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La adolescencia y sus excesos

10/09/2005- Por Roberto Ileyassoff - Realizar Consulta

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El púber “no elige” su modalidad de goce, sino que es más bien al revés. La modalidad de goce “lo elige a él“ y la posibilidad de invención sólo aparece cuando él logra saber hacer con su propio estrecho margen de libertad. Esta es la tesis de esta presentación. Efectivamente, la modalidad de goce no se elige, sino más bien al revés, pero donde sí hay margen de libertad para la elección es en la posición subjetiva con respecto a la modalidad de goce que tiene cada sujeto -púber o no-. Para que esto ocurra, dicha posición subjetiva frente a la modalidad de goce deberá hacerse síntoma.

Ensayo de psicoanálisis aplicado a la terapéutica

1.   Saber-hacer con su síntoma

La tarea mayor del así llamado adolescente, es construirse un semblante altamente idiosincrásico que le permita hacer que su vida pueda ser vivida. Este semblante le permitirá hacer lazo social, le otorgará unicidad, continuidad temporal y le dará la posibilidad de ser reconocido por los que él reconoce como válidos para reconocerlo.

En el tratamiento psicoanalítico de los que adolecen los cambios de posición subjetiva, a lo que los lleva su pubertad, es difícil  evitar  toparse con la temática de la singularidad de su modalidad de goce y del escaso margen de libertad para la invención que ella deja al sujeto.   

La pubertad es del orden de lo real -un cambio corporal- y la adolescencia es un conjunto de reacciones del sujeto frente a este cambio, con las consiguientes repercusiones en la modalidad de goce. Cuanto más se le respeta el estrecho margen de libertad, más se le amplía la posibilidad de producción e invención dentro del mismo.

Lo que puede experimentarse del goce, en el momento de adolecer la pubertad, puede asumir la forma de cierto retorno a sí mismo, un volver en sí, luego de haber estado -y quizás sólo por haber estado- en un lugar donde no se puede sostener “aquí estoy”.[1]

Cuando este retorno no está velado por un cifrado adquirido en la edad de la latencia, esto puede ser muy doloroso y/o muy ruidoso, justificándose así el poder hablar de adolecer la pubertad. El fin de esta adolescencia está marcado por el  logro de un cierto acuerdo con la propia modalidad de goce.

El púber “no elige” su modalidad de goce, sino que es más bien al revés. La modalidad de goce “lo elige a él“ y la posibilidad de invención sólo aparece cuando él logra saber hacer con su propio estrecho margen de libertad. Esta es la tesis de esta presentación.

Efectivamente, la modalidad de goce no se elige, sino más bien al revés, pero donde sí hay margen de libertad para la elección es en la posición subjetiva con respecto a la modalidad de goce que tiene cada sujeto -púber o no-. Para que esto ocurra, dicha posición subjetiva frente a la modalidad de goce deberá  hacerse síntoma.

2.       La dirección de un sujeto

Freud [2]descubrió que la sexualidad es anterior a la pubertad y que, ésta última, es un retorno de un sexual, fundamentalmente, organizado fuera de la diferencia de sexos. Vale decir, organizado desde una disyunción -“no hay  formula de escritura de la relación sexual”- que, luego, se  fija de acuerdo a las contingencias de la historia vital y de la predisposición a seguir cierto “tipo libidinal”.

Que esto se realice por fuera de un programa igual para todos, vale decir dentro de un programa distinto para cada uno, no quiere decir que esa modalidad no tenga un núcleo igual a sí mismo para cada cual a través de aparentes transformaciones[3]  sucesivas a lo largo del tiempo.

De este modo, el sujeto se encuentra enfrentado a una modalidad de goce ya programada que le es absolutamente, íntima y, a la vez, extraña, lo cual le puede hacer adolecer su pubertad con un tono siniestro cuando se ve obligado a gozar, conforme a los ideales, sin relación con la causa de su deseo apresada en su fantasma –aunque todavía no lo tenga subjetivado-. Esto no ocurre solamente en el encuentro sexual, sino también en la experiencia masturbatoria.

Por otro lado, si la modalidad de goce no choca con los ideales, a veces, se puede producir un buen encuentro entre goce, sensualidad y amor lográndose, así, inventar algo parecido a una felicidad.

La modalidad de goce de un sujeto no tiene un porqué: ella misma es un porqué.

Las afirmaciones referidas a la posibilidad de elección del sujeto, siempre plantean cierto debate, por todas las dependencias que el sujeto mismo tiene: entre ellas la de su propio posicionamiento subjetivo.

“El padre (sólo) interviene para mantener la répression, en el justo medio _´me-dios´_, la versión que le es propia…, única garantía de su función de padre, la cual es la función del síntoma”. (Lacan, Seminario “RSI”, Clase del 21/1/75 - El agregado del término “sólo”, entre paréntesis, es propio).

Se podría afirmar que cuando en un psicoanálisis se arriba a lo que ya no tiene un  porqué, es porque se ha llegado a la modalidad de goce, es decir a lo que le da dirección al sujeto, a lo que lo “vectorializa”, y -por qué no- a lo que le da un  “sentido”. [4]

Esto le permite apartarse de una ilusión de libertad enloquecedora esterilizante de su posibilidad de producción e invención, colocándolo en una lógica peculiar: la de las pulsiones, vale decir, la de lo que el sujeto no puede impedir que lo satisfaga. En otras palabras, lo coloca en la lógica del síntoma como nudo entre  real y semblante, única excepción de la antinomia entre real y sentido.

El síntoma como sentido en lo real, como mentira en lo real o como real en lo simbólico, es el modo con que el psicoanálisis puede tener que ver con un real que incluya a la mentira y a la equivocación, es decir al sentido, y operar con ellos. Si el psicoanálisis no apuntara en esta dirección, sería un fraude.

Ese real en lo simbólico es el síntoma[5]. El síntoma es la brújula de la modalidad de goce, la que, a su vez, es punto clave en el tratamiento a cualquier edad. El hecho de que el adolescente esté bien cerca del goce, lo hace más permeable a la problemática del mismo: tanto para su bien como para su mal, tanto como para ser prudente como para poder hacer avanzar un análisis.

3.       Un imposible necesario

Cada sujeto no goza de treinta y seis maneras, sino más bien de sólo una… (Por supuesto, que en tanto que existen más de treinta y seis  sujetos, existen más de treinta y seis maneras de gozar).

Es necesario que, para cada sujeto (lo sepa o no, lo quiera saber o no), haya una modalidad imposible que lo estructure y le dé marco a la modalidad posible; una que lo oriente en un sentido determinado y que lo ampare de las contingencias que le hagan perder su identidad diferencial, su continuidad, su unicidad y su posibilidad de usar todo esto para hacerse reconocer en el lazo social[6].

Si bien esto hace que el margen de libertad del sujeto se estreche notablemente, también hace que su posibilidad de inventiva, para saber lidiar oportunamente con sus potencialidades vitales, se amplíe en forma directamente proporcional a ese estrechamiento. Dicha modalidad aparece mucho antes de la pubertad y, a lo largo de la historia del sujeto, va adquiriendo distintas versiones.

La pubertad y la adolescencia ofrecen un momento privilegiado, tanto para cierta renovación y reinicio, como para empezar a aceptar las limitaciones de la vida: tanto para él, como para sus padres (o quien se interese por él). Entonces, ¿es sólo necesario imponerle límites al adolescente o, simplemente, hace falta ayudarlo a lidiar con sus límites de una manera donde inventiva y rutina estén bien equilibradas? ¿Es preciso unir u oponer la satisfacción a la ley?

Frente a la pregunta sobre la puesta de límites a los adolescentes, la respuesta es que con ellos el analista pueda construir un lazo con el sujeto, donde se ponga en juego algo de la satisfacción y no de la pura prohibición. Ahí donde hay modalidad de satisfacción, hay modalidad de goce.

Muchas veces, los padres piensan como crucial en la vida de su hijo adolescente el haberle puesto o no haberle puesto límites a sus pretensiones de satisfacción: ¡Hay satisfacciones y satisfacciones! Las hay consideradas nocivas y las hay consideradas más constructivas. Por supuesto que los límites se refieren a las consideradas nocivas. Poner límites siempre fue considerado como prohibir una satisfacción nociva, pero es necesario aclarar que, muchas veces, el adolescente ya sabe lo que está prohibido y le hace mal, y su problema es no poder detenerse, lo cual no hace más que aumentar su culpa y su aislamiento. En realidad, esto podría pasarle a cualquier sujeto, más allá de su edad.

Frecuentemente, se pone el acento sólo en la instrucción y en la necesidad de que los padres conozcan y limiten las satisfacciones nocivas o “excesos” de sus hijos adolescentes ¡Esto parece imprescindible, pero no es suficiente! Sería necesario, además, intentar lograr que el adolescente consienta subjetivamente las prohibiciones y pueda, así, renunciar efectivamente a los excesos. Para lograr esto sería importante puntualizar la necesidad de hacer emerger en él  otro sistema de satisfacción que sea mejor opción que la satisfacción excesiva. Además, de esta manera, se trataría de verificar que el único modo de suprimir o reprimir una satisfacción, es reemplazarla por otra.

Las satisfacciones sustitutivas funcionan para el hijo como el límite natural para dichos excesos al provocar temor a la pérdida, tal cual ya le ocurrió en su encrucijada familiar temprana -la que dio inicio a la edad de la latencia- cuando se vio confrontado a elegir entre la satisfacción del amor incestuoso y la satisfacción del interés narcisista por una importantísima parte de su cuerpo amenazada por la castración[7]. Los padres más obedecidos son los que dieron amor y satisfacción a sus hijos, sin dejar de poner al mismo tiempo un tope a esa misma satisfacción, logrando así ponerlos en posición de tener algo que perder –algo para tener miedo de perder-.

¿No será que cuando los padres se dedican a poner límites y prohibir, y no pasan previamente por esa fase de satisfacción de sus hijos, éstos caen en no tener miedo a nada, por no tener nada que perder, como todos los marginales de la sociedad?

A partir de los Escritos de Lacan[8], se puede decir que la función del padre es la de unir un deseo a la ley, con respecto a la satisfacción, y no la de oponerse a ella, limitarla o prohibirla.

En otras palabras, crear en el adolescente una satisfacción con respecto a vivir en la ley tanto o más fuerte, que la satisfacción de vivir fuera de ésta. Vivir en la ley sería poder ubicarse con respecto a cuál es su lugar en el mundo, cómo enfrentar una posición sexuada y qué conducta hacerse frente a las satisfacciones que se permite.

4.       De padres e hijos

Tomemos en cuenta ahora el caso de un hijo rechazado, rechazado como hijo real pero no como hijo ideal gratificador de sus propios padres. Ellos esperan de él que los llene de satisfacciones y no se molestan en satisfacerlo. Cualquier pedido real del hijo les molesta, pretenden darle lo que no pide y no entienden lo que éste reclama entre líneas. Vale decir que lo toman en cuenta como una parte de sí mismos y no como a otro. Así, este hijo es exigido como si fuera un Papá Noel; lo cual, no hace más que dejarlo huérfano.

Este primer caso puede contraponerse a otro donde los padres buscan pequeños detalles que gratifiquen la sensualidad de su hijo,  mostrándose limitados en la posibilidad de darle todo lo que pide. De este modo, alejándolo de la creencia en la omnipotencia de la satisfacción, logran atemperar sus “excesos”.

Cuando el psicoanalista quiere producir un efecto terapéutico, debe construir un lazo con el sujeto donde se ponga en juego algo de la satisfacción y no de la pura prohibición. Esto choca con el apuro y la ansiedad de los padres que le piden que ponga los “límites” inmediatamente, sin tener que recurrir primero a fortalecer el amor de transferencia.                                                                                                   

Esto último, supone pasar por la sustitución de la adicción a la satisfacción “excesiva” por la adicción al otro, vale decir al analista en tanto objeto de amor. Para impedir que esto se convierta simplemente en una “cura por amor”, es necesario hacer intervenir el deseo del analista y su ética.

Finalmente, es necesario señalar que tanto los padres como los hijos y los psicoanalistas deben atenerse, dócilmente, al verdadero límite: las imposibilidades de estructura que todo sujeto tiene ¡Ninguno se salva de la castración! Es decir de alguna falta que lo caracterice. Si bien al principio no vislumbra cuál es esa falta, más tarde puede llegar a tener más certeza como para consentir subjetivamente a esa falta y poder ubicarse en la encrucijada de reconciliarse, creativamente, con su posición construyéndose así una política vital, responsabilizándose de las consecuencias de su propio modo de satisfacción.

La tarea mayor de la adolescencia se ve, fundamentalmente, dificultada cuando lo que no se elige (vale decir, la satisfacción que no se puede evitar de consumar), está en relación con una modalidad de goce que encuentra excesivo  placer en el displacer y rechaza tanto la moderación producida por el miedo a perder,  como la producida por el deseo de inventar un saber hacer oportuno. En estos casos, los lazos eróticos del afecto social, amor, no lograron hacer condescender el goce fatídicamente imperioso al deseo tolerante a la postergación y a la insatisfacción.

Buenos Aires, julio de 2005.

 

[1] Este párrafo es una cita de J. A. Miller (Clase 14 de Naturaleza de los semblantes) a la que le agregué lo referente al momento de adolecer la pubertad

[2] Recordemos ahora al Freud de “Tres ensayos acerca de una teoría sexual”: ”La experiencia adquirida en la observación… nos enseña que entre el instinto sexual y el objeto sexual existe una soldadura (solución de continuidad) cuya percepción puede escaparnos en la vida sexual normal, en la cual el instinto parece traer consigo su objeto. Se nos indica así la necesidad de disociar hasta cierto punto en nuestras reflexiones el instinto y el objeto (...) El hecho de que la elección de objeto se realice en dos períodos separados por el de latencia, es de gran importancia en cuanto a la génesis de ulteriores trastornos del estado definitivo. Los resultados de la elección infantil de objeto alcanzan hasta épocas muy posteriores, pues conservan intacto su peculiar carácter o experimentan en la pubertad una renovación”.

[3] En cuanto a transformaciones recordemos ahora al Lacan del Seminario 13, clase del 13/3/66,  cuando se refiere a la constante de Euler-Poincaré: ”la esfera y todo lo que le es homólogo, a saber… todos los poliedros que ustedes conocen pueden inscribirse ahí, porque cualquiera sea la complicación de estos poliedros, son homólogos a una esfera. Si ustedes hacen un tetraedro en el interior de la esfera verán que no es de naturaleza esencialmente diferente, no hay más que soplar en el tetraedro lo bastante fuerte para que se vuelva esférico”.

[4] En cuanto a la temática del sentido y de la orientación en psicoanálisis, recordemos al Lacan  de  los apuntes del Seminario 12, clase del 20/1/65: ”Es importante captar que aún en este nivel radical tan simple como posible… en la función del lenguaje, tratamos con una realidad orientable” (…) ”¿de qué naturaleza de superficie es ella?” (…) ”en razón de ese fenómeno… los recorridos que se hacen allí son ubicables” (...) ”De no considerar más que las propiedades internas de la superficie, hay una derecha y una izquierda de un trazado…; un puro trazado de discurso es ubicable que una cosa es levógira o dextrógira” (…) “Independientemente del fenómeno de espejo, en la superficie no se mira. Es conocida la posibilidad de que las cosas giren en un sentido,…giren en el mismo sentido…o puede hacerse que lo que puede girar allí en un sentido, pueda girar en un sentido contrario: es lo que nos permite abordar ese algo alrededor de lo cual gira la dificultad y los tropiezos de la teoría analítica”.

[5] Paráfrasis de Clase 3 del curso J. A. Miller del 29/11/2001.

[6] “Una parte de la autoestima es primaria: el residuo del narcisismo infantil; otra procede de la omnipotencia confirmada por la experiencia (del cumplimiento del ideal); y una tercera, de la satisfacción de la libido objetal” (Ver  S. Freud, 1914, “Introducción del narcisismo”)

[7] S. Freud, 1924, “El ocaso del complejo de Edipo”.

[8] J. Lacan,  “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo” en Escritos

 


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