» Introducción al Psicoanálisis
La ética y la intersubjetividad21/09/2007- Por Elizabeth Ormart - Realizar Consulta
Y cuando surge el otro, surge la ética. Como dice Savater (1991), cuando Robinson Crusoe se encuentra con una huella humana en la arena allí comienza el problema ético. A la ética le interesa cómo vivir bien la vida humana, “la vida que transcurre entre humanos”. Allí surge el problema del semejante, amigo o enemigo, objeto de amor o de odio, o de ambos. La intersubjetividad funda el campo de la ética. ¿Cómo debo tratar al otro? ¿Qué debo hacer?
Un otro que pasa por la mirada
El primer otro es el otro de la mirada. La mirada recorta y captura. ¿Qué es una foto familiar sino un intento desesperado de detener el tiempo y retener al otro en ese instante, en ese lugar? Y así como el otro es apresado por mí, yo soy presa del otro. “Soy visto transparente, traspasado [...] no soy libre para hacer lo que deseo, porque estoy siendo juzgado sin cesar”[1].
El otro se convierte en una cosa mirada, en “objeto”, delimitado, disecado y observado. Recortado de su entorno, sin pasado y sin futuro: él es esto, aquí y ahora. Tengo su foto cuando no está y puedo atraparlo con mi mirada cuando viene a mí. Las coordenadas espacio-temporales han sido cristalizadas y eternizadas. En este plano de la imagen, que tan en boga está en nuestro tiempo, se juega la rivalidad narcisista que ve en el otro un reflejo de mí mismo. El otro de la mirada es mi imagen que vuelve a mí. La cima del sufrimiento humano no está en el dolor físico sino en la compañía de los otros que me miran, como decía Sartre “el infierno son los demás”, que me clavan la mirada y me quitan el ser poniéndome un nombre. Genet, el personaje sartreano, ha sido “clavado por una mirada, mariposa sujeta en un tablero, está desnudo, todos pueden verlo y escupirle”[2]. Lleva un nombre puesto por los otros y, entonces, puede ser: “leído, descifrado, designado: los otros gozan de su ser; pero ese goce él lo siente como una hemorragia, se derrama en los ojos de los otros, se resuma, se vacía de su sustancia”[3].
El hombre, que es puro proyecto y pura libertad, que es lo que no es y no es lo que es, se convierte en una cosa que existe aquí y ahora, pura apariencia de su verdadero ser.
Para Bolnow ser hombre consiste en un núcleo íntimo designado como “existencialidad que escapa a toda conformación permanente”[4]. Cuando el otro intenta atraparme es cuando me pierde. Mi ser hombre se resiste a ser capturado. Mi deseo existe en la medida en que no es goce del otro. Mi ser se desenvuelve en la existencia, en el devenir y nada es más inaprensible.
Por ello el conocimiento del otro excluye toda objetividad. Ese otro “objectium” es mi ser vaciado y colocado frente a mí. Esta paradoja de la mirada es descrita por Lacan en el estadio del espejo. La constitución del sujeto humano, su yo, es producto de la identificación con la imagen del otro. Antes del dominio real del cuerpo se da un dominio imaginario otorgado por la sola visión de otro cuerpo humano. Mi yo corporal es desde el inicio “otro”, y por consiguiente, siempre en parte me es ajeno. La imagen del otro me brinda un complemento ortopédico de la insuficiencia nativa vinculada a la prematuración del nacimiento. La unificación lograda por la imagen nunca será completa porque se logra por vía alienante.
Pero, entonces ¿debo resignarme a ser “eso”, o será que me pierdo y lo pierdo con el intento de cosificarlo, objetivarlo, imaginarizarlo?
La mirada lucha contra la fugacidad, contra el devenir, contra el acaso. El hombre, ese ser gelatinoso arrojado a la existencia, se empeña en apresar al otro que se escabulle cual granos de arena entre las manos. Evidentemente ese otro que capta mi mirada no es el otro buscado por mí. Debo desprenderme de este primer plano y abordar al ser de la palabra.
Otro del lenguaje
“La relación imaginaria, conflictual, incestuosa en sí misma, está prometida al conflicto y a la ruina. Para que el ser humano pueda establecer la relación más natural [...] hace falta una ley, una cadena, un orden simbólico, la intervención del orden de la palabra [...] el orden simbólico debe ser concebido como algo supuesto, y sin lo cual no habría vida posible para ese sujeto estrambótico que es el hombre”[5].
El hombre, en tanto “ser ahí”, se encuentra abierto al mundo, se presenta como otro simbólico. La alteridad imaginaria se redimensiona en alteridad simbólica. La relación gnoseológica al otro consiste ahora en “decirse”. Mismidad y alteridad dialogan, ese diálogo es el ser mío y el tuyo. Por ello dice Percia: “El ser no se conoce a sí mismo [...] como acontecimiento sino como narrativa”[6].
En el habla distinguimos lo articulado y lo articulable. Lo articulado se presenta como significación y lo articulable como lo que escapa a la significación. Puedo pretender acceder al otro desde lo articulado o desde lo articulable. En el primer caso le pongo un nombre, lo etiqueto, lo categorizo. Los significantes (elemento material del signo) articulados en la cadena discursiva, le dan consistencia al ser del otro y esta consistencia, este significado, en tanto cosificante, es mortífero pues tiene el mismo efecto que la mirada. El ser escapa a la palabra como escapa a la mirada. Cuanto más ascendemos en la jerarquía de seres más pobre resulta la palabra en tanto significación. El ser se resiste a ser articulado en palabras.
Así lo expresa Neruda:
“Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
Algo con alas de pájaro, algo de angustia y de olvido.
Así como las redes no retienen el agua.
Muñeca mía, apenas quedan gotas temblando.
Sin embargo, algo canta entre estas palabras fugaces.
Algo canta, algo sube hasta mi ávida boca.
Oh, poder celebrarte con todas las palabras de alegría”[7]
Esta es “la paradoja del decir”, el hombre transforma su historia en leyenda, existe en la efímera difusión de las palabras. Si quiero atrapar su esencia en un destino acabado, su rostro adopta la quietud mortal de lo inanimado, en cambio, si acepto la imposibilidad de apresarlo, si lo amo como expresión fugaz, como destello subsistente, es solamente ahí cuando emerge como “lo que canta entre las palabras fugaces”, esto articulable que se escapa de las redes del discurso, que se resiste a ser articulado. Esto es lo específicamente humano, es el corazón propio de su ser expresado en el diálogo. Yo existo en otra recepción. Estar con otros, dialogar, es escuchar el habla que hablamos. “Así, hablar, no es simultáneamente sino previamente un escuchar”[8]. Es la escucha atenta, es este posicionamiento del “otro oyente” ante un “otro hablante” lo que decide si el sentido se depositará con su plenitud en otra recepción o si se degradará a un “se dice” epidérmico. Del posicionamiento del “otro oyente” dependerá que mi ser transitante por las redes del discurso encuentre morada o quede perdido, como los jóvenes atenienses en el laberinto de Asterión. Del posicionamiento del “otro hablante” dependerá que su ser quede silenciado y el espacio sea llenado por el ruido de palabras vacías, o que en la plenitud de sus palabras reviva su ser.
Ser equivale a estar referido. El hombre necesita del hombre para volverse a sí mismo. El estar relacionado brota de la misma estructura del ser humano.
Ética e intersubjetividad
Y cuando surge el otro, surge la ética. Como dice Savater (1991), cuando Robinson Crusoe se encuentra con una huella humana en la arena allí comienza el problema ético. A la ética le interesa cómo vivir bien la vida humana, “la vida que transcurre entre humanos”. Allí surge el problema del semejante, amigo o enemigo, objeto de amor o de odio, o de ambos. La intersubjetividad funda el campo de la ética. ¿Cómo debo tratar al otro? ¿Qué debo hacer?
El sujeto solipsista encerrado en su propia mónada no tiene problemas éticos, como mucho, tendrá problemas deductivos. Los verdaderos problemas éticos surgen cuando tengo al otro frente a mí, cuando viene a golpear mi puerta y a pedirme comida, cuando los ojos llorosos de un refugiado inundan la pantalla del televisor.
Mi relación con el otro está atravesada por la dimensión especular, en ella me constituyo como yo corporal. Pero allí no se acaba, somos seres de lenguaje. Lo imaginario, lo simbólico y aquello que no puede ser dicho, los restos que quedan de las palabras, lo articulable que nunca llega a ser articulado, lo real. Estos tres registros lacanianos se juegan en el ser humano. La ética no es ajena a ello.
El lenguaje funda la posibilidad de la subjetividad humana atravesada por el puro elemento significante y por la normatividad, en este sentido hablamos de un eje universal-singular. Este es el eje ético. No hay sujeto ético fuera del campo de la ley[9].
El a priori del lenguaje antecede en un tiempo lógico al sujeto que atraviesa. Este atravesamiento determina al sujeto como sujeto del inconsciente y como sujeto de la legalidad. El sujeto atravesado por el lenguaje funda la posibilidad de la ley en tanto acuerdo normativo y en tanto prohibición. La prohibición antecede lógicamente a la posibilidad de acuerdo normativo.
Más allá de lo permitido y lo prohibido –en el eje de lo particular- se encuentra lo no dicho. Lo no dicho, lo real, funda la posibilidad de decir, porque sólo en la medida en que algo puede ser dicho y algo queda por fuera como resto en el decir, se puede acceder a un acuerdo sobre lo dicho. El psicoanálisis se ocupa de este resto no - dicho, la ley positiva opera sobre lo dicho. El resto del decir que es lo más singular del sujeto queda excluido de la posibilidad de consenso. Pero el consenso, y los acuerdos normativos universales – por ejemplo, los derechos humanos- solamente son posibles porque el sujeto está fundado en la legalidad significante. Es así que el eje universal-singular opera como fundamento del eje particular y este último particulariza, y por consiguiente, hace existir, lo universal.
Bibliografía
BOLNOW, O. (1959)Existenz philosophie una erziehung, Stuttgard, 1959
HEIDEGGER, M. De camino al habla. Edit. del Serbal, Barcelona, 1990.
Fariña, J. J. (2006) “El doble movimiento de la Ética contemporánea. Una ilustración cinematográfica”. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos.
Fariña, J. (1998). “Qué es esa cosa llamada ética”. (Cap. II); “Lo universal-singular como horizonte de la ética”. (Cap. IV). “El interés ético de la tragedia” (Cap. V). “Del acto ético” (Cap. VI). En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.
Lewkowicz, I. (1998). “Particular, Universal, Singular”. En Ética: un horizonte en quiebra. Cap. III. Eudeba, Buenos Aires.
LACAN, J. Seminario 3: Las psicosis. Paidós, Bs. As., 1995.
NERUDA, P. Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Losada, Bs. As., 1975
ORMART, E. “Un sujeto paradojal” En Revista Universitaria de Psicoanálisis. Buenos Aires: Facultad de Psicología. UBA., 2000
PERCIA, M. Una subjetividad que se inventa, Edit. Lugar, Bs. As., 1994.
SAVATER (1991) Ética para Amador. Barcelona: Ariel
SARTRE, J. Saint Genet comédien et martyr, Edit. Losada, Bs. As, 1967
Vattimo, An-Denken. (1998) El pensar y el fundamento, Tad. de Juan Carlos Gentile en Vattimo, G. Las aventuras de la diferencia. Pensar después de Nietzsche y Heidegger, Barcelona, Península.
Referencias
[1]SARTRE, J. Saint Genet comédien et martyr, Editorial Losada, Bs. As, 1967, pág 51.
[2]SARTRE, J. op. cit. pág. 51.
[3]SARTRE, J. op. cit. pág. 52.
[4]BOLNOW, O. Existenz philosophie una erziehung, Stuttgard, 1959, citado por Dienelt, K. Antropología Pedagógica,
[5]LACAN, J. Seminario 3: Las psicosis. Paidós, Bs. As., 1995.
[6]PERCIA, M. Una subjetividad que se inventa, Editorial Lugar, Bs. As., 1994.
[7]NERUDA, P. Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Losada, Bs. As., 1975, pág. 61.
[8]HEIDEGGER, M. De camino al habla. Edit. del Serbal, Barcelona, 1990.
[9] Cfr. Freud, “Tótem y Tabú”. En Obras Completas. Amorrortu, Buenos Aires, 1991
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