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“Distancia de rescate”. Acerca de la madre fálica y el objeto “a”

16/06/2022- Por Verónica Guastella - Realizar Consulta

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La novela Distancia de rescate de la escritora Samanta Schweblin nos da la ocasión de articular sobre uno de los posibles destinos de la maternidad y sus consecuencias sobre las operatorias constitucionales del sujeto, toda vez que se ven impedidas las funciones de escrituración del objeto.

 

                  

                                            Fotografía de Pablo Piovano

 

 

¿De dónde vienen las madres?

 

  Freud subvirtió el orden de su época, al decir que la maternidad es uno de los desenlaces posibles del complejo de Edipo de las mujeres, desmantelando el orden instintual, rompió con la idea romántica del instinto materno y el mandato religioso de la sexualidad confinada a la procreación.

 

  Más aún, Freud fue escandaloso, al elaborar una teoría que ubica a la sexualidad en dependencia de la relación histórica libidinal del niño con los padres, con el agregado de que una mujer puede querer tener un hijo sin haber atravesado por completo todas las operaciones del Edipo. ¡Escandalo total! Entonces ¿el Edipo es el producto de los complejos de Freud o venir al mundo y devenir sujeto puede ser un asunto muy complejo?

 

  En el Proyecto de psicología para neurólogos Freud pone la piedra basal del funcionamiento del aparato psíquico: la vivencia de satisfacción. Frente al apremio de la vida, que es el estado de tensión de la exigencia interna, se requiere una acción específica que el bebé es incapaz de llevar a cabo por sí mismo, esa acción sólo puede venir de un individuo experimentado que, advirtiendo el estado del niño, opera el trabajo de la acción específica en lugar del individuo desvalido.

 

  Es decir, el otro auxiliador es el que en primer lugar identifica al cachorro humano con un semejante que al leer el grito del niño, lo transforma en llamada y como Otro primordial produce la acción específica.

 

  No es del orden de un instinto materno que una mujer haga eso, dado que supone que haya logrado un mínimo de operaciones psíquicas que impliquen que ese bebe sea algo que le hace falta, que desde algún lugar de su economía psíquica lo haya imaginarizado e incluido como descendencia en una historia que lo antecede, esperando algunas satisfacciones y goces, aun antes de que ese bebe como cuerpo adquiera existencia.

 

  Entonces la función materna es esa que da al cachorro humano un baño de lenguaje inaugural que lo aísla de una vez y para siempre de su ser como puro cuerpo bilógico. El goce de la pura vida que así se pierde, se tiene que recuperar en el lazo libidinal entre niño y madre, quedando incorporada la pulsión vía el lenguaje.

 

  El primer enganche al Otro se produce a través de la parasitación del cuerpo de la madre, a la vez que el chico es parasitado por el lenguaje. Cito a Freud:

 

“La madre que primero había colmado las necesidades del feto mediante dispositivos de su propio cuerpo, tras el nacimiento prosigue esa función con otros medios[1]”.

 

  Medios corporales también, pero para servir de enganche[2] tienen que estar “intervenidos” por la marca de la operatoria de la función del padre simbólico en la madre que los hace separables.

 

  La incorporación de la estructura es posible si el Otro que oficiará la función materna soportó perder el seno para ofrecerlo como pecho nutriente, si la mirada está ahuecada para alojar una imagen agalmatizada del niño que lo vea único, si los brazos se enlazan en un sostenimiento acogedor, si las manos destilan caricia erogeinizadora del cuerpo del bebe y sus orificios mientras cumple los cuidados necesarios.

 

  Freud nos dice que una mujer es capaz de hacer eso por su hijo si éste ha entrado, bajo el modo de una ecuación simbólica, a suturar algo en lo cual se siente en falta, recuperando algo de ese goce perdido.

La compleja operatoria del Edipo femenino es hacer que la niña de su primera ligazón libidinal a la madre pase al padre, vía la esperanza recibir de éste el don de su amor por aquello que le falta.

 

  Si las cosas andan bien dice Freud, el padre es el puerto seguro que puede investir amorosamente madre e hija, pero al que también le cabe la delicada tarea de decepcionarla como favorita de su amor. Así la niña contará con una marca deducida gracias a la operatoria del padre real, como llama Lacan en RSI al padre que oficia de separador entre la niña y su madre.

 

  Ya no sólo se trata del padre operando en la madre, propiciador del “enganche”, sino del padre que legitima el anhelo de recibir un don con valor fálico, además de satisfacer el goce sexual de la madre, para poder redirigirlo luego a los varones.

 

  Ese es el verdadero sentido del complejo de castración, no es ninguna amputación del pene, ni el estado de envidia fálica de las mujeres hacia los varones, sino aceptar dejar de ser la niña falo del Otro para ser recuperado su goce en la exogamia. Esta operatoria ingresa en un orden legal normativo, enclavado en una deuda simbólica, porque el deseo que lo hizo venir al sujeto al mundo está inscripto en el inconsciente de quién lo soporta, bajo la marca del nombre del padre, que señaliza que su don puede ser del falo pero no el de su ser en tanto que femenino[3].

 

  Aun así el Edipo femenino, dice Freud en “La feminidad”, tiene una larga prehistoria con profundas y dolorosas consecuencias, que es la intensa ligazón madre.

 

“No se nos escapa que la niña ha deseado un hijo antes (…) ese era el sentido de su juego a las muñecas. (…) la identificación-madre con el propósito de sustituir actividad por pasividad: jugaba a ser la madre y la muñeca era ella misma”.

 

  Es posible entonces que se tenga un hijo sin el auxilio de la función del padre real, separador, que retire a la niña del fondo del espejo materno, quedando exigida a ser el falo eternamente prometido a taponar el agujero del Otro. Desprovista del padre liberador que tome su relevo, en tanto portador del falo real que satisface a la madre como ser sexuado, al quedar sosteniendo a su madre, tampoco podrá disponer de la marca que inscriba el borde de la falta en lo imaginario, viéndose privada de disponer de su ser en falta.

 

  Lacan en el Seminario 10 trabaja arduamente el aislamiento del objeto a desde las marcas simbólicas e imaginarias identificatorias, resto que lo simbólico no llega a identificar ni la pantalla imaginaria logra velar, reserva operatoria con la que el sujeto contará para sí mismo.

 

  Lo cito, “la función de resto es la connotación más característica de éste ‘a’” y, apelando al niederkommen lassen de Freud, destaca su faz de objeto caído que “le es más esencial al sujeto que cualquier otra parte de sí mismo” que como falta en el campo imaginario se anota –φ y es lo que hace que el niño no quede aplastado contra el espejo, reverberando en relaciones especulares. La operatoria del padre impone el corte en la imagen virtual y cuando el a se presentifica se torna presencia amenazante.

 

  El niño que cuente legítimamente con la caída del objeto a, imposible de ser absorbido por las identificaciones, tendrá derecho a esa reserva libidinal que podrá utilizar lúdicamente para sí mismo; o sea el niño “hará juego” en el agujero del Otro, recordándole lo imposible de ser el objeto-tapón de su falta.

 

  El objeto entonces devendrá montura[4] de la subjetividad y el bebe podrá jugar con el lenguaje, con su cuerpo y los objetos a perderse y perder al Otro, a caer y relanzarse en  la escritura de su propio texto desde las marcas fundantes que vinieron del Otro.

 

  Cuando esto no ocurre esa caída del objeto puede jugarse poniendo en riesgo el propio cuerpo. Es que a veces el efecto separador se busca en las pequeñas pérdidas subjetivas, riesgos, hasta accidentes ocurridos en lo real

 

 

“Distancia de rescate”[5]

 

  Ese es el título de una novela de Samanta Schweblin que tiene un sutil doblez, donde descubro un recurso de la autora para dar cuenta del destino trágico que puede tener en algunas mujeres y su descendencia esta falla de escrituración del objeto en campo imaginario y por ello el a se revela como una presencia hipnótica, medusante, positivizada.

 

  Lo indecible de lo femenino que no se logra aislar con la escritura del borde imaginario, se hará presente como objeto escópico adherido al cuerpo de la otra mujer bajo la forma del bretel dorado del bikini siempre esperado.

Todo sucede en un diálogo que Amanda sostiene en una sala de guardia, casi sin saber que está ahí pero sabiendo que está por morir, con “alguien” que está a su lado.

 

  Ella va relatando una serie de sucesos alentada por un “Continúa, eso no es lo importante”, que le dice ese alguien que es el hijo de Carla, la mujer del biquini “que conocí unos días atrás, cuando recién llegamos a la casa”, dice. Se trata de una típica casa quinta de las afuera de algún pueblito rural, que alquiló para pasar unos días de vacaciones junto a su hijita Nina, mientras su esposo trabaja en la Capital.

 

  Escuchemos a Amanda:

 

Carla no hace ningún ruido pero logra hacer que me levante y camine hacia ella. Me gustó desde el principio, desde el día en que la vi cargando los dos baldes de plástico bajo el sol, con su gran rodete pelirrojo y su jardinero de jean”.

 

  En el diálogo va diciendo de la distancia de rescate, algo que aprendió de su propia madre para dar cuenta de la regulación del lazo imaginario que la une a su hija Nina, en el punto de ubicar el margen entre cercanía y distancia suficiente para regular la alienación-separación. “Así llamo a esa distancia que me separa de mi hija y me paso mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería[6]”.

 

  A la vez, repasa lo sucedido en esos días en que Carla le contó cómo prefirió someter a su hijo a una horrible situación que lo convirtió en lo que llama un monstruo, antes que perderlo: “Necesitaba alguien que le salvara la vida a mi hijo, al costo que fuera”.

 

  Amanda va quedando envuelta en una mezcla de fascinación y de rechazo frente al espeluznante relato:

 

“’Carla, no te enojes pero necesito saber en qué anda Nina’. (…) Me muevo preparándome para salir del coche, pero ella no amaga a seguirme. Dudo un momento en el que no pasa nada, y ahora realmente me preocupo por Nina. Cómo puedo medir mi distancia de rescate si no sé dónde está. Salgo y camino hacia la casa. (…) Enseguida veo a Nina a través del vidrio (…) todo está en orden, pienso, pero sigo hacia la casa. Todo está en orden. Subo los tres escalones de la galería, abro la puerta del mosquitero, entro y cierro. Pongo el pasador.”

 

  A esta altura del relato la pregunta que se nos precipita es ¿a quién rescata esa distancia de rescate? Amanda, encantada por esta figura de la otra, estaba a punto de ser devorada por el relato de Carla. Sigamos escuchando un poco más a Amanda sobre la distancia de rescate:

 

“La distancia de rescate varía según las circunstancias. Por ejemplo, las primeras horas que pasamos en la casa quería tener a Nina siempre cerca. Necesitaba saber cuántas salidas había, detectar las zonas del piso astilladas, confirmar si el crujido de la escalera significaba algún peligro. Le señalé estos puntos a Nina, que no es miedosa pero si obediente, y al segundo día el hilo invisible que nos une se estiraba otra vez, presente pero permisivo, dándonos de a ratos cierta independencia”.

 

  El niño le pregunta:

 

“Entonces, ¿la distancia de rescate si es importante?”

“Muy importante”, responde Amanda. “Sin soltar la mano de Nina caminamos hasta la cocina. La siento en una banqueta y preparo un poco de ensalada de atún. Nina me pregunta si la mujer ya se fue (se refiere a Carla), si estoy segura, y cuando le digo que si deja el banco, sale corriendo de la casa por la puerta que da al jardín y da toda la vuelta gritando y riéndose, hasta volver a entrar. Le toma menos de un minuto. La llamo y se sienta frente a su plato, come un poco y sale a dar otra vuelta alrededor de la casa.

-          ¿Por qué hace eso? Pregunta el niño.

-          Es una costumbre que agarró desde que llegamos, da unas dos o tres vueltas en cada almuerzo.

 

  Cuando el Otro juega con el niño como objeto de su satisfacción o de su angustia, éste va a sentir que su ser es sólo el instrumento del sostenimiento de la madre, el objeto oral no puede incorporarse entonces sin ese acting de corte, apelativo del padre simbólico.

 

  Entrar y salir es una manera lúdica de señalar el intervalo, de ausentarse, de escandir la demanda materna cuando le reclama rescatarla de lo indecible, inidentificable, de su propio ser en falta, decimos nosotros. Sigamos con Amanda:

 

“últimamente siento que mantenerme en pie implica un gran esfuerzo. Se lo dije una vez a mi marido, y él dijo que quizás estaba un poco deprimida, eso fue antes de que Nina naciera. Ahora el sentimiento es el mismo, pero ya no es lo más importante”.

 

  Si en vez de primar sobre el niño la significación fálica, que afirma que un niño es el producto de un deseo gestado en el encuentro sexual-amoroso, prima que la madre goza en permanencia fálica al chico, este será demandado a obturar su agujero real, pudiendo tomar la forma preeminente del goce en juego, tal el objeto escópico que parece ser Nina para su madre. Nina erigió a esa mujer deprimida en madre.

 

  Demanda pulsional que des intrincada, es vivida por el chico como goce del Otro, pero también revela la labilidad de esa demanda cuando no está sujeta por el nombre de un padre, en ese caso, el bretel dorado de un bikini puede tener una eficacia enceguecedora.

 

 

La madre fálica

 

  Lacan en ese mismo Seminario 10 hace una advertencia sobre la madre fálica:

 

“aquella que les dice que cuanto más precioso es un objeto para ella, inexplicablemente tiene la atroz tentación de no retener a ese objeto en una caída, esperando no sé qué de milagroso en esa especie de catástrofe, y que el niño más amado es precisamente aquel que un día, inexplicablemente, dejó caer, entonces podrán identificar lo que conviene llamar en este caso una madre fálica”.

 

  Finalmente, el bretel del biquini dorado que asoma por el escote del vestido se revela más fuerte que el lazo de la distancia de rescate. En el mismo momento que Amanda avizora que Carla tiene un oscuro interés sobre su hija para sacarse de encima a su hijo-monstruo, precipita su partida del pueblo; pero ese lazo la va llevando a una última e innecesaria (¡ay el goce!) visita de despedida a Carla, en la que Amanda encontrará la situación que la llevará a la muerte y Nina el mismo destino trágico que el niño-monstruo al que habla.

 

  Querer tener un hijo, decíamos, no siempre se trata de un deseo puro de maternidad, coincidimos con Lacan cuando señala allí: “una posición de algún modo lateral respecto a la corriente principal de la elucidación del deseo inconsciente”, que se inscribe por la operatoria del padre real que anota el borde de lo imaginario por donde ha de caer el a, dice:

 

“Hay en la relación normal de la madre con el niño algo pleno, redondo, cerrado, algo tan completo como en la fase de gestación, al punto que a veces se necesita cuidados especiales para hacerla entrar en nuestra concepción del corte y de la falta”. Porque lo que está en juego, es el “escudo de un retorno al más profundo narcisismo”.

 

  Amanda fantasea una mortífera unión con Carla sin nada más que les haga falta:

 

… dejaré el pueblo y año tras año elegiré otro tipo de vacaciones, vacaciones en el mar y muy lejos de este recuerdo (…) Carla vendría conmigo si yo se lo propusiera, sin más que sus carpetas y lo que lleva puesto. Cerca de mi casa compraríamos otra bikini dorada, me pregunto si esas son las cosas que más extrañaría.

No puedo elegir qué sigue David, no puedo volverme hacia Nina

El hilo se tensa pero estoy distraída.

 

 

El invento lacaniano

 

  ¿Por qué Lacan allí donde hace su advertencia sobre la madre fálica va a acentuar la función deseo del analista? “Ahí es donde quiero llevarlos, en cierto modo de la mano, sin dejarlos caer” les dice a sus discípulos[7], invitando a los analistas a quienes se dirige a seguirlo en su único invento, el objeto a, para dirigir la cura hacia su escrituración, franqueando así el fin del análisis como la identificación al analista, donde el falo simbólico reina eclipsando el a en el ideal.

 

  En tanto la función deseo del analista en estos casos, que llama tipos de relaciones del sujeto, apunta a producir la falta de objeto eludida en los tiempos instituyentes aportando el –φ en transferencia, no a la caída del sujeto. Separarse-parirse en el lazo que el amor de transferencia sostiene en la relación con el analista, de los amarres al Otro, que por no contar con el puerto seguro del padre, condenan a un goce mortífero.

 

-¿Por qué las madres hacen eso? Pregunta el niño.

-¿Qué cosa? Responde Amanda.

-Lo de ir  por delante de lo que podría ocurrir, lo de la distancia de rescate.

-Es porque tarde o temprano sucederá algo terrible. Mi abuela se lo hizo saber a mi madre, toda su infancia, mi madre me lo hizo saber a mí, toda mi infancia, a mí me toca ocuparme de Nina.

-Pero se les escapa lo importante. Concluye el niño.

 

 

Arte*: https://latinta.com.ar/2018/03/distancia-rescate-hilo-vital-nos-une-hijos/

 



[1] S. Freud. “Inhibición, síntoma y angustia” (1926[1925]) Obras Completas Tomo XX. Amorrortu editores. (Bs. As.1987) Pag 131. Las negritas son nuestras

[2] J. Lacan. El Seminario. Libro 10 La angustia. (Bs. As. Paidós 2006) Pag. 180. Así caracteriza Lacan a los objetos de la pulsión. Son separables porque tienen ya anatómicamente esa característica de ser algo adosado, porque están ahí enganchados.

[3] Vale aclarar que “madre” y “padre” se trata de funciones y no del género de la persona que las ejerce, l mismo que “femenino” y “masculino”, se trata de posiciones de la sexuación

[4] Silvia Amigo trabaja detalladamente el objeto como “montura” en su libro Paradojas clínicas de la vida y la muerte. Editorial Escuela Freudiana de Buenos Aires. 2017.

 

[5] A quién solo haya visto la película  estrenada en plataforma NETFLIX el 20/09/21, recomiendo la lectura del libro, infinitamente más rico que el sesgo toma el film.

[6] los subrayados son míos

[7] Ironía de Lacan cuando estaba él mismo al borde de su excomunión de la IPA… op. cit. Lacan Cap. IX PASAJE AL ACTO Y ACTING OUT

               


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