» Introducción al Psicoanálisis
La transferencia26/02/2006- Por Oscar Mario Gutiérrez Segú - Realizar Consulta
El psicoanalista debe responder por sus actos en el devenir de una cura. Su capacidad en el ejercicio será el fruto de un largo trabajo de elaboración de la teoría que sería imposible de producir sin transitar por los caminos de su propia cura. Es por esto que la transferencia es el lugar privilegiado en donde la ética del analista será puesta en juego y será el fiel reflejo de ella el camino por donde la cura se desarrolle. Del Sujeto del Saber Supuesto a la producción de ese resto desechable hay un recorrido en el cual la inercia de la estructura se alza como un obstáculo de envergadura. Promover y sostener la destitución subjetiva y la caída de los ideales es algo que implica también al analista, quien tendrá que abandonar la comodidad narcisista del ser otro privilegiado para poner en juego su propia castración, como condición sine qua non para sortear las trampas del amor.
Es
el campo en donde se desarrolla la cura psicoanalítica, allí los lugares que
ocupan paciente y analista no se encuentran determinados en razón de alguna
suerte de simetría y menos aún respondiendo a los supuestos de una relación
intersubjetiva.
Al paciente es a quien corresponde cumplir con la regla fundamental. Decir todo aquello que se le ocurra, sin ejercer ningún tipo de censura sobre los pensamientos que surjan. Es lo que se llama “asociación libre”, haciendo la salvedad de que la “libertad” está firmemente encadenada a los dictados de las cadenas asociativas inconscientes, que obedecen a una lógica determinada, mas allá de la creencia en el libre albedrío del Yo.
Así, el paciente “Dice más de lo que dice, sin saber lo que dice”. Decir dirigido a quien se le supone un Saber acerca del sentido y a quien se le otorga el poder de obturar su malestar por medio de la respuesta de amor.
Que el analista es quien dirige la cura es algo que no se pone en duda, esto es lo que lo hace responsable de la dirección que la misma tome. Es ésto lo que está en juego en la transferencia, es lo que el analista debe saber cómo manejar, cómo maniobrar para arribar a lo que considere el final de un análisis.
Si en el principio su lugar es el del Sujeto del Saber Supuesto, al final quedará ubicado como el “a” causa del deseo. Para concluir como resto, un desecho cuyo único mérito será precisamente el de haber sido el artesano de la operación mediante la cual la miseria es trocada en infortunio.
Psicoanalizar es, según Freud, una profesión imposible junto con las de gobernar y educar. Sin embargo las tres se ejercen de una manera más o menos cotidiana, e incluso algunas de ellas ha acompañado al hombre desde sus inicios.
¿Qué es eso imposible de estas tres profesiones, en tanto que es una imposibilidad que no anula su ejercicio, sino que más bien parece ser una condición del mismo? Hay al menos dos factores que se enlazan a este carácter de imposible. Por una parte el campo pulsional donde se aúnan lo imposible y lo necesario. Imposible de dominar en su totalidad, ya que lo no inscrito de la pulsión escapa a cualquier intento de dominio. Necesario de dominar en tanto la integración del sujeto en la cultura, integración cuyo precio es cierto grado de renuncia a lo pulsional, dejando ese resabio de malestar inherente al hombre y constituyéndose en el motor inextinguible de la ilusión de felicidad.
Por la otra que, en tanto hombres, a los psicoanalistas no se les puede exigir el cumplimiento de ningún ideal de perfección, sino tan sólo la coherencia suficiente con una ética que es lo que en verdad autoriza sus actos.
El psicoanalista debe responder por sus actos en el devenir de una cura. Su capacidad en el ejercicio será el fruto de un largo trabajo de elaboración de la teoría que sería imposible de producir sin transitar por los caminos de su propia cura. Es por esto que la transferencia es el lugar privilegiado en donde la ética del analista será puesta en juego y será el fiel reflejo de ella el camino por donde la cura se desarrolle.
Del Sujeto del Saber Supuesto a la producción de ese resto desechable hay un recorrido en el cual la inercia de la estructura se alza como un obstáculo de envergadura. Promover y sostener la destitución subjetiva y la caída de los ideales es algo que implica también al analista, quien tendrá que abandonar la comodidad narcisista del ser otro privilegiado para poner en juego su propia castración, como condición sine qua non para sortear las trampas del amor.
Todo análisis debe arribar a un final, final que se encontrará inscrito en el estilo de trasferencia de cada cura. Este estilo va a depender de la praxis de cada analista, siendo ésta el punto en el que ha llegado en la elaboración de la teoría.
Cierto es que, como dice Freud, un análisis termina cuando paciente y analista dejan de encontrarse para sus sesiones, lo que deja en claro que terminar es diferente de haber llegado al final. Pero el trabajo realizado no tiene retroceso y los beneficios que del mismo pueda haber recibido el paciente tampoco; qué decir de los recibidos por el analista que ha cobrado puntualmente sus honorarios.
El desarrollo freudiano da lugar a un estilo transferencial que marca el límite que actuará como final. Esto está claramente expuesto en Análisis terminable e interminable, donde la “roca viva de la castración “ se yergue como frontera infranqueable. Esta roca es en el varón la lucha frente a su actitud pasiva o femenina frente a otro varón y en la envidia al pene. Ambas se engloban bajo el concepto de “repudiación de la feminidad”, dejando así en primer plano la problemática de la castración.
“La rebelde hiper compensación del varón produce una de las más intensas resistencias a la transferencia. Se niega sujetarse a un Padre-sustituto o a sentirse en deuda con él por cualquier cosa, y, por consiguiente, se niega a aceptar su curación por el médico.”
“Del deseo de un pene por parte de la mujer no puede provocarse una transferencia análoga, pero es en ella fuente de graves episodios de depresión debido a la convicción interna de que el análisis de nada servirá y que nada puede hacerse para ayudarla. Y hemos de aceptar que está en lo cierto cuando sabemos que su más fuerte motivo para el tratamiento era la esperanza de que, después de todo, todavía podía obtener el órgano masculino, cuya ausencia era tan penosa para ella.”
“Pero también aprendemos de esto, que no es importante la forma en que aparece la resistencia, si es como trasferencia o no. La cosa decisiva sigue siendo que la resistencia evita que aparezca cualquier cambio, que todo continúe como antes estaba.”
“Con frecuencia tenemos la impresión de que con el deseo de un pene y la protesta masculina hemos penetrado a través de todos los estratos psicológicos y hemos llegado a la roca viva, y que, por tanto, nuestras actividades han llegado a su fin” [1]
Que en la concepción freudiana sea la posición subjetiva ante la castración lo que funciona como límite, es una consecuencia de lo que podemos llamar la reivindicación freudiana del Padre, que sostiene a éste como excepción ante la castración.
Se puede tomar a éste como un momento crucial en el desarrollo de la conceptualización teórica psicoanalítica, ya que es a partir de esta concepción que el Tabú sumerge al Tótem, y si bien los efectos simbólicos del Edipo no desaparecen, quedan reforzados los aspectos imaginarios. Las consecuencias clínicas son evidentes, el Edipo queda atrapado en la cuestión del incesto que es planteado como posible, dando lugar a una serie de caminos sin salida posible en torno a las identificaciones y las elecciones objetales así como a la identidad sexual. Al soslayarse la imposibilidad de transgresión de la Ley en tanto ésta se aplica como interdicción de un objeto imposible en tanto radicalmente perdido, se produce el velamiento de la cuestión fundamental para el sujeto: su relación con el deseo y lo inevitable de su destino como humano que es el recorrer su camino. Ya que el goce es tan solo una ilusión imposible.
El Padre freudiano es un Padre que si bien es elevado a un lugar simbólico y normativizador, no por ello abandona el atributo de la totalidad. Así la resolución del Edipo es relativizada en tanto el sujeto queda destinado a circular dentro de sus confines. Sin poder ir más allá, queda atrapado bajo la égida del ideal lo que provoca la creación de una paradoja; el análisis se convierte en una nueva forma de “normativización” que da como producto un sujeto centrado en el Ser, que no puede abandonar el campo de las certezas sin exponerse a la emergencia del “factor cuantitativo”. Es la persistencia del “al menos uno” que hace excepción lo que se encuentra en la base del mito neurótico del “asesinato del Padre”, cuyos rendimientos se expresan en el Super-Yo y la creación del ideal.
Freud hace referencia a la “repudiación de la feminidad” que es el modo en que queda velada la castración verdaderamente intolerable para el sujeto, la de la madre. Es interesante plantearnos que este límite al análisis tiene relación con lo que podemos denominar la “dirección de la estructura” que también apunta a la creación del ideal. Este es el mayor obstáculo con el que se encuentra el análisis al tiempo que introduce en él esa carga de imposibilidad a la que hace mención Freud.
El reconocimiento de la castración en la madre es fundamental en tanto implica la destitución del Otro y la del sujeto, sin embargo la reivindicación del Padre tiene como efecto producir el velamiento de eso insoportable. Este velamiento parece ser efecto de la fuerza de la estructura que se infiltra en la conceptualización teórica, produciendo una resolución del problema que contradice, o al menos deja de lado una formulación anterior.
La cuestión del saber ocupa, en el psicoanálisis, un lugar central. Por una parte nos encontramos con el “saber a producir” en el transcurso de una cura, y por otra con el conocimiento que el psicoanalista obtiene de los textos. De la articulación de ambas corrientes es que surgirá ese saber del psicoanalista que es lo que constituirá esa particular praxis que se desarrolla uno por uno y que conocemos como psicoanálisis.
“¿Qué es una praxis? Me parece dudoso que este término pueda ser considerado como impropio en lo que se refiere al psicoanálisis. Es el término más amplio para designar una acción concertada por el hombre, cualquiera sea, que lo pone en condiciones de tratar lo Real por lo Simbólico. Que encuentre ahí algo de lo Imaginario no tiene mas que un valor secundario” [2]
Dentro del campo del psicoanálisis existe, de hecho, un dualismo que en muchas ocasiones trabaja como si entre sus términos existiera una relación de exclusión y, en muchas otras, como si pudieran ser considerados como independientes el uno del otro. Tal es la divisoria que existe entre lo “Clínico” y lo “Teórico”, más allá de las declaraciones de principio que abjuran de ella. Divisoria que se ha hipertrofiado en los últimos años a través de la proliferación de los denominados “enseñantes de Lacan” y la pretensión de suplir el análisis del analista por la erudición.
Lo imposible de la profesión de analista parece estar en relación con el hecho de que el trabajo, en un análisis, elige un camino diferente y hasta opuesto al de la estructura con respecto a la respuesta al problema de la Falta. La estructura tiende a su velamiento y a la producción de ideales para sostenerlo, el psicoanálisis tiende a la puesta en evidencia de la Falta y la consecuentes destitución de los Ideales.
Es por esto que la curación no es el “retitutio ad integrum” de la medicina. Quien haya realizado un psicoanálisis y haya alcanzado su final, tendrá, como resultado de su cura, una modificación de su posición subjetiva que implica soportar la inconsistencia de su Falta en Ser, obteniendo un saber particular que será el producido en su recorrido.
El supuesto dualismo “clínica-teoría” puede ser planteado en términos más operativos: consistencia – inconsistencia. La dirección de la estructura tiende a lo que llamamos consistencia. Ese es el campo dentro del que se desarrollan las relaciones entre los sujetos, los ideales, el Otro como garante, el amor. El psicoanálisis se propone alcanzar un saber que ocupe el lugar de la verdad, colocando al sujeto al reconocimiento de la inconsistencia del ser, producto del encuentro del hombre con la Falta que lo organiza. El psicoanalista es alguien que ha elegido sostenerse en el campo de la inconsistencia, lo que lo lleva a estar al tanto de las trampas de los ideales que nutren la vida cotidiana y que suponen un cierto “descanso” al trabajoso sostenimiento de esta profesión “imposible”. El psicoanálisis implica la articulación de la inconsistencia y la consistencia. La inconsistencia referida al acto, a esa clínica que siempre aparece algo velada por el misterio de su dificultad (¿imposibilidad?) de transmisión. La consistencia referida a los desarrollos teóricos donde los conceptos congelan ese saber extraído por Freud del trabajo con sus enfermos, para hacer posible cierta transmisión.
No puede haber una división entre el saber y el conocimiento, se impone una articulación al modo de la intrincación pulsional. De lo contrario se deja a sus anchas a la pulsión de muerte, condenando al psicoanálisis a ser un simple saber de erudición que retorna sobre sí mismo en una satisfacción mortífera.
El límite del análisis es reconocido por Freud, mi intención es tan sólo la de tratar de reconocer los efectos de ese límite y formular una hipótesis acerca de la etiología de ese impasse.
Es evidente que alcanzar en un análisis ese punto de normativización que produce el Padre freudiano tiene beneficios indudables. Despegarse del Edipo obscenamente imaginario, apaciguar las instancias represoras del Super-Yo, producir la disolución de síntomas e inhibiciones que someten al enfermo a la miseria neurótica bien vale el esfuerzo de la cura. Es justamente para tratar de eludir la posibilidad de deslizarnos hacia la anulación de esos efectos beneficiosos que es necesario tener en cuenta de qué manera incide este modo de resolución del problema de la castración sobre la posición del analista en la transferencia.
Se verá llevado a ocupar el lugar del Padre Simbólico y será desde ese lugar que sus interpretaciones tendrán efecto, pero se encontrará en la pendiente de proponerse como ideal, estimulando una identificación que no es otra cosa que una nueva forma de alineación donde el sujeto sigue fiel a su historia. Historia que en realidad no es la del sujeto, ya que son los dominadores quienes escriben la historia, es entonces tan sólo la historia de los imperativos. De su historia sólo quedan las ruinas de lo que no pudo ser en tanto aspiraba a algo diferente al “deber ser”.
Si el análisis es comparado por Freud con la arqueología, es necesario plantearse que la similitud se encuentra en el descubrimiento de esas ruinas que la vía de acceso a la dimensión de la verdad. No como un universal que ilusiona con el espejismo de la totalidad, sino como un particular que se sostiene en la decisión de la renuncia a los ideales.
“El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está señalado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado. Pero la verdad puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está escrita en otra parte. A saber:
-en
los monumentos: y esto es mi cuerpo, es decir el núcleo histórico de la
neurosis donde el síntoma histérico muestra la estructura de un lenguaje y se
descifra como una inscripción que una vez recogida, puede sin pérdida grave ser
destruida.
-en
los documentos de archivo también: y son los recuerdos de mi infancia,
impenetrable tanto como ellos, cuando no conozco su provenencia.
-en la evolución semántica: y esto corresponde al stock y a las acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de mi vida y mi carácter.
-en la tradición también y aún en las leyendas que bajo una forma heroificada vehiculan mi historia.
-en los rastros, finalmente, que conservan inevitablemente las distorsiones, necesitadas para la conexión del capítulo adulterado con los capítulos que lo enmarcan y cuyo sentido restablecerá mi exégesis”.[3]
Para el analista ir más allá del Padre no es tarea fácil, ya que es cuando tendrá que soportar como efecto su propia destitución. Más allá del Padre es el campo de la destitución, donde la inconsistencia da por tierra con cualquier ilusión de certeza. Donde la erudición es sólo un lastre que nos puede hundir en las arenas movedizas de nuevos patterns de curación, que instituyan renovados ideales que serán alcanzados después de “haber recorrido el camino correcto” (el “buen análisis”).
El cambio de posición subjetiva que surge de rizar el rizo del análisis, se encuentra en las antípodas de cualquier idea de progresión en la escala que mensura la meta. La renuncia a los ideales es la mayor dificultad con la que se enfrenta quien ha decidido ocupar el lugar del analista. No hay garantes en una praxis donde el fiel de la balanza es la dubitación. Ese punto de vacilación esencial que introduce al individuo en lo humano.
Lacan propone ir mas allá del Edipo para poder trasponer la roca de la castración, o al menos poder rodearla, y de esa manera resolver el punto de “repudiación de la feminidad”. Punto de anclaje necesario para que el factor cuantitativo vuelva a operar, precipitando al sujeto en los meandros de una nueva enfermedad.
¿Implica ésto que ir mas allá del Edipo es una vacuna ante el incremento del factor cuantitativo? Un análisis dista mucho de ser una vacuna, pero sí puede ser el medio a través del cual, quien ha recorrido una y otra vez el rizo trazado por la transferencia, obtenga una cierta inconsistencia que le posibilite dar al factor cuantitativo una respuesta diferente a la de la defensa.
Para el analista es tan sólo su ética lo que lo pude sostener en esa posición sin garante, en la que tendrá que asumir cotidianamente el riesgo de su propia autorización.
Por Oscar Mario Gutierrez Segú
Correo del autor: osmsegu@2vias.com.ar
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