» Introducción al Psicoanálisis
Construcciones: una versión abarcativa del concepto16/04/2007- Por Hugo Dvoskin - Realizar Consulta
En la práctica psicoanalítica podrían mencionarse, por ejemplo, las entrevistas preliminares, alguna forma de diagnóstico o la interpretación. Estas decisiones ya han sido tomadas antes del encuentro con un paciente en particular y son parte del haber teórico-práctico-técnico de nuestro quehacer aun cuando pueda haber enormes diferencias sobre el qué y el cómo de cada una de ellas. A la vez, hubo otras decisiones que se tomaron pero que pudieron no haberse tomado. Son decisiones de las que habrá que dar cuenta, el porqué y el cuándo de haberlo hecho. Dentro de este campo entra la construcción.
1.- Este encuentro quedó situado en el programa de formación en su justo lugar, luego de haber trabajado las entrevistas preliminares y la interpretación. Podría decirse que la construcción prosigue a la interpretación y que queda ubicada en sus límites... allí donde la interpretación los encuentra.
2.- Es bien conocida por el conjunto de la comunidad analítica la frase que el padre del Hombre de las ratas enuncia con relación a su hijo: “este niño será un gran hombre o un gran criminal”. No es tan conocido que en rigor esta frase proviene de un recuerdo del que el Hombre de las ratas no tiene noticias más que por la madre. Es decir, que el texto es recordado-enunciado por la madre. Pero es menos conocido aún que este recuerdo que tiene el Hombre de las ratas -“anécdota” de los tiempos en los que todavía no conocía las “malas palabras”- aparece en el análisis luego de la construcción freudiana sobre la prohibición hecha por el padre con relación a la práctica onanista infantil de su hijo. Freud la (re)construye a partir de la escena que su paciente monta por las noches para su padre. Lo espera estudiando y mostrándole el pene. Freud sitúa la ambivalencia de este montaje ya que el padre –que a la sazón había fallecido hacía ya mucho tiempo- si hubiera podido verlo se alegraría de lo primero -ya que el Hombre de las ratas había sido un estudiante perezoso- y se disgustaría, obviamente, de lo segundo. Ambivalencia, concluye Freud, que lo conduce junto con otros indicios a suponer la escena de la prohibición por lo cual el padre queda ligado a ser el que merece el respeto de la autoridad y ser a la vez quien le limita la vida sexual. En consecuencia, esa frase prestada-recuerdo del Hombre de las ratas, que marcó su infancia y organiza algunos aspectos de su vida posterior llega al análisis como efecto de una construcción.
La primera conclusión de este recorte clínico es que lo que Freud propone en el texto “Construcciones” de 1937, está anticipado clínicamente en la primera década del siglo y no puede considerárselo, como han hecho algunos, como un efecto de cambios de la dirección de la práctica acaecida de la tercera década. El texto del ’37 refiere a la aparición de recuerdos hipernítidos luego de las construcciones operadas por el analista. “En algunos análisis noté en los analizados un fenómeno sorprendente, e incomprensible a primera vista, tras comunicarles yo una construcción a todas luces certera. Les acudían unos vívidos recuerdos, calificados de “hipernítidos” por ellos mismos,...” (2).
3.- Cabe decir que en la praxis de cada uno hay decisiones que se toman que se decidieron antes; quiero decir que son efecto de la apuesta que se tiene, de los conceptos que definen y determinan el campo sobre el que uno opera. En la práctica psicoanalítica podrían mencionarse, por ejemplo, las entrevistas preliminares, alguna forma de diagnóstico o la interpretación. Estas decisiones ya han sido tomadas antes del encuentro con un paciente en particular y son parte del haber teórico-práctico-técnico de nuestro qué hacer aun cuando pueda haber enormes diferencias sobre el qué y el cómo de cada una de ellas. A la vez, hubo otras decisiones que se tomaron pero que pudieron no haberse tomado. Son decisiones de las que habrá que dar cuenta, el porqué y el cuándo de haberlo hecho. Dentro de este campo entra la construcción. No pertenece, como las otras, con pleno derecho a la praxis. Los analistas aquí no se dividen sólo en modos diversos de pensar la construcción, -diferencias que obviamente existen- sino que los hay quienes piensan que la construcción es válida y quienes piensan que no lo es por lo cual no sería parte de quehacer del psicoanalista y lo cargan a la cuenta de la psicología. Habrá que sostener qué de la teoría, qué de la clínica, qué de la experiencia o del caso en particular llevan a hacer una construcción. En el caso de la construcción freudiana del Hombre de las ratas, la aparición del recuerdo posterior convalida el valor de la construcción en tanto “vale por una verdad” que se confirma con la asociación. Además la asociación da valor clínico, -utilidad si se prefiere-, a esta labor preliminar de construcción pues saca a la luz un recuerdo de su analizado. Construcción, entonces, de relevancia por sus resultados aun cuando no lo haya sido por la construcción en sí misma. En el efecto, también puede verse que la frase supuesta del padre es en rigor un recuerdo que es transmitido por la madre, que pertenece a los recuerdos de la madre del Hombre de las ratas. Se ve aquí ya, la matriz, de lo que será en el historial una serie de avatares atribuidos al padre, como por ejemplo “el plan del padre” que no es sino un plan de la madre. A partir de lo cual podrían hacerse dos lecturas sobre qué es un padre: ya sea un relato de la madre, ya sea el ejercicio de la función más allá de las personas.
4.- En “Más allá del principio del placer”, Freud -al hacer referencia a los veinticinco años de práctica psicoanalítica – dice que “el psicoanálisis era sobre todo un arte de interpretación. Pero como así no se solucionaba la tarea terapéutica, enseguida se planteó otro propósito: instar al enfermo a corroborar la construcción mediante su propio recuerdo” (3) Es decir que la construcción aunque aparezca en un segundo tiempo con respecto a la interpretación, este después no refiere a los cambios que surgirían por efecto del nuevo modelo pulsional o de la segunda tópica. Por el contrario, quedan situados desde la primera época del psicoanálisis como un suplemento necesario de la tarea para poder continuar y avanzar con la tarea interpretativa. Esta cita, entonces, corrobora lo dicha supra en cuanto a que el texto “Construcciones” no es novedoso en este aspecto. Al menos la construcción como artificio responde a un “no sabido” irrecuperable pero de consecuencias. Podríamos homologarlo a un agujero en la memoria que tiene efectos colaterales, es tarea del analista darle un formato para poder seguir avanzando por nuevos pasadizos dado los límites que impone el arte de interpretar. La construcción allí puede ser leída como un modo “de atravesar ese límite” o al menos de “ampliarlo” a favor de la interpretación.
Por ello es que se hace necesario dar cuenta de la decisión de construir, pues es una vía para ampliar el límite del arte de interpretar. Aquí, otros analistas podrían proponer otras vías, incluso la vía interpretativa misma, como modo de atravesar ese límite. También podría proponerse que el límite resulta un efecto de “no escuchar” bajo el modo lacaniano de las “resistencias son del analista”. De modo que podría proponerse que allí donde queda limitado el arte de interpretar, la indicación podría ser supervisar o como prefiero enunciarlo, “pensar la clínica, el caso, el asunto, el sujeto (le sujet) con algún otro” (4)
También cabe interrogar/se si el analizante desea seguir avanzando más allá de los límites de la interpretación, más allá de lo dicho por él.
5.- Es sí, bien conocida la construcción freudiana en el caso del Hombre de los lobos. Sin embargo, aquí la diferencia es que no hay en el historial del Hombre de los lobos un conjunto de interpretaciones que se sumen o que funcionen como los indicios que aparecen en la cita del texto del Hombre de las ratas. Allí había una serie de indicios que quedan conformados, que adquieren una gestalt como efecto de la construcción. En el Hombre de los lobos, más bien aparece una construcción que viene a sustituir, que viene a reemplazar, o a cubrir un campo a-representacional. Freud, aquí propone no una construcción a partir de interpretaciones que permitan continuar, sino una construcción que permita iniciar el trabajo de interpretar. Aquí más que construcción funciona como mito. La re-construcción de la escena primaria del Hombre de los lobos le permite a Freud encontrar cierta lógica en la práctica sexual de su paciente. Quizás también pueda pensarse que los sueños del Hombre de los lobos en rigor son cuentos interpretados analógicamente con el dispositivo teórico del psicoanálisis. No aparecen las asociaciones y las implicaciones subjetivas que suponen un sueño y su interpretación.
Dos vías diversas: la construcción como efecto de los indicios y la construcción como efecto de cierta “pobreza” en el campo simbólico. Este a-representacional lo podemos dividir a su vez, entre lo contingente y lo estructuralmente a-represetacional. El primero nos llevará a los diversos modos de la clínica junguiana por la vía del inconsciente colectivo –aun cuando no se reconozcan en esos nombres-, y a ciertos modos de abordar la clínica de la psicosis. El segundo tendrá particular interés pues nos conduce a pensar nuevamente, vía “la construcción del fantasma”, los problemas del fin de análisis.
6.- En el texto del “Fetichismo” -anterior a “Construcciones”, pero posterior a los nombrados hasta ahora-, Freud dice que el fetiche es aquel objeto en el que la mirada del sujeto se detiene antes de ver la falta de pene en la madre, y que en consecuencia, “vale por él”. Idea de Freud en la que lógicamente eso ha sido visto, si no no habría modo de detener la mirada antes. Este “antes de ver”, en rigor es “lo último que se vio antes de haber visto”. Lógica del fetiche que no es sino efecto de una construcción de Freud. Es una construcción a partir de aquellos indicios, de aquella relación de cercanía témporo-espacial entre el objeto fetiche y la visión de la falta de pene en la madre. No importa aquí la casuística, la cantidad de casos registrados, sino que Freud, a partir de ciertos casos, reconstruye un avatar de la vida de un fetichista para darle aquí carácter universal o –al menos- carácter conceptual. Es una reconstrucción de lo sucedido en alguno, o en algunos, lo que lleva a Freud a darle a esta la dignidad de un concepto alrededor del cual se organiza la clínica de la perversión. Siguiendo con la lógica del comienzo, esta decisión que Freud tomó ha pasado a ser, para el psicoanálisis, una decisión que está tomada. De modo tal que uno puede en su clínica hacer o no construcciones, pero no puede no saber que en el corazón de la teoría que sostenemos existen construcciones hechas por otros analistas que tiene valor conceptual. En consecuencia, nuestro arte de interpretar ya ha abierto alguno de sus límites por la vía de la construcción, me refiero aquí no sólo al fetiche sino a la fetichización de la vida erótica y quizás más extensamente a la degradación de la vida erótica.
7.- En rigor, Freud ya había propuesto algunas construcciones que constituyen el nudo de la teoría. No sólo en lo que hace a los modelos teóricos, como podrían ser el “proyecto” o el “esquema del peine”, las tópicas o los modelos pulsionales. Freud construye en los inicios, aun cuando lo tome de la mitología, el complejo de Edipo. Lo construye, pues no aplica el mito a un caso, sino que -cabe conjeturar- “su propio caso” requiere de una construcción que encuentra en Edipo los significantes y el relato que mejor se ajustan. Es un complejo de relaciones que de ningún modo el sujeto recuerda, -y aquí el sujeto es el propio Freud-, pero que por el conjunto de indicios, por el conjunto de interpretaciones, requieren de un punto de fuga, de relato, que aúne piezas que andaban sueltas. Cabe decir entonces, que el Edipo es la construcción que mejor se adecua a los indicios del auto-análisis de Freud, que atraviesa el incesto -como deseo y prohibición- y la muerte del padre -como fantasía y como posibilitador para ir más allá de él-. Es cierto que Lacan dirá en algún momento (5) que el Edipo podría quedar fuera de la teoría, pero no podría quedar fuera del análisis de Freud en tanto construcción necesaria y lógica de sus síntomas.
De todos modos, también es cierto que más allá del Edipo como construcción y su lugar o no en la teoría, de lo que no pueden caber dudas es que, en la clínica, sobre los padres se discurre; alrededor de los nombres “mi mamá” y “mi papá”, transcurren muchas horas de análisis. En cuanto al peso temático de estas cuestiones no hay distinción de géneros, edades o etnias. A su vez, a los analistas nos cabe construir en no pocos casos quiénes han sido, desde el punto de vista de la función, los padres del sujeto que consulta. He insistido en el hecho de que un analista debería haber advertido a Edipo, al Edipo de Sófocles, -no al Edipo que Freud construye para su análisis- qué lejos estuvo de matar a su padre o tener relaciones sexuales con la madre, ya que sus padres eran los adoptantes.
Existe además otra gran construcción freudiana. En el decir del propio Freud su gran momento de inspiración, como si hubiera tenido una visión, una visualización teatral de aquello que sucediera en los principios de la humanidad. Me refiero obviamente al punto de llegada de su elaboración de Tótem y tabú, donde el conjunto de indicios clínicos, teóricos y antropológicos lo llevan a postular el parricidio en y como origen de la cultura. Momento de inspiración freudiana que afortunadamente lo toma trabajando . Es cierto, del mismo modo que en Edipo, y con la ayuda de Massotta, podríamos situar algún límite a esta inspiración. De hecho no resulta posible que si el padre era todo gozador, pudiera a la vez ser el “gran prohibidor” de la horda. No hay posibilidad subjetiva, fenoménica y, por qué no discursiva, de ser a la vez quien está gozando en el mismo momento que cuida que los otros no lo hagan. Tener que cuidar que el otro no goce, impide al sujeto gozar salvo que su goce se reduzca a la prohibición... pero entonces queda privado de gozar de las mujeres. Pero este límite a la construcción no implica que los conceptos que de ella se desprendan dejen de tener validez y que se universalicen en la clínica de la neurosis obsesiva bajo la forma de esperar la muerte del Padre, la muerte del amo, e incluso desearla para poder ocupar más o menos deficitariamente su lugar. Nuevamente una gran construcción que proviene de la clínica, cuya validez va más allá de ser verdadera, pues su valor proviene de valer como verdad.
8.- Habíamos dicho que la construcción freudiana del Hombre de las ratas, se da en los comienzos del tratamiento, insistiendo en su lugar preliminar. Al hacer la comparación con el arqueólogo, Freud dice que “la principal diferencia entre los dos reside en que para la arqueología la reconstrucción es la meta y el término del empeño, mientras que para el análisis la construcción es sólo una labor preliminar” . Freud la sitúa, como decíamos antes, como la vía para ampliar los límites de nuestro trabajo interpretativo. Ahora bien, la construcción clínica freudiana más conocida, y subrayada a partir de Lacan, es la que ha quedado nominada como construcción del fantasma, o fantasma fundamental y que refiere a los finales del análisis. Esta construcción liga a través de la frase “no sé nada sobre” lo a-representacional en sus versiones fenoménica y estructural. Una cara es la que refiere a la represión originaria, a aquello que pertenece a lo inconsciente pero nunca fue reprimido -lo lógicamente reprimido-, pero a la vez refiere a un sujeto particular, a su armado fantasmático, a su identificación última con ese objeto caído, a sus condiciones eróticas que lo singularizan que no son sino el resultado de los indicios que a lo largo de todo un análisis a Freud le permiten construir esa frase. Que el fantasma sea efecto de un hilván a través del análisis (de las interpretaciones que hubo y de aquello que las interpretaciones dejarían sin interpretar), da validez a que, de esta construcción, se hable de travesía pues remite a recorrido, más que a atravesamiento que remitiría a momento. De modo que así como se utiliza el término analizante, cabe decir que se es un atravesante, en tanto se es quien está haciendo el recorrido, y en ese sentido está haciendo un trabajo... el trabajo de análisis. Aquí el analizante se encuentra en posición activa y es el que realiza el trabajo. “Todos sabemos que el analizado debe ser movido a recordar algo vivenciado y reprimido por él, y las condiciones dinámicas de este proceso son tan interesantes que la otra pieza del trabajo, la operación del analista, pasa en cambio a un segundo plano”. Freud remata la cita con una interrogación “El analista no ha vivenciado ni reprimido nada de lo que interesa; su tarea no puede ser recordar algo. ¿En qué consiste pues su tarea?” Concluye: “Tiene que colegir lo olvidado desde los indicios que esto ha dejado tras sí; mejor dicho, tiene que construirlo (la bastardilla es de Freud)”. Cabe entonces decir que el analista es un interpretante y un construyente (usamos este término para situar la homofonía aun cuando en español el término sería constructor). Aquí el analista construirá algo nunca sucedido, algo que no tiene “un lugar legítimo en la ensambladura de la neurosis” , pero que es necesario lógicamente.
9.- Las construcciones freudianas atraviesan, entonces, la clínica en el Hombre de las ratas y en el Hombre de los lobos, los conceptos en la cuestión del fetichismo, la dirección de la práctica donde Freud la sitúa como construcción preliminar o el fantasma con relación a sus confines, pero también al núcleo de la teoría y sus axiomas en el Edipo y el mito de la horda. Cabe aquí la posibilidad de que la construcción se transforme en un “lecho de Procusto”, que todo lo abarca, pero justamente es propósito de este trabajo, como figura en el título, darle su carácter más abarcativo posible para desentrañar allí lo que la construcción tiene y ha aportado al corpus, a lo “ya decidido en la praxis”, para poder diferenciarlo a su tiempo de lo “a decidir en cada caso”.
En ese modo que tiene el psicoanálisis de proponerse en un es “como sí”, que supone un armado escénico, abarcativo, por qué no imaginario. Si situamos aquí el término imaginario, no refiere a la teatralización, que por cierto fue posible con Edipo y lo sería con el mito de la horda, sino porque fundamentalmente supone un recubrimiento de sentido de ese campo. De modo que queda armado un campo que no sólo vale por la verdad subjetiva sino que también podría tener aspiraciones de representar lo verdadero. Este pasaje de aquello que “vale por” a ser “lo verdadero” se encuentra notoriamente en “Construcciones” al abordar la cuestión de la psicosis donde la construcción delirante del psicótico contendría un núcleo de verdad. Este núcleo de verdad hace un puente con una construcción freudiana que hasta aquí no habíamos mencionado y que justamente produce un revisionismo histórico sobre Moisés y el origen de la religión monoteísta. Si en Tótem y tabú concluye con que “uno tiene derecho a suponer “En el comienzo fue la acción” es porque el aserto no sólo tiene valor dramático sino que da por válida la construcción histórica, en Moisés se reitera el procedimiento. A saber, no sólo es una hipótesis sobre lo sucedido, una hipótesis lógica que organiza los efectos, sino que tiene pretensión de construcción arqueológica en sentido: “fue así”. Primer gran riesgo de la construcción que de algún modo la contradice a sí misma. Si la pretensión es un armado hipotético a fin de poder continuar con nuestra labor, es decir crear un nuevo punto de vista desde el cual se puedan organizar esos indicios, el riesgo consiste en pensar que el atalaya se transforme no en punto de fuga privilegiado, sino en el único, bajo el formato “fue así”. Ya en “Notas sobre la pizarra mágica” (10) Freud dice que el aparato es “ilimitadamente receptivo para percepciones siempre nuevas, y además les procura huellas mnémicas duraderas –aunque no inalterables- (la negrita es mía)”. Es evidente que para Freud mismo la incorporación de un nuevo punto de vista en el decurso del tratamiento, altera al conjunto, produce una lectura innovadora. Por lo cual la construcción no es lo sucedido sino una lectura que permite a la vez, organizar el campo y ver nuevos detalles (los recuerdos hipernítidos). Sin embargo, tiene ese deslizamiento “cientificista” hacia lo verdadero. Aquí rápidamente se abre un campo de oposición clínica a la construcción de quienes la suponen un intento de dar pleno sentido, esa pasión de la psicología por comprenderlo todo; por el otro, momentos de análisis en los que una excesiva cantidad de elementos que no encajan, impiden ubicar la posición subjetiva del analizante o, si se prefiere, se hace necesario una rectificación subjetiva que le permitiría, a la vez, escuchar y escucharse. Si la construcción, en consecuencia, puede ser pensada como un elemento resistencial en tanto opera dando sentido e impidiendo el elemento sorpresivo; la no-construcción puede cargar con el mismo peso en tanto impide crear las condiciones para que aparezcan nuevos sin-sentidos o nuevas sorpresas en la escucha que requieren ser leídas desde un lugar diferente. La construcción surge, entonces, como un ordenamiento de piezas y/o como un cambio del punto de vista por agotamiento discursivo e interpretativo en el transcurso del tratamiento, bajo el formato “ahora podríamos verlo de este modo”. Freud diría, “veamos desde acá. Si no se ve nada nuevo, no ha servido pero no ha tenido efecto iatrogénico. Valió el intento. Pero si desde ese lugar, como en el caso del Hombre de las ratas, vemos algún elemento nuevo, hemos dado un salto en esa cura, hemos atravesado un punto de detención”. Citándolo. “... no produce daño alguno equivocarnos en alguna oportunidad y presentar al paciente una construcción incorrecta como la verdad histórica” (11). La construcción para Freud, lejos de ser un elemento resistencial, es el modo de atravesar modos resistenciales del análisis. Esta definición vale para las construcciones preliminares o para la construcción del fantasma. Cabe decir entonces, que en Freud, la construcción es un modo, no de levantar, pero sí de eludir el campo resistencial, justamente ampliando el campo o viéndolo desde otro lado.
10.- Existe sí, una clara diferenciación entre el estilo de las construcciones freudianas y las construcciones lacanianas. Mientras las primeras tienden a ubicar al sujeto como víctima y a partir de ahí dar cuenta de sus ambivalencias, en Lacan hay un intento de dar validez incluso a construcciones hechas por los analizantes y tratar de encontrar el punto de implicación o –si se prefiere- su condición de victimario de la misma, de la que el paciente obtiene beneficios, aunque se lamente de la situación, como se ve claramente en Dora. Cuando en las entrevistas preliminares se apunta a buscar la implicación del sujeto, aunque no lo sepamos, estamos haciendo una construcción o una conjetura de construcción. Estamos diciendo que el relato requiere de al menos un personaje más, un protagonista más, justamente quien está produciendo el relato y se está quedando afuera: “Este rompecabezas no cierra si no lo agregamos a usted mismo”. Evidentemente con ese nuevo personaje, la escena será otra. Tenemos aquí entonces, la construcción bajo la forma de la hipótesis. No es una construcción dicha, sino es la apuesta a que se le ofrezca al analizante la posibilidad de reconstruirla por él mismo. Que el sujeto es parte de la escena no es una interpretación, es justamente lo que en el texto no está, es una suposición de la ausencia de un sujeto en la escena. Es como si pudiéramos inferir, por las miradas de los que están en el escenario, que hay alguien que aún no se ha dado a conocer. La interrogación por la implicación subjetiva, es una construcción en acto sin necesidad del relato de un armado escénico.
Es por otra parte cierto que el armado de la posición de víctima de las construcciones ha llevado, en muchos análisis, a una actuación fuera del ámbito del consultorio, quedando el analista como aquel que reparte y distribuye las culpas. El analizante toma a su cargo informar lo que el analista-detective ha descubierto, produciendo paradojalmente una vía de des-implicación, lo cual explica también el rizo necesario de víctima a victimario operado en la escuela francesa en las “construcciones”.
También es cierto que si por un lado hay una cantidad de piezas sueltas, el armado tiene su costo en términos de análisis pues como toda construcción impedirá algunas visuales. A la vez, más adelante, se transformará quizás en un obstáculo pues impedirá ver la escena desde otro ángulo. Sin embargo, el problema que se plantea es que sin ese costo el tratamiento se empantana y no sigue. Si a la Torre de Pizza se le coloca (se construye) un soporte del lado que está inclinada, tendremos las desventajas de ya no poder ver ese lado, la cuestión es si por no poner ese soporte la torre se cae.
En el mismo acto, la construcción instituye al analista no sólo como saber supuesto sino, en cierta medida, como saber propuesto. La construcción sitúa al analista ante su analizante no sólo sabiendo de él, sino sabiendo lo que él no sabía, teniendo un armado de la vida o de algunos avatares de la vida del paciente más sustentable que los que él mismo tenía. “Nunca lo había visto así”, se suele escuchar, “del modo en que usted lo ve”. Si el Hombre de las ratas no sabe si se masturbaba, Freud “sabe” no sólo que lo hacía sino que el padre en alguna oportunidad tomó cartas en el asunto. En ese sentido, la construcción no es la vía más adecuada para la disolución de la transferencia, quizá por el contrario, el analista se hace amar aún más por ese saber.
Los analistas, cada analista, por su clínica se ha visto llevado y forzado a construir, a re-construir, fragmentos de la teoría. No es sólo la clínica del caso por caso, también hay la teoría del caso por caso porque el trabajo de construcción también implica poder desarmar aquellas construcciones que al analista le funcionan como obstáculo epistemológico. Así el Edipo, por ejemplo, impide pensar la contradicción que hay en sostener la institución de la adopción y decir a la vez que Yocasta era su madre y Layo su padre. Así, también, Massotta se atreve con el mito de la horda. Del mismo modo, a su tiempo, propuse reconstruir los tiempos del fantasma a la luz del cambio freudiano en la teoría de un primer tiempo masoquista en oposición al primer tiempo sádico que Freud postula en tiempos de “Pegan a un niño”.
Notas
1.- Clase dictada en el Hospital Argerich
2.-Freud, S. “Construcciones”, en O.C. A.E., Tomo XXIII, p. 267.
3.- Freud, S. “Más allá del principio del placer”, en O.C. A.E., Tomo XVIII, p. 18.
4.- Sinonimia en francés entre asunto y sujeto en la que insiste Alfredo Eidelzstein acertadamente en La clínica en la topología lacaniana, en Letra Viva.
5.- Lacan, J. Conferencia de Lovaina y en la Proposición del 9 de octubre, por ejemplo
6.- Véase el trabajo sobre Los puentes de Madison.
7.- Freud, S. “Construcciones”, en O.C. A.E., Tomo XXIII, p. 262.
8.- Véase en Los mismos-distintos lugares, el trabajo Pegan a un niño, todavía, en Xavier Bóveda, p. 83 y sgts.
9.- Freud, S. “Pegan a un niño”, en O.C.A. E., tomo XVII, p.171.(?)
10.- Freud, S. “Notas sobre la pizarra mágica”, en O.C. A. E. Tomo XIX, p. 244
11.- Freud, S. “Construcciones”, en O.C. A. E. Tomo XXIII, p. 263.
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