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Articulaciones entre sìntoma, fantasma y pulsión: un caso clínico

10/07/2006- Por Daniel Perretta - Realizar Consulta

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Dice Miller, en El hueso de un análisis: “...el lugar teórico del síntoma, en Lacan, es exactamente el lugar donde Freud escribe la pulsión, el concepto que permite pensar la relación de la articulación significante al cuerpo”. Freud nos dejó indicado el concepto de la pulsión ubicándolo por fuera del campo de lo discursivo, reconocía esto cuando planteaba el “silencio de las pulsiones”; y, por otra parte mostró una lectura posible de lo pulsional en el síntoma, donde lo discursivo y lo pulsional son reconocibles juntos en el retorno de lo reprimido.

La cuestión central de la pulsión es la de su satisfacción, y las condiciones de posibilidad de esta satisfacción, en tanto se trata de una satisfacción perdida, que podría haber existido. La hipótesis de la existencia de una satisfacción posible da como resultado a la insatisfacción y nos remite a la falta como causa.

En Lacan, el matema de la pulsión ($ àD) escribe esta falta y define a la pulsión. La pulsión sería aquello del cuerpo que responde a la demanda del Otro, y esta demanda se origina en la falta del Otro. Esta demanda divide al sujeto, y como producto de esta división se recortará el objeto a.

A partir de esto, quisiera comentar algunos fragmentos de un análisis en referencia a la pulsión escópica y el papel que juega respecto al síntoma y al fantasma.

Se trata de una mujer joven, que dice venir porque se encuentra insatisfecha con su relación de pareja, desea recuperar esta relación y su insatisfacción se manifiesta esencialmente en trastornos de su vida sexual, la que desarrolla debiendo soportar una sensación de asco y de suciedad.

En su primera entrevista, y mientras habla de lo que la trae a consulta, se queja de lo molesta que le resulta mi mirada. Dice: “No soporto que me mire. Cuando me miran me siento en una vidriera,... me parece que siempre escenifiqué mi vida.”

En el transcurso de las primeras entrevistas se queja especialmente de padecer de fantasmas que nunca la dejan disfrutar. Se imagina ver en la calle a la última pareja de su marido, esto acompañado de gran angustia. Sobre esta angustia dice que es algo oscuro.

Uno de los primeros recuerdos de su infancia se refiere a una pelea entre su madre y su abuela. Cuenta haber sido criada por la abuela, a pesar de la presencia de su madre. Su infancia se desarrolla en una casa donde vive con sus padres y sus abuelos paternos. Las disputas entre su madre y su abuela son reiteradas, y su padre y su abuelo, especialmente este último, son observadores de estas peleas. Describe a su abuela como un personaje obsesivo y autoritario, quien planificaba la economía familiar y también la organización de la familia, como por ejemplo, la cantidad de hermanos que ella debía tener. En relación con esto último, recuerda una ausencia de su madre, de la que se entera posteriormente que corresponde a la realización de un aborto indicado por su abuela.

Prácticamente todos los recuerdos de su infancia consisten en escenas donde su abuelo, a veces su padre, y ella misma, se encuentran en la posición de observadores de distintas escenas en las que su abuela ejerce dominio sobre los demás.

A los recuerdos de su infancia se une el de un sueño de angustia que conserva vívidamente. Este sueño se produjo a la edad de 5 años, en relación con la mudanza de la casa donde había nacido. En el mismo se encuentra la casa llena de animales ponzoñosos, de los que intenta escapar y no encuentra protección. Sale de la casa, huyendo, y en el patio se enfrenta a dos leones. Uno la observa fijamente sin moverse, como al acecho. Luego despierta.

Las imágenes de este sueño mostrarán rápidamente cómo se ubica el sujeto en relación al Otro. En el Seminario 11, Lacan dice que “En el sueño, Eso muestra”, y de este sueño se desprenderán explícitamente dos tiempos: un primer tiempo de huída, (pero de la demanda del Otro es imposible desentenderse mediante la huída) y, un segundo momento donde el sujeto queda fijado por la mirada del león, ante la presencia de otro león. Este es el momento de la emergencia de la angustia, donde la mirada del león deja al sujeto a merced del Otro, fijado como objeto. La presencia del objeto a está indicada por la presencia y emergencia de la angustia. Por la propia constitución del sujeto, éste es un objeto en relación con el deseo del Otro. El objeto a señala –según Lacan-  el punto vacío alrededor del cual hace su recorrido la pulsión y muestra la determinación de este recorrido a partir de la demanda del Otro. Siendo esta demanda originada en la falta del Otro, el sujeto, al identificarse al objeto, positiviza esa falta del Otro, y en lugar de -j  aparece a.

El sujeto va aquí a identificarse con el punto en que la mirada lo constituye como objeto. La pregunta ¿quién soy para el deseo del Otro? encuentra respuesta en esta identificación del sujeto con el objeto. Al ubicarse como “algo” para el deseo del Otro, es como el sujeto empieza a Ser para el deseo del Otro.

Inmediatamente al relato de este sueño dice no haber podido volver nunca más al pueblo donde vivía. Cuando tuvo edad para estudiar y poder irse, no quiso volver a ver nunca más a su familia. Esto le resultó una forma efectiva de sustraerse de la mirada de ellos, y efectivamente, no volvió a verlos hasta la desaparición de sus abuelos.

La demanda constante, vehiculizada por su abuela, marcó toda su vida. Se constituyó en una presencia masiva de la que dice: “Mi abuela jamás me abandonó, me exigió al máximo...”. Es que su abuela siempre le exigió el éxito en actividades en las que pudiera mostrarla socialmente.

Narra posteriormente otro recuerdo de la infancia del que dice que fue su primer momento de conciencia. Se trata de otra pelea entre su madre y su abuela. Una pelea sangrienta. Difusamente, en el recuerdo percibe la presencia de un cuchillo. No sabe si se despertó por la pelea o precisamente ella entraba en el lugar donde esto ocurría. Entonces ve a su abuelo separándolas; su padre observaba pasivamente. A partir de este momento ella comienza a tomar partido en estas peleas. Recuerda a su abuela lavándose las manos después de este hecho, a su madre con las manos sucias de sangre. A partir de este punto puede volverse una cuestionadora del personaje que representa su abuela. Se encuentra, por esta vez, fuera de la mirada de los otros. Llamada su mirada por el ruido de la pelea, “toma partido”, siendo ella una activa observadora.

Mientras continúa su tratamiento, sus problemas conyugales no han cambiado. Se podría decir más: se han complicado. Ya no tolera de ninguna manera satisfacer los reclamos sexuales de su pareja. La sensación de asco frente a la sexualidad se vuelve realmente insoportable. La idea de la infidelidad de su marido la persigue incesantemente. Esta idea es la que cambió su actitud sexual.

Sitúa el asco en el orden de lo incomprensible. Recuerda al respecto una escena de su infancia, hacia los 11 ó 12 años de edad. La familia va a dormir la siesta y ella, habiendo aún una cama libre, decide acostarse en la misma cama con su padre. Cree que estando él dormido la toca. De esto, dice desear que el sexo sea algo menos sucio, pegajoso. En su fantasía el asco no existe. Define entonces lo que le produce asco como el intercambio de fluidos y olores.

A partir de la narración de estos recuerdos, realiza una reconstrucción, un rearmado en los que reúne recuerdos del aborto de su madre, la pelea con sangre de por medio y el asco referido al padre. El resultado de esta reconstrucción es una secuencia que está referida a su posición:

# Mi abuela se lava las manos.

# Mi madre tiene las manos sucias de sangre.

# Yo, con las manos sucias de semen.

Es a partir de este momento en el que hay una modificación en lo que llama “los fantasmas que no dejan disfrutar”. La imagen de encontrarse por la calle a la última pareja de su marido es sustituida por una nueva. La imagen que aparece interfiriendo en el placer es lo que llama, y en una oportunidad dibuja, “La nebulosa”; una imagen de la que a veces surgen puntas al modo de espinas.

Esta imagen se presenta como algo que la mirada no puede traspasar. Lo que está en juego, en la pulsión escópica es la cuestión de qué se es para el deseo del Otro, de que forma se lo completa. La imagen de la nebulosa la pone en la incertidumbre de no saber dónde está la falta del Otro (S(A/)). Dice Lacan en el Seminario 11 que “La pulsión escópica es la que elude más completamente el término de la castración”.

Funciona en este lugar una reversión del destino pulsional que está articulada a la diferencia de la mirada como objeto a con respecto a la visión. Un momento primero, donde el sujeto viene a cubrir como objeto la falta del Otro. Punto donde el sujeto responde como objeto a la pérdida de goce del Otro (a / -j). El otro paso articulador es el que en el lugar de la falta en el Otro algo aparece a ponerle un límite (muy groseramente podría estar representado por la operación de separación que realiza su abuelo al separar una pelea). En el paso de ser mirado (ser objeto) a mirar la escena (ser sujeto) funciona una negativización. Se pierde algo de lo que se es para el deseo del Otro, y se posibilita la existencia como cuerpo (primer momento de conciencia). No es sólo una pérdida, ya que también hay una ganancia del cuerpo como gozante.

La reconstrucción de estas secuencias produce una modificación en la configuración sintomática. Emerge algo que queda fuera del campo de la mirada, un síntoma que se produce con gran rapidez como respuesta a estas construcciones. Un cáncer de mama que no trae riesgo para su vida pero sí para la imagen de su cuerpo. En el trabajo asociativo sobre este síntoma se reconstruye un nuevo episodio. Se trata de una verdadera reconstrucción, un armado de escenas. A través del fantasma de la nebulosa con puntas surge un recuerdo infantil en el que se encuentra encerrada, castigada en una habitación. Deduce que es su abuela quien la encerró. Es un lugar frío, oscuro, piensa que podría ser un baño de su casa. La nebulosa que no la deja ver comienza a despejarse un poco, a tener menor densidad. En la escena es sometida sexualmente vía anal por su abuela.

Con esta reconstrucción retoma el sueño de su primera infancia en que es observada por los leones. La nebulosa se despeja totalmente cuando hace la hipótesis, como un recuerdo vago, de que hay alguien que observa furtivamente la escena. Alguien irreconocible y que, finalmente y con gran angustia termina identificando con su abuelo. Cuando llega a este punto, la imagen de la nebulosa se desvanece, y también su tumor, para sorpresa de todos.

Muestra en esta operación una relación entre la nebulosa –en función de la mirada- y su síntoma –en lo real del cuerpo-. ¿Qué clase de síntoma es éste que viene a funcionar en su cuerpo? Podría ser posible pensar que al relocalizar la función del significante del Nombre del Padre, algo que viene a ocupar este lugar pudiera resignificarse en función del goce fálico.

En el movimiento de reubicación del significante paterno podría producirse una desmezcla pulsional al abrirse el campo de la visión dando consistencia a la identificación fálica.

Si, efectivamente, la pulsión escópica es la que elude más completamente el término de la castración, el encuentro con un objeto del que dependa la vida deja liberada la mezcla pulsional. Cuando viene a relocalizarse el significante paterno, el objeto quedaría vaciado y posibilitaría nuevamente la mezcla pulsional y el desvanecimiento del síntoma.

 

 


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