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El psicoanálisis freudiano con niñ@s

20/09/2019- Por Julián Ferreyra - Realizar Consulta

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Es posible una clínica freudiana con niñ@s. Desde la 34° Conferencia se ensayan aquí las coordenadas para afirmar la existencia de un horizonte estrictamente clínico en Freud sobre el psicoanálisis con personas no-adultas, la cual por supuesto incluye a los padres/adultos en la construcción del dispositivo. Se recorta un rasgo que consideramos sintomático: la clínica con niñ@s emergió como un aplicacionismo del psicoanálisis hacia la institución de la infancia, cuestión irresuelta que sigue insistiendo hoy día. ¿Cuál es el principal efecto del aplicacionismo en la clínica psicoanalítica con niñ@s y adolescentes? El rechazo a lo infantil, que escenifica una forma sutil de (bio)medicalización, y que degrada nuestra práctica a una psicoeducación.

 

 

                             

                             Freud niño (fotografía editada por el autor)

 

 

I - La referencia a Freud respecto de la clínica con niñ@s y adolescentes suele ser netamente teórica y metapsicológica. Aún sobre el caso Juanito suele efectuarse una lectura únicamente doctrinaria, y no necesariamente clínica[i]. No obstante, en este escrito ensayaremos las coordenadas para afirmar la existencia de un horizonte estrictamente clínico en Freud sobre el psicoanálisis con personas no-adultas. O lo que es lo mismo, la posibilidad de una clínica freudiana con niñ@s.

  

  Para ello analizamos los postulados vertidos por Freud durante un pasaje de la 34° Conferencia, ya que en la misma encontramos al menos dos elementos cruciales. En primer lugar, el despliegue de una serie de indicaciones clínicas en torno al trabajo con niñ@s de interesante vigencia.

 

  En segundo lugar y sobre todo, un rasgo que consideramos estrictamente sintomático: la clínica con niñ@s emergió como una aplicación ‒diremos, un aplicacionismo‒ del psicoanálisis hacia la educación, la pedagogía y la crianza, y dicho aplicacionismo se ha mantenido a lo largo de la historia hasta nuestros días.

 

  Dicho de otro modo, consideramos que la clínica con personas no-adultas no ha superado el aplicacionismo del psicoanálisis a la institución de la infancia, ya que quizás esto no sea del todo posible. A lo sumo, y no será poco, se tratará de atenuar sus efectos, ceñirlos, y evitar un retorno sintomático que fatalmente implique un corrimiento de la posición del/de la psicoanalista.

 

  ¿Cuál es el principal efecto del aplicacionismo en la clínica psicoanalítica con niñ@s y adolescentes? El rechazo a lo infantil.

 

 

II - El aplicacionismo es una forma de introducir acríticamente saberes, teorías, supuestos y técnicas de un campo de problemas a otro, de un nivel o dimensión hacia otra, sin mediación y sin reflexión sobre las particularidades de dicho campo, nivel o dimensión. Es un problema epistemológico de suma relevancia pero no necesariamente abordado desde el psicoanálisis.

 

  Si bien se ha reflexionado acerca de las inconveniencias del aplicacionismo de teorías psicológicas –o desde R. Castel, psicoanalismos‒ al campo de la pedagogía y de las prácticas educativas, no son frecuentes las reflexiones acerca del aplicacionismo del corpus psicoanalítico a la clínica en las infancias.

 

  A lo sumo se trabaja sobre ciertas modificaciones “técnicas” a efectuar para atender niñ@s, que es una línea de trabajo válida pero en general fallida, habida cuenta del protagonismo y centralidad otorgado a la técnica por sobre la ética/clínica. En dichos enfoques se degrada incluso al juego como una mera técnica.

 

  Si asumimos estas dificultades ‒epistémicas y al mismo tiempo clínicas‒ y las pensamos desde una ética, contaremos con una modestia lúcida para estar a la altura de l@s niñ@s y de una clínica que subvierta toda forma de normalización. Después de todo, de esto se trata al momento de analizar un dispositivo de saber-poder.

 

 

III - En un pasaje de la 34° Conferencia, “Esclarecimientos, aplicaciones, orientaciones” (1932-3), Freud se ocupa de situar las coordenadas de uno de sus “grandes descuidos”, a saber, no haber profundizado en la indagación clínica con niñ@s; este descuido sería matizado por el autor, por erigir a su hija Anna como principal y máxima continuadora de esta línea de trabajo inexplorada.

 

  Freud asume que el interés del psicoanálisis por l@s niñ@s se produjo por una aplicación de la vivencia infantil al tratamiento del neurótico adulto, ya que al pesquisar “… el determinismo de sus síntomas, por regla general éramos conducidos hacia atrás, hacia su primera infancia”, y ello “… obligó a familiarizarnos con las particularidades psíquicas de la infancia”[ii].

 

  Freud continúa ponderando la importancia de los primeros años de vida, y describe sus elementos principales: florecimiento temprano de la sexualidad, el efecto de impresiones que afectarían a ese “ser inacabado y endeble” ‒lo propio del trauma‒; y el hecho de que “el niño debe apropiarse en breve lapso de los resultados de un desarrollo cultural que se extendió a lo largo de milenios”[iii], siendo esta apropiación siempre parcial y en gran medida impuesta por la educación y la crianza. Dicho de otro modo, tres aspectos que demuestran los efectos del Otro en el sujeto.

 

 

IV - Dirá a continuación que la contracción de una neurosis no siempre aguarda hasta la madurez, y que hasta la fecha l@s psicoanalistas ‒exclusivamente mujeres‒ no habían “… tenido empacho alguno en aplicar la terapia analítica a estos niños[iv]; incluso se animará luego a recomendar el psicoanálisis a cualquier niño o niña de manera preventiva.

 

  De este precoz arrojo del movimiento psicoanalítico hacia l@s niñ@s Freud extrae algunas consecuencias sustanciales. Primero y principal, la comprobación fáctica de sus teorizaciones sobre la vida infantil, que demuestra el afán aplicacionista. Segundo, y más caro a nuestro objetivo, los efectos favorables del psicoanálisis para un/a niñ@, siempre y cuando se efectuasen algunas modificaciones en la “técnica”.

 

  Interesa sobre esto último que Freud no se detiene en las minucias de la técnica, ya que seguramente no las conocía, sino en otra clase de aspectos: recuerda que un niño es diverso a un adulto ya que no posee un Superyó, que no tolera demasiado el juego de la asociación libre y, lo más suntuoso, que la transferencia de un niño es distinta ya que los padres siguen presentes.

 

  De esto último podría deducirse, de manera preliminar, que la transferencia en niñ@s es pensada por Freud desde el modelo de una neurosis bien conocida por él y por tod@s: la neurosis actual.

 

  Situará luego una indicación que merece ser citada textual:

“Las resistencias internas que combatimos en el adulto están sustituidas en el niño, las más de las veces, por dificultades externas. Cuando los padres se erigen en portadores de la resistencia, a menudo peligra la meta del análisis o este mismo, y por eso suele ser necesario aunar al análisis del niño algún influjo analítico sobre sus progenitores”[v]

 

  Encontramos también aquí los restos arqueológicos de lo que Lacan luego puntualizaría en el célebre manuscrito dedicado a Jenny Aubry[vi] sobre la relación del Otro con el niño ‒o síntoma u objeto‒. Pero sobre todo, se trata de una precisa indicación clínica que recuerda que el trabajo con niñ@s, su dispositivo, incluye necesariamente la presencia de los adultos significativos.

 

  Esta inclusión de los adultos no debe pensarse como un mero complemento al espacio con el/la niñ@, tal como las llamadas “orientaciones a padres”. El trabajo con los adultos en cuestión tampoco iría “en paralelo” sino más bien en simultáneo, superpuesto, sobre determinado, delimitado pero en continuado con el del propio niñ@. Una intervención analítica de pleno derecho, finalmente, que no es ni exterior, ni anterior ni posterior al dispositivo, sino que es parte sintomática de éste.

 

  Siendo freudianos, sin esta disposición hacia los adultos nuestra intervención en función del niñ@ carecerá de la posibilidad de construir un síntoma.

 

 

V - Freud se inmiscuye de lleno en la relación entre psicoanálisis y educación, nuevamente de manera aplicacionista. Esto no lo priva, sin embargo, de introducir algunas discusiones interesantes. Se deducirá una tensión inherente entre educación/crianza y el análisis, siendo tarea de la primera que el niño aprenda a domeñar lo pulsional.

 

  Pero a fin de cuentas, la posición freudiana frente a la crianza podría resumirse en una propuesta acerca de “cómo prohibir mejor”, o lo que es lo mismo, cómo sofocar lo pulsional evitando la contracción de una neurosis vía el recrudecimiento de la represión. Cierto equilibrio “entre la permisión y la frustración”[vii] era la ilusión y neurosis del propio Freud[viii].

 

  Dirá no obstante que no es tarea de un psicoanálisis eliminar la rebeldía, siendo esta indicación muy útil para discutir nominaciones actuales tales como la de “oposicionismo desafiante”.

 

  Pero lo más interesante de esta intrusión freudiana en la educación/crianza es la invitación a que pedagogos/docentes/cuidadores, es decir adultos a cargo de niñ@s, no sólo se formen en psicoanálisis sino que lisa y llanamente se analicen, ya que a su juicio “el análisis del maestro y educador parece ser una medida profiláctica más eficaz que el de los niños mismos…”[ix].

 

  No es lo más sensato reducir este intrusismo a su literalidad, y cual imperativo mandar a todo adulto o docente a analizarse. Esto sería absurdo ya que idealiza al psicoanálisis y lo vuelve policial.

 

  Más interesante, preciso y modesto es lo que Freud dirá luego, a saber, que los “padres que hayan experimentado ellos mismos un análisis (…) tratarán a sus hijos con mayor inteligencia y les ahorrarán buena parte de lo que ellos sufrieron”[x] justamente a causa de formas inconvenientes de haber sido criados/educados. Recordemos que para Freud analizarse era una poseducación.

 

  Es francamente lúcido dar cuenta de la conveniencia, cuando resulta posible, de resolver la problemática infantil dentro del mundo adulto, evitando a l@s niñ@s intervenciones innecesarias, pérdidas de tiempo, etiquetamientos o cosas peores.

 

 

VI - Nunca existió ni existirá un/a niñ@ que oficie de psicoanalista, aun cuando sí suceda espontáneamente que alguien no-adulto se comporta sin querer como analista. Lo segundo introduce un equívoco y lo primero otro aún más interesante, ya que no es solamente una verdad de perogrullo, sino la marca de una imposibilidad: la distancia abismal entre quienes practicamos el psicoanálisis y l@s niñ@s a quienes eventualmente recibimos.

 

  ¿Por qué este último rodeo? No hay forma de decretar que nuestro oficio ha superado la tendencia a la adultización de l@s niñ@s. El oficio de educar como el de gobernar se nos pueden colar en lo que pretendemos sea un trabajo psicoanalítico, ya que es factible que desde nuestra práctica se termine convalidando el rechazo a la diversidad radical de las infancias. Y esto último constituye una de las formas más sutiles de (bio)medicalización.

 

  Si existen las huellas de una clínica freudiana con niñ@s resultará conveniente recoger sobre todo los errores, confusiones y síntomas, ya que de  lo contrario estaremos efectuando la más silvestre psicoeducación.

 

 



[i]  En este mismo sitio he efectuado una lectura histórica y clínica del trabajo de Freud con Hans y sus padres: http://www.elsigma.com/historia-viva/el-pequeno-herbert-los-albores-del-analisis-freudiano-con-nin-s-y-el-dispositivo-con-parientes/13515           

[ii] Freud, S. (1932-3). 34° conferencia. Esclarecimientos, aplicaciones, orientaciones. En Obras Completas, tomo XXII, “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis y otras obras (1932-1936)”. Amorrortu editores: Buenos Aires (p. 136).

[iii] Ibíd.

[iv] Ibíd., p. 137

[v] Ibíd.

[vi] Nos referimos a Dos notas sobre el niño (1969) publicadas por primera vez en un libro de Aubry en el 83’ e incluidas luego en Intervenciones y textos II.

[vii] Ibíd. Freud, p. 138.

[viii] Esta posición un tanto ingenua de Freud es presentada también en su texto Sobre la psicología del colegial (1914).

[ix] Ibíd, p. 139.

[x] Ibíd.

 

 


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