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Efecto dominó: identificación y melancolía en la obra freudiana

22/12/2006- Por Adriana M. Fanjul - Realizar Consulta

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Freud afirma que la identificación narcisista que opera en la melancolía no dista esencialmente de la constitutiva del Yo, excepto por lo abarcativo que resulta. Podría plantearse entonces que la falla se presenta en el mismo momento de la constitución del Yo, esto es, algo en la identificación primaria acontece de manera diferente que en la neurosis; cuestión que provocaría un efecto dominó: las identificaciones secundarias que modelarían al Yo no alcanzarían para recubrir este primer tiempo fallido, el Yo mismo tendría un agujero. Retomando el esquema freudiano podríamos plantear que aquí situamos a la precondición necesaria para la melancolía, siendo la pérdida del objeto el factor desencadenante, pero no determinante.


La identificación se revela como uno los conceptos princeps del psicoanálisis. Tempranamente utilizado por Freud para designar diferentes procesos fue adquiriendo paulatinamente un valor central, aunque no siempre con la necesaria especificidad. La exposición más lograda que Freud elabora en torno al tema se encuentra en su texto Psicología de las masas y análisis del yo, allí presenta cinco modalidades de la identificación, pero éstas no tienen el mismo estatuto: "las identificaciones no forman una clase"[1]-como lo advierte Lacan en el Seminario 9-.

El punto de partida de este trabajo será revisar el estatuto que la identificación cobra en su articulación con la melancolía; siendo -en esta ocasión- la letra freudiana, la referencia directa de la que me serviré. 

La identificación

Es innegable que en la obra freudiana se pueden encontrar múltiples caracterizaciones del concepto; en algunos casos las diferenciaciones son nítidas, otras veces en cambio los límites conceptuales se difuminan. La creación de este concepto no fue ajena a la problemática que la clínica le presentó a Freud; en los orígenes, la identificación hace su entrada al intentar explicar el mecanismo psíquico presente en el síntoma agorafóbico. Allí afirma que dicho síntoma responde a un modo de identificación con las prostitutas, en el que subyace el deseo inconsciente de ser “una mujer pública”, Freud concluye que el temor a salir la calle se erige como una prevención contra esta representación intolerable para el Yo. En La Interpretación de los sueños vuelve a servirse de este concepto para señalar la función condensadora y encubridora de la identificación, presente tanto en los síntomas como en las producciones oníricas. La identificación posibilita que una representación asuma para sí el relevo de varias cadenas asociativas, a partir de una comunidad de deseo que permanece velada. Esta articulación evidencia la estrecha relación entre los caminos que sigue el deseo inconsciente para su cumplimiento y la identificación. Sin embargo, la definición que Freud nos da en sus inicios[2], cada vez más, le resulta insuficiente al punto de quedar restringida a un tipo particular: la identificación histérica. Esta última, presente en muchos síntomas, remite a la historia particular de aquel que los padece, argumento inconsciente que sólo podrá leerse a partir de las asociaciones del paciente[3].

Entre los años 1910 y 1915 la identificación pasará a ser un operador conceptual presente en diferentes cuestiones: el totemismo, el origen de la cultura, la inscripción de un sujeto en un linaje, el desarrollo libidinal y la vida infantil; como así también se comienzan a diferenciar modalidades de la misma, tal es el planteo que encontramos en “Duelo y Melancolía” donde distingue las identificaciones  que acompañan las cargas de objeto y aquellas que resultan de transformaciones regresivas de la investidura objetal; es decir, las identificaciones histéricas y las identificaciones narcisistas de la melancolía, respectivamente. Podríamos plantear, que en este período, el concepto de identificación encierra la preocupación freudiana acerca de los orígenes  no sólo del sujeto –en lo que hace al desarrollo individual-, sino también de la humanidad –herencia filogenética-. El primer eje encuentra su punto de apoyo en Introducción al Narcisismo  y el segundo, profundiza las reflexiones introducidas en Tótem y tabú.

Años más tarde en su texto Psicología de las masas y análisis del yo Freud procede a un reordenamiento de las múltiples identificaciones que infiere de su clínica; sin embargo  -aún siendo éste el texto donde se encuentra la exposición más lograda en torno al tema- no ha operado una unificación del concepto. La identificación seguirá siendo una especie de calidoscopio a partir del cual se recortan diferentes entidades; un mismo término designará procesos de estatutos diferentes: a) mecanismo intrapsíquico actuante en las formaciones del inconsciente, b) operador unificante y posibilitador del lazo social, y c) proceso fundante y estructurante del Yo y sus instancias –en íntima conexión con la formulación, cada vez más precisa, del complejo de Edipo y sus efectos constituyentes-.  

La constitución del yo 

Freud ha teorizado en diferentes momentos de su obra la constitución del Yo, podríamos decir que es un concepto siempre presente[4] aunque ha tenido profundas modificaciones. El Yo involucrado en el narcisismo primario no es el mismo Yo que nos presenta en 1923, aunque alrededor del concepto del  narcisismo encontramos los fundamentos para lo que posteriormente será una lectura estructural de las instancias.

El Yo no es una unidad que está dada de entrada, Freud considera que hay un momento lógicamente anterior al narcisismo: el autoerotismo, para que opere el pasaje de una fase a otra, es necesario “un nuevo acto psíquico”, siendo la identificación el operador conceptual que permite dar cuenta del pasaje, de la transmutación del funcionamiento anárquico del autoerotismo- indiferenciación entre el Yo y los objetos-  a la formación del Yo como unidad –representación de sí diferenciada de los objetos-. La génesis del Yo tiene su punto de apoyo en la alteridad con quien se confunde y donde se produce la deflexión de la catexia libidinal. El narcisismo primario nos conduce a la génesis del Yo, en tanto constituye una primitiva identificación con la imagen idealizada que los otros brindan, el sujeto se toma por esa imagen: el Yo es primeramente ajeno; y en este sentido la libido en el narcisismo primario le viene de afuera. Al poner  Freud el acento sobre la dinámica libidinal,  la identificación cobra un papel capital en la unificación del Yo y este camino lo conducirá a precisar metapsicológicamente  la relación operante entre la investidura de objeto y la libido del Yo.  Freud se pregunta qué  ocurre en la adultez con la libido propia del narcisismo primario, ¿se resuelve  toda en libido objetal?. En el intento de responder a este interrogante  introduce en el seno del  Yo nuevas distinciones, la libido tendrá como destino constituir las instancias del Yo ideal e Ideal del Yo[5].

Respuesta que nos conduce a profundizar la distinción entre la identificación primaria y la identificación narcisista constitutiva del Yo y sus clivajes. En “Duelo y Melancolía”, la identificación –que años más tarde llamará primaria- se confunde con la narcisista, nos la presenta como siendo el mismo proceso, a punto tal de considerarla como aquella que posibilita la primera forma, ambivalente, utilizada por el Yo –aún indiferenciado- para distinguir a un objeto. En la identificación llamada primaria, en tanto primer enlace libidinal a un objeto, carga e identificación coinciden, ser y tener el objeto se confunden; solo posteriormente –a partir de las frustraciones del objeto- paulatinamente se genera una separación, desalojo de la carga de objeto que recae en el sujeto, constituyendo un objeto inédito: el Yo. Así, la identificación primaria se erige como la matriz de las identificaciones posteriores que operarían en el curso del transitar edípico y post-edípico. Construcción teórica formulada por Freud a los efectos de poder dar cuenta del sujeto del inconsciente, siendo ésta la única modalidad en la que no operaría una sustitución entre la elección de objeto por una identificación. En otros términos, no operaría una desexualización, sin embargo, sería una primera marca que separaría al ello –polo pulsional- del Yo aún indiferenciado-. La identificación narcisista podríamos situarla como en un tiempo segundo, a partir de la cual se acentuaría una diferenciación entre el Yo y los objetos, el mecanismo propio de esta modalidad identificatoria consiste en desexualizar al objeto, desalojar la pulsión y transformarlo en un atributo del Yo, transmutar una relación de tener en una relación de ser más originaria. Sin embargo esta modalidad identificatoria nos autoriza a plantear distinciones, ya que no cobra el mismo estatuto cuando opera como constitutiva del Yo y sus clivajes –posibilitadora del escalonamiento entre el Yo y el ideal- que cuando es formulada como la propia de la melancolía[6]. Podríamos plantear entonces que la identificación propiamente narcisista corresponde a la primera acepción, siendo la identificación de la melancolía un derivado de la particular constitución del Yo.

La melancolía  

En numerosos textos Freud aborda la presentación melancólica, advirtiendo que la psiquiatría descriptiva ha puesto de relieve numerosas formas clínicas, sin haber logrado reducir dicho cuadro a una unidad. Intentará, entonces, dar cuenta del mecanismo particular de la melancolía. La dificultad presente en la lectura que Freud hace del tema es que toma como punto de partida la manifestación clínica del cuadro melancólico, esto es, cuando el desencadenamiento ha  acontecido.

La primera aproximación freudiana en torno al tema la encontramos en el Manuscrito G –1895- a partir de la homologación con el duelo: “la melancolía consistiría en el duelo por la pérdida de la libido”[7]. En 1915 la pérdida que anunciara en los primeros escritos cobra otro estatuto, se tratará ahora de la pérdida de un objeto, ocasionando un cuadro particular que mantiene semejanzas fenoménicas con el duelo. A partir de esta pérdida acontece una transformación psíquica caracterizada por un estado de ánimo profundamente doloroso, cesación del interés por el mundo exterior, pérdida de la capacidad de amar, inhibición de todas las funciones, y disminución del amor propio, éste se traduce en un considerable empobrecimiento de su Yo. De este último aspecto –situable únicamente en la melancolía- Freud infiere que la pérdida de la que es objeto el melancólico ha tenido efecto en el propio Yo.

Comienza a desplegarse el interrogante acerca del mecanismo propio de la melancolía, en otros términos, qué determina que ante la pérdida de un objeto se lleve a cabo un duelo o haga su aparición clínica el cuadro melancólico. La respuesta freudiana es la existencia de una “predisposición morbosa” cuestión que nos conduce a buscar los lineamientos que posibiliten dar cuenta de lo estructurante del sujeto, más allá de las contingencias de la vida. Sabemos que Freud se aparta de la concepción psiquiátrica de la predisposición –más ligada a la herencia biológica-; pero entonces a qué se refiere cuando nos habla de ella. Quizás podamos servirnos de un esquema utilizado por Freud  -en los inicios- para precisar algunas cuestiones en torno a una posible lectura estructural de la melancolía[8]. Lo que sostiene podría formularse en los siguientes términos: en la etiología de una afección es posible diferenciar dos causas actuantes: 1) una precondición necesaria, sin la cual dicho estado no puede surgir de ningún modo; 2) los factores desencadenantes. La relación entre estas debe concebirse de la siguiente manera: “si la precondición necesaria ha actuado con suficiente intensidad, la afección habrá de aparecer como consecuencia inevitable; si no ha actuado suficientemente, llevará en primer término al establecimiento de una predisposición que dejará de ser latente en cuanto se le agregue en suficiente medida uno de los factores de segundo orden.”[9]. En el texto de 1915 nos dice que parte de esta predisposición debe ser entendida a partir del predominio del tipo narcisista operante en la elección de objeto. A partir de aquí surge otro cuestionamiento: por qué este predominio resulta “morboso”, habida cuenta que no es privativo de la melancolía. Esto nos reconduce a los orígenes del Yo. Freud afirma que la identificación narcisista que opera en la melancolía no dista esencialmente de la constitutiva del Yo, excepto por lo abarcativo que resulta. Podría plantearse entonces que la falla se presenta en el mismo momento de la constitución del Yo, esto es, algo en la identificación primaria acontece de manera diferente que en la neurosis; cuestión que provocaría un efecto dominó: las identificaciones secundarias que modelarían al Yo no alcanzarían  para recubrir este  primer tiempo fallido, el Yo mismo tendría un agujero[10]. Retomando el esquema freudiano podríamos plantear que aquí situamos a la precondición necesaria para la melancolía, siendo la pérdida del objeto el factor desencadenante, pero no determinante.

A partir de los desarrollos formulados en  “El yo y el ello”, podríamos plantear que la fisura en la melancolía opera a partir del conflicto entre el Yo y las cargas de objeto del ello, la identificación no ha podido alcanzar el fin sublimatorio convirtiéndose el super-yo en el punto de reunión de las pulsiones de muerte, la función del Ideal -que en la neurosis sirve de marco a la constitución del campo imaginario del Yo ideal- en la melancolía se confunde con el ello, no se erige como un punto exterior que posibilitará poner a distancia la carga pulsional, como consecuencia opera una  desorganización del campo de las representaciones que impide la consolidación del Yo ideal. Si consideramos al Ideal como la instancia simbólica constitutiva del Yo ideal, entonces, al situar aquí la falla, la ficción de una totalidad -en la melancolía- sólo se mantiene ante la presencia del objeto. Esto se evidenciaría a partir de la eclosión clínica que acontece ante la pérdida del objeto -elegido conforme al tipo narcisista, nos dice Freud-. El melancólico incorpora y se identifica con ese objeto con el cual queda confundido, ensombrecido. El Yo ante esto se escinde y lejos de mantener la tensión entre el Yo y el ideal –que lo conduciría a emular el objeto incorporado y buscar nuevos objetos-, aquí se mantiene al objeto y la lucha con él es puesta en escena en el Yo. La identificación se muestra mortífera, el objeto y el Yo son dobles; de manera tal que la carga de objeto retrocede al narcisismo: el objeto se ha perdido pero no se renuncia a él, ya que hacerlo implicaría perderse a sí mismo. La melancolía pone de relieve los efectos devastadores que la identificación con el objeto provoca. Es así que el Yo del melancólico se ve expuesto sin mediación a un goce desamarrado, que alcanza la satisfacción “más allá del principio del placer”.


BIBLIOGRAFÍA:

Freud, S. “Los orígenes del psicoanálisis –Cartas a Fliess y manuscritos- 1887/1902” en Obras Completas. Hyspamérica.1988.

Freud, S.”La interpretación de los sueños” (1900) en Obras Completas. Hyspamérica.1988.

Freud, S. “Tótem y Tabú”. (1913 en Obras Completas. Hyspamérica.1988.

Freud, S. “Introducción al Narcisismo”, 1914 en Obras Completas. Hyspamérica.1988.

Freud, S. “Pulsiones y sus destinos”, 1915. en Obras Completas. Hyspamérica.1988.

Freud, S. “Duelo y Melancolía”, 1915 en Obras Completas. Hyspamérica.1988.

Freud, S. “Lecciones Introductorias al psicoanálisis”, 1915 (1916) en Obras Completas Hyspamérica.1988.

Freud, S. “Psicología de las masas y análisis del yo”, 1920 (1921) en Obras Completas Hyspamérica.1988.

Freud, S. “El yo y el ello”, 1923 en Obras Completas. Hyspamérica.1988.

Freud, S. “Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis”, 1932 (1933) en Obras Completas. Hyspamérica.1988.

Notas bibliográficas:

[1] Lacan, Jacques: Seminario 9; “La identificación”, clase 13-12-61. Inédito.

[2]  Aquí Freud la define a la identificación como una “apropiación basada en la misma causa etiológica, que expresa una equivalencia y se refiere a una comunidad que permanece en el inconciente”. La interpretación de los sueños –1900-.

[3] Véase “Análisis fragmentario de una histeria”, texto que primeramente iba a llamarse “Los sueños y la histeria”, ya que tenía como objetivo revelar cómo los sueños –vía regia para el acceso a lo inconsciente- eran también un camino apto para alcanzar el fin práctico y teórico del tratamiento analítico-; allí Freud da cuenta de la constitución de algunos síntomas de su joven paciente a partir del mecanismo identificatorio –por ejemplo la tos de Dora- y de la participación del mecanismo en las producciones oníricas –véase el análisis del segundo sueño-.

[4] En sus primeros escritos el yo no adquiere una entidad especifica, podría plantearse que actúa como un polo defensivo de la personalidad.

[5] El concepto de yo ideal hace su entrada en el campo analítico en el texto “Introducción al Narcisismo”, y si bien es utilizado en dicho texto como sinónimo del Ideal del Yo, no es menos cierto que cobra un alcance particular: sería una suerte de ideal  forjado a partir del narcisismo infantil. Instancia posibilitada por un doble origen: a partir de los residuos narcisistas y por el contacto con el mundo exterior.

[6] O la identificación actuante en la homosexualidad masculina, según lo planteado por Freud en su texto “Psicología de las masas y análisis del yo”.

[7] Freud, S. Manuscrito G,  pág. 3505 –1895- Los orígenes del psicoanálisis.

[8] Si bien este esquema fue reformulado por Freud, considero que puede sernos de utilidad  para pensar la “predisposición morbosa” que Freud plantea se encontraría presente en la melancolía

[9]Freud, S.  Manuscrito B,  pág. 3478  –8/2/93- Los orígenes del psicoanálisis.

[10] Podríamos situar aquí una diferencia de tipo estructural entre el duelo y la melancolía: mientras que en el primero la pérdida del objeto lleva consigo un “despoblamiento” de lo simbólico poniendo de relieve -a partir de la desestabilización de los significantes que comandaban la vida del sujeto-  un agujero en el Otro, agujero que no se repara en tanto es estructural, aunque sí se vela; en tanto que en la  melancolía se trata de un agujero en el yo.


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