» Introducción al Psicoanálisis
La deuda que el Psicoánalisis tiene con la Histeria: ¿Es suficiente con sólo reconocerla?30/10/2004- Por Maite Fernández Soriano - Realizar Consulta
España
Como la obra de Freud se sostiene por si
misma, no preciso convencer a nadie de su valor, pero si que me parece oportuno
seguir recomendando su lectura, con un argumento muy sencillo: los libros no
son cosas fijas, que tengan un sentido válido por siempre. Más bien, los libros
son seres cambiantes, que, según la época, se interpretan de un modo o de otro.
Es más, aún en la misma época, un libro encuentra una variedad de lectores; por
algunos son vistos como supercherías, en tanto que otros los veneran como
testimonios de un conocimiento superior. Pero entonces, ¿no hay una lectura
única y correcta de los textos? Ultimamente se piensa que no, pues todo depende
del "horizonte de expectativas" que tenga el lector; es decir, cada
quien interpreta lo que lee conforme a lo que le ha enseñado su experiencia y
la visión del mundo que tenga, así que puede hablarse
de diferentes lecturas, pero no de La Lectura correcta.
A Freud, creo que hay que leerlo como a un
clásico, pues su lectura vale para todo tiempo. Su
obra tiene carácter de Gesta. El se reivindica como objetivo, decía que no
inventaba nada, sino que sólo descubría. En una nota a Ferenczi le escribe:
"He triunfado allí donde el paranoico fracasa". De todos modos, y aún
así, se podría pensar que la locura de Freud es genial.
Han
pasado 100 años desde que escribió: "ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA",
texto que sobrevive, pero habremos de aprovechar las ventajas que podemos
obtener hoy al enfrentar la apuesta de leerlo nuevamente, a la luz del paso del
tiempo. Así que intentaré ofrecer un punto de vista para que Uds. lo contrasten
con el suyo, y en él me voy a dejar
guiar por la obra de Lacan pues creo que ha sido uno de los mejores lectores de
Freud. Considero que las mejores obras no son las que pretenden ser
inmaculadas, sino las que reconocen la subjetividad que las anima.
Por
todo ello, creo que se planteará una cierta dificultad en la lectura de mi
exposición, que no es intrínseca a ella, sino que se debe al hecho de que la
experiencia analítica de Lacan, según mi criterio, le permite percibir algo
original al profundizar en la realidad fundamental del Psicoanálisis, lo cual
entraña dificultades especiales en la exposición de su teoría y requiere que de
antemano pida indulgencia a quien la lea.
Lacan
dirá que los textos de Freud son la vía regia de acceso al Inconsciente, así
pues, como al sueño a Freud se le atribuye una certidumbre, pero sabemos que lo
más importante del sueño es lo olvidado, que va a sustituir a lo reprimido, que
para analizarlo habremos de parar cuenta en la duda, y que los pensamientos que
están en su base tienen que ver con el deseo.
En un
Clásico no se puede encontrar verosimilitud. En Psicoanálisis, la Verdad
aparece como inverosímil y enigmática, por la deformación, la represión y el
olvido. El texto de Freud no tiene que ver con el mundo existencial sino con el
de los sueños, aunque apele al mundo existencial.
Es
gracias a Charcot que Freud da sus primeros pasos en la investigación de la
Histeria. Empezó fijándose en los síntomas histéricos y estudiando el poder de
la hipnosis. Con la catarsis desaparecían los síntomas, recordando una
situación de seducción en la infancia. Pero aquellas histéricas rechazaban su
elección de Neurosis, sin querer asumir el deseo sexual, poniendo su síntoma a
cuenta de la escena traumática. Antes la causa se había colocado en la
demonología y luego en las enfermedades fisiológicas. Vemos así como el
discurso de la Histeria acompaña al discurso de la época; quizá hoy corra más a
cuenta de los mecanismos de poder. De modo que el síntoma es el punto de
partida y base del Psicoanálisis, es el descubrimiento de lo que falla, lo que
lo inaugura.
La
dominante de la estructura histérica es el síntoma y el camino de Freud, la
interpretación y su deseo. El deseo de Freud es aquello que determina su manera
de sostenerse y desaparecer en el conjunto de los enunciados que llevan su
nombre. Las mujeres que él cita (Isabel de R. Emmy, etc.) son apólogos que
sostienen la construcción de ciertas figuras. Freud plantea figuras retóricas
para ilustrar lo que es la Histeria, y no la vida de alguien en concreto. Si
bien el Psicoanálisis toma a las mujeres una por una, existe la Mujer tramada
por el deseo del analista. De modo que Freud no sólo crea un método de cura,
sino también el objeto al que se dirige la cura. Crea al neurótico, a la
Histeria como la estructuración nuclear de las Neurosis y la cura del neurótico.
Freud prueba que los síntomas tienen un sentido,
así como los sueños. Plantea el pasaje del sinsentido al estatuto de la
palabra, ya que el síntoma se presenta como un signo enigmático de un conflicto
inconsciente, y ese enigma hace producir una teoría.
Sin
el conocimiento analítico de la Histeria, jamás podríamos llegar a entrever que
es lo que es el deseo. Freud sometió todo el Saber a la indeterminación de un
enigma que nos compete a todos, pues la insatisfacción está en todos los seres
humanos, así que todos seríamos
histéricos cuando el deseo se coloca en los objetos. Por eso Lacan habla del
discurso de la Histeria y con eso la saca de la Psicopatología, pues este
discurso, como modo de vínculo social, plantea a la Sociedad como un conjunto
de deseos deseándose mutuamente como deseos, y cuando se trata de deseo siempre
hay una pluralidad de deseos.
La
histérica lo que plantea es que no puede determinar el objeto de su deseo. Su
interés reside en la relación entre los personajes de su escena, pero no en los
personajes. Sostiene una relación, pero no se sitúa en ella. Se propone como un
objeto sin deseo, causando simplemente el deseo del Otro (orden del Lenguaje).
Se identifica a la falta y se queda en la falta. El Sujeto se mantiene en la
función de la Represión y como sujeto del Inconsciente, así se manifiesta en el
síntoma, que es donde está su único Goce. Sufre y lo dice, pero pide Saber. Al
ofrecer su síntoma al Saber del Otro, se ofrece ella misma como síntoma,
ofreciendo generalmente su cuerpo al reconocimiento médico, el cual siempre
resulta insuficiente.
El
tipo de demanda que realiza la histérica posibilita estructuralmente la
posición del psicoanalista, de modo que la relación entre Histeria y
Psicoanálisis tendríamos que pensarla tanto histórica como estructuralmente.
Freud
produjo con su escucha una diferencia, en la que se constituyó el
Psicoanálisis: no satisfizo la demanda de la histérica y la invitó a producir a
ella su Saber. Pero ¿Qué fue lo que le interesó a Freud de la histérica? ¿Qué
le hizo dejar sus conocimientos médicos para escucharla? ¿Qué descubrió en
ella? Nada menos que el Inconsciente, que nadie había evidenciado antes que él.
Como concepto teórico de la Filosofía ya existía, pero con la hipnosis se hizo
objeto de experiencia. Y fue por la palabra de ella que él obtuvo un Saber;
pero esto le requirió una escucha. Así que el Inconsciente implica que se lo
escuche, y Freud mismo estaba implicado en lo que ella le contaba.
Freud
inventa un Saber que responde a una ética, la del amor a la Verdad, desde su
deseo y así, es en el encuentro entre el discurso de la histérica y el deseo de
Freud que apareció el Psicoanálisis. La técnica psicoanalítica se creó con
vistas al tratamiento de la Histeria y continúa hoy aplicándose a ésta afección.
Freud nunca dudó de que los síntomas histéricos, siendo psíquicos, fueran
reductibles por la liberación de lo reprimido. De modo que a todo psicoanalista
que no ponga obstáculos a la liberación de la verdad del sujeto, cada histérico
e histérica sabe todavía hoy abrirle camino a los misterios del Psicoanálisis
freudiano.
En la
Histérica el Saber existe, ella dice que no sabe, pero confía en el Saber,
desconociendo que está en ella. En ese saber va a emerger la sexualidad y no
por azar, ya que en el fondo el saber inconsciente es un saber sobre el sexo,
pero la sexualidad no es la genitalidad. Ya en los "ESTUDIOS SOBRE LA
HISTERIA" Freud descubre que tras el síntoma histérico hay goce, hay un
saber y ese saber está erotizado. Ella Sabe que el deseo no se define por la
satisfacción.
Lo
verdadero o verosímil está en el discurso, pero la verdad está en los
intersicios del discurso, así como lo Real y la femineidad. La Verdad
inconsciente de que el deseo nunca puede ser satisfecho asoma a través de la
queja de la histérica y de su síntoma, que se resiste a abandonar. Ella encarna
esa Verdad, pero es demasiado inconsciente para asumirla, no se acerca a la
Verdad para asumirla, sino para reprocharla. Su discurso denuncia al Otro como
responsable de que no exista relación sexual, pues el falo es el único
significante (masculino), que significa tanto al hombre como a la mujer,
naciendo de una disimetría fundamental y que hace que toda relación esté
marcada por la mascarada (los papeles que se atribuyen al Sujeto en el plano
del Lenguaje y la vida social) que intenta camuflar la falta de ser (condición
de existencia del Sujeto separado del complemento materno). Ella no se resigna
a no tener un significante que la
represente, de ahí su insistencia en la pregunta sobre qué es y qué quiere la
mujer.
Frente
al goce de la angustia y del síntoma, Freud le propuso el goce fálico: ¡Hable!
El goce fálico pone fe en la palabra y en que sólo hablando puede descubrir la
verdad sobre su deseo. La clínica freudiana es fálica, pero reducirlo todo al
falo tiene un tope, pues hay un saber que no se sabe. La "solución"
psicoanalítica que Freud le propone a Irma en el análisis de su sueño le
devuelve a la mujer su palabra, pero en una nota a pie de página del texto de
ese análisis, él mismo dirá que la interpretación también tiene un tope, que
todo sueño tiene un fragmento inexcrutable, como un cordón umbilical por el que
se haya unido a lo incognoscible. Punto de imposibilidad, registro de lo Real,
que aparecerá nombrado como el enigma del deseo de la mujer, lo infinito o el
empuje pulsional, núcleo que resiste a la interpretación. Freud insiste en
interpretar el pasado y lo infantil porque ahí entran en juego las pulsiones,
que nunca cambian. Hay una inercia pulsional del goce sexual y la resistencia
tiene que ver con la libido que se rehusa a pasar a significante, es decir, a
la castración. El rechazo a someterse al significante es la parte del ser que
llamamos Goce. Se plantea pues una paradoja, ya que, si bien la histérica introduce
el deseo de saber sobre lo Real y lo femenino, rechaza a la vez el saber sobre
la castración y la femineidad. Es necesario que se someta al falo para que
alguna otra cosa pueda advenir.
El
Psicoanálisis está en un campo de interrogaciones paradójicas. Pero es más
dinámico y con posibilidades de avance el plantearse preguntas que el buscar
una solución. Hegel ya había dicho que un enigma siempre tiene solución y aquél
o aquélla que plantea el enigma conoce la respuesta, aunque algún interés
profundo le obligue a no desvelarlo.
La
histérica se inventa la figura de un Amo castrado, construido bajo la imagen de
la impotencia. Ella quiere extraerle el Saber al Amo, en posición de Amo,
convirtiéndolo en el esclavo del trabajo que le deja, coaccionándolo a producir
la respuesta, eludiendo su castración y su goce. Cuando Freud se colocó en esa
posición supo indicarnos que el Psicoanálisis falló, pues sus pacientes o se
curaban para él o interrumpían el tratamiento, y es que nunca ocultó que hay
una implicación del analista en toda cura.
Hoy
podemos pensar que la interpretación tiene el sentido de señalar el sinsentido
en el sujeto: lo Real del inconsciente. El ser humano se resiste a la Verdad
del Lenguaje y se apoya en el Saber, a causa de las ilusiones imaginarias de
conocimiento objetivo que él procura. Pero para que haya sentido ha de haber un
No sentido. Mediante la asociación libre se induce a pensar que no hay un
sentido completo. En el fondo el Ser no tiene sentido, pero en la vida somos
sancionados para buscar el sentido. La falta en lo sexual es el representante
imaginario de la falta en la Lengua, y el deseo sería el empuje que tiende a
colmar la falla abierta por la falta de ser que es la condición de existencia
del sujeto. El deseo se estructura gracias a que hay un fallo en lo simbólico
que nunca termina de dar cuenta de lo Real.
En
una relectura del texto propuesto, bien se podría decir hoy que la histérica
padecería de una parálisis funcional significante (en relación al significante
fálico), en lugar de simbólica (en relación al orden del Lenguaje) como
planteaba Freud. En el Inconsciente hay falta, es No todo, como la Mujer es No
toda. Con Lacan, la castración ya no cae sobre el sujeto sino sobre el Otro y
eso causa el horror de esa falta que será lo Real del Inconsciente. Pero es que
es histerógeno ocupar una posición pasiva frente a la demanda del Otro, para
completarlo. La histérica siente su femineidad en relación al deseo del Otro.
Vale que la identificación histérica es la enfermedad,
pero también la posibilidad, pues ahí puede significarse como mujer. Pero no es
lo mismo Histeria que posición femenina. Lo cual nos compromete a los psicoanalistas a una
cierta responsabilidad en el campo de los valores sociales.
Si el
Psicoanálisis debe su nacimiento a las histéricas de los "ESTUDIOS
...", esto nos obligaría a plantearnos la cuestión de la deuda, ya que
podríamos pensar que les debemos el descubrimiento por Freud del Inconsciente,
que sólo se revela claramente en su discurso, pero también podemos reflexionar
sobre lo que Kant escribe en la CRITICA DE LA RAZON PURA: "todo nuestro
conocimiento comienza con la experiencia y no por ello, todo él procede de la
experiencia", lo cual nos lleva a pensar que la teoría freudiana implica
al deseo en una dialéctica y entonces, la deuda tiene más que ver con el lazo
social, con la transferencia que se establece y que implica la necesidad del
Otro para movilizar la dialéctica del discurso. Freud escuchó a la histérica
haciéndola hablar, pero sólo la condujo hasta la roca de la envidia del pene,
lo cual no le permitió curar de su Histeria.
Lacan
en su "Retorno a Freud" abre una nueva escucha sobre el significante
y descubre el " objeto causa del deseo" en lugar del deseo como
objeto, lo cual permite responder de otra manera a la histérica, permitiéndole
salir del lugar que ocupa de ser el objeto que le falta al Otro, pretendiendo
completarlo, y de este modo su eterna vacilación podría pararse ante un
analista que, desplazándose del lugar de Amo del Saber, que ella propiciaría;
en una maniobra transferencial, desde el silencio, ocupase el lugar de
semblante del objeto causa de su deseo, lo que hace a ésta posición del
analista similar a la posición femenina. De modo que la histérica no siga
aguantando la falta, sosteniendo un padre no castrado, con su sacrificio y su
sufrimiento, colocando el No Todo del lado del analista, ya que el goce de esa
insistencia de Saber va a fracasar siempre, pues la histérica verifica que el
falo es sólo semblante; y, parándola en lo imposible de su búsqueda, se le
ofrecería otra imposibilidad que le entregará la Verdad que soporta y encarna
en su síntoma, para que pueda liberarse de ella. Momento de Verdad, palabra
plena y cura. De modo que sólo reconocer la deuda del Psicoanálisis con la Histeria
no es suficiente, ya que el propio camino de investigación del psiquismo, que
es el del Psicoanálisis, que Freud abrió y nunca cerró, ha permitido 100 años
después la cura de la Histeria.
Si
cuestionamos la teoría y vamos más allá del Saber, ya no se trataría entonces
de la deuda que el Psicoanálisis tiene con la Histeria, sino que la deuda, en
verdad, es la deuda que el Saber tiene con la Verdad, que es la que no quiere
pagar ni reconocer y que es la propia del mismo ejercicio de la palabra. Verdad
que es de cada cual, intransferible, personal y que plantea el hacerse cargo de
la propia vida. El resto...es un asunto neurótico.
Barcelona, España. 1996.
El mail de la autora es maiferso@copc.es
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