» Introducción al Psicoanálisis

Lo siniestro está en el espejo

03/09/2018- Por Adriana Rey - Realizar Consulta

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En el seminario de La Angustia Lacan trabaja extensamente sobre la imagen especular, pero a su vez, sobre aquello que no tiene imagen: lo no especularizable. ¿Qué sucede cuando en el lugar donde debería haber un blanco en el espejo aparece algo? Algo… cualquier cosa. Pero ¿Cómo podría reflejarse algo cuya imagen falta?

 

 

 

                         

                                              Mask II (2002) - Ron Mueck*

 

 

  Es por el Rasgo Unario que se inscribe la posibilidad del reconocimiento de la unidad llamada i(a), imagen real, que está dada por la experiencia especular, y que sólo podemos ver en i’(a), imagen virtual. Esto ocurre porque hablamos. Porque hablamos y porque somos hablados. Es decir, no tiene que ver con las propiedades del espejo en sí, sino con la categoría de hablante a la que estamos sujetos.

 

  Lacan trabaja detalladamente en el Seminario de la Angustia sobre lo que llamamos la imagen especular, digamos, lo que se ve en el espejo. ¿Para qué trabaja sobre ello? Entre otras cosas para poder formular lo que no es especularizable. Porque como en cualquier categoría, lo especularizable supone, incluye, lo que no es especularizable.

 

  Lo no especularizable, verdaderamente, no es un asunto fácil de asir. Muchas idas y vueltas sobre el tema me han ayudado a, algunas veces, tener la sensación de haber entendido de qué se trata.

 

  Si el sujeto pudiera estar realmente (dice Lacan en el Seminario 10) y no por intermedio del Otro en el lugar de I, (se refiere al lado del espejo plano) tendría relación con lo que se trata de atrapar en el cuello del florero de la imagen especular original, i(a), a saber, el objeto de su deseo, a[1]. O sea: habría relación de objeto.

Sabiendo que estos dos: i(a) es decir la imagen real y a, el objeto, son el soporte de la función del deseo, creo que nos podríamos permitir detenernos un poco al menos en qué quiere decir que algo no tenga imagen.

 

  En seguida al tratar de escribir sobre estos asuntos, me vino un recuerdo: hace un tiempo fui a ver una muestra de un escultor australiano, Ron Mueck. Me llamó la atención y quise ir, porque todos los comentarios que leí acerca de la muestra, contenían la palabra “impresionante”. Movida por la curiosidad y luego de ver imágenes de sus obras que realmente son de un realismo asombroso, y parecían muy bellas, fui al museo y cuando vi la primera obra, entonces entendí lo que quería decir “impresionante”.

 

  Se trata de esculturas que representan en su gran mayoría figuras humanas. Partes del cuerpo, por ejemplo una cabeza de un hombre durmiendo, o bien cuerpos enteros en situaciones de vida, digamos… como si estuvieran viviendo. Una pareja de gente mayor en la playa, la mano de él tomando el brazo de ella, los ojos de ella enfocados en la frente de él, el anillo de bodas incrustado en la carne del dedo, como cuando hace muchos años que se lo lleva puesto… un hombre desnudo en un bote mirando a lo lejos, como esperando ver algo, y así podría seguir.

 

  Todas las figuras son en apariencia, idénticas a un ser humano, en sus más mínimos detalles. La textura de la piel, los vellos más pequeños en los dedos de los pies, los poros de las narices, los lunares en los hombros… en fin. Casi humanos. Lo que salva de lo idéntico es un rasgo grosero, groserísimo. La diferencia de tamaño. Las figuras son enormes o muy pequeñas, eso tranquiliza un poco. Sin embargo… personalmente tuve la experiencia intermitente de sentir algo parecido al miedo.

 

  Por momentos, al girar la cabeza, justo en el instante en que apartaba la vista de alguno de estos personajes, tenía la sensación de que alguno de ellos iba a respirar, o se había movido un poquito; algo totalmente insólito.

 

  Conversando con otra persona con la que fui a ver la muestra, coincidimos en estas sensaciones y sobre todo en una conclusión: estas obras tienen algo de siniestro. No es que sean iguales a nosotros, porque nadie es tan gigante, ni tan pequeño. No es que pudiéramos confundirnos y pensar algo semejante. ¿Qué es entonces lo que provoca esa sensación, esa impresión?

 

  Lo que se siente de vez en cuando es que podrían tener vida. ¿Y qué es la vida? ¿Cómo me doy cuenta de que algo tiene vida si no lo toco y está inmóvil? ¿Cómo me doy cuenta de que no la tiene? Insisto: ¿Qué es la vida?

Todas preguntas que aluden por cierto a lo Real[2].

 

  Por momentos las esculturas de Mueck hacían presente algo que indudablemente amenazaba con aparecer en la imagen, que se podría llamar vida, sin siquiera tener la más remota idea de qué es, como así tampoco y en el mismo plano, de la muerte.

 

Recordé inmediatamente en esa ocasión al cuento “El Hombre de la Arena”, de Hoffman. Relato que toma Freud para hablar de lo siniestro o lo ominoso, lo unheimlich, y que Lacan trabaja también en el Seminario de la Angustia. En ese cuento, el protagonista se enamora de una joven que en realidad es una especie de muñeca, o androide, fabricada por un mecánico, quien vendría a oficiar del padre de la chica, y provista de ojos por un tal Coppola a quien el protagonista teme: “El hombre de la arena”.

 

  Sin entrar en demasiados detalles del cuento, que por cierto es una truculenta historia, lo que nos importa aquí es, en primer lugar, que el protagonista no nota que de quien está enamorado no es alguien humano. No lo nota hasta que, promediando el final, el mecánico inventor y Coppola se pelean. La disputa entre ellos es nada menos que por arrogarse el derecho de haberla creado, (¿de haberle dado la vida?) y concluye de la peor manera.

 

  Sobre el final del conflicto, Coppola se lleva la muñeca quien tiene en su cara dos cavidades oscuras en lugar de ojos (le han sido arrancados) y el mecánico toma los ojos ensangrentados del piso (así dice el autor, ensangrentados) y los arroja a nuestro protagonista diciéndole que es a él, al muchacho enamorado, a quien Cóppola se los ha robado.

 

  ¿Cuál es aquí el punto de lo siniestro? ¿Haber perdido los ojos, o ver los ojos extraídos de él? Porque es éste justamente el punto que debería ser ciego. Nadie puede ver sus propios ojos, mirando. Se pueden ver los ojos en un espejo, en una foto, en un video. No se los puede ver mirar. La mirada queda recortada de la imagen, no tiene imagen. Y si algo, cualquier cosa, dice Lacan, aparece ahí donde eso debería faltar, entonces aparece la angustia.

 

  Retomando entonces, es ese rasgo, rasgo 1, rasgo unario que ha marcado y produce el deshecho, pérdida, imposibilidad, resto. Ese irreductible quedará entonces excluido de la marca, aunque incluido en el Otro ya que juega desde allí, haciendo causa.

 

  Que algo no tenga imagen, entonces, como la mirada, el más escurridizo dentro de las especies de los objetos a, garantiza la unión de todas las demás partes. Unificación y exclusión que permite el deseo, además de provocarlo. Pero además, ¿dónde, en esa especie de escultura que es el cuerpo, está ubicado?

 

  Es la parte que ha quedado como resultado de la operación, a la manera de la circuncisión de la entrada en el mundo hablante. Eso que aparece sólo siniestramente, fugazmente, pesadillezcamente en la angustia, es lo que da certeza a la misma, y que está también ubicada en el cuerpo, como blanco en la imagen. Es una falta que queda contenida en la imagen, está incluida en el Otro y permite la operatoria analítica por medio del deseo del analista.

 

  ¡Qué ocurrencia pensar que podría reflejarse! ¿Cómo se reflejaría algo que no está? ¿Algo que falta?

A la vez, ¿Cómo podría sostenerse esa imagen sin eso que falta? Esa imagen, aclaremos, que puede ser reconocida como siendo yo.

 

  En definitiva, ese blanco en la imagen, es lo que sostiene la imagen del cuerpo ya que no habría imagen si no hubiera deseo del Otro en juego. Siendo éste el punto sin imagen del cuerpo, hace consistir una silueta que tiene reflejo y se puede reconocer allí, en el Otro y en el semejante. Siempre que me veo, me veo allí, nunca de “este lado”.

 

  Pero la condición para que la cosa funcione es que pueda ver mis ojos en la imagen, suponiendo que son mis ojos, aunque nunca podrían serlo. Imaginemos mirarnos en el espejo y ver como nuestros propios ojos nos miran, como le ocurre al joven del relato de Hoffman.

 

  La presencia de la angustia, o alguna de sus formas leves si se quiere, señalan entonces que ese lugar que debería estar vacío –φ, está ocupado. –φ del lado derecho del esquema óptico, que corresponde al objeto a del lado izquierdo del esquema, está ocupado por algo, cualquier cosa. La falta viene a faltar. Lo unheimlich, lo siniestro entonces, aparece en el espejo.

 

adri_anarey@yahoo.com.ar

 

*Nota: escultor australiano contemporáneo hiperrealista (1958). Es considerado un genio de la representación figurativa. La foto responde a un autorretrato a escala gigante ubicado en el Anthony D’Offay GGallery de Londres.

 

 

 

 



[1] Lacan, J. Seminario 10, La Angustia. Sesión del 28 de noviembre de 1962. Paidós, Buenos Aires, 2006.

[2] Recordemos que Lacan ubica Vida en la cuerda Real del nudo borromeo. Se podría consultar  el texto La Tercera de dicho autor para ampliar este asunto.

 


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