» Introducción al Psicoanálisis
¿Cómo mostrar la clínica? (Según la enseñanza de Jacques Lacan)22/03/2005- Por Pablo Fridman - Realizar Consulta
(...) sigue siendo un problema importante lo indemostrable de la eficacia de un análisis en particular, ¿qué cambió allí? ¿Cómo demostrarlo de manera fehaciente? Saber que esa experiencia ha sido beneficiosa para el analizante no sirve de nada si no se acompaña de elementos probatorios de ello. Siempre partiendo de la base de que el testimonio del analizante, por sí solo no podría ser nunca la única prueba. Afirmar eso nos deja a las puertas de la creencia y la religión: ese beneficio que se relata desde un único beneficiario puede ser en sí mismo sintomático ¿Cómo diferenciar un tratamiento que ha servido para reforzar el aspecto pulsional del síntoma y hacerlo más sólido y inexpugnable, de otro donde efectivamente se ha producido un viraje en la economía libidinal del sujeto (o sea en el modo en que se reordena la pulsión luego de un tratamiento psicoanalítico)?... Surge entonces la pregunta: ¿Cuál es el lugar en la teoría psicoanalítica de la clínica en Freud y Lacan? Sin partir necesariamente de la premisa - quizás errónea - que éste lugar sea exactamente el mismo para ambos autores.
Existe el riesgo de confundir el relato de un caso con la clínica, y los pormenores y detalles con la profundidad de la presentación. Extensos relatos por momentos avalan lo que se llama clínica, y se da por sentado que el solo encuentro de un analista y un paciente bastan para que allí haya eso que se llamaría práctica clínica. A veces en el punto culmine de ésta confusión se equiparan años de práctica con experiencia, y ésto mismo con un saber-hacer… estableciéndose así de hecho que el tratamiento psicoanalítico sería una experiencia cuyo fundamento es empírico. Pero “… la clínica, siempre demasiado fácil para colocarnos en las impresiones de verdades a las que nos acomodamos muy bien en estado velado, a saber: qué es el objeto del deseo para el neurótico, o aun para el perverso, o aun para el psicótico.”[1]
Es hoy, aparentemente, una obviedad recordar que el origen del psicoanálisis es el desafío que implica lo real de la clínica. Es justamente eso lo que ha dirigido la teorización. Lo que ha determinado los puntos de tope, de impedimento. El obstáculo ha sido siempre el motor de la producción teórica y la determinación del replanteo de la práctica.
No obstante, sigue siendo un problema importante lo indemostrable de la eficacia de un análisis en particular, ¿que cambió allí? ¿Cómo demostrarlo de manera fehaciente?
Saber que esa experiencia ha sido beneficiosa para el analizante no sirve de nada si no se acompaña de elementos probatorios de ello. Siempre partiendo de la base de que el testimonio del analizante, por sí solo no podría ser nunca la única prueba[2]. Afirmar eso nos deja a las puertas de la creencia y la religión: ese beneficio que se relata desde un único beneficiario puede ser en sí mismo sintomático ¿Cómo diferenciar un tratamiento que ha servido para reforzar el aspecto pulsional del síntoma[3] y hacerlo más sólido y inexpugnable, de otro donde efectivamente se ha producido un viraje en la economía libidinal del sujeto (o sea en el modo en que se reordena la pulsión luego de un tratamiento psicoanalítico)?
La oposición público-privado ha llevado al ámbito de éste último al reducto inexpugnable de la Psicología, produciendo una falsa superposición de lo privado con lo particular. A punto tal que la defensa moral de lo-que-no-se-puede-ventilar lleva por momentos al arbitrio de la indeterminación y el oscurantismo. Sostener esa oposición hace mantener la topología esférica (donde hay un adentro y un afuera estrictamente delimitados), con la consiguiente determinación arbitraria para ambos lugares.
Surge entonces la pregunta: ¿Cuál es el lugar en la teoría psicoanalítica de la clínica en Freud y Lacan? Sin partir necesariamente de la premisa -quizás errónea- que éste lugar sea exactamente el mismo para ambos autores.
Existe un pasaje, que en su movimiento implica siempre la dimensión de lo fallido, entre la evidencia intuitiva (con todas sus posibilidades de deformación ) y la mostración-demostración de la transmisión teórica. El problema es como transmitir un hecho que se define a priori, como inefable y que a través de esa imposibilidad de ser dicho adquiere toda su dimensión. El problema es como reintroducir lo experiencial en el campo de la mostración-demostración, o sea las vías racionales de la transmisión de los acontecimientos. La afirmación de Wittgenstein “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”[4], apunta al límite de la palabra hablada en la dimensión de la cosa. Pero en el despliegue de esta teorización aplicada al psicoanálisis se puede afirmar que si bien se puede admitir que en cierto plano de la clínica no se puede hacer otra cosa que “…mejor callar” en el campo de la palabra, esto no impide que de lo que no se puede decir… se pueda mostrar. Retomaré este punto.
LA PRACTICA Y DE-MOSTRARSE:
En el inicio del psicoanálisis, es notable en términos de argumentación clínica (comparando con la metodología científica) como Freud puede proponer, por primera vez, un nuevo tratamiento de lo que se llama “lo psíquico” solo apoyado por un puñado de casos… que no dan garantía alguna de la eficacia de lo propuesto. En lo que a parámetros cuantificables se refiere, no son mensurables ni objetivables los efectos de la acción del tratamiento que Freud propone para sus pacientes. Sin embargo, él no se detiene por ésto, trata de considerar nuevas vías de verificación, siempre retornando a una imposibilidad básica reconocida por él mismo… de incluir al psicoanálisis dentro de la sistemática científica habitual de demostración y reproducción de un hecho determinado. Si cada psicoanálisis es único e irrepetible, si no se puede anticipar un efecto específico del análisis en cada paciente, Freud rechaza el cuestionamiento de acientificidad preguntando a su vez: ¿cómo sería la ciencia que incluyera al psicoanálisis?[5]
En ambos casos -Freud y Lacan-, si se quieren extraer enseñanzas para la clínica, se debe destacar que la lectura de sus respectivos escritos no puede efectuarse como un hecho literario. La poeticidad del texto está al servicio de exprimir el lenguaje para dar cuenta de hechos de la clínica, o de la cultura, siempre con la perspectiva de la argumentación o demostración, y no en la via del hecho estético en sí mismo. De ese modo presentan dos ordenes diferentes de angustia en el lector: en el caso de Freud es en el juego identificación-desidentificación donde ocurre que al seguir sus textos se encuentran obstáculos. El lector es interpelado frecuentemente, a veces anticipado en su contraargumentación. Si bien presenta una amabilidad confesa hacia el lector, al cual en muchos casos se dirige en forma directa, por momentos muda hacia una afirmación taxativa y concluyente que no da lugar a ninguna respuesta dilatoria.
En el caso de Jacques Lacan es notoria la dirección del texto de sus Escritos, o del decir transcripto de sus Seminarios[6], al punto donde el lector debe implicarse en el texto. Ya en el prólogo de sus Escritos aclara que “quisiéramos llevar al lector a una consecuencia en la que le sea preciso poner de su parte”[7]. Esta frase no remite a los conocimientos enciclopédicos, o del lenguaje que surgen de su lectura exhaustiva y precisa de los escritos de la cultura, sino a la modalidad expresa en la forma de teorizar: no va a facilitar el camino de los que leen, y va a anticiparse a una comprensión apresurada. En ambos casos se trata de enfrentar el confort que otorga el dominio del saber, del pensamiento que responde dando por terminados los callejones sin salida, clausurando las contradicciones. Estos Escritos han encontrado un enemigo declarado en todos los tiempos: las instituciones que se dicen “oficiales” y que han pretendido absorberlos, y de ese modo canonizarlos o combatirlos.
A partir de la teoría de Lacan que se nutría de la Lingüística, hubo efectos clínicos que derivaron de la lectura hecha por algunos de sus alumnos de priorizar lo simbólico: el análisis ocurría entre juegos de palabras, homofonías que no provenían del texto de los sujetos en tratamiento, series de significantes que remitían a otros significantes en una deriva infinita con nulas consecuencias en lo real, y que provocaron como resultado análisis interminables. Contra éste impasse, Lacan propone en sus últimos Seminarios una clínica de lo real[8], ¿Qué implica ésto y cuáles son sus alcances, considerando que lo real es definido por él mismo como lo imposible de decir…?
La clínica de lo real no es una indeterminación tal para la cual todo sería válido, sino que se trata de una clínica regida por la lógica del acto analítico y de lo real, en tanto este real produce efectos en lo simbólico. Si todo hecho en el sujeto humano está marcado estructuralmente por la palabra, no es tan evidente como podría mostrarse la clínica, dado que en el pasaje por el decir, algo de ese real se pierde inevitablemente. Es justamente en mostrar y demostrar la clínica psicoanalítica de lo real, en lo que Lacan se centra en sus últimos Seminarios. Buscando cercar por la teoría de los nudos y la topología lo que se produce en el psicoanálisis en tanto lo que no se puede decir, aquello de lo que Wittgenstein decía “… mejor callar”, Lacan (priorizando la posibilidad de una operatoria al relato en sí mismo) lo escribe y lo muestra a través de los matemas[9] y los nudos[10].
En cuanto a la demostración y la mostración en psicoanálisis, lo que menos se sostiene es el relato como tal, porque es lo que rapidamente se comprende, con lo que rapidamente cualquier interlocutor se identifica. La demostración puede ser coherente y sistemática, impecable desde una perspectiva formal, pero la dificultad mayor adviene cuando la demostración debe abrirse paso a la luz del día, o sea cuando eso es evidente más alla de toda argumentación posible. “Finalmente, no se sabe si todo eso tendrá la menor fecundidad, porque si es cierto que una demostración puede ser llamada bella, uno patina completamente en el momento en que se trata no de una demostración sino de algo que es muy paradojal, que yo intento llamar como puedo: mostración.”[11] Es paradójico que de la demostración pueda devenir una mostración, cuando habitualmente en la ciencia se trabaja exactamente a la inversa.
Pero es el analizante el que principalmente debe escribir sus fórmulas en el curso de su análisis, debe escribir en su recorrido la fórmula de su deseo, lo que implica saber hacer con su real. Escribir su fórmula particular supone circunscribir en el curso de su análisis la particularidad absoluta de su posición deseante.
Escribir y mostrar es lo que se puede hacer con la clínica de lo real, o sea con lo que no se puede decir.
TRANSMISIÓN EN FALTA Y TRANSMISIÓN ÍNTEGRA:
Es evidente en Freud y Lacan el descuido deliberado por la transmisión de la totalidad del caso en sus relatos clínicos, las más de las veces se limitan a un recorte donde bastan algunos datos de referencia a partir de los cuales se puede inferir o señalar tal o cual concepto teórico, en ningún caso existe la preocupación del relato del tratamiento acabado, terminado, completo en todos sus detalles. Ésto no es casual ni es tampoco una demostración de acientificidad, sino que es la renuncia explícita a la narración de la experiencia analítica, de forma tal de poder leerse allí una historización, justamente porque el sentido literario de toda historización esconde lo más recóndito de la pulsión, ya que el marco de la novela particular tiene como objetivo ocultar qué hay de no explícito, de no evidente en el mismo escenario donde los personajes actúan sus papeles.
Recurrir a la lógica[12] y los matemas, a la topología y a los nudos (disciplinas de hecho tan alejadas de la experiencia clínica), ha sido para Jacques Lacan, una forma de intentar disolver al máximo el exceso de sentido, y la fascinación, que toda clínica conlleva. De allí también la reticencia de Lacan a ejemplificar con casos clínicos las premisas teóricas, no hacer del ejemplo el paradigma a imitar, y no producir un efecto de cierre a través de lo episódico, de lo que puede relatarse, la pieza representativa que pretende explicar por todo el conjunto. La avidez por la concretización anecdótica conlleva a veces la tendencia a reglamentar la práctica. Hacer responsable al sujeto de su acto significa verificar sus consecuencias, aún cuando éstas precisamente no sean las del bienestar. En esto el analista no es un mero espectador.
También cabe la pregunta: ¿Por qué el psicoanálisis no podría ser un tratamiento cuya fundamentación sea empírica? O sea que su propia instrumentación sea el fundamento de su validez: si funciona, sirve; sea cual sea su causa.
La fundamentación empírica o utilitaria (si funciona, sirve...) tan cara a ciertos paradigmas de nuestra época, deja las consecuencias de un psicoanálisis en el dominio de la arbitrariedad, y desresponsabiliza tanto al analista como al analizante de la experiencia que se tramita entre ambos, ésto significa que si bien la empiria es una solución cómoda, deja la fundamentación a la subjetividad del analista y del analizante, lo que implica la imposibilidad de transmitir lo ocurrido. Que el analizante no pueda transmitir los efectos de su recorrido, y se mantenga en una situación inefable… hace sospechar la imposibilidad de la conclusión.
Existe en Lacan un clivaje, una oscilación entre la mostración y la demostración donde ninguna de las dos hace desaparecer a la otra, y donde ninguna de las dos prevalece sobre la otra. La mostración como la puesta en acto, en presencia, de la estructura. Para lo cual se sirve de la topología y la teoría de los nudos. En este sentido es para destacar su sugerencia en palpar los nudos, como ocurre en el Seminario R.S.I[13] cuando sugiere a su audiencia que palpe el nudo borromeo armado con tres cuerdas de hilo, hasta experimentar su propia consistencia como efecto de mostración. Ésto lleva a que no haya una preponderancia de la racionalidad lógica (ni siquiera de los matemas), sobre la topología o los nudos. Es volver a plantear que no hay un relato que de cuenta de lo que transcurre en la experiencia psicoanalítica.
Merece un párrafo aparte el pasaje de lo palpable a lo escrito en el Seminario mencionado (R.S.I). Efectivamente, Lacan introduce el nudo borromeo en éste seminario de una forma totalmente empírica. Lleva a su clase un nudo (estrictamente se trata de una cadena, por estar formada por anillos), donde tres anillos están entrelazados de modo tal que al cortar uno de ellos, se desenlazan todos(Ver figura 1)
Lacan insta a que éste nudo formado con cuerdas circule en el auditorio, que sea tocado, mirado y también construido por cada uno. Luego hace del mismo nudo un esquema en el pizarrón, lo que llama el “aplanamiento del nudo”. Lleva el nudo de tres dimensiones a dos, de lo palpable con los dedos a una construcción que supone una simbolización y una abstracción, de la experiencia al escrito. Este pasaje del espacio al plano no es inocente, en tanto es indicio de la deriva de la experiencia (momento inefable), a la formalización. Sin la formalización todo queda en el campo de lo intuitivo, por lo tanto de lo intransmisible y también, de lo arbitrario. La “puesta a plano” permite escribir lo que hay en el nudo, y por ende lo que en forma intuitiva inmediata, seguramente pasaría desapercibido.
De este modo, Lacan presenta como entiende que los tres registros (Real, Simbólico e Imaginario[14]) estan anudados. De modo tal que si se corta uno de los anillos que conforman el nudo borromeo (Figura 1), se desprenden los tres. O sea que cada registro esta anudado con los otros dos de manera que los tres sostienen a los tres.
MATEMÁTICAS?:
Se puede retomar aquí, para desplegarla un poco mas, la pregunta antes formulada: ¿Por qué razón Lacan recurre, aparentemente, a la matemática para dar cuenta de los problemas de la clínica?
Las siguientes respuestas no pretenden agotar esta pregunta: En realidad, él no recurre a la matemática propiamente dicha, a pesar que muchos lo han interpretado así, sino al razonamiento propiamente matemático. Cuando un matemático se encuentra frente a un impasse que le impide avanzar en el desarrollo de su despliegue operativo, trata de aislar lo específico del elemento que impide proseguir, determinar sus leyes, su especificidad, etc... y le da un nombre. Continúa la operación a partir de incorporar la dificultad como una variable diferente. Por ejemplo: dada la serie de los números naturales (1,2,3,4,...etc.) surgen a partir de la investigación números que presentan distinto comportamiento en la operatoria matemática, estos números no son desechados, por el contrario son estudiados y establecida su especificidad, se le fijan sus reglas operatorias precisas propias... y a estos números se los denomina números imaginarios, se los integra con su particularidad en las aplicaciones matemáticas pertinentes.
Jacques Lacan efectúa un procedimiento análogo en el contexto del psicoanálisis. Frente a un impasse de la clínica, aislarlo, fijar su especificidad y nombrarlo para establecer su posición con respecto a los otros parámetros (¿no es eso lo que ocurre en la práctica clínica psicoanalítica?) Un ejemplo claro de esto es lo que él llama objeto a (objeto de la falta de objeto) Frente a la emergencia en la experiencia analítica de la falta como carencia irreductible de un sujeto, se trata de formalizar su lugar en relación al deseo, la demanda, la posición del analista, etc., a fin de establecer qué incidencia puede determinar esa falta en una coyuntura particular, o en la constitución del sujeto, en el marco de un análisis.
En psicoanálisis no hay teoría y clínica, no hay un momento teórico y luego un momento clínico. La teoría debe ser extraída de la clínica en sí misma y la clínica debe ser correlato de la teoría en acto. Entre clínica y teoría ocurre una relación que puede advertirse mediante una figura de la Topología que se denomina “Banda de Moëbius”, se trata de una cinta cuya cara interna se continua en su cara externa.
La Banda de Moëbius no es un modelo, ni un ejemplo, es el modo en que se expresa la relación entre Teoría y Práctica, y en general entre lo que llamamos “adentro” y “afuera” en la experiencia analítica. Es similar a lo que Lacan indica con el nudo borromeo, hay que deslizar el dedo por el borde para constatar el pasaje de la cara interna a la cara externa de la banda.
En la obra de Jacques Lacan la referencia a la filosofía es una constante (sería un error atribuir ésto a un interés erudito) El texto filosófico es un efecto privilegiado de la cultura, es también efecto del malestar en la cultura. Éste diálogo particular que encara Lacan con la filosofía no es del mismo modo en Freud, en quien se advierte por momentos hasta cierto desprecio por el discurso filosófico en general. Para Lacan ser antifilósofo (tal como él mismo se autocalifica) es plantear la pregunta por el orígen de la filosofía, suponiendo allí algo de la estructura de la cultura que se oculta, y algo que se deja ver.
Sin duda se plantean diferencias de la filosofía con el psicoanálisis en Lacan, dado que ya con el nombre provocador de “antifilosofía”, se está señalando una postura antinómica. Esta antinomia se genera en el lugar que ocupa “la pregunta” como entidad, en la filosofía y en el psicoanálisis[15]. En la filosofía la pregunta es el fundamento de la introspección, se trata de la interrogación llevada hasta su último límite, y en eso se expone cierta avidez de saber. El “amor al saber” es lo que determina la pregunta filosófica, que acertada o no en su respuesta, llevará al que se interroga por el camino de la verdad. Lo que Lacan dice es que el que interroga al sujeto es el Otro[16] y no su propia pregunta, toda pregunta es una demanda del Otro, se inscribe en el ¿Qué me quieres?… que el sujeto le dirige al Otro. Ante la pregunta del Otro el sujeto responde con su vacío estructural, no hay posibilidad de interrogación sino a través de la vía del Otro.
Al no ser el sujeto dueño de su pregunta, mal puede interrogarse y a través de eso dar cuenta de su posición subjetiva… Lo que no impide que en la reflexión filosófica, en muchos filósofos dotados de una gran lucidez, haya una intuición del vacío de la estructura, pero ese vacío solo se puede cernir en cada sujeto, a través de otro que sepa escuchar. La diferencia debe establecerse entre pregunta filosófica (pregunta introspectiva como paradigmática en la filosofía), y vacío de lo real, como efecto de la falta estructural, de la respuesta del Otro al sujeto (como efecto de la experiencia de la castración en la clínica psicoanalítica). O sea que en el psicoanálisis, la única respuesta posible es que “Un Otro Falta”[17].
LA CLÍNICA LACANIANA:
Lacan establece una clínica particular, que se distingue porque cierne lo real de la estructura en el propio dispositivo. Que pueda ocurrir y deplegarse el discurso analítico, es lo que determina que haya o no clínica psicoanalítica, y no la presencia o ausencia del encuadre.
En las conclusiones de la enseñanza lacaniana se delimitan dos vías de hacer “tratar lo real[18]”: por la vía del matema, o sea de fórmulas lógicas desprovistas de sentido, de forma tal que su propia letra implica su cifrado y su límite; y por la vía de la topología y de los nudos, o sea la aprehensión por la imagen matemática de algo de lo real, en tanto que hay un borde de lo real que puede situarse como imaginario.
Nada más lejos de ésta clínica de lo real que el analista demande un acto a su analizante o crea en la sublimación como punto de síntesis del goce[19] (la vida de muchos artistas demuestra, a veces en forma patética, que la sublimación no protege del poder potencial devastador de la pulsión).
Se trata, en todo caso, de explorar esa condición estructural del sujeto de estar, ineludiblemente, marcado por una carencia absoluta.
Notas
[1] Lacan, J., Seminario 9 “La Identificación”, Clase del 20/06/62, Versión Inédita.
[2] Se trata aquí del relato de un paciente por fuera del dispositivo ideado por Jacques Lacan que ha nombrado como “el pase”, sin considerar aquí en particular las discusiones que este dispositivo plantea.
[3] Es lo que puede entenderse como la satisfacción que el síntoma produce, en tanto el sintoma es una formula de transacción entre dos instancias en conflicto, se pueden definir trazas de la pulsión que escapan a la represión y se recuperan por vía del síntoma.
[4] Wittgenstein L., Tractatus Logico-Philosophicus, Ed. Alianza, 6ª Edición, P. 203, Madrid, 1984.
[5] Freud, S., “35 Conferencia: En torno de una cosmovisión”, O.C., T.XXII, P.147, Ed. Amorrortu, Bs.As., 1979.
[6] Para ampliar la diferencia entre Escritos y Seminarios, y sus implicancias, Milner, Jean-Claude, La Obra Clara, Lacan, la ciencia, la filosofía, Ed. Manantial, Buenos Aires, 1996.
[7] Lacan J., Escritos 1, Ed. S. XXI, 14ª Edición, P. 4, Buenos Aires, 1988.
[8] En la Apertura de la Sección Clínica de su escuela, Lacan define: “la clínica es lo real en tanto lo imposible de soportar”.
[9] Fórmulas mínimas que propone Lacan para transmitir aspectos teórico-clínicos del psicoanálisis.
[10] Lacan recurre a la teoría moderna de la matemática de nudos para dar cuenta de ciertas problemáticas clínicas, un ejemplo es el del nudo borromeo que se desarrolla despueés en este trabajo.
[11] Lacan J., Seminario 24, “Palabras sobre la histeria”, Clase del 26 de Febrero de 1977.
[12] Una lógica que no es la tradicional, dado que Lacan inventa operadores lógicos propios y los hace jugar con los tradicionales.
[13] Seminario dictado por Jacques Lacan de mediados de 1974, a mediados de 1975 (Seminario XXII).
[14] Lacan llama a los Registros Real, Simbólico e Imaginario: “mis tres”, haciendo una cierta homologación teórica a los tres de Freud: Primera Tópica (conciente, preconciente e inconsciente) y Segunda Tópica: (Yo, Superyo y Ello)
[15] Zizek, S., “El sublime objeto de la ideología”, Ed. S. XXI, 1ª Ed., P.232, México, 1992.
[16] Lacan llama Otro (con mayúscula) a la dimensión del lenguaje, que se encarna en cada uno de los otros (con minúscula) como interlocutores del habla.
[17] Lacan J. “Un Otro Falta”, en Revista Escansión – Nueva Serie Nº 1, P. 20, Ed. Manantial, Buenos Aires, 1989.
[18] Lacan Jacques: El Seminario, Libro 11, Los Cuatro Conceptos Fundamentales del Psicoanálisis, Clase 1, La Excomunión, Pág. 14, Buenos Aires: Ed. Paidós, 1986
[19] goce se refiere a la satisfacción pulsional, al modo paradójico como la entiende Sigmund Freud.
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