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La enunciación del analista: un decir del deseo03/11/2024- Por Mariano Bolettieri - Realizar Consulta
En la “Proposición del 9 de octubre de 1967” de Lacan se recorta la frase “el deseo del psicoanalista es su enunciación”. Proposición paradójica, en tanto el “concepto” de deseo –a secas– había sido ubicado por Lacan en el lugar de la “hiancia” entre el enunciado y la enunciación. ¿Qué quiere decir Lacan con esto? ¿De qué clase de deseo se trata cuando hablamos del deseo del analista? ¿Cuál sería su enunciación?
“El hijo del hombre” (1964), de René Magritte.
Introducción
En la “Proposición del 9 de octubre de 1967” de Lacan se recorta la frase “el deseo del psicoanalista es su enunciación”. Proposición paradójica, en tanto el “concepto” de deseo –a secas– había sido ubicado por Lacan en el lugar de la “hiancia” entre el enunciado y la enunciación. ¿Qué quiere decir Lacan con esto? ¿De qué clase de deseo se trata cuando hablamos del deseo del analista? ¿Cuál sería su enunciación?
1 - A partir de la enseñanza de Lacan, en su “retorno a Freud” de la mano de la lingüística, aparece la paradoja de proponer al deseo como producto del significante y a la vez como algo que le escapa. Lacan piensa el lenguaje como una maquinaria que produce y a la vez impide el deseo. El deseo no se puede decir: se lo puede leer… entre líneas. Pero para eso, primero son necesarias esas líneas, una “textura”.
De allí que la pregunta más acertada en relación al deseo no sea “¿Qué se desea?”, sino “¿Dónde?”. El deseante lleva intrínseco un “no saber”: no sabe dónde desea –y por ende no sabe cuándo–. En definitiva: no sabe sobre su deseo (ni tampoco quiere saber).
“La nesciencia en que queda el hombre respecto de su deseo es menos nesciencia de lo que pide (demande), que puede después de todo cernirse, que nesciencia de dónde desea” (Lacan, 1960, p. 774).
El sujeto no se entera dónde dice lo que dice, adónde aparece el deseo que lo habita.
Si lo pensamos con el grafo, Lacan ubica la línea del enunciado en el primer piso, la línea de la enunciación en el segundo piso, y el deseo entre ambas líneas, en una hiancia:
“en la brecha, entre la pura y simple articulación lingüística de la palabra y lo que marca que el sujeto realiza en ella algo de sí mismo, algo que no tiene alcance, sentido, más que en relación con esa emisión de la palabra” (1958, p. 25).
Se trataría de la diferencia entre el dicho y el acto de decir, o sea, entre lo que se dice y la posición que toma el sujeto en relación a lo dicho; en ese entre se juega el deseo, allí “respira”. Sobre ese entre debe caer la interpretación.
2 - La cuestión de la “nesciencia” nos conduce al seminario V, en donde Lacan define al deseo como un “signo de interrogación, una x, un enigma” (1958, p. 334). El deseo, para Lacan, cobra la forma de una pregunta. Es algo extraño, en lo que no nos reconocemos fácilmente. La posición del deseo es la de ser excluido, enigmático, una x del sujeto que está capturada en la red significante (Ibíd., p 158). Propone, con respecto a la interpretación del analista, que con aquella no se presupone nada, salvo la detección, detrás de algo que se presenta como absolutamente cerrado, de una x que está más allá (p. 331).
A su vez, postulará, no sin la opacidad que lo caracteriza, que el deseo no se dirige a un objeto, sino que es “deseo de aquella falta que, en el Otro, designa otro deseo” (p. 337). El deseo no se dirige a objetos, es deseo de deseo, o en todo caso se trata del deseo como objeto.
Lacan, de esta manera, cuestiona también la idea del “yo deseo”, del deseo propio en tanto fenómeno imaginario que se vincula al “anhelo” o las “ganas”: más bien se trata de algo huidizo, que elude la síntesis del yo, a la vez que no es pensable sin pasar por el Otro. En este punto se acerca más a Hegel que a Freud, en tanto entiende al deseo del hombre como deseo del Otro.
Deseo, entonces, como x, como enigma, pero en relación al Otro. El mismo grafo está montado –no casualmente– sobre una pregunta: “Che vuoi?” (¿Qué quieres?). Esta pregunta, que Lacan toma de la novela “El diablo enamorado” de Jacques Cazotte, marca el encuentro –traumático– con un Otro opaco, del que no se sabe qué quiere.
Esta experiencia angustiante, traumática, es no obstante condición necesaria para que el sujeto pueda construir su propio escenario deseante: de allí surgen las respuestas en el grafo. Por eso dirá Lacan (1959) que la pregunta “Che vuoi?”, que regresa sobre el sujeto desde el lugar del que se esperaba un oráculo, es la que conduce mejor al camino de su “propio” deseo.
El analista, maniobra mediante, debe “acompañar” al sujeto en la producción de una inflexión: convertir la pregunta del “che vuoi?” en un “¿qué me quiere?”. Sobre esta estructura se monta la transferencia, la cual permite la operatoria analítica. Por este motivo, cuando una interpretación deja un margen enigmático, lo que suscita es un “¿Qué me quiso decir?”; “Me decís esto, pero ¿Qué querés?” (y todas sus variantes).
Es que, a fin de cuentas: “¿con qué deseo va a confrontarse el sujeto en el análisis sino con el deseo del analista?” (Ibíd., p. 536).
3 - Esto es retomado por Lacan en el seminario VIII. De entrada, vincula la actitud de Sócrates con la de Freud, en el punto en el que ambos tienen “cortada la retirada” ante el fenómeno del amor de transferencia, cuestión fundacional para el psicoanálisis: a diferencia de Breuer, la actitud que adopta Freud lo convierte en amo de Eros… para servirse de él. Lacan se pregunta: ¿servirse de él para el bien?:
“de ninguna manera (…) deben plantear como primer término del fin de su acción el bien, supuesto o no, de su paciente, sino precisamente su eros” (Ibíd., p. 18). La maniobra de la transferencia vela, entonces, por el advenimiento del deseo (Lacan, 1959, p. 537).
Por el mero hecho de que hay transferencia, el analista está implicado como aquel que contiene el ágalma:
“sólo en la medida en que sabe qué es el deseo, pero no sabe lo que desea ese sujeto –con el cual está embarcado en la aventura analítica– está en posición de tener en él, el objeto de dicho deseo” (Lacan, 1961, p. 223); “Para que el analista pueda tener aquello de lo que el otro carece, es preciso que posea la nesciencia en cuanto nesciencia” (Ibíd., p. 266).
Esta operación implica –subrayamos– una cierta relación con el saber. Como Alcibíades, el sujeto en el análisis hace su pasaje de erómenos, amado, a erastés, ubicando el ágalma en el lugar de ese Otro que es el analista, siendo esta una de las condiciones para la entrada en análisis.
“Ahí es donde se plantea la cuestión del deseo del analista y, hasta cierto punto, la de su responsabilidad” (p. 224).
El deseo del analista se plantea entonces en relación al amor de transferencia, cuyas “llamaradas” –tanto en su carácter positivo/erótico como negativo/hostil– convocan su responsabilidad. Lacan sostiene que no se trata de que el analista no tenga deseos de corresponderle al paciente –ya sea de tomarlo en sus brazos o tirarlo por la ventana–; en efecto sería un “mal augurio” si el analista no experimenta jamás esas tentaciones que, de prosperar, reducirían el análisis al plano de la intersubjetividad. Ahora bien, si no cede a ellas es porque está “poseído por un deseo más fuerte” (p. 214). ¿De qué se trata este deseo más fuerte, del cual el analista debe dejarse poseer?
4 - El deseo del analista es aquello con lo que opera el analista en un psicoanálisis. No se trata de un anhelo de ese analista, ni de un deseo fantasmático, ni el deseo de que se cure el paciente, ni el deseo de “ser” analista (haría mejor en situarse por su falta en ser que por su ser).
Se trata de un producto de su propio análisis, una “mutación en la economía de su deseo” (p. 216), la “cicatriz de la castración en el eros del analista” (p. 125). Cicatriz, como resultado de lo que debe quedar de su fantasma fundamental; mutación, que le permita ocupar el lugar que le corresponde en un análisis, definido como “aquel que le debe ofrecer, vacante, al deseo del paciente para que se realice como deseo del Otro” (Ibíd.).
Dicho lugar propio del analista hace a la esencia, al fundamento mismo de su trabajo: un vacío que no ha de ser ocupado por ese objeto que es el deseo de su Otro particular, para que algo pueda venir a alojarse (Rabinovich, 1999).
A su vez, Lacan (1961) relaciona esta mutación con un “deseo de muerte” que ubica tanto en Sócrates como en Freud: la muerte de la que se trataría es la muerte del yo del analista en un análisis,
“la posición (…) del abandono de los prejuicios, de los falsos saberes o del saber de la ciencia inútil del yo [moi] en el ejercicio más específico e íntimo de su práctica” (Rabinovich, 1999, p. 13).
El analista es un “deseante puro”, que en tanto tal no puede decir nada de sí mismo –o desde su yo– salvo aboliéndose como deseante, puesto que, a partir del momento en que dice, pasa el registro de la demanda (Lacan, 1961). Otra vez, la importancia de la nesciencia, la posición escéptica del rechazo del saber que encontramos en Sócrates. Se trata de un duelo que compete al analista y que remite a la pérdida de sus ideales, a la vez que a la necesidad de vaciarse de su propio deseo y de su causación en relación con el deseo del Otro.
5 - Años después del seminario VIII, en la “Proposición…” (1967), Lacan desarrolla el algoritmo de la transferencia y se centra en el problema del fin de análisis y el pasaje de psicoanalizante a psicoanalista, pasaje que supone cierta operación con el fantasma, a la vez que el efecto de “destitución subjetiva”. Nuevamente, a esta altura, vuelve a hablar de duelo.
En este contexto, sostiene que “El deseo del analista es su enunciación, la que solo puede operar si él viene allí en posición de x” (Ibíd., p. 270). Si bien se trata de un momento distinto en la obra de Lacan, pareciera haber cierta coherencia en sus planteos acerca de la posición y el deseo del analista.
Al definirlo como “su enunciación”, Lacan no hace más que ubicar la importancia del desde dónde interviene el analista, posición que es la de una x: podríamos decir, un enigma, una hiancia, una falta:
“el no saber constituido como tal, como vacío, como llamada del vacío en el centro del saber” (Lacan, 1961, p. 183).
El deseo del analista viene a ocupar ese sitio, que está determinado por la estructura (Porge, 1981).
El deseo del analista es su enunciación, entonces, en tanto su decir no busca obturar esa hiancia que es el deseo, aquello que escapa al significante, sino que viene a desnudar la estructura misma del deseo. Las intervenciones del analista –interpretaciones, cortes de sesión, etc.– no están hechas para revelar una verdad o satisfacer una demanda de significación, sino para “producir olas”. Un decir del deseo.
Bibliografía
Lacan, J.: (1957-58) “El Seminario de Jacques Lacan: Libro 5: Las formaciones del inconsciente”. Buenos Aires, Paidós, 2013.
Lacan, J.: (1958-59) “El Seminario de Jacques Lacan: Libro 6: El deseo y su interpretación”. Buenos Aires, Paidós, 2015.
Lacan, J.: (1960-61) “El Seminario de Jacques Lacan: Libro 8: La transferencia”. Buenos Aires, Paidós, 2003.
Lacan, J.: (1960) “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano” en: “Escritos 2”. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2011.
Lacan, J.: (1967) “Proposición del 9 de octubre de 1967” en: “Otros escritos”. Buenos Aires, Paidós, 2018.
Porge, E.: (1981) “Sobre el deseo del analista” en “Ornicar? 1. El saber del psicoanalista”. Buenos Aires, Ediciones Petrel.
Rabinovich, D.: (1999) “El deseo del psicoanalista y la ironía socrática” en: El deseo del analista. Buenos Aires, Manantial.
Arte*: pintor surrealista de origen belga (1898 – 1967). Magritte volcó en sus pinturas una carga conceptual basada en el juego de imágenes ambiguas y su significado expuesto por medio de palabras.
Concebido como un autorretrato, este óleo de Magritte, es su obra más difundida.
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