» Introducción al Psicoanálisis
El Hombre de los Lobos: El héroe atrapado por el autor*21/12/2003- Por Carlos J. Escars -
Yo soy, por supuesto, el caso más famoso, alardeaba un anciano de más de noventa años ante una joven periodista obsesionada por ese hombre que seguía discutiendo con Freud como si no hubiese acudido a su última sesión hacía casi sesenta años. Karin Obholzer no salía de su asombro viendo cómo su interlocutor se había coagulado en un monstruoso ser bautizado Wolfsmann por un padre lobo que se negaba a dejar de mirarlo.
Yo soy, por supuesto, el caso más
famoso,[1]
alardeaba un anciano de más de noventa años ante una joven periodista
obsesionada por ese hombre que seguía discutiendo con Freud como si no hubiese
acudido a su última sesión hacía casi sesenta años. Karin
Obholzer no salía de su asombro viendo cómo su
interlocutor se había coagulado en un monstruoso ser bautizado Wolfsmann por un padre lobo que se negaba a dejar de
mirarlo.
En 1973, luego de leer el libro de Muriel Gardiner
que incluía sus memorias,[2]
Obholzer se había propuesto descifrar el secreto de
su identidad, tan celosamente guardado por unos poquísimos “custodios” del
psicoanálisis. No le fue difícil: en el libro se dejaba caer como al descuido
el nombre Serguei, y Freud ya había develado sus
iniciales: S.P. Sólo fue cuestión de recorrer la guía
telefónica vienesa en la letra P buscando a un Serguei
con apellido ruso. Fue, le tocó el timbre, y le propuso publicar un libro con
lo que él le contara.
El anciano era reacio a conceder entrevistas, pero algo lo sedujo de
esa treintañera que lucía como una niña de quince.[3]
Quizá fue porque era la primera vez que alguien que no era analista se
interesaba por él, o tal vez por una confesión que Karin
le hizo como al pasar, y que lo impactó terriblemente: “yo también tuve una
gonorrea”.[4]
El hecho es que a los noventa años Serguei Pankejeff se animó por primera vez a desobedecer a Muriel Gardiner, quien le había recomendado[5]
no aceptar el ofrecimiento (él entendía eso como una prohibición) y, después de
que tantos otros hablaran por él, o lo hicieran hablar, quiso tomar la palabra.
Probablemente ya era tarde.
Historia inconclusa de una transferencia
1) En el otoño de 1913 Freud pensó: esto no va más, el análisis no
puede seguir indefinidamente. Hay que desarmar de alguna manera esa confortable
posición de dócil apatía en la que este sujeto se ha refugiado.
Había que jugar una carta decisiva e irrevocable, y plantearle a Serguei, su paciente desde hacía tres largos años, que éste
sería el último de su tratamiento. Conocía los riesgos. Sabía que el león salta
una sola vez: “Me vi precisado a esperar hasta que la ligazón con mi persona
deviniera lo bastante intensa para equilibrarlo, y en ese momento hice jugar
este factor en contra del otro [su horror a una existencia autónoma]. Resolví
(...) que el tratamiento debía terminar en cierto plazo, independientemente de
cuán lejos se hubiera llegado”.[6]
Aún hoy persiste la polémica sobre la eficacia de esa maniobra. ¿Acto?
¿Sugestión? ¿Precipitación? ¿Impaciencia?
“De este último período de trabajo, en que la resistencia desaparecía
por momentos y el enfermo hacía la impresión de tener una lucidez que de
ordinario sólo se alcanza en estado hipnótico, provinieron también todos
los esclarecimientos que me permitieron inteligir su
neurosis de la infancia”.[7]
Aparentemente, todo un éxito. Pero la mención a la hipnosis no deja de producir
cierto escozor.
Serguei,
a posteriori, acepta la conclusión de Freud: Él escribió que de esa manera
funcionó,[8]
pero al mismo tiempo afirma no haberse percatado del estancamiento del
análisis: “Yo no lo sentía así. (...) Contar siempre conté algo. Pero él no
podía encontrar lo que quería encontrar”.[9]
¿Acaso fue por amor al padre que Serguei
hizo la caquita de los esclarecimientos que Freud esperaba? ¿Fue la maniobra el
último de esos enemas a los que Serguei estaba
acostumbrado por sus padecimientos intestinales?
2) En 1919, de paso por Viena, Serguei
vuelve a ver a Freud. “Acudió entonces a Viena, recuerda este último, y me
informó de un afán, que le había sobrevenido poco después de terminada
la cura, por librarse de la influencia del médico. En unos meses
de trabajo se logró dominar un fragmento de la trasferencia
todavía no superado”.[10]
Serguei
tiene su propia versión: “Mi nuevo análisis en 1919 no se llevó a cabo por
pedido mío, sino por deseo del propio profesor Freud. Cuando le expliqué
que no podía pagarle por ese tratamiento, se mostró dispuesto a analizarme sin
remuneración”.[11]
“...mi nuevo análisis fue prolongándose más y más, y hasta la Pascua de 1920 no
me comunicó Freud que lo consideraba terminado”.[12]
Durante el desarrollo de ese análisis el Ejército Rojo entró en Odesa, lo que implicaba que Serguei
ya no podía volver a su patria. Más de medio siglo después, seguía pensando que
si hubiese viajado en esa fecha habría podido salvar algo de su fortuna: “Fui
muy tonto al escuchar a Freud y permanecer en Viena. (...) No le recrimino
nada. Le recrimino que no me dejara viajar”.[13]
(¿Librarse de la influencia del médico dijo?)
3) En esa época Freud no sólo le regala a Serguei
ese tratamiento residual. También le regala un ejemplar autografiado del
caso del Hombre de los lobos. Y, como si esto fuera poco, le regala el
fruto de una colecta, que se repite por años, organizada entre sus amigos para
paliar sus miserias económicas. Los regalos en una relación analítica, dicen,
son siempre sospechosos. Es indudable que Freud sentía que debía devolverle a
este paciente algo de la abundante caca que había recibido de él. Después de
todo, lo había ayudado a reafirmar el valor de la sexualidad infantil, a
definir el Nachträglichkeit, a batallar contra
Adler y contra Jung: “...yo
no me sentía tanto en la situación de paciente como en la de colaborador, el
camarada más joven de un explorador experimentado que se embarca en el estudio
de un territorio nuevo y recién descubierto”.[14]
4) En junio de 1926 le escribe a su ex paciente una carta pidiéndole
que le corrobore, una vez más, que el famoso sueño de los lobos ocurrió
efectivamente cuando él tenía cuatro años y no, como sostenía disparatadamente
el díscolo Otto Rank, durante el tiempo del
tratamiento con Freud. Su respuesta sería usada para que Ferenczi
le respondiese al hereje como se debe.[15]
El paciente responde tan solícitamente que hasta produce nuevas asociaciones
con el sueño. “Es un gran consuelo que usted no nos olvide”, culmina la carta.[16]
Claro que a partir de ahí produce también un pequeño síntoma.
En octubre de 1926 Ruth Mack Brunswick
lo toma bajo tratamiento a causa de lo que ella define como un cuadro de “paranoia
de tipo hipocondríaco”, que comenzó... justamente en junio. La nueva analista,
lúcidamente, afirma que “la fuente de la nueva enfermedad consistía en un
residuo de su transferencia”.[17]
Pero, al mismo tiempo, esta discípula y paciente de Freud era en sí misma...
otro regalo: también ese tratamiento fue gratuito.
5) En marzo de 1938 Hitler invade Austria y
Teresa, la mujer de Serguei, se deja invadir por el
gas de su cocina, y muere. El mundo se derrumba para él, aunque sólo por el
segundo episodio. Se siente solo y abandonado. Pregunta a quien quiera oír: “¿Cómo
pudo Teresa hacerme esto a mí?” Busca a Freud, busca a Brunswick.
No es el mejor momento para buscar analistas en Viena todos están haciendo las
valijas, o peor pero él se las ingenia para encontrarlos. E insensiblemente
surge en la comunidad analítica un deber implícito: hay que cuidar del Hombre
de los lobos. La institución psicoanalítica debe preservar los tesoros del
psicoanálisis, según el deseo de Freud, y el Hombre de los lobos parece
estar en el inventario. Muriel Gardiner (discípula
indirecta de Freud y analizante de Brunswick) honrará por siempre este deber. Ni la Segunda
Guerra ni la distancia serán impedimentos para cumplir con él ahora que Freud
ya no está.
Serguei
depende cada vez más de los Estados Unidos de América: recibe consejos, recibe
visitas: a partir de 1955 recibe al presidente de los Archivos Sigmund Freud, Kurt Eissler, quien durante
veinticinco años pasará parte del verano conversando con ese monumento viviente
y registrando todo en cintas magnetofónicas que atesorará para la posteridad. Y
también recibe... dinero: los Archivos le envían una mensualidad para
complementar primero su magro sueldo como empleado de una compañía de seguros,
y luego su jubilación. Además, recibe los derechos de autor de sus memorias,
escritas por indicación de Gardiner, y el producto de
la venta de cuadros, que Serguei pinta (y firma Wolfsmann) para analistas norteamericanos que así
podrán vanagloriarse de tener en sus casas un Hombre de los lobos
original (“!Había tal demanda!”, recuerda Gardiner).[18]
Serguei
sabía que a este cuidado había que honrarlo. Dócilmente escribe sus memorias en
un libro en el que se intentaba mostrarle al mundo cómo “Freud me curó en un
ciento por ciento”.[19]
“...ellos me utilizaron como un caballo de desfile. El libro debería demostrar
en realidad que el psicoanálisis puede curar un caso tan grave”.[20]
“Si al menos los discípulos del psicoanálisis después de Freud no se hubieran
apoderado de mí”,[21]
se queja en privado.
La preocupación por sus cuidadores llega a extremos cómicos. A los
noventa, agobiado por las exigencias de una mujer de sesenta que lo acosaba, en
una entrevista con Obholzer juega con la idea del
suicidio:
O: ¿Qué es lo que dice en realidad el doctor S. con respecto a sus
ideas de suicidio?
HL: Que no vale la pena matarse por ella, ella no lo vale.
O: Además, qué vergüenza para los psicoanalistas, el caso más famoso
se suicida, usted no les va a hacer algo así.
HL: Sí, tengo que tener cuidado por los psicoanalistas.[22]
Consecuencias
El discurso de Serguei a lo largo del
reportaje de Obholzer no deja lugar a dudas en cuanto
a la presencia de la mirada de Freud y, metonímicamente,
de “los analistas” a lo largo de toda su vida. No puede afirmar nada sin
recurrir a la opinión de Gardiner, de Solms, de Eissler, sin pensar si
Freud estaría o no de acuerdo. Permanece atrapado en la oscilación entre la
sumisión y la rebeldía frente al Otro psicoanalítico.
“...mi padre murió, y ya no tuve ningún padre, y acudí a Freud”.[23]
“En realidad, un psicoanalista, según Freud, debía ser una especie de
Dios”.[24]
“Freud era un genio (...) Si lo hubiera visto, era una personalidad
fascinante... Tenía ojos muy serios, que lo miraban a uno hasta el fondo del
alma”.[25]
“...el rasgo más impresionante eran los inteligentes ojos oscuros que
me miraban con penetración, pero sin provocarme el más leve sentimiento de
incomodidad”.[26]
“...la transferencia es un arma de doble filo. Por un lado ayuda, por
otro lado es una cosa que no está bien. Si yo considero a Freud como un padre y
le creo todo, puedo cometer un error”.[27]
“El psicoanálisis podría funcionar si los psicoanalistas fueran
dioses”.[28]
“[Freud me dijo:] no critique y no piense en eso, y no busque
contradicción, acepte más bien lo que le digo, y la mejoría vendrá por
sí sola”.[29]
(Curiosa manera de interpretar la regla fundamental).
O: ¿Y ahora, cree usted todavía en el psicoanálisis?
HL: Ahora ya no creo más en nada.
O: ¿En nada de nada?
HL: Bueno, Dios mío, creo en la transferencia!.[30]
Brunswick
relata un síntoma menor que Serguei padecía en la
época de su tratamiento con ella: no podía leer novelas, actividad que en otros
tiempos le proporcionaba el mayor placer. No soportaba la identificación con el
héroe, el cual, al ser creado por el autor, quedaba totalmente en poder de
este último. Y como tampoco podía identificarse con el autor, su único
camino era la inhibición.[31]
Ser el caso más famoso, ser el Hombre
de los lobos, ser el héroe de la novela de Freud era para él lo
insoportable e inevitable a la vez.[32]
Porque de los dos Hombres de los lobos posibles: “el significante Hombre
de los lobos que representa el inconciente
freudiano para la Internacional, y el empleado de seguros vienés enredado en
amores difíciles con damas que lo abruman”,[33]
el que intentaba hacerse escuchar por Obholzer era
este último. Pero ya no había modo para él de deshacerse del primero. Ni el
lobo Freud ni su manada dejaron nunca de mirarlo:[34]
“[El Dr. Eissler] cree que hay que seguir al paciente
hasta que exhale su último aliento. (...) Yo soy, por supuesto, el caso más
famoso. Por eso hay que observarlo hasta el último momento”.[35]
Indudablemente el mismo Freud tiene responsabilidad en esto. Su deseo,
su “fiebre”,[36]
seguramente conformó ese punto ciego de su mirada sobre Serguei:
la inversión de la demanda favoreció el reforzamiento de su lugar transferencial de padre gozador, para quien Serguei era fuente de información, arma política, objeto de
atesoramiento. “Aun parece que ese fracaso, fracaso del caso, sea poco [para
Freud] comparado con su éxito: el de establecer lo real de los hechos”.[37]
Pasión arqueológica, entonces, fiebre, o deseo de Freud. Sea. Pero en
la perpetuación del fracaso, en la reafirmación de ese lugar
pasivo en relación al padre, tan inevitable como insoportable para Serguei, ¿qué responsabilidad le cabe a la comunidad
analítica?
La continuidad mítica del Hombre de los lobos con su inconciente es el postulado de los analistas que lo seguirán
a partir de 1955, que se aseguran probablemente así su propia continuidad con
Freud: el Hombre de los lobos es su nexo.[38]
Pero no se trata sólo de la conveniencia de un pequeño círculo de personas como
Gardiner.[39]
Se trata más bien de la confirmación del lugar de la institución psicoanalítica
como la que preserva, continúa, y reafirma el deseo de su creador, aún más que,
o incluso en abierta oposición a el discurso analítico.
¿Será esto inevitable?
El
mail del autor es carlosj@escars.com.ar
*Este trabajo fue publicado anteriormente en la revista Seminario
lacaniano,
Año 13, Nº 9/10, Buenos Aires, 1998, págs. 13-16. Se
reproduce aquí con unas
pocas modificaciones."
NOTAS
[1]. Karin Obholzer Conversaciones con el Hombre de los Lobos,
Buenos Aires, Nueva Visión, 1996, pág. 210.
[2].
Muriel Gardiner: El Hombre de los lobos por el
Hombre de los lobos, Buenos Aires, Nueva Visión, 1983.
[3]. Carta del Hombre de los lobos a Muriel
Gardiner del 8/1/73, citada en Muriel Gardiner: “The Wolf Man's last years”,
Journal of the American Psychoanalytic
Association, Vol. 31, 1983, pág.
880.
[4]. Karin Obholzer, op. cit. pág 36.
[5]. Gardiner admite
haberle enviado un telegrama en el que desaconsejaba vehementemente (“strongly advise against”) cualquier tipo de entrevista. Muriel
Gardiner, “The Wolf Man's last years”, op. cit., pág. 883.
[6]. Sigmund Freud: De la historia de una
neurosis infantil, en Obras completas, Amorrortu
editores, Buenos Aires, 1976-79, Tomo XVII, págs.
12-13.
[7].
Ibíd., pág.
13. Subrayado mío.
[8]. Karin Obholzer, op. cit., pág. 51.
[9].
Ibíd., pág.
52. Subrayado mío.
[10]. Sigmund Freud: op.
cit., pág. 110, nota
14. Subrayado mío.
[11]. Carta del Hombre de los lobos a Gardiner del 14/9/70, citada en Muriel Gardiner:
El Hombre de los lobos por el Hombre de los lobos, op.
cit., pág. 166, nota 2.
Subrayado mío.
[12]. Hombre de los lobos: “Las memorias del Hombre
de los lobos”, en Muriel Gardiner: El Hombre de
los lobos por el Hombre de los lobos, op.
cit., pág. 133.
[13]. Karin Obholzer, op. cit., págs. 60-62.
[14].
Hombre de los lobos: “Mis recuerdos de Sigmund Freud”, en Muriel Gardiner: El Hombre de los lobos por el Hombre de los
lobos, op. cit.,
pág. 164.
[15]. Sandor Ferenczi: “Review of Otto Rank's
«Technik der Psychoanalyse: Die analytische Situation»”, International
Journal of Psycho-Analysis, Vol. 8, 1927, págs. 93‑100.
[16]. Wolf-man: “Letters pertaining to Freud's
'History of an intantile neurosis'“, en Psychoanalytic Quarterly, Vol.
26, 1957, pág. 451.
[17]. Ruth Mack Brunswick: “Suplemento a la «Historia de una neurosis infantil»”,
en Muriel Gardiner, El Hombre de los lobos por El
Hombre de los Lobos, op. cit., pág. 181.
[18]. En
un reportaje publicado en 1981 bajo el título “Vous qui connaissez bien l'Homme
aux loups...”, L'Ane, Nº2, été 1981, pág. 26.
[19]. Karin Obholzer, op. cit., pág. 137.
[20]. Ibíd., pág. 162.
[22]. Ibíd., pág.
222.
[23]. Ibíd., pág.
43.
[24]. Ibíd., pág.
44.
[25]. Ibíd., pág.
41.
[26].
Hombre de los lobos: “Mis recuerdos de Sigmund Freud”, op.
cit., pág. 161.
Subrayado mío.
[27].
Obholzer, op. cit., pág. 63.
[28]. Ibíd., pág.
206.
[29]. Ibíd., pág.
42. Subrayado mío.
[30].
Ibíd., pág.
166.
[31]. Ruth Mack Brunswick: op. cit., pág.
211.
[32].
Cf. la ambigua posición de Serguei frente al
historial freudiano. Al tiempo que no se reconoce en los rasgos que Freud señala,
no deja de citarlo a cada paso.
[33].
Serge Cottet: “Profession: Homme aux loups”, en L'Ane, Nº2, été 1981,
pág. 44.
[34].
Otra cuestión es si ese lugar lo sostuvo o si, por el contrario, lo aplastó.
Discusión estrechamente vinculada al polémico problema del diagnóstico.
[35].
Karin Obholzer, op. cit., pág. 210.
[36].
“...podemos ahora preguntarnos si esa fiebre, esa presencia, ese deseo de Freud
no es lo que, en su enfermo, pudo condicionar el accidente tardío de su
psicosis”. Jacques Lacan: El Seminario, libro XI: Los cuatro conceptos
fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos
Aires, 1984, clase del 12/2/64.
[37]. Jacques Lacan: Psicoanálisis. Radiofonía
& Televisión, Barcelona, Anagrama, 1977, pág.
114.
[38]. Serge Cottet, loc. cit.
[39].
“En última instancia, y ella también lo dijo, se hizo famosa gracias a mí”. Obholzer, op. cit., pág 262. Para relativizar esta afirmación presuntuosa de Serguei, véase Carlos Escars, Los
nombres de los lobos, Buenos Aires, Imago Mundi,
2002, nota 11 en pág. 42.
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