» Introducción al Psicoanálisis

Escribir de un cuerpo

16/11/2015- Por Maren Balseiro - Realizar Consulta

Imprimir Imprimir    Tamaño texto:

La apuesta es articular algunas puntuaciones respecto al cuerpo para el psicoanálisis, en el tiempo particular donde la pubertad golpea, anunciando un punto crucial y nueva encrucijada para el sujeto respecto a su estructuración. ¿Qué operaciones son necesarias para que un sujeto cuente con un cuerpo?, ¿Cómo constatar esas operaciones? Y a partir de allí: ¿Cómo pensar la función de un analista en esa encrucijada particular que provoca la pubertad y causa ese adolecer del cuerpo? Propongo estos interrogantes para ponerlos a trabajar con la novela “Diario de un cuerpo” para avanzar en una trama que pivotea entre escritura y estructura.

 

 

 

Pre-texto

 

Lo que voy a compartir con ustedes se inscribe en un tiempo en el que, el encuentro con la clínica con púberes y adolescentes me interroga, no solo por las modalidades de presentación, sino también apostando a interrogar la función del analista en ese tiempo particular de la vida. El sesgo que elegí para poner a trabajar estas cuestiones es el cuerpo. Fue a partir también, del encuentro con otro texto: “Diario de un cuerpo” (1) una novela de Daniel Pennac, autor contemporáneo nacido en Marruecos. Me sirvo de ese singular relato a modo de pre-texto para tejer una trama y avanzar en algunas respuestas posibles respecto al análisis con púberes. Algunas respuestas que, advierto desde el inicio, no hacen más que tejer nuevos interrogantes en la trama. En definitiva, escribir oficia en este caso, y probablemente en otros para relanzar el deseo.

 

 

Escribir de un cuerpo.

 

86 años, 11 meses, 1 día “Escribiendo este diario para Lison me salta a la vista todo lo que no he anotado en él. Aspirando a decirlo todo, ¡he dicho tan poca cosa! Apenas he rozado ese cuerpo que deseaba describir”

De este modo finaliza el diario de un hombre que lo ha escrito durante largos años. Es la novela que mencionaba, “Diario de un cuerpo” que tuve la fortuna de encontrar al tiempo que me interrogaba acerca del cuerpo para el psicoanálisis, en particular en la clínica con sujetos atravesados por lo que Freud llamó el “segundo despertar sexual”. Voy a recortar algunas puntuaciones respecto al cuerpo para el psicoanálisis, y el tiempo particular donde la pubertad golpea anunciando un punto crucial y nueva encrucijada para el sujeto respecto a su estructuración. ¿Qué operaciones son necesarias para que un sujeto cuente con un cuerpo?, ¿Cómo constatar esas operaciones? Y a partir de allí: ¿Cómo pensar la función de un analista en esa encrucijada particular que provoca la pubertad y causa ese adolescer en cuerpo? Para avanzar iré tejiendo una trama con ese particular relato.

Comienzo por el final. Escribe el protagonista en las últimas páginas del diario, que coincide con el final de sus días: “… cada vez que mi cuerpo se manifestó ante mi espíritu, me encontró con la pluma en la mano, atento a la sorpresa del día. He descripto esas manifestaciones lo más escrupulosamente posible, con los medios de a bordo, sin pretensión científica. Hija mía, mi amor, esta es mi herencia: no se trata de un rasgo psicológico sino de mi jardín secreto, que desde muchos puntos de vista es nuestro territorio más común.”

Según su autor, el diario nace de un trauma. Expulsado de los Scout, es increpado por su madre, enfadada, a mirar su cuerpo desnudo de muchacho, según ella “con aspecto de absolutamente nada”. Es así que a los 13 años, comienza a escribir su diario. La sexualidad irrumpe en un segundo tiempo y se inscribe como traumática. Atolladero del sujeto confrontado con un cuerpo que deja sus lugares habituales de niño para encontrarse con lo real que avanza y golpea ese cuerpo que ha de reordenarse según sus marcas, sus trazos, las operaciones acaecidas y el relevo novedoso de este tiempo. La respuesta de ese muchacho, atravesado por el miedo que le producía esa increpante mirada materna fue fantasear la reacción que su padre, muerto hacía tres años, habría tenido ante aquella escena. Supone la respuesta de su padre y la escribe así: “un muchacho que tiene aspecto de nada, caramba, eso es muy interesante!” . Al autor del diario, estas palabras, fantaseadas, se le tornan pregunta, iniciando un dialogo imaginario con su padre: “¿qué aspecto debe tener un muchacho que tiene aspecto de absolutamente nada?”. Se mira el cuerpo y descubre “un muchacho abandonado en el fondo del espejo” y, como su padre le decía que todo objeto de entrada es un objeto de interés, su cuerpo se le vuelve objeto de interés. Decide escribir el diario de su cuerpo. Ubica al diario como embajador entre su espíritu y su cuerpo. Traductor de sensaciones, dice. Y así lo hace a través de estas páginas que recorren 73 años. No es minucioso, es un hermoso relato de vida.

Un diario que escribe del cuerpo y se constituye en embajador y traductor. Una zona intermedia, extraterritorial pero que a la vez es parte de ese cuerpo, que nombra como su territorio. Escribir-se torna un lugar donde se teje la posibilidad de hilar aspectos del cuerpo como respuesta a lo traumático de la sexualidad. Esa instancia paterna que opera en este tiempo, rescata a ese muchacho arrumbado en el fondo del espejo instalando una pregunta que sostendrá a lo largo de su vida. Pregunta que oficia de causa para escribir. ¿Qué función puede pensarse respecto al escribir? ¿Qué se escribe?

 

 

Algunas puntuaciones

 

En el debate mente-cuerpo, con el dualismo como única opción, Lacan nos ofrece una salida. El sujeto, comienza con el tres. El cuerpo que nos interesa en tanto analistas, podrá pensarse como uno a partir de tres. No se trata del organismo que nos viene dado al nacer. El cuerpo se constituye por una serie operaciones lógicas necesarias, pero contingentes. El organismo afectado por el significante, queda irremediablemente perdido, expulsado un goce, trauma inaugural que nos hace humanos, sujetos del lenguaje. La demanda del Otro recorta, vía el significante, zonas erógenas que se prestan a singulares modos de goce. El Otro no solo aporta significantes, lo hace con su cuerpo, lo toca, lo mira, le habla, lo alza, lo acaricia, o no. Será importante para la constitución del sujeto como ha puesto a jugar ese Otro, su propio cuerpo. Cuerpo que, si es ofertado agujereado por alojar una falta radical, soporte de la castración, en los tiempos de la infancia, instaura las bases del deseo. Jugarán su juego la serie de identificaciones, donde el sujeto con mayor o menor suerte, podrá contar con un cuerpo disponible a los avatares de los goces y al motor que implica el deseo. Cuerpo que se podrá constituir como tal por la expulsión de un objeto que lo descompletara para siempre. Objeto “a” funcionando de brújula para los goces del cuerpo, y para el deseo operando como causa; objeto “a” que constituirá, junto al sujeto, el fantasma que ese cuerpo encarna.

En ese entramado del encuentro con el Otro, del campo que el Otro le oferta, el sujeto extraerá un rasgo, un trazo, operación simbólica necesaria para que pueda tener lugar la identificación al objeto en sus especies como respuesta al deseo del Otro. En el mejor de los casos, el cuerpo se constituirá como real, simbólico e imaginario anudados; hecho de palabras, sentidos, pulsiones, agujeros, imágenes. El falo resultará, de estas identificaciones un operador que organiza la consistencia de ese cuerpo y aporta significaciones y sentidos.

Por eso en un análisis, en transferencia, ha de constatarse cómo se ha construido, siendo indispensable que se lean esas operaciones y sus consecuencias para avanzar en la dirección de la cura. Que se ha escrito en la estructura de ese sujeto.

Estas operaciones acaecidas en los tiempos de la infancia, se reeditan con el avance de la pubertad. Avance de lo real del sexo y de la muerte, que golpea al cuerpo dejando al sujeto a la vera de un camino complejo que lo espera con nuevos avatares. Encuentro con un goce del cuerpo que podrá poner a jugar con el partener sexual. Muchas consultas ocurren en ese tiempo de la vida, tanto por los padres que desconcertados se encuentran con sus hijos “irreconocibles”, como por los adolescentes inquietos ante lo novedoso de la metamorfosis de la pubertad.

Vuelvo a las letras del diario. Escribe en sus primeras páginas:

13 años, 1 mes, 14 días” Nuestra voz es la música que hace el viento al atravesar nuestro cuerpo. ( En fin, cuando no sale por abajo!)

13 años, 3 meses, 20 días…oímos, pero hay que aprender a escuchar. Vemos pero hay que aprender a mirar”

13 años, 4 meses, 7 días “…Nuestro cuerpo es también el cuerpo de los demás”

13 años, 4 meses, 17 días “Dodo, está todavía bajo el imperio de las imágenes. Yo escribo este diario para liberarme de él”

13 años, 5 meses, 6 días “¡Papá me lo había avisado! Pero una cosa es saberlo y otra cuando te sucede….Eyaculación muchacho….es el porvenir me había dicho…”

13 años, 5 meses, 8 días “No me acuerdo ya realmente nada del rostro de mi padre. Pero su voz sí. Recuerdo todo lo que me dijo. Su voz era un soplo…”

Para que haya cuerpo, es necesario que se constituya agujereado, para que un soplo pueda pasar. Nuestro cuerpo habrá de constituirse agujereado, en tanto el Otro nos ofrece sus agujeros a disposición para las identificaciones. El falo operante en la estructura de ese sujeto podrá, aún con avatares, ubicarse como garantía de que ese cuerpo tome consistencia y pueda anudarse de un modo borromeo. De este modo ese nudo tendrá la chance de soportar los embates de los acontecimientos y de la avanzada pulsional en los encuentros con el partener, encrucijada subjetiva ante la posición sexuada.

Podemos leer, a través del diario, que hubo un padre, donador de una voz, que, a modo de soplo, atraviesa y marca el cuerpo de su hijo. Padre que es llamado, como parte del capital que en reserva se suele tener en el bolsillo, para acotar en el tiempo de la pubertad, un goce materno. Un llamado a un padre que, aunque muerto, en otro tiempo puso a jugar su amor, y muy vivo, le vaticinó a ese hijo, en la eyaculación, un porvenir. Goce materno que se vuelve una mirada que acecha y se atreve a nombrar el cuerpo de ese niño con “aspecto de nada”, madre atravesada por el duelo de su marido, mirada acechada por una pérdida que la sume en la tristeza. El diario nos revela un cuerpo pulsional que pudo diferenciar entre oír y escuchar, ver y mirar y que se pone a prueba en este nuevo tiempo. La lectura de ese diario nos hace testigos del entramado que un sujeto, en los avatares de su vida, va tejiendo ante el desafío de escribir lo que no cesa de no escribirse.

 

 

Interrogantes de la clínica

 

Muchos sujetos que nos consultan escriben canciones, diarios, cuadernos, cartas de amor, cartas a sus amigas, corazones en los árboles, escriben en su cuerpo. Será cuestión, cada vez, de escuchar qué función adquieren esas escrituras, y cuál es la relación al cuerpo que se establece y a lo que se ha escriturado en la estructura. El telón de fondo serán las operaciones inscriptas en otro tiempo, con las que podrá contar en esta nueva hora, puestas a prueba en la segunda vuelta de la sexualidad.

La experiencia del encuentro con un analista, en esos tiempos, ¿puede volverse, a modo de “diario”, un espacio donde escribir? Escribir en transferencia, reeditando los recursos del sujeto. Lacan auspicia “Se trata de discernir cual es el oficio del discurso analítico, y volverlo, sino oficial, al menos oficiante. Y en este discurso se trata de precisar cuál puede ser, si es específica, la función del escrito en el discurso analítico”(2) Me interrogo entonces ¿Cuál sería el oficio del discurso analítico en estas ocasiones?, ¿en los tiempos llamados adolescentes, con la avanzada de la pubertad, el discurso analítico ofertado por el deseo del analista, puede resultar “oficiante” de lo que ha de escribirse para un sujeto? Lo que se escritura en la estructura del sujeto, puede encontrar testimonio en ese escribir en transferencia. Transferencia que a modo de embajador y traductor podrá oficiar de textura donde re-escribir lo imposible.

El analista, entiendo, puede volverse artesano de las palabras en la experiencia analítica para propiciar algunas escrituras para un sujeto que atraviesa los embates de lo pulsional y de los duelos propios del tiempo que se inicia con la pubertad. Tiempo de re-escriturar las operaciones que, transitadas en la infancia, dieron lugar al sujeto. Será una salida posible si en ese tejer novedoso puede hilar un fantasma que le permita una respuesta al encuentro con el otro.

Implica, muchas veces, sostener una terceridad entre el adolescente y sus padres que se inscribe en acto. Volverse embajador y traductor de un territorio íntimo y extraño a la vez. Oficiante del nudo que ha de re-anudarse en este particular tiempo de la vida de un sujeto.

¿Qué es lo que ha de escribirse en este tiempo? Lacan nos orienta ubicando su aforismo “no hay relación sexual” en el meollo de la cuestión, dice: “no se sustenta sino en lo escrito dado que la relación sexual no puede escribirse. Todo lo que está escrito parte del hecho de que será siempre imposible escribir como tal la relación sexual. A eso se debe que haya cierto efecto de discurso que se llama escritura.”(3)

Escribir en transferencia, para propiciar que en las encrucijadas de la vida, se re-escriture la falta como fundante del sujeto. Oficiar de intérprete de los acontecimientos de su cuerpo, de abordar con simbólico algo de lo real para tejer argumentos posibles para que ese cuerpo tome varios aspectos y permitan el encuentro con el partener, salida exogámica que enlaza un porvenir.

Sobre el final del diario se revela una verdad: ese diario, que contiene algunas letras, se tornaron herencia. Es por eso que podemos leer a través del texto, hubo transmisión de la falta para este hombre, y desde allí habrá podido tejer su nudo.

En el afán de responder esa pregunta que fue inaugural, por el “aspecto” de su cuerpo, el protagonista intenta a lo largo de su vida escribirlo todo. Sobre el final advierte que ha escrito muy poco, retazos de cuerpo que logró un aspecto que nos invita a descubrir en sus páginas. Atravesado por el deseo de escribir, constituyo una herencia para su hija amada. Unas letras, que apuestan a la transmisión de que no todo podrá escribirse, pero vale el intento por el deseo enlazado al amor.

La escritura surge como efecto, que “a diario”, puede funcionar como tercero ante el riesgo de la dualidad. Simbólico que acota el imperio de la imagen, dando la chance de salir del fondo del espejo, imaginario anudado a lo real. El espacio analítico puede tornarse un lugar propicio, vía la transferencia y las intervenciones, donde escribir de ese cuerpo conmocionado. Escritura, que se volverán algunas letras, que bordean lo que comenzó siendo “nada” y recortan en esta historia, retazos de un cuerpo que, entre sus páginas, logra hacerse uno con diferentes “aspectos”.

Un sujeto que escribe de un cuerpo atravesado por la castración, con sus letras inventa una herencia. Hace transmisión.

 

 

Referencias

 

1-    “Diario de un cuerpo”. Daniel Pennac. Editorial Literatura Mondadori

2-    Seminario “Aun”, Jacques Lacan, Editorial Piados

3-    Idem.

 


© elSigma.com - Todos los derechos reservados


Recibí los newsletters de elSigma

Completá este formulario

Actividades Destacadas

La Tercera: Asistencia y Docencia en Psicoanálisis

SEMINARIOS

Modalidad online. Sábados de 11 hs.

Leer más
Realizar consulta

Del mismo autor

No hay más artículos de este autor

Búsquedas relacionadas

» cuerpo
» pubertad
» estructuración
» psicoanálisis
» "Diario de un cuerpo"
» Daniel Pennac
» escritura
» función del analista