» Introducción al Psicoanálisis
Introducción a una Teoría Vincular del Narcisismo ( segunda parte)28/04/2004- Por Manfredo Teicher - Realizar Consulta
La naturaleza humana impone una Necesidad Narcisista Primordial, que es la necesidad de encontrar la respuesta a las preguntas: ¿Qué soy Yo? ¿Qué valor tengo? Preguntas que surgen de una fantasía innata ambivalente, que acompaña toda la vida del sujeto. Únicamente algún otro significativo, reconociendo al sujeto, puede dar la respuesta; lo que señala la dependencia del sujeto. Según la respuesta del otro, el sujeto oscila entre un polo maníaco: “Soy maravilloso. Merezco el reconocimiento incondicional de los otros.” Y un polo melancólico: “Soy despreciable, descartable. No merezco la atención de los otros.” Por un breve instante, la respuesta del otro interrumpe la oscilación; pero al poco tiempo, la duda resurge .
La Sublimación
El respeto
mutuo, adoptando algún intento cultural de sistematización del principio de
realidad, intentará modular el narcisismo mediante el respeto por el otro,
convirtiendo una estructura narcisista prepotente en otra socialmente valorada.
¿Cómo se
logra esta transformación?
En primer
lugar, se debe internalizar lo que esa cultura entiende por "portarse
bien" (sublimar) y por "portarse mal" (perversión). La
sublimación, la valoración social consecuente (la satisfacción de la NNP) y el
incremento de la autoestima que esta respuesta produce, son tres factores que
componen una escala privilegiada en el trayecto vital de la criatura humana.
Para ser reconocido positivamente debe
acomodarse a las expectativas de los otros, y para eso debe modular su estructura
narcisista y formar su Ideal del Yo.
Sublimar, es
quitar la carga hostil a las pulsiones antisociales convirtiéndolas en
pulsiones de adaptación activa y productiva. El sujeto podrá recibir por ellas
la respuesta gratificante de la valoración social que, al elevar la autoestima,
crea una agradable sensación de confianza y seguridad.
El Superyo
(los otros internalizados) dará las primeras respuestas favorables, o no, en su
función autocrítica hasta que la respuesta de los pares la confirme.
Ya vimos que
el sujeto necesita el reconocimiento positivo de los otros significativos. Para
eso realiza el esfuerzo de sublimar. La demora de la respuesta será tanto más
soportable cuanto más sólida es la confianza y la autoestima; en otras
palabras, si las series complementarias han permitido aprender a esperar y
disfrutar de una respuesta cariñosa posible del otro y ha desvanecido ilusiones
imposibles. En esto consiste la fuerza del Yo.
La fortaleza
yoica enfrenta un serio examen: realizar el esfuerzo, esperar el resultado y
disfrutar de una realidad posible, renunciando a sueños imposibles. Aprobar
este examen es un logro que implica un equilibrio integrado por el Super-yo, el
Ideal del Yo y un ambiente social que permite y favorece ese equilibrio.
Evitar el
retorno de lo reprimido no es fácil. La hostilidad destructiva siempre se
encuentra agazapada, esperando la debilidad de las contracargas yoicas para actuar.
La frustración puede fácilmente tomar un incremento traumático y virar una
frágil adaptación social, regresivamente, hacia la patología.
El esfuerzo
que implica modular la estructura narcisista con la preocupación y el respeto
hacia el otro, espera su respuesta. Como si el sujeto supiera que esa
adaptación es bastante frágil y precaria, necesita la respuesta positiva y
constante que alimente un circuito benigno que le permita seguir controlando
los impulsos hostiles con seguridad y confianza, evitando así un círculo vicioso
de ansiedad y rabia.
No es
posible adquirir una identidad yoica que pueda prescindir de la respuesta
social positiva y gratificante.
El Principio
de Placer no contempla esfuerzo alguno. La criatura humana tampoco se somete
fácilmente al Principio de Realidad, por más que su vigencia es una exigencia
de la pulsión de autoconservación. Así, la necesidad de convivir en sociedad
con otros semejantes, impuso la sublimación que creó la cultura, sistematizando
al Principio de Realidad.
La Autoestima - El Sentimiento De Sí
La
autoestima es la medida en que la estructura narcisista se siente gratificada,
y es un importante parámetro en el camino de la salud mental. Esta medida,
modulada por las series complementarias, se convierte en el patrón de la
confianza y la seguridad del sujeto en sí mismo y en los demás.
Para un buen
equilibrio psíquico, para la salud mental, la autoestima debe tener determinada
magnitud. Esto significa que es imprescindible obtener determinada cantidad de
gratificaciones narcisistas, reconocimientos positivos del objeto significativo
y del grupo de pares, anticipados por su representante internalizado, el
Super-yo.
Salud mental
implica también cierta dosis de cautela dentro de un criterio de realidad
compartido por el grupo comunitario, que es lo que intenta imponer el principio
de realidad.
El aumento
de la autoestima es la meta de las sublimaciones.
El Yo se
somete al Ideal del Yo reprimiendo lo que éste considere inconveniente,
perverso o malo. Así se forma un Ideal reprimido, prohibido. Podríamos llamarlo
Ideal del Ello. Puede tomar el mando de la conducta, esto puede ser momentáneo
o estructurar un Ideal del Yo perverso. El narcisismo perverso está normalmente
reprimido en el Inconsciente.
La
autoestima se eleva con el cumplimiento de cualquiera de los dos ideales. La
diferencia está en sus consecuencias, internas y externas. Y las licencias
culturales contenidas en el Ideal del Yo pueden borrar límites, ya de por sí bastante
imprecisos entre el bien y el mal.
Por
presiones internas y externas, el Super-yo se ve obligado a incluir en las
normas del Ideal del Yo ciertas "licencias" culturales. La
experiencia indicará el lugar, el momento y el destinatario para estas
"actuaciones" impunes, fácilmente negadas, desmentidas y proyectadas.
Al disminuir
la autoestima disminuye también la confianza, se genera ansiedad y odio. Si el
odio supera la barrera del miedo, suele presentarse la violencia destructiva.
En cambio, si el miedo inhibe moderadamente la hostilidad, puede impulsar
cambios positivos.
Es así como
acentuando la importancia de la respuesta del otro semejante se resalta la
dependencia del sujeto para mantener un saludable nivel de autoestima.
Aclarada la importancia terapéutica de la gratificación narcisista, debemos sin
embargo recalcar que es la herida narcisista y la ansiedad que ésta produce lo que estructura una instancia tan imprescindible
como el Super-yo. Esto significa que es el complejo de castración el motor de
la elaboración del Complejo de Edipo. Idea cercana a la afirmación de la
escuela kleiniana, donde la culpa es el motor de la reparación.
Aquél Deseo Infantil Jamás Abandonado
El terror al
rechazo, presente en toda criatura humana, crea la ilusión de encontrar una
garantía contra esa posibilidad: poder conquistar a los otros cuando, dónde y
como uno quiera. Lograr ese poder. Adquirir todos los atributos que fascine a
los otros y vencer a los posibles competidores. Entonces poder elegir, poder
aceptar o rechazar. Proyectar la dependencia: son ellos los que necesitan al
sujeto.
La
indefensión de la criatura frente a la realidad y su dependencia de los otros
son frustraciones que así como impulsan el desarrollo, alimentan impulsos
destructivos o ilusiones que tergiversan la posibilidad de una convivencia
armónica.
Como no se
puede prescindir del otro pero es difícil convivir con él, se hace presente la
ilusión de la autosuficiencia omnipotente e imposible. También se genera una
susceptibilidad paranoide que lleva a una competencia despiadada: ¿quién es más
valioso? ¿quién
tiene más poder? ¿quién
es el único que merece el reconocimiento incondicional de los objetos
significativos?
La defensa
maníaca es la lucha por el poder que se desencadena en el encuentro humano.
Quién merece más derechos y quién tiene más deberes. En lo manifiesto,
disposición amable de preocupación y respeto por el otro; en lo latente,
oculto y disfrazado, el deseo de dominio, de ser el único, el mejor, el más
grande, etc, etc, etc.
Ambas
facetas son aspectos de la estructura narcisista: lo manifiesto, la estructura
modulada por el Yo social consciente; lo latente, el producto del Ello prepotente.
El enamorado
confía en que el objeto de su amor dará la respuesta positiva esperada y no
tomará las muestras de sumisión, respeto y cariño como señales de debilidad,
para aprovecharse de ellas, sometiéndolo. Sospecha que fácilmente invade a las
parejas tras un tiempo. Justificada entonces la lucha por el poder, la
competencia narcisista puede dar rienda suelta al genio creador del sadismo de
los participantes. Mientras que la descarga de hostilidad es placentera, la
sublimación es un esfuerzo.
La
convivencia es difícil porque la presión del narcisismo arrogante y soberbio
tiende a aprovecharse del otro significativo en cuanto las circunstancias lo
permiten, colocando en inferioridad de condiciones al que se entrega confiado.
Lo que convierte a la desconfianza en una actitud lógica y conveniente.
En el
lenguaje analógico, se manifiesta con mayor o menor intensidad el deseo
infantil narcisista nunca abandonado, permitiendo así por esta vía el acceso
al Inconsciente.
El deseo
infantil, el mismo socio capitalista del sueño, es la pretensión de que el otro
debe estar a mi disposición en forma incondicional. Este deseo presiona desde
el Ello burlando, cuando puede, el control de la conciencia.
A través del
lenguaje analógico transmitimos el deseo al receptor (interlocutor) que
desempeñe tal o cual rol en el vínculo, reconociéndolo como amigo, enemigo,
amante, hermano, padre, amo, esclavo, etc. El otro lo puede aceptar o rechazar.
Al mismo tiempo, el receptor también actúa de emisor proponiendo su deseo,
produciéndose una "lucha por el poder": quién consigue imponer al
otro su definición de sí y del otro, de cómo el sujeto pretende que el otro
gratifique su estructura narcisista en ese momento.
Cuando la
ansiedad que ese juego despierta eleva un poco la eutimia, lo convierte en un
agradable deporte, pero en determinadas circunstancias el miedo al rechazo y a
la marginación (significantes privilegiados del complejo de castración) pueden
aumentar la intensidad del juego convirtiendo la lucha por el poder[1]
en un campo de batalla, fértil terreno de la patología.
El círculo
vicioso de hostilidad-ansiedad conduce a sus víctimas a un agotador infierno
del cual difícilmente conocen las causas, mientras vanos intentos
racionalizadores hunden más profundamente el problema.
Narcisismo perverso - Narcisismo sublimado
Una
estructura narcisista sublimada (¿normal?) se preocupa y respeta al otro,
produce pulsiones de un amor compartido y tolera el esfuerzo de aprender a
hacerse querer a través de la sublimación. Un anhelado logro.
La
estructura narcisista perversa es la que pretende usar al otro, despreciarlo,
someterlo o aniquilarlo. La gratificación narcisista de hacerse querer se ha
convertido en la necesidad de hacerse temer.
Durante la
elaboración del complejo de Edipo, durante la elaboración del carácter del
sujeto, no podemos llamar patología a lo que no puede ser de otro modo. En el adulto
en cambio, entendemos como normal aquella estructura que ha sido modulada con
el respeto a la necesidad del otro; estructura que tiende a una convivencia
social armónica y busca satisfacer su NNP a través de la sublimación. Un
postulado cultural, que tiende al ideal kleiniano de compartir y colaborar con
el otro. Los pilares de la estructura narcisista se apoyan en el sujeto y en
los otros. La dinámica de esa estructura oscila entre la normalidad y la
patología en un tiempo variable. Como tal, puede ser normal en un momento y
patológico en otro.
El
sometimiento del otro, su aniquilamiento en la guerra, son pautas culturales
valoradas por el consenso social, lo que demuestra la alienación de la cultura.
Pero al mismo tiempo cuestiona lo que
aquí entendemos como normal. Quizás sea sólo una simple utopía teórica, un
disfraz elegante de una naturaleza humana que no justifica su arrogante orgullo.
La Estructura Narcisista En La Neurosis Y En La
Psicosis
"La etiología común a la explosión de una psiconeurosis
o una psicosis es siempre la privación, el incumplimiento de uno de aquellos deseos
infantiles jamás dominados[2],
que tan hondamente arraigan en nuestra organización, determinadas por la
filogenia."[]"El efecto patógeno depende de que el Yo permanezca fiel
en este conflicto a su dependencia del mundo exterior, e intente amordazar al
Ello, o que, por el contrario, se deje dominar por el Ello, y arrancar así de
la realidad."[3]
Es
inevitable en las ciencias humanas tolerar un grado relativamente alto de
ambigüedad, imposible de precisar. El metro patrón con el que medimos la veracidad
de los conceptos, como cualquier conducta nuestra o ajena, es un derivado o
significante del bien o del mal, símbolos, causas y consecuencias de lo que en
otro nivel entendemos por amor y odio. Estos conceptos, que intentan señalar
lo útil y lo conveniente, muchas veces ocultan las supuestamente prohibidas
intenciones de una estructura narcisista que pretende, con desagradable
insistencia, un amor incondicional imposible por parte de sus semejantes. Ese
es el deseo infantil jamás dominado del que nos habla Freud, cuya privación
puede abrir el camino de la patología a menos que aprendamos a realizar esa
modificación aloplástica que nos permite superar la privación. Obtener la gratificación
narcisista, el respeto y la valoración del otro semejante a través de la
sublimación y dentro de lo posible.
¿Qué
significa esto metapsicológicamente hablando?
La herida
narcisista incrementa regresivamente los impulsos prohibidos antisociales,
perversos, que presionan constantemente desde el Ello. El Yo obedece los mandatos del Super-yo, pero no
puede evitar el incremento del viejo conflicto, entre el narcisismo que no
quiere renunciar al principio del placer y la necesidad de someterlo a alguna
sistematización del principio de realidad, ya que las contracargas yoicas, los
recursos yoicos para mantener la represión, también se hallan debilitadas por
la privación.
"Las neurosis
de transferencia nacen a consecuencia de la negativa del Yo a acoger una
poderosa tendencia instintiva dominante en el Ello y procurar su descarga
motora, o a dar por bueno el objeto hacia el cual aparece orientada tal
tendencia. El Yo se defiende entonces de la misma por medio del mecanismo de la
represión; pero lo reprimido se rebela contra ese destino y se procura, por
caminos sobre los cuales no ejerce el Yo poder alguno, una satisfacción
sustitutiva -el síntoma- que se impone al Yo como una transacción; el Yo
encuentra alterada y amenazada su unidad por tal intrusión y continúa luchando
contra el síntoma, como antes contra la tendencia instintiva reprimida, y de
todo esto resulta el cuadro patológico de la neurosis. No puede objetarse que
al proceder el Yo a la represión obedece en el fondo los mandatos del Super-yo,
los cuales proceden a su vez de aquellas influencias del mundo exterior que se
han creado una representación en el Super-yo. Siempre resultará que el Yo se ha
puesto al lado de estos poderes, cuyas exigencias tienen más fuerza para él que
las exigencias instintivas del Ello, siendo él mismo el poder que impone la
represión en contra de aquellos elementos del Ello, y la afirma por medio de la
contracarga de la resistencia. Así pues, el Yo ha entrado en conflicto con el
Ello en servicio del Super-yo y de la realidad. Tal es la situación en todas
las neurosis de transferencia."[4]
El Yo intenta defenderse por medio de la represión. Lo que
se reprime pasa a formar parte del Ello en el Inconsciente. La presión que
ejerce este material reprimido por salir, puede obligar al Yo a efectuar una
transacción, una satisfacción sustitutiva: el síntoma.
Aún así, el Yo seguirá luchando contra lo reprimido por
medio de la proyección, la racionalización, la negación, etc. De este
conflicto surgen los distintos cuadros patológicos.
"Llamamos normal o 'sana' una conducta que reúne
determinados caracteres de ambas reacciones (la neurótica y la psicótica);
esto es, que no niega la realidad, al igual que la neurosis, pero se esfuerza
en transformarla, como en las psicosis. Esta conducta normal y adecuada conduce
naturalmente a una labor manifiesta sobre el mundo exterior y no se contenta,
como en la psicosis, con la producción de manifestaciones internas; no es
autoplástica sino aloplástica."[5]
Si la
conducta normal es la que, intentando someterse a las normas internalizadas,
reprime los impulsos con los que un narcisismo perverso intenta seguir el
camino del odio antisocial, será la herida narcisista, al fortalecer los
impulsos reprimidos, la que intentará la expresión fáctica de los impulsos
prohibidos a través de la transacción dialéctica del síntoma.
En la psicosis: la revolución que Freud
provocó en la psiquiatría de su tiempo señaló que entre salud y enfermedad hay
sólo una diferencia de grado y que el aparato psíquico es el mismo. Idénticos
mecanismos producen los saltos cualitativos que separan una discutida
normalidad de lo que llamamos caracteropatías, perversiones, neurosis y
psicosis. Los límites entre estos cuadros clínicos que permitirían una clara
distinción entre uno y otro, son altamente imprecisos. Para estudiar la
psicosis deberíamos diferenciar un momento psicótico, paradojalmente normal,
momento de alienación inevitable en la cotidianeidad de todo sujeto, de lo que
solemos llamar estructura psicótica.
"En ambas afecciones, la neurosis y la psicosis, se
desarrolla no sólo una pérdida de la realidad sino también una sustitución de
la realidad."[6]
Podemos
plantearnos ciertos interrogantes:
El factor
temporal, ¿compite con una variable cualitativa para diferenciar la neurosis de
la psicosis? ¿Podemos hablar de un salto cualitativo? Es evidente que cualquier
síntoma altera la comunicación con los pares y la lectura de la realidad. En
proporción inversa al beneficio secundario que un síntoma logre instrumentar,
se va a incrementar el círculo vicioso de ansiedad-hostilidad.
¿Es la psicosis un salto cualitativo de
un equilibrio adaptativo social frágil e inestable, único posible (la neurosis)
a un angustiante y rabioso baluarte de protesta?
¿Podemos
agregar que en el fondo de toda criatura humana está la necesidad de ser
respetada y valorada? Una gratificación narcisista cuya necesidad ni la
psicosis puede eliminar; pero que ninguna actitud psicótica pareciera señalar.
Correo del Autor:
fredi@pccp.com.ar
[1] En una pareja se
compite para definir quién tiene mas derechos a recibir gratificaciones
narcisistas (el reconocimiento positivo en forma de sumisas muestras de cariño)
y quién tiene el deber de otorgarlas.
[2] para convivir en un grupo, en muchos de
sus miembros la represión tiende y logra de alguna manera dominar el deseo de
someter a los otros, por lo que podemos
pensar que ese deseo nunca es abandonado, pero puede ser dominado.
[3] Freud 1924 Neurosis
y Psicosis BN T VII pág 2743
[4] Freud 1924 Neurosis
y Psicosis BN T VII pág 2742
[5] Freud 1924 La
Pérdida de la Realidad en la Neurosis y en la Psicosis BN T VII pág 2746
[6] Freud 1924 La
Pérdida de la Realidad en la Neurosis y en la Psicosis. BN T VII pág 2747
© elSigma.com - Todos los derechos reservados



















