» Introducción al Psicoanálisis
Clínica con adolescentes, un llamado al padre02/07/2004- Por Luis Vicente Miguelez - Realizar Consulta
Quiero compartir hoy con ustedes algunas pocas postulaciones que
se me fueron haciendo confiables en relación al tratamiento de adolescentes.Voy
a comenzar por hacer una breve
referencia al trabajo con los padres en el análisis de niños para situar con mayor
precisión las diferencias que con respecto a este punto va a introducir la
metamorfosis puberal.
Es bien cierto que muchas veces, por seguirle la pista a los “males”
causados por los padres en la realidad, perdemos de vista la subjetividad del niño. Por lo cual debemos
cuidarnos de querer precipitadamente establecer remisiones del niño a sus
padres, como si nuestra tarea consistiera en
buscar en el archivo paterno la explicación del síntoma del niño.
Un saber así constituido nos puede parecer seguro, pero es justamente
su certeza la que arrasa con la posibilidad de que pueda jugarse en el teatro
infantil de manera diferente.
El mal de archivo, feliz término con el que Derrida reivindica la
lógica del nachträglich freudiano, no sólo está en el corazón del psicoanálisis
sino que hace a la estructuración de un sujeto, cosa que nuestra práctica nos
confirma diariamente. Nos muestra que el archivo está escindido, que no hay
verdad que no se nos presente escandida temporalmente.
La labor del analista que atiende niños no debe estar tomada por el
afán arcóntico de revolver en el archivo parental. Por más que esto pueda
procurarle mayor conocimiento del caso, está el riesgo de perderse en un
entendimiento estéril, en el que la remisión permanente a éste no haga otra
cosa que reafirmar la omnipotencia del Otro, y lo extravíe de su función
principal: la de sostener el espacio lúdico donde viene a tramitarse lo que de
exceso (trauma) se padece en relación a los padres. Que entre a jugarse en el
teatro infantil permite que no irrumpa como pesadilla en el sueño, o como
lesión en el cuerpo.
Si el juego es el mejor remedio a la omnipotencia paterna es porque en
él se van poniendo en escena los objetos que, sustraídos del propio cuerpo como
objetos de goce parental, van armando encadenamientos simbólicos, entramados
significantes que constituyen la estructura fantasmática que concierne a la
realidad.
Si hice referencia a esto fue porque quería remarcar que el juego, y
esto es esencial en lo que concierne al trabajo analítico con niños, cumple la
función del fantasma en el adulto, protege de la irrupción de lo real.
Respuesta posible a la lengua de la pasión que habla el adulto como decía
Ferenczi al referirse a la confusión babélica de las lenguas de la niñez y de
la adultez.(1)
Pienso al analista que atiende niños en una posición catalítica en
relación al discurso parental. Posibilita un precipitado de la sustancia tóxica
- de la aquiescencia libidinal - entreverada en la “solución niño”, restableciendo
el espacio lúdico, donde el sujeto infantil pueda tramitar lo pulsional.
La clínica con adolescentes le plantea al analista una cuestión
distinta: ¿cómo posicionarse en relación a la función paterna que la operación
iniciática que identifica el tiempo de la pubertad invoca?.
He podido constatar que cuando un adolescente consulta o es empujado
por sus padres a la consulta esa operación iniciática se halla en una impasse.
Entiendo que la manera particular en que esa invocación al Padre pueda
articularse en el tratamiento determina lo que en la transferencia analítica
será la posición del analista.
Cierto desfallecer de la función paterna en el momento en que un padre
es llamado a sostener el desafío del
contemplar en el devenir del hijo su propia supresión dialéctica, deja al joven
librado al fantasma de asesinato.
Las diferentes manifestaciones más o menos tormentosas que vienen a
sacudir a un padre que propongo llamar “mortificante” en contraposición al
padre muerto, nos solicitan supletoriamente en la transferencia.
Dicho de otra manera somos llamados a suplementar o a suplir
transferencialmente cierta claudicación del padre. ¿Qué hacer con este
llamado?.
Cuando
en las sociedades llamadas primitivas se realizan los ritos iniciáticos de los
jóvenes, se asegura la eficacia de los mismos mediante el desdoblamiento de la
instancia paterna, en la figura del padre y del iniciador.
Vale la pena detenernos un instante en esto. Pierre Clastres en sus
crónicas de los indios guayaquis(2) cuenta lo que observó personalmente en los
ritos de iniciación de estas tribus. Es notable el que para los guayaquis hasta
que el joven no se inicia, hasta que no lleva pasador labial, no es más que un embogi, que en idioma aché significa
pene; a partir de que un joven pasa a ser betagi,
es decir iniciado, está autorizado a seducir a las mujeres cuando están van
por agua. Pareciera que en la lengua aché se dice sin vueltas que se deja de ser un pene en cuanto se reconoce
que se posee uno.
P. Clastres cuenta lo que presenció de la ceremonia de iniciación: en
el campamento silencioso estalla un canto, es el coro de las mujeres, de las
madres. Bruscamente unos hombres rugiendo se arrojan llenos de cólera sobre
ellas, son los padres de los recién iniciados. Las demás mujeres corren a ayudar
a las madres. El teatro ceremonial va incrementando su tensión dramática de
manera tal que pareciera por momentos salirse de escena. Las mujeres se asustan
y lloran, los niños aterrorizados huyen y los hombres se acercan
amenazadoramente a la choza donde se encuentran los recién iniciados. Parecería
- dice Clastres- que quieren matar a los adolescentes. que se niegan a
reconocerlos como adultos, como nuevos compañeros.
Entonces se les enfrenta el iniciador, el que oficia ahora de
protector de los jóvenes, de aquellos a los que ha desgarrado el labio y
arrancado de la infancia, y los defenderá de los hombres llevando a buen fin su
tarea, obligando al grupo a aceptarlos en su seno. Todo esto ocurre en un clima
de tensión extrema y, si bien todo el tiempo se reconoce el carácter ficcional
de la ceremonia, no por esto el juego de la violencia no deja sus marcas,
muchas veces los hombres -nos advierte Clastres- dan los golpes con más fuerza
de la conveniente.
Si me serví de esta historia fue porque creo que además pone en
descubierto lo que el velo de las sociedades modernas oculta: que en la
fantasía inconsciente el pasaje de la niñez a la adultez es intrínsecamente un
acto agresivo.
El tratamiento de pacientes adolescentes nos coloca de una manera u
otra pero con una perentoriedad inigualable, ante una insuficiencia
estructuralmente determinada pero específica y singularmente acontecida de la
función paterna.
Si bien no se trata de responder al
llamado transferencial mediante la asunción de un papel supletorio que
imaginariamente disimule ante una persona la “falta” de otra, no deja de ser
imperioso hacer oír y poner en tramitación lo que obstaculiza en el pasaje
iniciático el acceso a un padre. Cuando digo un padre me estoy refiriendo a un sobreviviente.
Tal vez unas viñetas clínicas vengan a traer mayor claridad a la
cuestión.
Primera viñeta:
Juan es un joven inteligente, simpático, con una buena relación con
sus pares; pasa por un momento en que su comportamiento presenta las
características de la provocación.
Roba dinero a su padre, consume droga, tiene relaciones homosexuales,
no tiene horarios, etc. Todo pareciera armado para alguien.
La sucesión de actings tiene su manifestación en el tratamiento que
recién comienza: se gasta el dinero de las sesiones.
Hablo con él de citar a los padres. Me dice que prefiere un tiempo,
quiere “hacerse responsable” del pago, para lo cual utilizará el dinero que
recibe de su mensualidad, también cuenta con lo que le debe una amiga, o si no
del trabajo que tiene que realizar en la casa de veraneo, etc.
Accedo, diciéndole que me llama la atención que su padre no se entere
nunca de que le saca dinero.
Fracasado su intento de restitución, me dice en sesión que le gustaría
poder decirle al padre lo del dinero pero que cree que éste no lo va a tolerar.
Me dice literalmente que se va a morir. Me entero de que no teme las
reprimendas posibles que uno podría imaginar sino que teme que el papá se
muera.
A partir de acá empieza a contar cómo el padre no se entera de nada. “El
no quiere saber nada de nada”. “Deja que las cosas pasen y no se mete”. Después
de relatar una serie de episodios familiares que involucran a él, a sus
hermanos y a su madre, en los que se espera que el padre diga algo (no viene al
caso contarlos en detalle), casi al borde de las lágrimas Juan me dice: “mi
viejo es un maricón”, “si se entera de
algo se muere”.
El padre concurre a la entrevista luego de enormes dificultades. Se
hace claro que se ocupa de “llevar dinero a la casa” y que del resto no quiere
saber nada. Algo aparentemente tan sencillo como asegurar que el pago de las
sesiones llegue a destino se le presenta como una tarea imposible.
Pareciera que no había que despertar al padre dormido, como alguna vez
dijo Juan.
En tanto la entrevista avanzaba podía reconocer en la exasperación que
se apoderaba de mí, la impotencia que
sentía mi paciente cuando intentaba “despertar” al padre.
Entendí que el fracaso en “hacerse responsable” de Juan era un llamado
al padre, que su entrada en el tratamiento tenía que ver con este paso que se
estaba dando. Se empezaba a desplegar en esta otra escena el fantasma de
asesinato en el que se encontraba atrapado.
Segunda viñeta:
Mariano fuma marihuana diariamente, su gran inteligencia y creatividad
se consumen mayoritariamente en elucubraciones filosóficas y místicas y en
proyectos artísticos que deja inconclusos.
Objeto precioso para la madre. Hay un flujo permanente entre madre e
hijo de mutua admiración. Una mirada materna de embelesamiento que no termina
de constituir un objeto fálico, a cada momento está por caer, por
desintegrarse.
Atrapado en una imagen que sostiene el narcisismo materno, parece estar a un paso de cierta
fragmentación de su imago corporal que a duras penas reintegra no sin pasar por
momentos de angustias francamente hipocondríacas. Pareciera que no halla la
manera de sustraer el cuerpo propio al goce de la madre.
De su padre, con quien vive, dice que es enfermo. Se refiere con esto
a que no es capaz de disfrutar de la vida. Destruye con violencia la imagen
privada y social de éste. “Vive - me dice - representándose a si mismo”.
El padre por su parte parece no encontrar forma de entenderse
mínimamente con él. Se asusta de las “teorías filosóficas” que su hijo elabora.
Un buen día, Mariano me comenta que se soñó muerto. Como es habitual
empieza a producir interpretaciones variadas, simbólicas y anagógicas.
Lo interrumpo y le digo que el cadáver exquisito es él - me había
prometido algunas sesiones atrás traerme un escrito que había elaborado con un
amigo, a la manera de lo que Artaud y los surrealistas llamaron el cadáver
exquisito.
Me dice, luego de un momento de silencio, que él quiere hacer de sí
una obra de arte, que eso le parece lo más importante.
A la sesión siguiente me trae sus trabajos literarios y sus dibujos.
Son realmente muy buenos.
Me pregunta que me parecieron y le digo lo que pienso, que me habían
gustado . Charlamos sobre literatura,
casi al final me pregunta:
“¿De verdad te parecieron interesantes?”
“Si, muy interesantes..., más interesantes que vos”.
“Me lo decís en serio”.
“Si, ¿por qué?”.
“Porque eso me hace bien”.
Para su madre él es la obra de arte, lo que dice, lo que escribe, o
dibuja sólo alimenta su imagen narcisista.
A partir de acá se producen dos transformaciones.
Una transformación del discurso: me cuenta sus proyectos, se
entusiasma por lo que hace.
Ciertos decires no constituyen una destinación. No dan lugar a la
pregunta, no engendran espacio entre el sujeto y el otro. Es la irrupción del
tóxico en el discurso. Por eso pienso que en el tratamiento de adolescentes la
preocupación no debe ser tanto la droga sino la dimensión del tóxico en el
discurso.
La segunda transformación se refiere a los llamados del padre. Hasta
ese momento el muchacho podía estar todo el día drogado pero no había ningún
llamado.
La cuestión es que durante un largo tiempo recibo constantes llamadas
del padre. Antes de cortar me preguntaba invariablemente: “¿me puedo quedar,
entonces, más tranquilo?”.
Durante el tratamiento se va recomponiendo algo de la relación entre
ellos. Esos llamados del padre eran la manera en que se ponía en juego la
invocación a la función paterna.
Esta cuestión, que va tramitándose paulatinamente en el análisis de Mariano,
tuvo un momento de inflexión a partir de un sueño, cuyo relato es el
siguiente: “Me dirijo por el pasillo de
mi casa al baño y oigo el ruido de la puerta del cuarto de mi padre que se
abre, pienso entonces que voy a ir a decirle algo y entonces oigo que se vuelve
a cerrar. Voy a mi cuarto me acuesto y me siento tranquilo”.
De las asociaciones, que no voy a referir aquí por una cuestión de
espacio, entiendo que este abrir y cerrar escande el tiempo del encuentro. Se
produce un tiempo de espera de lo que hay para
decirse, el padre está ahí, no avasalla, él puede seguir soñando . Hay
un comienzo de elaboración de la angustia que procede del fantasma de asesinato
que la función paterna reactiva en la escena post-puberal.
También se va produciendo un cambio en relación a esa imagen
narcisista que estaba permanentemente alimentada y reservada para la madre - él
guardaba todos sus escritos y dibujos desde el jardín de infantes-. Se abre un
nuevo espacio que tiene que ver con los objetos que él produce, que selecciona
y muestra a los demás. En definitiva se recortan objetos que pueden circular
por fuera de él y su madre. Estos recortes van dando forma al mapa del deseo.
Como las figuras que de niños recortábamos en papel doblado, que
adquirían su contorno a partir de lo que le quitábamos, así se van produciendo
formas de mediaciones entre un cuerpo de goce y la causa del deseo.
El carácter pulsional de la constitución de la realidad subjetiva tal
cual le es dada a lo humano hace que ésta se presente como profundamente
corporal. Con sólo observar atentamente, tal como lo hizo Tausk (3), la forma
que adopta en ciertas psicosis esquizofrénicas la configuración del “aparato de
influir”, no puede quedar duda de que en las formas de patología extremas los órganos corporales y especialmente el
órgano genital se manifiestan como realidad externa. Esto muestra con la lente
de aumento de la patología, lo que constituye una característica común de lo
corporal: cierto grado de ajenidad.
Así es como el púber vivencia su primera eyaculación provocada como un
triunfo sobre algo que aún imperfectamente controlado, forma parte más del
exterior que de su persona.
Si la realidad puede convertirse en una compleja máquina de órganos,
también puede ser que el cuerpo se constituya en la única realidad posible. La
amenaza hipocondríaca que acechaba a Mariano.
Es
sabido que los adolescentes deberán arreglárselas de alguna forma frente a la
falta de maduración natural de las pulsiones, frente a la falta de una pulsión
genital de manera de posicionarse en el mercado sexual.
Por otro lado, el hallazgo del objeto del que habla Freud (4), solo
puede concebirse en términos de la constitución del fantasma, y éste se va a ir
estructurando bajo la lógica del nachträglich freudiano, es decir sobre los
rastros y rezagos de la sexualidad pregenital. Esta recapitulación de las
pulsiones parciales y de los objetos primarios, trae el riesgo de perderse en
La Madre y genera un llamado al Padre (5).
De las vicisitudes de ese llamado nos enteramos y nos las tenemos que
ver en la clínica con pacientes adolescentes. Es en la transferencia que va a
ir articulándose una respuesta posible. No por el lado de suplir al padre sino
de abrir el camino de una iniciación retenida en lo que real o imaginariamente se presenta como una
claudicación de la instancia paterna.
El analista si quiere llevar a buen fin su tarea deberá, un poco como
el oficiante entre los aches, operar de
iniciador elegido por los padres que sin quedar por fuera de la violencia que
sacude la escena tendrá que entendérselas con lo que tanto en unos como en
otros retorna como fantasma de asesinato.
Me refiero con esto a propiciar una vía de salida para el momento
donde el cuerpo de un adolescente puede precipitarse parcial o totalmente en
alguna forma de ofrenda a un Otro absoluto.
Notas
1. S. Ferenczi, ”Confusión de lengua entre los adultos y el niño”,
O.C. tomo IV,
Edit. Espasa-Calpe.
2. P.Clastres, “Crónica de los Indios Guayaquis” , Cap.IV, Edit. Alta
Fulla.
3. V. Tausk. “Acerca de la génesis del aparato de influir en el curso
de la esquizo-
frenia”. Trabajos psicoanalíticos. Edit.
Gedisa.
4. S. Freud, “Tres
ensayos sobre una teoría sexual”, O.C. tomo I, B.N.
5. Esta invocación al padre plantea términos diferentes en las
consultas de adolescentes mujeres. Si bien conlleva también una tensión
agresiva, ésta no se configura en relación al fantasma de asesinato sino que
deviene de que en la actualización del pasaje edípico que le está destinado a
la mujer, la joven se hallaría retenida en alguna forma de fijación a la Madre,
tornando dificultoso su acceso a las cuestiones propias de la femineidad.
Es más, podemos pensar que estamos ante una consulta de una
adolescente cuando lo que predomina es esta invocación al padre, de lo
contrario nos situamos ante la consulta de una joven que despliega ante sí y
ante los otros el enigma de la femineidad. En cuanto a la cuestión de la
iniciación pareciera que las jóvenes esperan, en una espera activa, que de la
suerte iniciática de los varones surjan quienes puedan alojar su desplazamiento
del padre al hombre.
Esto no es más que una brevísima reflexión sobre el tema de la
adolescencia femenina, la que necesitaría de un desarrollo más vasto, pero que
excedería en mucho los límites de este trabajo.
© elSigma.com - Todos los derechos reservados



















