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El contrato psicoanalítico y la transferencia, hoy

28/03/2003- Por Martha Gnavi y Alejandra Vartuli -

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INFORME PARA MANTENIMIENTO

El contrato psicoanalítico y la transferencia, hoy

 

 

“Las reglas técnicas ..... su observancia ahorrará a muchos analistas

inútiles esfuerzos y los preservará de incurrir en peligrosas negligencias...”

Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico. 1912

Sigmund Freud

 

          A partir de la invitación del Centro Sigmund Freud a abordar el tema del encuadre en tiempos de crisis, nos resultó sumamente interesante la propuesta de articular ambos ejes.

Nos preguntamos qué entendemos por tiempos de crisis. Si nos referimos a la actualidad económica, social y jurídica de nuestro país, es evidente que estamos transcurriendo un tiempo de caos y obstáculos como efecto de la ruptura del lazo social.  Aquello que comanda dicho lazo - el contrato individuo, sociedad, la ley, las normas, las reglas - ha caído en desuso y es sistemáticamente transgredido.

Conocemos por los escritos de Freud la importancia que el psicoanálisis le otorga al padre, la función paterna y la ley para la estructuración del sujeto humano en sociedad.

           Como dice Piera Aulagnier una sociedad puede mantenerse si está organizada en torno de tres ejes: verdad, memoria, y ley. Estos ejes hoy se encuentran alterados, la verdad es tergiversada por la mentira, la memoria por el olvido y la ley por la ilegalidad.

           Vivimos tiempos de devaluación de la palabra, de quiebre en el nivel simbólico que sostiene todo tipo de contrato. Esta parece ser la mayor crisis de estos tiempos.

           Aunque también entendemos que toda crisis implica un momento agudo a partir del cual podemos obtener resultados favorables o desfavorables. Son momentos en los cuales nuestro trabajo  debe sostenerse más firmemente en los conceptos con los que contamos y, sin dejar de considerar los efectos arrasadores de la crisis en la subjetividad, no caer en la generalización de atribuir el padecimiento de los pacientes que llegan a la consulta solamente a la crisis que estamos atravesando como país.

           Si la estructura simbólica sobre la cual debe asentarse el acuerdo con el otro está quebrada, en crisis, es difícil pensar que no se produzcan efectos de ruptura en el trabajo analítico que deseamos sostener.

            Tampoco podemos desconocer que nuestra escucha pueda estar atravesada por dicha crisis, ya que somos sujetos sociales inmersos en la misma realidad socioeconómica implicados además por la responsabilidad ética que nos impone nuestra profesión.

¿Cómo seguir apostando al psicoanálisis y al cumplimiento de las reglas que su práctica implica? Pensamos que el sostenimiento del contrato y el encuadre, cuya eficacia y  necesariedad hemos comprobado, es una de las dificultades mayores con las que nos enfrentamos en lo cotidiano.

           Muchas veces estamos tentados de no aplicar el encuadre de manera rigurosa, tal como lo aprendimos de Freud, de nuestros colegas de mayor recorrido y de nuestra experiencia, debido a la dificultad de sostener el ingreso de pacientes y dinero por  la pauperización general de nuestra actividad.

Una manera de no retroceder, y redoblar la apuesta, es retomar el camino del trabajo con los textos, con los pacientes e intercambiar nuestra propia palabra y experiencia con los colegas. Por eso nos propusimos  compartir con ustedes la relectura de algunos escritos freudianos y una viñeta clínica.

 

En su texto “Sobre la iniciación del tratamiento” Freud dice que se propone “reunir algunas reglas para uso del analista práctico... que pueden parecer triviales... unas reglas de juego que cobrarán significado desde la trama del plan de juego”. Además de enunciar la regla fundamental de asociación libre al paciente, que implica su contrapartida la atención flotante y la regla de abstinencia para el analista, agregará, “puntos importantes para el comienzo de la cura analítica son las condiciones sobre tiempo y dinero”, aquello que hoy denominamos “encuadre”: frecuencia, duración de las sesiones y monto de honorarios. Respecto de dichas condiciones Freud recomienda estricta obediencia.

         El análisis tiene que ver con la palabra, una palabra comprometida con el encuentro de la verdad del paciente; para ello en los comienzos el analista enuncia un contrato a respetar, el contrato de análisis, o sea, las condiciones bajo las cuales podrán desplegarse esa verdad y algún saber.

         El contrato es el convenio que hacemos explícito cuando enunciamos el encuadre, ese marco que servirá como referente y causa de aquello que ocurre en el transcurso de un tratamiento.

Aquellas pautas formales que enunciamos al paciente para nuestro trabajo en común configuran las constantes, que dan lugar a considerar como significativas las variaciones que puedan producirse. Dichas constantes remiten a lo constante de la letra de la ley; las variaciones se producirán en función de la posición que el paciente vaya tomando en relación con el sostenimiento del encuadre, con el límite que el mismo impone durante el tratamiento. Entonces, el contrato es un instrumento privilegiado para situar la relación del paciente con la castración, ya que entendemos que todo sujeto llega al tratamiento con una particular fisura en su estructura legal y por lo tanto, todo lo que sucede en un tratamiento tendrá que ver con la relación que el sujeto instaura históricamente con la ley.

            Enunciar el contrato analítico es solidario, entonces, de enunciar un orden legal que rige tanto para el paciente como para el analista,  ya que ambos deben sujetarse a él. Considerado de este modo, el contrato tiene vigencia de ley, define la posición y el lugar del analista y funciona como principio de realidad en tanto es aquello contra lo cual el sujeto rebota, aquello que no admite negociación, ni excepciones.

           El contrato debe estar sustentado en los hechos históricos que lo posibilitan, tanto para el analista que lo enuncia y es encargado de sostenerlo como para el paciente que debe soportarlo. Si el analista no toma en cuenta la matriz de las relaciones de intercambio históricas del paciente, el contrato que propone difícilmente produzca efectos de interpretación en el desarrollo de la cura. A su vez, el contrato es el efecto que ha producido en la historia personal del analista su lectura de la teoría, su análisis personal, su proyecto de futuro y el necesario intercambio con sus colegas.

Freud nos dice que las entrevistas preliminares permiten situar las normas contractuales que posibilitan la cura. Es decir, que el contrato es la primera respuesta que podemos dar de lo que hemos escuchado en ellas.

Sostener el contrato es una de las tareas más arduas en el curso de un tratamiento y es tan necesario y beneficioso como cualquier otra de las intervenciones del analista. Para que la transferencia se despliegue en un marco analítico es necesario que el contrato la enmarque, la contenga, de modo que quede establecida la diferencia entre aquella relación que se inaugura y cualquier otra relación que el paciente establece en su vida cotidiana.

          Muchos consideran que el encuadre ha caído en desuso. Sin embargo, la ausencia de pautas que regulen de un modo explícito la actividad analítica nos pone en el riesgo de caer en “todo es posible” con su correlato de impotencia.

El contrato está hecho para ser transgredido por el paciente, si bien es un compromiso para ambos - paciente y analista -, uno de ellos deberá cumplirlo estrictamente y en eso se juega el análisis; el que sí o sí deberá sostener ese contrato y el recorrido en la veracidad es el analista.

El establecimiento del encuadre cumple una doble función: propicia el despliegue de la transferencia y acota la satisfacción directa de la pulsión que el paciente busca reproducir y actuar en lugar de rememorar. Dice Freud, “el enfermo...quiere actuar sus pasiones sin atender a la situación objetiva, real.” Y a su vez, protege al analista de su propio despliegue pulsional, vía la contratransferencia, en relación a sus pacientes. “La técnica analítica impone el precepto de negar...la satisfacción amorosa...demandada. La cura debe desarrollarse en la abstinencia”, agrega Freud en “Dinámica de la transferencia”.

 

María llegó a AEPA por una colega de otra institución. Tuvo 3 entrevistas con una analista[1] en el dispositivo de guardia de nuestra institución y me fue derivada. Tiene 25 años; estudia una carrera universitaria; actualmente vive con sus padres en un departamento de un ambiente en Capital; tiene  dos hermanos: un varón de 27, profesional, que reside en el exterior y una mujer de 19, estudiante, viviendo en una ciudad del interior de Buenos Aires.

Cuando María tenía 3 años, su madre quiso mudarse a una ciudad del interior, según supone María, para evitar conflictos con su suegra. Así lo hacen, pero al poco tiempo, el padre vuelve a Buenos Aires aduciendo motivos laborales. A partir de allí, durante todos estos años, la familia vivió disgregada entre Buenos Aires y la otra ciudad. Esos años fueron caóticos: su padre iba y venía, pasaban meses sin verlo, se sucedieron múltiples mudanzas. Ella da a entender que todos estos movimientos, en realidad, se debían a separaciones encubiertas y temporarias de sus padres

A los 22 años María tomó la decisión de venir a Buenos Aires, ella dice: “para conocer quién era mi papá, cómo es realmente en la convivencia”. Vivió sola con el padre más de un año hasta que su madre también quiso volver a instalarse en Capital. Así es como su hermana menor quedó viviendo sola en aquella otra ciudad.

En la primera entrevista conmigo, planteó su motivo de consulta: “Vengo porque o hago un tratamiento o mato a mi papá, quiero independizarme de él, él maneja todo, no sé cómo hace pero siempre me convence para que haga lo que él quiere”. Entre otras cosas su padre quiere que María estudie y no trabaje para poder recibirse pronto.

Él ofreció darle dinero, pero María dice que su padre hace manejos con el dinero que la dejan en una posición muy dependiente. Dice: “no sé por qué le hago caso, es como si estuviera esperando que él sea otra persona, y no lo que fue siempre, así, prometiendo que te va a dar y después no te da nada”.

María, en esa primera entrevista, dice que quiere conseguir un trabajo, tener su dinero e irse a vivir sola. Que no sabe cuál es su lugar. Y queda planteado como un objetivo para ella encontrar su lugar.

Sobre el final de la entrevista propuse el contrato para un tratamiento posible de María.

Luego de enunciarle la regla fundamental, le digo que nos vamos a ver una vez por semana, en el horario establecido, acepto su propuesta de honorarios de $15, pago vez por vez. Por el momento trabajaríamos cara a cara y más adelante incluiríamos el diván. Le aclaro que los feriados nacionales no trabajo y que las vacaciones del tratamiento son en febrero. Las ausencias deberá pagarlas.

En ese momento, María plantea que durante las vacaciones de invierno de la facultad suele irse a aquella ciudad del interior donde tiene sus amigos, que a veces viaja algunos fines de semana largos o se hace alguna escapada. Aquí recordé que la terapeuta que recibió a María le señaló que esos viajes parecían ser “huidas o escapes de algo”.

Pensé que se abrían dos alternativas: decirle a María que si se ausentaba igualmente debía pagar esas sesiones y contar con la posibilidad de que no volviera, o alojar esa demanda y dar lugar a la relación transferencial que se instalara a partir de ese momento.

El primer tiempo de instalación de la transferencia también es un primer momento en que el contrato comienza a inscribirse en la historia de ese paciente. Y durante su tratamiento hallará un sentido. Tener en cuenta la historia del paciente en ese primer momento de instalación transferencial es lo que nos permitirá evaluar cómo y cuánto ceder en la aplicación rigurosa del encuadre.

Decidí tomar en cuenta su planteo e incluirlo en el encuadre, habilitando esas ausencias con la condición de tomar esas sesiones antes o después de sus viajes. María aceptó.

A partir de esta intervención María comenzó a desplegar una línea asociativa referida a dos modelos de vida: el modelo de la gran ciudad, que implica para ella el prestigio de estudiar en la UBA, y ser mantenida por el padre hasta encontrar la posibilidad de trabajar en una empresa multinacional, y el modelo de la ciudad del interior, más tranquilo, con amigos - que según su padre son todos hippies y vagos -, trabajando para pagar sus gastos y lejos de su papá. Dijo: “acá me siento como sapo de otro pozo, no tengo un grupo de pertenencia, los chicos de la facultad son todos conchetos y siento que no tengo nada en común con ellos, pero con mis amigos de allá también somos distintos”. Ella siente que no pertenece a ninguno de los dos modelos plenamente y dice que le gustaría encontrar una posición intermedia.

Algunas sesiones después trajo como relato de su historia familiar que su abuelo paterno vivía entre el campo y la ciudad, viajaba permanentemente por motivos de trabajo y pasaba días sin ver a sus hijos.

En el plan de trabajo, en “la trama del plan de juego”, está considerada la posibilidad de que estos viajes dejen de producirse cuando María encuentre algún sentido histórico de la repetición que encubren los mismos. Lo cual no será sin que, vía la transferencia, en algún momento del tratamiento las resistencias se pongan en juego respecto a las reglas del contrato enunciado. Podría anticipar que el mes de enero será un primer punto de crisis en el sostenimiento del contrato ya que en años anteriores, tomó sus vacaciones en aquella ciudad del interior durante los tres  meses de receso de la facultad.

 

Lic.Martha Gnavi y  Lic.Alejandra Vartuli


 

Bibliografía

 

Sigmund Freud: “Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico”

                         “La iniciación del tratamiento”

                         “La dinámica de la transferencia”

 

Guillermo A.Martin: “El contrato analítico y la historia del paciente”

 

María Cristina Bacchetta: “Ética y psicoanálisis, en el trabajo cotidiano del analista”

 

Cierre de Seminario 2002, dictado por Comité Científico de AEPA “La demanda y las detenciones en la transferencia, en la clínica psicoanalítica”

 

María Cristina Estébanez: “Contrato y encuadre”



[1] Lic. Noemí Ribeiz


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