» Introducción al Psicoanálisis
El dualismo pulsional y la pulsión de muerte29/01/2004- Por David Laznik -
“Más
allá del principio del placer” reviste un lugar fundamental en la obra
freudiana. La conceptualización de la pulsión de
muerte se presenta como la ocasión para resolver las contradicciones e
inconsistencias de la teoría pulsional, más
específicamente del dualismo pulsional sobre el cual
descansaba la teoría psicoanalítica. Contradicciones que afectan al conjunto de
la teoría, en la medida en que el dualismo pulsional
es solidario de la conceptualización misma del
síntoma y de la transferencia, así como de la formalización de la experiencia
analítica.
Ya desde
sus inicios la clínica freudiana aparecía sostenida en la noción de conflicto
psíquico y de un aparato psíquico organizado en instancias contrapuestas, lo que
anticipaba la ubicación de la represión como “pilar teórico del psicoanálisis”
y ubicaba al yo como escindido. Sin el conflicto, el síntoma perdía sentido, en
tanto éste se ubicaba como un testimonio
del conflicto. Este conflicto, expresado en términos de la oposición entre el
yo y una representación inconciliable de caracter
sexual, sirvió de soporte para la conceptualización
de la pulsión, la que no podía organizarse sino del mismo modo, es decir, en
términos dualistas: pulsiones sexuales opuestas a las pulsiones de autoconservación.
La
noción de apuntalamiento en primera instancia, y la de “órganos de doble
función” más tarde en 1910 [1], llevarán a Freud
a renombrar la segunda instancia del dualismo como “pulsiones yoicas”, asimilando entonces el dualismo pulsional con los primeros términos de la escisión
psíquica: yo - representación sexual reprimida y pulsiones yoicas
– pulsiones sexuales. Pero al mismo tiempo se vislumbra anticipadamente la idea
de un yo arraigado en las pulsiones, un esbozo de cuerpo revestido de libido.
Vale decir, con las nociones de apuntalamiento y de “órganos de doble función”,
se afirma el caracter autoerótico
de la pulsión al mismo tiempo que se esboza la sexualización,
la libidinización del yo. En el mismo momento que se
formaliza, comienza a complicarse el dualismo pulsional.
Es entonces cuando se va haciendo necesario el concepto de narcisimo.
Esta
necesidad teórica encuentra también, y muy especialmente, su correlato en
fenómenos de la clínica. Entre ellos, destaquemos el amor, ya que excede el
campo de la nosografía psicoanalítica y atañe muy particularmente a la
transferencia. Es por la vía del amor que la complicación que se produce
con la libidinización
del yo excede a las neurosis narcisistas, implicando a la neurosis de
transferencia y, por lo tanto, al corazón mismo de la experiencia analítica.
El
término mismo de “libido yoica” conjuga así los
registros del autoerotismo y del narcisismo, ubicando al yo como “el reservorio
de la libido genuino y originario” [2], y hace necesario desplazar el
dualismo a la oposición libido yoica – libido de
objeto. Es por ello que la neurosis de transferencia, antes inscripta en la
oposición pulsiones sexuales - pulsiones yoicas, pasa
a inscribirse ahora en esta nueva formulación del dualismo pulsional.
Sin embargo, tal oposición no es consistente. El principal objeto para el yo
puede ser el propio yo, tal como lo indica Freud al
referirse al yo ideal.
La nueva
formulación, por lo tanto, no hace sino desplazar el lugar del dualismo pulsional, pero no resuelve su inconsistencia.
Inconsistencia que tiene significativas consecuencias en la clínica. El
obstáculo señalado respecto de las neurosis narcisistas hace necesario
reformular el dualismo pulsional en otros términos,
para poder ampliar los límites de la experiencia analítica. Esto llevará,
inevitablemente a revisar el lugar de la transferencia.
“Más
allá del principio del placer” lo logra al postular a la pulsión de muerte como
“estímulos interiores no ligados”. Es en la medida en que el principio de
placer se sostenía en la ligadura, la que posibilita la investidura de las
representaciones y su desplazamiento, que Freud
delimita con claridad el más allá de ese principio, y el lugar de la pulsión de
muerte como lo que excede a lo ligado[A1][A1].
Sin
embargo, la articulación de la pulsión de muerte con el dualismo pulsional resulta una tarea mucho más ardua.. Al postularla como “exteriorización de la inercia en la
vida orgánica”
[3], Freud la deja ubicada del lado de
las funciones de conservación y, por lo tanto, ligadas a las pulsiones yoicas. Es así que equipara la oposición pulsiones de vida
– pulsiones de muerte a la anterior oposición pulsiones sexuales – pulsiones yoicas [4].
La
inesperada consecuencia de esta afirmación es que, a pesar de haber fundado la
pulsión de muerte, no le es posible a Freud formular
un nuevo dualismo pulsional. Se trata en realidad del
mismo dualismo, nombrado de otra forma.
No oculta su “fastidio” al no poder enlazar las pulsiones libidinosas
del yo con “pulsiones yoicas no libidinosas”. Propone
entonces otra vía, una “segunda polaridad”. Es la oposición amor – odio, o
ternura – agresión. De este modo, equipara al sadismo con la pulsión de muerte,
en tanto ésta es “apartada del yo por el esfuerzo y la influencia de la libido
narcisista” [5].
El fastidio continúa y se desplaza: o no hay nuevo dualismo pulsional,
o si lo hay (amor – odio) éste ubica al sadismo como originario. Es así que en
“Más allá...” Freud funda una serie en la que el
odio, la agresión, el sadismo y la pulsión de muerte son equivalentes [6].
Y la pulsión de muerte toma el valor de “pulsión de destrucción”.
A pesar
del asombro que esto podría despertar en nosotros, ubiquemos la lógica en
juego. Si el referente de la experiencia analítica era para Freud
la transferencia ordenada en términos de la oposición libido yoica – libido de objeto, el odio se presenta para Freud como un resto de la tendencia unificante
de la libido, que apunta a hacer de dos (el yo y el objeto), uno. El odio viene
a indicar el punto mismo de insuficiencia de la libido para dominar un resto no
asimilable, que deviene el fundamento del odio.
Sin
embargo, no es posible fundar un nuevo dualismo sobre la base del odio y el
sadismo. En primer lugar, porque las tendencias destructivas no contradicen el
principio de placer. Son tendencias al servicio del “egoísmo” y por lo tanto
apuntan a resguardar el placer propio. Pero fundamentalmente porque el sadismo
es solidario de la estructura misma de la pulsión sexual. Es el elemento
correspondiente a la pulsión en tanto pulsión de apoderamiento [7],
y de ahí su valor de instrumento de la adaptación, inscribiendo el placer en la
dominación de los objetos.
Pero a
diferencia de la pulsión de dominio, el objeto del sadismo no es cualquiera; es
precisamente el sufrimiento del otro. Y como sugiere Freud
en “Pulsiones y destinos de pulsión”, ¿cómo podríamos buscar el dolor del otro
si no hubiera un registro del dolor para el sujeto mismo? [8].
No hay posibilidad entonces de pensar al sadismo sin postular una experiencia
masoquista previa. “Podría haber también un masoquismo primario...” [9],
señala Freud, anticipando el desarrollo que tomará
cuerpo cuatro años más tarde, en “El problema económico del masoquismo”.
Al mismo
tiempo que el camino para la formalización de un nuevo dualismo pulsional se ve dificultada, Freud
enfatiza uno de los referentes que permite orientar el rumbo hacia el mismo: la
relación entre el caracter regresivo de las pulsiones
y la compulsión de repetición[A2][A2].
La
delimitación del nuevo dualismo pulsional requerirá
de una nueva articulación: la relación de las pulsiones con la libido. Ya había
anticipado Freud una hipótesis: “conjeturamos que en
el interior del yo actúan pulsiones diversas de las de autoconservación
libidinosas”
[10]. La consideración de la libido había llevado a asignarle a
las pulsiones yoicas un valor análogo al de las
pulsiones sexuales, en la medida en que el análisis del yo revelaba que
“también una parte de las pulsiones yoicas era de
naturaleza libidinosa y ha tomado como objeto al yo propio”. De ahí que Freud proponga que “la oposición entre pulsiones yoicas y pulsiones sexuales se convirtió en la que media
entre pulsiones yoicas y pulsiones de objeto, ambas
de naturaleza libidinosa” [11].
Será
recién en 1921, en un agregado en una nota a pie de página [12],
cuando distinguirá la pulsión de muerte de la pulsión de vida. De un lado, las
“pulsiones libidinosas (yoicas y de objeto)”; del
otro lado, “otras que han de estatuirse en el interior del yo”, de naturaleza
no libidinosa. Con esta instancia, aún no definida con precisión, recupera el
resto autoerótico a nivel del propio yo de
“Introducción del narcisismo”. Éste deviene el resto de un yo que se constituye
reflejándose en los objetos, no participa de la transferencia de la libido y su
reversibilidad, y agujerea al yo imposibilitándole a éste reconocerse en los
objetos.
Serán
necesarios tres años más, para que en “El problema económico del masoquismo”
pueda formalizar esta instancia no libidinosa del yo como “masoquismo erógeno
originario”. La definirá como aquella
parte de la pulsión de muerte que no se traspone al exterior, sobre los
objetos, y que por lo tanto permanece como su residuo interior [13].
Este residuo sostendrá la escisión entre un cuerpo que se constituye traspuesto al exterior, que soporta el cuerpo del narcisismo,
y otra parte que permanece en el interior, que se convierte en extraña para el
cuerpo y en la que se refugia la satisfacción pulsional
que no cae bajo el imperio del principio del placer.
[1] S. Freud, “La
perturbación psicógena de la visión según el psicoanálisis”, Obras
Completas, A.E,
XI, 205.
[2] S. Freud, “Más
allá del principio del placer”, O.C., A.E., XVIII, p. 50.
[3] Idem, p. 36.
[4] Idem, p.51-52.
[5] Idem, p. 52.
[6] O. Masotta, El modelo pulsional,
Ed. Altazor, 1980.
[7] S. Freud, “Tres
ensayos de teoría sexual”, O.C., A.E., VII, p. 175.
[8] S. Freud,
“Pulsiones y destinos de pulsión”, O.C., A.E., XIV, p. 123-124.
[9] S. Freud, “Más
allá del principio del placer”, O.C., A.E., XVIII, p. 53.
[10] Idem, p. 52.
[11] Idem, p. 59,
n. 27.
[12] Idem.
[13] S. Freud, “El
problema económico del masoquismo”, O.C., A.E., XIX, p. 169-170.
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