» Introducción al Psicoanálisis

Acerca de los mecanismos de defensa, del tratamiento y de la curación

10/05/2006- Por Oscar Mario Gutiérrez Segú - Realizar Consulta

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Hay dos principios a los que se encuentran sometidas las diferentes estructuras en cuanto tales: en primer lugar, no son intercambiables entre sí; en segundo término, no son susceptibles de modificaciones en el sentido de que no es posible la introducción de modificaciones o rectificaciones de lo que se encuentra definido estructuralmente. No se trata de ninguna clase de determinismo más o menos fatalista, sino que es el efecto de que la historia simbólica de cada sujeto produce una lógica que lo preexiste y que no es permeable a la acción terapéutica. Ya que esta preexistencia ubica la inscripción de una genealogía que se encuentra más allá del sujeto en tanto él es tan sólo lo que sucede como efecto de la misma. La metáfora paterna es, como sabemos, una operación en la que intervienen el deseo de la madre y el Nombre del Padre, dando como producto el falo simbólico.

Haremos ahora un breve repaso de las tres estructuras fundamentales que reconoce la psicopatología psicoanalítica: neurosis, psicosis y perversión.

El efecto de la operación que producen el encuentro del ser hablante con la metáfora paterna es el sujeto, cuya estructura dependerá de los avatares de este encuentro o, como veremos, del estilo de desencuentro.

Hay dos principios a los que se encuentran sometidas las diferentes estructuras en cuanto tales: en primer lugar, no son intercambiables entre sí; en segundo término, no son susceptibles de modificaciones en el sentido de que no es posible la introducción de modificaciones o rectificaciones de lo que se encuentra definido estructuralmente.

No se trata de ninguna clase de determinismo más o menos fatalista, sino que es el efecto de que la historia simbólica de cada sujeto produce una lógica que lo preexiste y que no es permeable a la acción terapéutica. Ya que esta preexistencia ubica la inscripción de una genealogía que se encuentra más allá del sujeto en tanto él es tan solo lo que sucede como efecto de la misma.

La  metáfora paterna es, como sabemos, una operación en la que intervienen el deseo de la madre y el Nombre del Padre, dando como producto el falo simbólico. Este es lo que da cuenta de la relación del sujeto con la castración, en tanto que se constituye como significante en el lugar de la falta, produciendo su velamiento al tiempo que es su indicador. La falta es estructural, el sujeto del inconsciente se estructurará a partir de ella. Es por ésto que para el ser hablante lo que lo constituye como núcleo fundamental no es el Ser sino, por el contrario, la Falta en Ser. Y no como inmanencia sino como producto.

Es a través de la metáfora paterna que se detiene la deriva metonímica del deseo de la madre por acción del Nombre del Padre, el falo es el que despeja la incógnita del deseo de la madre. Esto es lo que le da al Edipo su capacidad de normativización, siendo la castración la condición necesaria para que se produzca la inscripción del sujeto en el orden simbólico.

La descripción que antecede es la que corresponde a la estructuración de la neurosis a la que sólo nos restaría agregar que el fantasma se constituye de modo articulado con la relación del sujeto a la Castración.

Ahora bien, la inscripción en el orden simbólico tanto en el sentido que se efectúe o no, como así también en cuanto al estilo en que se haga, dependerá del orden de transmisión del deseo de la madre como deseo del Otro y del Nombre del Padre como agente de la ley.

A la metáfora paterna le caben dos destinos de los que dependerá que el sujeto se encuentre dentro de la normalidad o tome la deriva de la enfermedad. Estos destinos son los de la eficacia o ineficacia de su acción en la operación metafórica. Los efectos se revelarán en un caso por la creación de niveles adecuados de represión y en el otro por una falla de la misma que obliga a la formación de síntomas como línea de defensa ante el Trauma. Es evidente que si nos encontramos en el campo de la neurosis esto implica que la metáfora ha operado, pero dado que el peso de la operación descansa en el Nombre del Padre, todo aquello que lo afecte en el sentido de provocar su desfallecimiento se reflejará en el grado de eficacia de la normativización del sujeto y del mecanismo de represión.

Como desfallecimiento del Nombre del Padre se entiende una cierta inacción como agente de la ley que creará ciertas fisuras en el muro de la represión que serán ocupadas por los síntomas en el intento de restablecer su continuidad. Fisuras que son al mismo tiempo las que indicarán las vías por las que se sostendrá la ilusión de alcanzar el goce.

Casos más extremos de este desfallecimiento del Nombre del Padre los encontramos en las llamadas estructuras de borde, en las que su magnitud hace que el enfermo sucumba ante el mínimo incremento del factor cuantitativo.

Siendo frecuente que el estilo de defensa asemeje a la producción delirante de una psicosis, produciendo asimismo situaciones de riesgo a través de pasajes al acto en los que se intenta poner a salvo el poco de subjetividad que ha alcanzado. La deficitaria constitución de otro del significante que le ofrezca un mínimo de soporte hace que para estos enfermos el infortunio corriente los lleve a los umbrales de lo insoportable. El recurso a las drogas es en estos casos, una de las coartadas más comunes con lo que intenta hacer suplencia de su déficit estructural.

En el campo de la psicosis nos encontramos con una situación radicalmente diferente debido a que el Nombre del Padre sufre un destino particular que es la forclusión. Dando lugar a la creación de una estructura diferente a la neurótica y con su propia lógica de funcionamiento. Es la existencia de esta diferencia estructural, fundamentada en el diferente destino del Nombre del Padre lo que determina la imposibilidad de transformación de una estructura en otra.

La forclusión no es un proceso reversible por medio de ninguna acción terapéutica, aunque la misma se proponga objetivos ortopédicos. El mecanismo de la forclusión se diferencia de la represión en un punto esencial: su relación con el saber.

La represión implica la creación de un saber acerca de lo reprimido. En tanto que la forclusión se caracteriza por la exclusión del significante que imposibilita de modo absoluto el acceso a alguna forma de saber acerca del mismo.

"Pero hay aún otra forma de defensa mucho más enérgica y eficaz, consistente en que el «yo» rechaza la representación intolerable conjuntamente con el afecto y se conduce como si la representación no hubiera jamás llegado a él"[1]

"...el «yo» se separa de la representación intolerable, pero esta se halla inseparablemente unida a un trozo de la realidad, y al desligarse de ella el «yo» se desliga también, total o parcialmente de la realidad"[2]

"Al decir que la rechazó nos referimos a que no quiso saber nada de ella en el sentido de la represión. Tal actitud no suponía juicio alguno sobre su existencia, equivalía a hacerla inexistente"[3]

"Una represión es algo muy distinto de una repulsa"[4]

"... Es el punto donde, ya veremos como, es llamado el Nombre del Padre, puede responder en el Otro un puro y simple agujero, el cual por su carencia metafórica provocará un agujero correspondiente en el lugar de la significación fálica"[5]

"Para que la psicosis se desencadene, es necesario que el Nombre del Padre, verwofen, recusado (forclos), es decir sin haber llegado nunca al lugar del Otro, sea llamado allí en oposición simbólica al sujeto"[6]

En cuanto a la perversión, su mecanismo esencial es la renegación que implica que si bien se posee un saber acerca de la castración se hace caso omiso a ello. Esto determina que el esfuerzo de la estructura se encamina hacia un borramiento efectivo de la falta, para lo cual trueca la inconsistencia del falo en la consistencia del fetiche.

De esta manera tiene el perverso una estabilidad estructural que hace que sea difícil encontrar en las comunicaciones clínicas casos en los que la perversión sea la estructura del sujeto que ha demandado un análisis.

Nos encontraremos, en cambio, con sujetos neuróticos que ha tomado el camino de actuaciones de carácter perverso como modo de resolución del conflicto neurótico ante la castración. La renegación es entonces una impostación sobre la represión.

Los rasgos de perversión son parte integrante de la estructura neurótica, prueba de ello son las frecuentes fantasías de ese orden en sus ensueños, por lo que no podemos extrañarnos de que en ciertas oportunidades estos rasgos tomen un carácter predominante y lleven al sujeto a transformarlos en actos, como intentos fallidos de alcanzar el goce. Pero con una constelación sintomática de angustia, culpa y autoreproches que delata sus orígenes neuróticos.

Para Freud existe una diferencia entre las estructuras neuróticas y lo que denomina estructuras clínicas. En estas encontramos una particular viscosidad libidinal, de un monto superior al que se encuentra en los llamados normales.

Esta viscosidad, sumada a una particular intensidad de los puntos de fijación, implican un reforzamiento de la compulsión a la repetición, lo que compromete su bagaje energético en el sostén de situaciones que mantienen la ilusión de alcanzar el goce. goce anhelado, que implica una reverberación en el conflicto edípico anclado en lo imaginario, planteado de tal manera que trasforma su resolución en un imposible. Sosteniendo un padecimiento subjetivo característico de la enfermedad.

Los enfermos "sufren de reminiscencias", dice Freud, esto implica que la actualidad del conflicto edípico se sostiene otorgándole a la enfermedad ese carácter de "fuera de tiempo" (cronológico), ya que la entrada en una dimensión temporal simbólica está obstaculizada.

La temporalidad es un problema en psicoanálisis, siendo necesario plantear la diferencia entre el tiempo cronológico -que responde a lo imaginario- y el tiempo simbólico -que es de carácter mítico-.

Tan solo así se puede comprender el concepto de atemporalidad del inconsciente. Es atemporal en tanto su inscripción responde a un tiempo mítico que le brinda la posibilidad de una vigencia sin desgaste. Lo que no es indicador de ninguna especie de “infantilismo”  prolongado, ya que la vigencia sine die del significante se funda en que su inscripción es Simbólica.

La atemporalidad de la enfermedad se articula con lo imaginario y en la compulsión a la repetición encontramos las credenciales de su origen. Estas son las del desfallecimiento del Nombre del Padre que alterará el resultado de la operación metafórica, por lo cual la represión caerá sobre el falo y la castración simbólica. Esta es la represión que será levantada por la interpretación bajo transferencia.

En estas condiciones la deriva metonímica del deseo de la madre, será un reclamo que el enfermo intentará calmar proponiéndose como objeto que colme su falta. Finalmente el asesinato del padre, generador de esa instancia obscena y feroz del Super-Yo, permanecerá vigente realimentando los demonios de la culpa y la exigencia arbitraria, en tanto que es quién hace de suplencia del desfallecimiento del Nombre del Padre.

Atrapado en esta situación, el enfermo no tiene más alternativa que el síntoma y la inhibición, como defensas ante el empuje libidinal, intentado un dominio imposible. La compulsión a la repetición será la que asegure, con su monótona insistencia, la imposibilidad del encuentro con el Das Ding, a la vez que lo amarra fuertemente a la ilusión de su hallazgo. La queja, la impotencia y el destino, son el trípode en el que se asienta su miseria. Así protegido contra el infortunio, elude la responsabilidad ética del sujeto de no ceder su deseo al goce.

Siguiendo a Freud, encontramos que aquello que determina la normalidad o la enfermedad de la estructura es la represión, siendo una adecuada represión lo que aleja al individuo de la enfermedad, en tanto la falla de la misma da lugar a la formación de síntomas y a la producción de nuevas líneas de defensa al precio de provocar la enfermedad como efecto secundario. Para Freud existen dos modos de represión, la llamada primaria que consiste en que la representación psíquica de la pulsión ve negado su acceso a la conciencia. Produciéndose a partir de esta negativa una fijación, lo que confiere a esa representación en particular la característica de perdurar inmutable, "Quedando la pulsión ligada a ella". Por otro lado está la "represión propiamente dicha", o represión que se ejerce "sobre las ramificaciones psíquicas de la representación reprimida (primariamente), o sobre aquellas series de ideas procedentes de fuentes distintas, pero que han estado en conexión asociativa con dicha representación"[7]

El mecanismo de la represión primaria es la contra carga y el de la propiamente dicha es la contra carga más la substracción de carga.

Aquellas representaciones sobre las cuales se efectúa la fijación, o sea aquellas que se encuentran bajo la represión primaria, tienen una función importante en el aparato psíquico, serán el polo de atracción para las representaciones que sufre la represión propiamente dicha, colaborando en el sostén de la misma.

Lo alcanzado por la represión primaria conforma lo que podemos denominar nuclear en la estructuración del inconsciente. El contenido de las representaciones de este núcleo serán las correspondientes al contenido simbólico del Edipo.

Según el destino que le asigna Freud, éste sucumbe a la represión, por lo cual lo que actúa como contra carga tendrá que ser la operación de la metáfora paterna, que ubicará un significante en el lugar de la falta, protegiendo al sujeto del horror de la castración insoportable, la de la madre.

En tanto exista un desfallecimiento del Nombre del Padre que altere la operación metafórica, se producirán alteraciones en el funcionamiento de la represión, quedando el sujeto más próximo al horror.

Para poder sostener el no querer saber fundamental, el neurótico recurrirá al síntoma como suplencia. Esta insuficiencia de velamiento se articula con el llamado factor cuantitativo, cuyo incremento hará surgir la enfermedad en el intento de crear nuevas líneas de defensa sintomáticas para intentar yugularlo.

El neurótico normal se acoge con facilidad a esa definición de salud mental que da Lacan en el Seminario de "Los nombres del Padre" ”...nada para el hombre es imposible, lo que no puede hacer lo deja. ... es lo que se llama Salud Mental”.

La compacidad del Nombre del Padre asegura la estructuración del fantasma que vela adecuadamente y sin fisuras eso de lo real que constituye el núcleo traumático generador de la estructura, que es también lo que origina la enfermedad como defensa.

La estructura neurótica asienta sus reales sobre un "no querer saber...lo sabido" efectivo. Donde el mundo de las significaciones es suficiente y donde el sujeto juega con su deseo con ignorancia de su causa. Lo que le permite integrarse en el malestar sosteniendo una situación de comodidad.

En la enfermedad, los desfallecimientos del Nombre del Padre dan lugar a fisuras en la represión, dejando abierta la posibilidad de una elevación del factor cuantitativo que desborde al sujeto. La obturación de lo Real a través del velamiento  que produce el fantasma no será suficiente, dando lugar a que este real se transforme en una interrogación para el sujeto.

El "no querer saber" del enfermo está cuestionado de tal manera que la demanda que formula el paciente en su análisis es la de restituir la ignorancia a través de significaciones otorgadas por el Otro. En la ilusión de lograr así la normalidad, que para él, en tanto su déficit estructural, está definitivamente perdida.

Pero el psicoanálisis implica justamente no dar respuesta a la demanda, lo que fuerza a escoger otra opción que no es otra que la de hacer surgir el saber, promoviendo el encuentro entre el deseo y su causa, hasta alcanzar los umbrales donde la apuesta final está vinculada a la formulación de la decisión ética del analizante.

La enfermedad tiene la particularidad de que quien la padece, inevitablemente tiene que tomar una opción entre la miseria neurótica con su cohorte de quejas, padecimiento e impotencia o el infortunio corriente, ante el cual solo cabe la posibilidad de actuar sobre él para trasformarlo. La dirección normal de la estructura es cerrar del modo más acabado posible el camino hacia el saber acerca de la verdad del sujeto, tal es la función última del ideal. La enfermedad muestra el fracaso de esa obturación, y fuerza la opción.

Elegir la miseria implica intentar restaurar el cierre al saber construyendo nuevas defensas, produciendo síntomas y sosteniendo fijaciones. La otra opción es la cura que lo compromete en la producción de una ética, que alejada del resitituto ad integrum" de la ignorancia , lleva al sujeto a la producción de un saber. Siendo la curación su beneficio secundario.

Wo Es war, sollIch werden, aforismo que funda la ética del psicoanálisis articulándolo con el acto y la asunción de la responsabilidad subjetiva. Que en el aforismo existe un imperativo es indudable, tanto por ese "debo" que señala la implicación del sujeto en la empresa de no retroceder ante el "no querer saber", como así también porque el olvido de su contenido ético hace síntoma.

Sostener el deseo implicará el abandono de las fijaciones que sostienen la ilusión del goce, modificando así el campo pulsional. La curación implica precisamente desplegar el circuito del deseo, transformando la compulsión a la repetición en insistencia significante, utilizando la energía pulsional liberada de las fijaciones. En nuevos modos de dar cuenta de lo real. Renovando la melladura del significante en la cosa. Pero también implica que aquel que ha curado deberá asumir una ética que lo desligue del "destino", tomando el riesgo de la elección y asumiendo plenamente la responsabilidad del acto. Revelándose así la inconsistencia de sujeto y los ideales, sin garantes el sentido será la mera cobertura de esa verdad que denominamos la "suspensión del sentido". Esta es la subversión a la que el psicoanálisis nos aboca.

 


[1] S. Freud  “Las neuropsicosis de defensa" en O:C . Tomo  I   Pag 179   B.N. 1968.

[2] Id.

[3]S. Freud "Historia de una neurosis infantil" en OC Tomo II Pag 823 O.C. 1968.

[4] Id Pag 821.

[5] J. Lacan  Una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis Siglo XXI Pag 244 1975.

[6] Id Pag 262

[7] S. Freud O.C. Tomo I Pag 1046 B.N. 1968


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