» Introducción al Psicoanálisis
La interpretación en el Nombre del padre25/07/2005- Por Ernesto Sinatra - Realizar Consulta
El énfasis que Jacques Lacan ha puesto en el concepto de suposición (al reconsiderar la superestructura de la transferencia), debe ser leído como una respuesta precisa a la yuxtaposición freudiana. Se trata de dos versiones de la autoridad analítica: una cifrada en el padre y la otra, no necesariamente en el padre.
La autoridad analítica no puede basarse en el empleo de una técnica centrada en el poder del saber usurpado al inconsciente, ni en el poder del sujeto usurpado al analizante (en los traspiés que éste produce en la asociación libre). Cobra relevancia en Lacan, su énfasis para lograr el “adelgazamiento” del poder sugestivo en el analista ubicado en posición de dominio: saber y sujeto son dos conceptos supeditados a un tercero, el de suposición. La “bulimia” del concepto de técnica se manifiesta.
Jacques Lacan en sus Escritos, prestó especial atención al problema de la sugestión al precisar la relación entre transferencia e interpretación: se preguntó si correspondía al psicoanalista: aprovecharse de ese error –transferencial– sobre la persona, –para responder que:
“la moral del análisis no lo contradice, a condición que interprete ese efecto, a falta de lo cual el análisis se quedaría en una sugestión grosera”.
“Resumamos. Si el analista sólo tuviese que vérselas con resistencias lo pensaría dos veces antes de hacer una interpretación, como en efecto es su caso, pero estaría a mano después de esa prudencia.
Sólo que esa interpretación, si él la da, va a ser recibida como proveniente de la persona que la transferencia supone que es. ¿Aceptará aprovecharse de ese error sobre la persona? la moral del análisis no lo contradice, a condición de que interprete ese efecto, a falta de lo cual el análisis se quedaría en una sugestión grosera”
Jacques Lacan.
La dirección de la cura y los principios de su poder
El énfasis que Jacques Lacan ha puesto en el concepto de suposición (al reconsiderar la superestructura de la transferencia), debe ser leído como una respuesta precisa a la yuxtaposición freudiana. Se trata de dos versiones de la autoridad analítica: una cifrada en el padre y la otra, no necesariamente en el padre.
La autoridad analítica no puede basarse en el empleo de una técnica centrada en el poder del saber usurpado al inconsciente, ni en el poder del sujeto usurpado al analizante (en los traspiés que éste produce en la asociación libre). Cobra relevancia en Lacan, su énfasis para lograr el “adelgazamiento” del poder sugestivo en el analista ubicado en posición de dominio: saber y sujeto son dos conceptos supeditados a un tercero, el de suposición. La “bulimia” del concepto de técnica se manifiesta.
En sus Escritos, prestó especial atención al problema de la sugestión al precisar la relación entre transferencia e interpretación: se preguntó si correspondía al psicoanalista: aprovecharse de ese error –transferencial– sobre la persona, –para responder que:
la moral del análisis no lo contradice, a condición que interprete ese efecto, a falta de lo cual el análisis se quedaría en una sugestión grosera
Lacan advierte que al emplear ese recurso transferencial (encarnar ese lugar que le es otorgado al analista por la transferencia) desde la interpretación, la salida del sujeto del análisis corre el riesgo de ser pospuesta ad infinitum.
Ha sido, precisamente, en La dirección de la cura donde J. Lacan discutió –una vez más– los efectos de la aplicación técnica del psicoanálisis por los analistas pos–freudianos. En este texto, precisó el lugar que corresponde al analista en el dispositivo: él también debe pagar para sostener su función y debe hacerlo con su presencia[1]. Dos años más tarde, en su seminario acerca de La ética del psicoanálisis, volverá sobre sus pasos para situar el pago que corresponde al analista:
paga con su persona, en la medida que, por la transferencia, es literalmente desposeído de ella[2]
No quedan aquí dudas respecto del desbaste indicado por Lacan sobre la persona del analista, es decir sobre las condiciones de su goce fantasmático. El concepto de des–ser nombrará más adelante, la función de destinatario neutral que debe realizar el analista. El manejo de la transferencia requiere de su parte el ejercicio de la función de abstinencia: que se abstenga de intervenir con su persona.
Las interpretaciones “de significación”, establecidas –aunque no exclusivamente– a partir del aquí–ahora–conmigo, han hecho decir a J. Lacan en La equivocación del sujeto supuesto saber:
La interpretación brinda amplia satisfacción...a propósito, ¿a quién? Ante todo al psicoanalista que despliega en ella el moralismo bendecidor cuyas intimidades acabo de exponer.
Dos meses antes de este aserto, Lacan escribió su “Proposición del 9 de octubre...” y a partir de la teoría del final de análisis allí establecida (en torno de la lógica del fantasma y centrada en el dispositivo del pase), modificó el estatuto conceptual del psicoanálisis didáctico. Si el psicoanálisis didáctico es identificado por él con la intención del psicoanálisis, es en tanto no hace más que preparar sus operadores.
Es necesario concluir, entonces, que en sentido estricto, cada psicoanálisis es didáctico.
A partir de la Proposición, existe una lógica de la cura que se halla orientada desde su conclusión lógica. Con ella J. Lacan concluyó en que La teoría del psicoanálisis, es la teoría de la práctica del psicoanálisis.
Con esta vuelta de tuerca realizada sobre la doctrina de la cura, suprimió definitivamente la banalización técnica que constituye el término contratransferencia, y por ende, las pretensiones de “elevarla” a la condición de vía regia de acceso al inconsciente.
Aún más, esta operación echa por tierra la pretensión “‘metalenguajera” de los técnicos: la transformación de los psicoanalistas en “jerarcas de la significación”. Es decir, la infatuación canallesca que consiste en querer ocupar el lugar imposible de Otro del Otro.
La caída de la técnica analítica ha dejado restos. Precisamente ha sido en su Proposición...donde J. Lacan operó con ellos, para ir más allá de las jerarquías del padre. Es decir más allá del impasse freudiano del padre.
A la entrada, el algoritmo de la transferencia; a la salida, el dispositivo del pase.
Cada psicoanálisis nos enseña –entre muchas otras cosas– la impostura de eso que creíamos ser para el Otro de un modo singular e inalienable. Lo inalienable del tapón del fantasma (en tanto la confusión que produjo en el sujeto, por consistir para él en la “propiedad” más real de la que disponía) deberá demostrar que no es intransmisible.
El deseo del analista es el invento de Lacan que localiza un articulador conceptual que permite desplazar la falsa duplicidad: teoría // práctica. En él se trata de un vacío particular que el analizado elige ofrecer a sus analizantes para “respetar” (por el tiempo que sea necesario) los fantasmas que los animan, con el fin de conducirlos al punto en el que decidan, finalmente, desprenderse de ellos. Se resuelve, de este modo lo no resuelto por los psicoanalistas de la IPA con la teoría de la contratransferencia, brazo armado de la técnica de la interpretación.
Referencias
[1]Jacques Lacan, La dirección de la cura; “Escritos I” pg.249
[2]Jacques Lacan, Seminario 7;”La Etica del psicoanálisis”; pg. 347. Paidós
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