» Introducción al Psicoanálisis
“... llegarás a la fértil tierra de Pitiá”22/07/2020- Por Jorge M. Helman - Realizar Consulta
Transcurría el último tramo del siglo XIX cuando Freud realiza el tratamiento de la joven Ida Bauer. Este análisis se centró, básicamente, en el desmenuzamiento de dos sueños. Freud intentó, fallidamente, titular esta comunicación como “Sueño e histeria”, pero trascendió como “Análisis fragmentario de un caso de histeria (El conocido “caso Dora”). Han transcurrido 120 años… ¿Es factible a 1400 años de distancia realizar el análisis de Sócrates y su sueño? El propósito de este relato es pulsar su posibilidad haciendo eco en los instrumentos brindados hace más de un siglo por Freud; es decir implementando la técnica de la atención libremente flotante… Este cruce entre el historial de Dora y el de Sócrates ofrece un desafío alentador para testear la vigencia de los conceptos analíticos.

Sócrates Dora Freud
Pienso oportuno fijar un punto de arranque clínico en esta exposición para, a partir de ahí, extraer algunas inferencias acerca de la Transferencia y la Técnica psicoanalítica. Seleccioné, a tal efecto, un sueño.
Su relato aparece en el libro Critón de Arístocles (Platón) ([1]). Este libro está considerado como el penúltimo de los diálogos socráticos, siendo antecesor del Fedón (relato éste que cuenta las últimas horas del maestro Sócrates).
La estructura narrativa del Critón tiene una primer parte donde el sueño le es relatado al interlocutor de Sócrates; luego se produce un corte brusco del texto, que inaugura la segunda parte donde Platón, con la voz de Sócrates, describe los deberes del ciudadano para con la polis griega.
El contenido del relato, muy brevemente expuesto, es una invitación de Critón tendiente a que Sócrates huya de Atenas hacia la isla de Tesalia para así salvar su vida que ha sido condenada a muerte; esta propuesta es rechazada por Sócrates por medio de una retórica argumental donde expone las ideas acerca del estado griego. Entre la primera y segunda parte parecería no haber nexo lógico alguno, salvo el de su contigüidad. Esto lo hace más atractivo aún.
Voy a transcribir el fragmento del libro, incluido el sueño hasta su corte:
Critón:... forzosamente, Sócrates, mañana concluirás tu vida.
Sócrates: Pues bien, si es grato a los dioses, que así sea. Sin embargo no creo que llegue hoy (el navío de Delos que anuncia mi muerte).
Critón: ¿en base a qué se te ocurre eso?
Sócrates: Te lo diré; según parece debo morir al día siguiente en que llegue el buque.
Critón: Bueno, precisamente, estos es lo que dicen los que deciden en estas cuestiones.
Sócrates: No creo que el buque llegue hoy sino mañana. Se me ocurre a raíz de un sueño que tuve hace muy poco, esta misma noche.
Critón: ¿Y cuál ha sido el sueño?
Sócrates: Se me apareció una mujer hermosa, de bellas formas, vestida de blanco que se me acercó y llamándome me dijo: "Sócrates, al tercer día llegarás a la fértil tierra de Pitiá".
Critón: un sueño extraño, Sócrates.
Sócrates: para mí es muy claro.
Analizar este (como cualquier otro) sueño supone establecer conexiones que destruyan el hermetismo de la imagen. Es conveniente empezar por lo fácilmente identificable. Así, la extrañeza del sueño lo es para Critón; no para Sócrates que sabía bien acerca de qué trataba el sueño.
Veamos la expresión:
“... llegarás a la fértil tierra de Pitiá.”
Ese lugar no tenía una relación directa con Sócrates... pero si con Aquiles. Más aún, toda la expresión: “... llegar(é) a la fértil tierra de Pitiá.” la hallamos en el Capítulo XI versículo 363 de La Ilíada, libro éste que tiene como personaje a Aquiles y que, sin lugar a dudas, Sócrates conocía.
El sentido que tiene en La Ilíada (sentido que es útil retener) era el traslado de Aquiles de Troya a Pitiá para descansar luego de numerosas batallas que allí había sostenido. Aquiles era el invulnerable. Habiendo nacido en Pitiá su madre Tetis los bañó en la laguna Estigia tomándolo del talón. Su cuerpo, según la leyenda, era impenetrable salvo allí donde su madre lo toma: el talón.
Pero Aquiles también era el personaje de la famosa fábula de Zenón de Elea: “Aquiles y la tortuga”, relato que demuestra, matemáticamente, al infinito y al mismo tiempo, a la inmovilidad del tiempo y el espacio.
Sócrates, erudito ciudadano de la Antigua Grecia, no podía ignorar estos datos. Más aún la invulnerabilidad y la infinitud ([2]) son categorías muy caras a la filosofía socrática.
Inferir de aquí que Sócrates se identifica con el personaje heroico de un texto es un paso lógico necesario; contabilizando además que ese personaje no muere sino que descansa.
En esta línea de razonamiento se torna imprescindible incluir el resto diurno y cruzarlo con el concepto de muerte que Sócrates sostenía.
Su ejecución se produciría a la llegada de un buque cuya proximidad temporal nos la cuenta el personaje de Critón. El sueño es contestatario de ese conocimiento; extiende, así, el plazo de ejecución de manera indefinida al igual que en la fábula de Zenón, donde Aquiles nunca alcanza a la tortuga. ([3])
Ahora ¿qué pensaba Sócrates de la muerte? El libro de Fedón es transparente. Dice textualmente:
“Se aproxima la hora en que mi alma se libertará
de la cárcel de mi cuerpo.”
Por lo tanto muerte era sinónimo de liberación del alma; esto significa que la muerte no tenía el sentido de negación de la vida, sino solamente un cambio en el estado de la vida misma.
Este concepto de muerte como otra vida es coherente con la tesis de la reminiscencia que expone Sócrates en El Banquete (Simposion) y en la segunda parte del Fedón y que hace a la articulación fundacional de su teoría del conocimiento: “Conocer es reanimar un recuerdo olvidado”.
El personaje no quería morir (en el sentido (¿?) que hoy damos al vocablo); quería liberarse. Y es muy distinto. El deseo motorizante del sueño no es la muerte sino la vida perpetuada como Aquiles quien, para Sócrates, aún vivía en el Hades.
¿Además de las dichas qué razones adicionales existen para pensar esto?
No sólo la concepción socrática del alma ([4]) sino también el epitafio a los muertos en la batalla de Potidea (lucha en la cual Sócrates intervino en el año 432 A.C.) y que reza lo siguiente:
“El éter recibió a sus almas, así como la tierra a
sus cuerpos”.
Esta misma concepción dualista será acogida, luego en tres textos más familiares y conocidos: “Génesis”, “Job” y “Eclesiastés”.
Otro fragmento del sueño presenta, también una curiosa expresión que se manifiesta por la redundancia. Nos habla de: “una mujer hermosa, de bellas formas...”. Con autonomía del personaje femenino, llama la atención el enunciado “bellas formas” porque, precisamente, para Sócrates la condición reversible de las formas es la belleza; idea que expone nítidamente en Fedro ([5]).
El sueño extraño, decía antes, no lo fue para Sócrates, ya que sabemos qué pensaba éste de los sueños. Vayamos al libro Apología y hallaremos la respuesta.
“Dios ordena a los hombres hacer algo por la vía
del oráculo y los sueños”.
Estos eran designios divinos y gozaban, por lo tanto, de cierta extranjería sobrenatural. Eran mensajes y órdenes que venían de afuera pero que tenían sentido.
Sintetizando, lo hasta aquí expuesto se puede afirmar que Sócrates muere para sobrevivir como pensamiento porque éste es “una experiencia del alma”, según lo expone en El Banquete. La muerte es un irrepresentable, el alma es supervivencia de las formas que son bellas. Dicho más enérgicamente: la belleza es la forma.
Hasta aquí he planteado una reconstrucción. Y como toda reconstrucción es una ficción. Pero sí cabría interrogar a lo expuesto qué es lo que la legítima.
Todo texto puede, alternativamente, enrolarse en diferentes biografías contextuales. Pueden ser históricas, filosófico-religiosas y también psicoanalíticas. Recuerdo, ahora, una expresión de Borges que se adecua mucho a lo recién formulado:
“la idea de un texto definitivo sólo encaja en la
religión y el cansancio”.
El recurso metodológico que implementé reconoce puntos históricos literarios muy precisos. Tan sólo para mencionar algunos puntualizaré los siguientes: “Los sueños de la Gradiva de Jensen” de 1907, “Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci” de 1910, “Una Neurosis demoníaca del Siglo XVII” de 1924 ([6]); por supuesto que esto es Freud.
Y Lacan ¿qué hizo con el seminario “La carta robada” ([7])? O ¿con el seminario 23: “Joyce, le sinthome” ([8])?
En todos estos trabajos los autores incursionan en documentos literarios para ejercitar las categorías psicoanalíticas. Apoyarse en textos para hablar junto a ellos es, justamente, lo que hoy nos reúne. Es decir, hablar de transferencia y técnica.
Precisamente la técnica analítica se acuesta en el análisis de la organización discursiva para interrogar, a la luz de los conceptos, a esa organización. Ésta, para los psicoanalistas, tiene nombres propios: fantasmas, lapsus, sueños, etc. Constituyen una realidad especial: La realidad psíquica.
La validez de analizar un texto es insistente... aunque el paciente “en vivo y en directo” no se encuentre. En rigor el paciente es un relato, un argumento con un nudo enigmático: su Yo.
Dicho de otro modo, hay paciente y analista en la medida que haya transferencia y ésta se encuentra muy alejada de ser un fluido esotérico. Es una versión diferida y medida porque es un pensamiento que padece de las características similares al acting-out y al afecto. Es decir, es un pensamiento impensado.
Cuando expuse el hecho clínico no analicé a un individuo porque de haber sido así, habría que preguntarse ¿a qué individuo? ¿A Sócrates o a Platón?
Sócrates no existe. Lo que nosotros de él conocemos es la versión platónica de su pensamiento ([9]). Aunque “hilando más fino” lo que yo conozco es la traducción del griego al español realizada por Conrado Eggers Lan.
Pero todavía hay algo peor; lo que yo creo conocer es lo que imagino que el traductor español expuso acerca del texto socrático-platónico. Y lo que ustedes puedan entender de lo que yo les transmito también estará “mechado” con los referentes conceptuales con que acojan y comprendan lo que les dije.
Nos encontramos con traducciones alternantes y no faltan oportunidades en que hasta nosotros mismos somos nuestros infieles traductores.
Recuerdo, en este momento, la llegada de Dora a Freud.
Quien primero conoce a Freud es el Sr. K; luego el padre de Dora (quien es tratado en su afección sifilítica por Freud, en 1893) y recién en octubre de 1899 Dora es traída a análisis por su padre.
Pero cabe preguntarse a qué Freud retorna el padre de Dora en 1899. La respuesta es sencilla: vuelve al Freud que él conocía en 1893... o creía conocer.
El período que va desde 1893 a 1899 par Freud fue convulsivo. Lo testimonian los escritos de esos tiempos. No es difícil inferir que el Freud consultado por el padre de Dora no era el mismo que en 1893 lo atendió a él. Pero este padre no lo sabía.
Observen ustedes como la confiabilidad se fue deslizando de una persona a otra y también, de un tiempo a otro.
A este caso de Dora le podemos aplicar el mismo razonamiento que para lo dicho de Sócrates- Platón.
A Dora no la conocemos. Aquello a lo cual tenemos acceso es a la versión que de ella Freud nos ha dado; versión mediada por la interpolación de referentes categoriales psicopatológicos ([10]).
Más aún, ese mismo texto, publicado en 1905, metabolizó el tratamiento ocurrido en 1899. Y desde allí Freud transfirió hallazgos, incertidumbres, errores y aciertos; atributos todos estos a remetabolizarse actualmente.
Porque además analizar es desmontar para producir nuevos armazones; es decir, articular nuevos contenidos representacionales. Y ello lo hacemos cabalgando en la indivorciable solidaridad existente entre la técnica y la teoría. Ésta, en el siglo XXI, no es fotocopia de la habida a principios de siglo XX.
No existen categorías técnicas que no se respalden en conceptos teóricos (o metateóricos).
Cualquier indicación o aplicación técnica posee (y es) un apoyo en alguna concepción... aunque su agente de ejecución sea ignorante de ello.
Concluiré, provisoriamente, con una última reflexión.
Pienso que si el sueño es un texto enigmático, es necesario tratar al texto como un sueño a (des)cifrar. Por ello intenté exponer el (y al) análisis de un caso clínico recurriendo a indicadores intra e intertextuales.
...sin darme cuenta (per)seguí en esta investigación lo mismo que un paciente y un analista: (Re)Crear un personaje.
[1] Por la generosidad de su omóplato, Arístocles trascendió hacia la posteridad con su sobrenombre: Platón.
[2]. Ambos conceptos nacen de la profunda influencia eleática que han de modelar parte de la filosofía expuesta por Sócrates.
[3]. Cabe aclarar que la primera refutación registrada a la doctrina de Zenón data de Aristóteles, razón por la cual a la fecha de vida de Sócrates ésta gozaba aún de plena vigencia.
[4]. Esta concepción se encuentra desplegada en varios escenarios literarios de la obra platónica.
[5]. Fedro está considerado el “Tratado de la Belleza” por excelencia.
[6] Cabe también incluir en la listado precedente dos textos que ahora encolumno en una rubro aparte:
“Un caso de paranoia autobiográficamente descripto” y “Análisis de la Fobia de un niño de cinco años”.
Los he incluido aparte por cuanto ambos textos son considerados "historiales clínicos". En rigor su autor se contacta, en el caso Schreber con un libro censurado: “Memorias de un Neurópata”, y en el “caso Juanito” mantiene una correspondencia con el padre de Juanito quien era pediatra y sobre el cual Freud realizaba una tarea de supervisión, habiéndolo visto en “directo” a Juanito tan sólo en un par de oportunidades.
[7] Este seminario se apoya en la traducción de Charles Baudelaire acerca del cuento de Edgar Allan Poe. Seminario “La carta robada”. (Clase 16). Actualización de publicación: 29 octubre, 2018.
[8] Basado en el texto de James Joyce: “Ulises”. – 1904. Seminario 23: “Joyce, le sinthome”.
[9]. Es válido interrogarse acerca de cuáles pudieron haber sido los motivos por los que Sócrates no escribió una sola línea acerca de su enseñanza. Una respuesta potencialmente fuerte sería entender que se postuló más que como un filósofo como un pensador; como un mayeútico que ayudaba alumbrar la verdad. (En la filosofía socrática, diálogo metódico por el que el interlocutor interpelado descubre las verdades por sí mismo). Es posible que de haber pretendido ser un filósofo hubiese dejado rastros literarios de su pensamiento. (… ¡aunque un presidente argentino aseguró “haber leído las obras de Sócrates”!) (sic)
[10]. Freud solía llamar a lo que conocemos como “historiales clínicos”: “Mis novelas”.
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