividad mencionadas por Clérambault, para volver a la carga no siempre de la mejor manera, encontrándose en la etapa del despecho y el rencor. Lacan elige, para dar cuenta de esta problemática desplegada varias veces en el cine, el film Él (estudio científico de un psicópata, guionada y dirigida por Buñuel en México, en 1953). Relata la vida de Francisco, un rico propietario mexicano, solterón, que se enamora perdidamente de Gloria, a quien ha visto durante un oficio religioso y con quien consigue casarse tras varias maniobras, luego de haber logrado que abandonara a su novio. Buñuel describe con agudeza y precisión el tema de los celos y de las perversiones. Fetichismo, referencias sadianas y anticlericalismo decoran lo erótico del film.

En estas ocasiones, la cosa suele ponerse violenta: el delirio armado dramáticamente puede llevar a un pasaje al acto con un final trágico, poniendo en riesgo la vida del otro. Existen casos de colegas acosados por estos pacientes en su privacidad.

Para el analista, la pista de la transferencia[2] involucra el comportamiento con respecto a la afectividad. Si bien, en la esquizofrenia no siempre el afecto se corresponde con el contenido del delirio, el afecto paranoide rige todo el proceso patológico de las paranoias, destacando desde el comienzo una disforia ansiosa subordinada a ideas de persecución con elación y éxtasis, con ideas de grandeza y también con estados melancólicos. Evoluciona desfavorablemente, pues la timidez tiende a convertirse en irritabilidad, y las ideas de referencia ansiosas se tornan desconfiadas, con actitud hostil hacia el otro, como en las películas y casos de la vida real.

Desde la psicopatología, la erotomanía es ubicada junto con las celotipias como un delirio sistematizado. La enferma se cree amada por un hombre determinado y envidiada por este amor: sentirá que tratan de apartarla de él, a quien inculpa de infidelidad, persiguiéndolo con celos. En su tesis de psiquiatría, Lacan propone una modificación esencial de la concepción psiquiátrica de la paranoia, considerando —a diferencia de Kraepelin— que no es el resultado del desarrollo de un proceso psíquico, sino de un dispositivo normativo de la psicogénesis.

La carencia de un lugar fijo en el Otro tiene consecuencias observables en sentimientos de intrusión y angustia por encontrar su lugar ocupado. Su lugar fluctuante, inadecuado, tan indebido como el valor que invoca, le hace ofrecer variados sacrificios al Otro infinito: amor, trabajo, renunciamiento, sublimación, etc. Ofrendas ineficaces que no logran establecer el orden finito y alcanzar el objeto amado, pero que tienen un costo tanto en el paciente como en el analista. Ese viaje sin destino, donde se formula la pregunta “¿qué me quiere Él?”, se le impone sin remedio. Domiciliado en un Real en movimiento, procede con extrema sensibilidad para captar e interpretar palabras que tienen el poder manipulador de transformarlo. Como Dios sólo puede sostener y verificar su legitimidad por el reconocimiento que le consagran sus sujetos, de ahí las exigencias que alimentan sus delirios. Luchar contra ello implica el riesgo de la despersonalización, pues hay una aspiración original de ser adoptado por el Otro. El exceso participa —por su carácter imaginario— del mundo de la ilusión, y se apoya estructuralmente en datos concretos, con una débil militancia en el sentido común que concede a las representaciones de sus conductas monstruosas cierta pertenencia al campo ilusorio.

Para concluir este odio travestido en amor en el que el cordero se transforma en lobo, la intervención apunta a liberar al paciente, en forma momentánea, del encuentro con ese goce cuyos anclajes se sueltan en el momento en que la demanda de amor no puede ser satisfecha. Dice: “todo estaría en orden si una demanda de amor pudiera obtenerse en forma ilimitada”, no se presentaría ninguna fractura imaginaria mientras el partenaire acompañe esa demanda ilimitada.

Esa distancia con el Otro consiste en la imposibilidad del sujeto psicótico de conservar una buena distancia. No resulta fácil respetar una distancia que lleva siempre en sí la dimensión de la muerte, donde él es el muerto[3] . El dolor, el amor y el odio son accesos a lo real. “Por situarse en el registro del ser la destructividad humana es incondicional a igual título que la demanda de amor… no puedo hablar y matar al mismo tiempo”, nos dice Safouan[4] .

Cualquiera puede padecer los excesos de algún sujeto erotómano que, sin llegar tan lejos, hagan preciso sortear —no sin angustia y horror— el peso de verse acosados y acorralados por un loco amor. Los actos desmesurados se atenúan en la medida en que se logra encausar la palabra, pues de amor y locura se trata.

Leemos en El Otro y la psicosis que la palabra es siempre pacto, acuerdo, nos entendemos, estamos de acuerdo, pero el carácter agresivo de la competencia primitiva deja su marca en el discurso. Sin desconocer que el delirio cumple una función: otorga un lugar y, ya que “el psicótico ama al delirio como a sí mismo”, en medio de dichas y desdichas amorosas vamos advirtiéndonos que a veces hay que “seguirles la corriente” para poder maniobrar ante un amor sin barreras, que reclama ser correspondido a cualquier precio.

 

 

Mónica Fudín

 

 

 

Mónica Fudín es Psicoanalista, AME de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Jefa de la Sección de Clínica y Medios Audiovisuales del Departamento de Docencia e Investigación del Htal. “José T. Borda” y directora del Programa de Urgencias y Violencia Familiar de la Facultad de Medicina de la UBA. Correspondencia a: fudingo@hotmail.com.

 

Bibliografía

 

EY, H., Tratado de Psiquiatría, Toray Masson, Barcelona, 1997.

FREUD, S. “La escisión del yo en el proceso defensivo”. En: Obras Completas, vol. III, Biblioteca Nueva, Madrid. 1981

LACAN, J. El Seminario, Libro 3. Las psicosis, Paidós, Buenos Aires. 1995.

LACAN, J. (inédito), El Seminario, Libro 23. El sínthoma.

MACI, G., “Paradojas del erotismo perverso” Revista Imago N° 5, Buenos Aires. 

MELTZER, D., “El papel de las confusiones pregenitales en la erotomanía”. Revista Imago N° 5, Buenos Aires.

PAOLA, D. Erotomanía, paranoia y celos, Homo Sapiens, Rosario. 1997.

ROMI, J. Las parafilias: importancia médico-legal. En: Acta Psiquiátrica N° 1.1996.

SAURÍ, J., “El secuestro de lo imaginario en la perversión” Revista Imago N° 5, Buenos Aires.

ZAPETTI, A., “Sexualidad y muerte” Revista de la AAP, Año 5, vol. 3 N° 1-9.

 

 

 

 



[1] DOMB, B. Demanda de amor y fin de análisis. Publicación de la EFBA. Coloquio de Verano Enero 2004

 

[2] Kraepelin distingue parafrenia de paranoia.

[3] AULAGNIER, P.  Observaciones sobre la estructura psicótica. Carpeta de Psicoanálisis, vol.  I, pág. 145

[4] SAFOUAN M., La palabra o la muerte, pág. 101, De la Flor, Buenos Aires.


© elSigma.com - Todos los derechos reservados


Recibí los newsletters de elSigma

Completá este formulario

Actividades Destacadas


Del mismo autor

» Vivencias y efectos de la pandemia
» Fragilidad: la grieta, el odio y lo mudo
» Los cantos de la cuarentena
» Los pacientes… esos usuarios
» La consulta por violencia familiar… Analista todo terreno. Resistencias, demanda y transferencia
» Las Psicosis: la importancia de ser el otro. Sobre Elling mi amigo y yo
» Mala praxis y iatrogenia, en medicina y en psicoanálisis
» La informática en el diván
» En el Borda también se vive ..
» Relaciones fraternales: comparaciones odiosas. La otra cara de Caín y Abel
» Relaciones filiales: La casa de Bernarda Alba. Tapiar el amor entre cuatro paredes
» Psicoanálisis, cine y psicosis. "Psicosis de pelìcula"
» Cine y psicoanálisis: de los mitos y orígenes del Psicoanálisis en el cine
» Identidad ambiental del hospital psiquiàtrico. Entre cuatro paredes de una ciudadela
» Psicoanálisis y cine:arte, artista y espectador
» Mitos del psicoanálisis en el cine

Búsquedas relacionadas

» erotomanía
» transferencia
» amor
» sexualidad
» cuerpo