» Introducción al Psicoanálisis
La competencia narcisista15/12/2008- Por Manfredo Teicher - Realizar Consulta
La fantasía es un arriesgado terreno muy útil como defensa pero resulta muy peligroso cuando atrapa al sujeto fascinado y encandilado con la magia que es capaz de realizar. La fantasía compite con la realidad, tan imprescindible como aquella para conservar una frágil y delicada salud mental. En el centro de la escena social se encuentra la competencia narcisista, una lucha por el poder de todos contra todos. Encontramos importantes variaciones de ese “deporte” en la lucha de clases, conformando religiones que rinden culto a padres ideales, o en sagradas soberanías nacionales representando madres ideales, excelentes excusas para el juego de la guerra. Nos acompaña un eterno conflicto heredado de la filogenia: el deseo de usar al otro, convertido en objeto significativo, cómo, cuándo y dónde se nos antoja; y la necesidad de convivir con él (que desea lo mismo). Como transacción dialéctica surgieron las normas culturales donde la prohibición del incesto y del homicidio puso las bases de una legislación que incluye en su motivación altos ideales utópicos de Libertad, Igualdad y Fraternidad. La historia de la humanidad obliga a pensar que nuestros ideales pretenden modificar una naturaleza que insiste en oponerse a que la utopía se concrete. Seguiremos proyectándolos en un hermoso futuro mientras felices fantasías nos permiten disfrutarlos soñando con mundos quizás imposibles; mientras compiten con otras fantasías, no tan felices, de un cercano Apocalipsis.
La fantasía es un arriesgado terreno muy útil como defensa pero resulta muy peligroso cuando atrapa al sujeto fascinado y encandilado con la magia que es capaz de realizar. La fantasía compite con la realidad, tan imprescindible como aquella para conservar una frágil y delicada salud mental.
En el centro de la escena social se encuentra la competencia narcisista, una lucha por el poder de todos contra todos.
Encontramos importantes variaciones de ese “deporte” en la lucha de clases, conformando religiones que rinden culto a padres ideales, o en sagradas soberanías nacionales representando madres ideales, excelentes excusas para el juego de la guerra.
Nos acompaña un eterno conflicto heredado de la filogenia: el deseo de usar al otro, convertido en objeto significativo, cómo, cuándo y dónde se nos antoja; y la necesidad de convivir con él (que desea lo mismo). Como transacción dialéctica surgieron las normas culturales donde la prohibición del incesto y del homicidio puso las bases de una legislación que incluye en su motivación altos ideales utópicos de Libertad, Igualdad y Fraternidad.
La historia de la humanidad obliga a pensar que nuestros ideales pretenden modificar una naturaleza que insiste en oponerse a que la utopía se concrete. Seguiremos proyectándolos en un hermoso futuro mientras felices fantasías nos permiten disfrutarlos soñando con mundos quizás imposibles; mientras compiten con otras fantasías, no tan felices, de un cercano Apocalipsis.
La retribución de la naturaleza al trabajo de la reproducción es un intenso placer cuya búsqueda es suficiente aliciente para su realización. La conveniente solidaridad con los otros no recibe la misma recompensa y el placer que obtiene, cuando lo obtiene, es llamativamente menor que un ataque de furia destructiva.
El miedo a la soledad, al desprecio y al desamparo, nos lleva a elaborar el Complejo de Edipo y a someternos a la cultura. Pretendemos integrarnos en algún grupo de pertenencia donde buscamos el reconocimiento de otros semejantes para sentirnos humanos. En el grupo, la identificación entre los miembros ayuda a superar el miedo. Se crean hábitos, adornos o uniformes que eliminan las diferencias, elevando a los miembros a la categoría de "Señores" con derecho divino, con lo que se intenta recuperar un narcisismo perverso, ahora diluido en el grupo.
La ilusión de la omnipotencia de un grupo, diluye los controles sociales necesarios y permite descargar las tensiones acumuladas en la guerra, pudiendo hacerlo en la competencia deportiva. La guerra, al permitir mayor destrucción y crueldad parece satisfacer una necesidad que no debería alentar el orgullo de nuestra especie.
Que la manifestación patológica de la hostilidad se limite en su exteriorización contra los miembros de otro grupo y a duras penas se mantenga controlada dentro del grupo de pertenencia, es un esforzado logro no muy habitual ni duradero; lo que convierte en utopía la pretensión de una Justicia Social para la especie.
Es nuestra conducta cultural y no nuestro discurso cultural, la que delata nuestras intenciones. El juego “Fort-Da” se convierte en el juego “Up-Down” (estar por encima – estar por debajo), que aparece en todo encuentro (la competencia narcisista)
En un vínculo, la competencia narcisista es la versión actual y momentánea de las series complementarias (de la historia personal de los miembros del vínculo), de cómo ha evolucionado la “pulsión de dominio” (Bemächtigungstrieb) en ellos. El amplio espectro en que puede presentarse la competencia narcisista en determinado vínculo (sea individual o grupal) va desde que uno cede y se somete incondicionalmente al otro, hasta que uno somete cruelmente y/o aniquila al otro (sea individuo o grupo).
Todo eso para lograr el reconocimiento deseado. O para vengarse porque se lo niega.
Esta manifestación de la competencia narcisista (de la lucha por el poder) puede variar de un momento a otro.
Su motivación puede ser la necesidad de ser reconocido como valioso, querible, con derecho a ser miembro del grupo. Y dentro del grupo, todos quieren estar arriba, lo que da derechos de distribuir deberes al resto, principalmente de tener que reconocer positivamente al que logra estar en el nivel más alto.
Pero también es un entrenamiento para el gran juego: la lucha de clases.
En la inmensa y majestuosa realidad del universo ¿qué es un sujeto humano? ¿Qué valor tiene? La respuesta a esta cuestión no satisface su anhelo narcisista de igualarse a tantos dioses que él tuvo el poder de crear. Es comprensible el artilugio al que su fantasía indomable recurre para compensar el dolor que la realidad le señala. El reconocimiento positivo de aquél otro a su vez valorado por el sujeto, eleva su autoestima lo suficiente para siquiera por un instante soportar resignado las dificultades de su muy limitada existencia.
De
Manfredo Teicher fredi@pccp.com.ar
Un paso sumamente difícil, quizás imposible.
Mientras el juego está en primera plana, pretender que el ser humano imponga la razón allí donde la pasión embota los sentidos dando una excitante muestra de sublime idiotez pero elevando la autoestima a niveles envidiables, es, no sólo inútil sino arriesgado.
Esa misma pasión está ávida por encender la hoguera para un festín diabólico que difunda por los cuatro vientos el nauseabundo aroma de carne chamuscada ofrecida como absurdo sacrificio a
Los momentos en que las condiciones están dadas para que las irracionales motivaciones de la conducta se muestren sin disfraz alguno, son varios. El enamoramiento es uno, igual que la guerra o un genocidio, a pesar del origen y la valoración tan dispar de uno y de los otros.
Guerra en medio oriente.
¿Es posible desprenderse siquiera por instantes de los inevitables prejuicios internalizados en la historia de cada uno que nos presionan para inclinar la simpatía hacia unos y el desprecio y el odio hacia los contrarios?
Ud, ¿a qué cuadro pertenece? ¿Ríver o Boca?
No olvidemos que pertenecer tiene sus privilegios. Para eso hay que adoptar, ser fiel y defender incondicionalmente la conducta grupal. Por definición, esa conducta (no importa cuál) debe ser avalada con argumentos indiscutibles que la propia inteligencia se esfuerza en expresar.
Si pudiésemos hacerlo quizás nos preguntamos ¿porqué la guerra? ¿Porqué los genocidios?
¿Por qué la locura humana, individual y social?
Escuchamos argumentos de ambos lados que justifican la conducta de unos y de otros.
Quizás ambos cometen alguna “inocente” trampita poniendo el acento en la puntuación de secuencia de hechos en el momento histórico más conveniente para su argumentación a favor de sus intereses, pero el resultado no cambia. Ambos tienen sus razones para la guerra.
En 1930, en El Malestar En
"No es fácil para los seres humanos evidentemente renunciar a satisfacer ésta su inclinación agresiva; no se sienten bien en esa renuncia. No debe menospreciarse la ventaja que brinda un círculo cultural más pequeño: ofrecer un escape a la pulsión en la hostilización a los extraños. Siempre es posible ligar en el amor a una multitud mayor de seres humanos con tal que otros queden fuera para manifestarles la agresión. En una ocasión me ocupé del fenómeno de que justamente comunidades vecinas y aun muy próximas en todos los aspectos se hostilizan y escarnecen: así españoles y portugueses, alemanes del Norte y del Sur, ingleses y escoceses, etc. Le di el nombre de "narcisismo de las pequeñas diferencias" que no aclara mucho las cosas.
…Pero quizá convenga que nos familiaricemos también con la idea de que existen dificultades inherentes a la esencia misma de la cultura e inaccesibles a cualquier intento de reforma.”
Parecería que la primera observación responde a la pregunta que sugiere la segunda.
La guerra es una excelente solución para la economía psíquica.
El Deseo se convierte en un Deber.
La satisfacción del deber cumplido evita un muy molesto sentimiento de culpa.
Lo perverso y/o psicótico se ha convertido en un acto sublimado.
Destruir al enemigo de turno merece envidiables medallas.
El instinto de conservación de la especie motiva la reproducción pero no se opone al desprecio y/o la aniquilación de los vecinos.
Es ampliamente conocido y aceptado que la pobreza y la miseria predisponen a la guerra, a los genocidios y al terrorismo.
Entonces, si se pretende la paz ¿no habría que solucionar el conflicto que plantean las diferencias de clase, tanto dentro de un grupo como entre grupos (naciones)?
Pero esas diferencias, a pesar de la enorme capacidad de adaptación del animal humano, se empecinan en resistirse a un favorable cambio.
Y “defendemos” los “Derechos Humanos”
Sí, la hipocresía es necesaria.
Hoy, la utopía ecológica reemplaza con incierto resultado a la utopía socialista. Aunque la tecnología que avanza vertiginosamente podría solucionar los problemas que impiden que esta utopía deje de serlo. En cambio el problema que plantea la lucha de clases parece imposible de resolver. El culpable del desatino del terrorismo y de la guerra es la condición humana, que no se puede cambiar. Todos los que intervienen en guerras, genocidios o actos terroristas, son criaturas humanas.
Mientras, la cultura humana insiste en su mensaje:
¡Sálvese quién pueda y como pueda!
Y no cabe duda que muchos lo logren.
© elSigma.com - Todos los derechos reservados



















