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De miedos y de fobias

14/03/2008- Por Ana María Sendon - Realizar Consulta

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Desplazamiento, evitación… La fobia es entonces una formación defensiva que transforma la angustia en miedo, concentrándose el sujeto en un objeto específico. Lo reprimido retorna a través de la angustia que provoca y del miedo que despierta ese objeto. Objeto investido de peligrosidad, pero que al mismo tiempo impide la irrupción de la angustia de castración. Objeto que paraliza, pero que también precipita la huída. Objeto que produce horror, pero que a la vez ejerce una fascinación de la que es imposible sustraerse. “No nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”, decía Borges en uno de sus poemas dedicados a una Buenos Aires fascinante que deslumbra y es rechazada despertando afectos contradictorios y complementarios simultáneamente.


“No nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”
Jorge Luís Borges

 “…pensaba que como eres tan mayor, tendrías una cosita como un caballo”
S. FREUD (1)
   
Ante una pregunta ingenua formulada por alguien alejado de estas cuestiones del psiquismo, acerca de la diferencia entre la fobia y el miedo se me ocurre, como hago cada vez que en mí surge una inquietud desde aquellos lejanos días en que comencé a transitar el período de latencia, acercarme al viejo diccionario.  Consultarlo me pareció siempre un buen estímulo para  comenzar a pensar.  Sin embargo esta vez no me sirve de mucho lo que encuentro. Miedo: (Del lat. metus) en su primera acepción dice: “Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. Fobia: Del gr. -φοβία, (elem. compos. que significa 'temor'). “1. f. Aversión obsesiva a alguien o a algo. 2. f. Temor irracional compulsivo”.
Me niego a complicarme con aspectos tales como qué quieren decir con “obsesivo” o “compulsivo” o cuestionarme este asunto de “temor irracional”. Se me ocurre pensar en cambio si lo que se desprende de las definiciones es que  se trata de una cuestión de grado o de cantidad o, ¿por qué no?, de consenso. Desde algún recóndito rincón reaparece aquello leído en un tiempo muy lejano: miedo tiene que ver con un peligro concreto, con algo a lo que todos tememos. ¿Así de simple?, me pregunto. Sí, claro, todos reaccionamos más o menos del mismo modo ante una guerra, un terremoto, un  homicida suelto. Fobia es la del pequeño Hans, la que algunos padecen en un lugar cerrado o esa sensación extraña de la que no puedo sustraerme cuando tengo que subir a un avión. Dejo el diccionario a un lado, sólo me sirve para  rescatar un término: angustia. ¿Y qué es angustia? Más allá de sus sinónimos: aflicción, congoja, ansiedad, o de asociarla con el temor opresivo sin causa precisa, pienso que es imposible definirla. Tampoco puedo describirla, para eso necesitaría ser poeta. No hace falta: todos los neuróticos sabemos de qué hablamos cuando hablamos de angustia.

El concepto  “Histeria de Angustia” hace referencia al mecanismo constitutivo de la neurosis. Considerando este concepto como modelo explicativo de cierta problemática psicopatológica que  remite a lo no procesable psíquicamente, Freud marca la similitud entre la “Histeria de Conversión”  y  la neurosis cuyo síntoma central es la fobia. Ambas se constituyen a partir de la represión, en ambas el afecto es separado de la representación. A  través del análisis del material aportado por “el caso Juanito” le fue posible describir no sólo este origen común sino también marcar las diferencias. Mientras que en la histeria de conversión la libido es “convertida” y expresada a nivel del cuerpo, que se  constituye en pantalla simbólica de la representación, en la histeria de angustia es liberada en forma de angustia.
En la fobia, la angustia libre, no-ligada, es desplazada a un objeto fobígeno. No es que el cuerpo esté ausente en la fobia, está presente y mucho. No es posible pensar ningún vínculo, ningún aspecto humano, ninguna vivencia en la que no se incluya al cuerpo: lo simbólico y lo físico afectan física y emocionalmente. ¿Desde dónde es posible sentir si no es desde el cuerpo?  El cuerpo  es eso que afecta y que puede ser afectado. Por eso también en la fobia respondemos desde el cuerpo, los síntomas físicos se  presentan en respuesta a  esa situación que atrae y repele al mismo tiempo, a ese objeto de deseo “tan amado y tan temido”.
Pero ¿qué es ese objeto deseado y temido? En la histeria de angustia la angustia se vincula a aquello que representa el conflicto neurótico. En el historial del pequeño Hans vemos que el desplazamiento le hizo posible, con su temor a los caballos, mantener al padre como objeto de amor. El caballo, como sustituto del padre, puede además ser evitado con mayor facilidad.
Desplazamiento, evitación… La fobia es entonces una formación defensiva que transforma la angustia en miedo, concentrándose el sujeto en un objeto específico.  Lo reprimido retorna a través de la angustia  que provoca y del miedo que despierta ese objeto. Objeto investido de peligrosidad, pero que al mismo tiempo impide la irrupción de la angustia de castración. Objeto que paraliza, pero que también precipita la huída. Objeto que produce horror, pero que a la vez ejerce una fascinación de la que es  imposible  sustraerse. “No nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”, decía Borges en uno de sus poemas dedicados a una Buenos Aires fascinante que deslumbra y es rechazada despertando afectos contradictorios y complementarios  simultáneamente.
El fóbico parece obligado a experimentar aquello que teme. Inconscientemente parecería que se empeña en lograr justamente lo que le provoca el temor consciente. En este doble juego de atracción-rechazo, la vida del fóbico gira en torno de lo que siente como peligroso. Predomina el miedo, la sensación de vulnerabilidad, la necesidad ambivalente de acercamiento y alejamiento de ese objeto deseado y vivido como amenazante. La  evitación será su defensa, esa búsqueda de distancia por la que paradójicamente tiende a no vincularse  para no quedar ligado y comprometido, impulsado por su deseo de unión simbiótica. La pulsión hostil no sólo es reprimida sino también proyectada. Es por eso que el temor a ser rechazado o perjudicado, bajo el imperio de la ansiedad persecutoria, hace que los contactos sean rehuidos y la comunicación se dé predominando una modalidad ambigua y tangencial. 
El miedo, la amenaza, la sensación de peligro,  pueden calmarse en cierto modo  con la búsqueda de un objeto tranquilizante que acompañe y facilite el acercamiento. También, mediante la implementación de la contrafobia como mecanismo maníaco que posibilita la identificación con un objeto omnipotente,  le es posible, en una actitud  casi desafiante, encarar hechos y situaciones que de otro modo le resultaría imposible enfrentar. La presión de los contenidos intolerables, todavía operantes, constituye la base de estas tentativas de sobrecompensación.
En el fóbico no logra instalarse dentro del yo la actividad de la pulsión. Si el síntoma no se hace presente quedará en el momento de la angustia libre sin saber realmente quién es ni lo qué quiere, anclado en un momento en el que la alarma es continua, permanente, insoportable. El  fóbico quedará afuera, dando cuenta del déficit en la función simbolizante. El síntoma fóbico entonces, por más penoso e inoportuno que parezca, se presenta como organizador de lo pulsional.

[1] de las anotaciones del padre del pequeño Hans en  “Análisis de la fobia de un niño de cinco años”

Bibliografía

o Diccionario de la Real Academia Española – 22ª  edición www.rae.es
o FENICHEL, Otto (1966), Teoría Psicoanalítica de las neurosis, Paidós, Buenos Aires.
o FREUD, S. (1985), Análisis de la fobia de un niño de cinco años, Amorrortu, Buenos Aires.
o LERNER, Eva (28-4-1990), “Límite de la fobia, Presentación en el Seminario "Fundamentos de la práctica analítica" de la Red de Seminarios de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
o LACAN, Jacques,  (1985) El seminario – Libro 5 - Formaciones del inconsciente, Paidós, Buenos Aires.


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