» Introducción al Psicoanálisis
Màs acà del principio del placer13/11/2003- Por Daniel Ripesi - Realizar Consulta
El más “aca” del principio del placer
I. Un dichoso
malestar
En “Más allá del principio del placer”,
Freud plantea dos fuentes de displacer que, de todos modos, no deberían
proponerse como una excepción al funcionamiento del principio del placer: por
un lado, la incomodidad que supone al yo el “retorno de lo reprimido”, y –por otro lado- la contrariedad que
supone -para a las exigencias pulsionales- tener que someterse al “principio de realidad”. Este malestar
está aún articulado –o en capacidad potencial de ser articulado- por el aparato
psíquico, según la ley general que gobierna su funcionamiento normal: el
principio de placer-displacer. Estas dos fuentes de displacer, además, no
actúan de manera independiente, por el contrario el funcionamiento de uno es
solidario del otro: principio de realidad y retorno de lo reprimido son las dos
caras de un mismo fenómeno, son el precio que todo sujeto paga por su
inscripción en la cultura. La articulación de estos dos elementos, se da a
partir de un mecanismo que los vincula estrechamente: la represión. La interacción de estos tres términos
(Represión-Principio de realidad-retorno de lo reprimido) determinan el funcionamiento
psíquico sano o normal. Dicho de otro modo, la normalidad implica que para un
sujeto lo psíquico incluye en su funcionamiento al “malestar” como producto
permanente. Sin malestar podemos presumir una estructura psíquica seriamente
dañada (como por ejemplo en las psicosis). Desde el punto de vista clínico –en
tal caso-, no podemos esperar la instalación de una neurosis de transferencia
que permita operar con las herramientas que dicho acontecimiento autoriza en un
psicoanálisis (enseguida explicaremos esto). El principio de realidad impone a
la demanda pulsional ciertas condiciones para su satisfacción, obliga a un
desplazamiento metapsicológico a sus propósitos. Definamos la metapsicología de
las exigencias pulsionales según ciertos rasgos propios del funcionamiento
primario: exige una satisfacción según el “Aquí”, el “Ahora” y el
“Todo”. La represión impone
límites a estos absolutos, abriendo paso al advenimiento del principio de
realidad que vehiculizará realizaciones de placer a partir de ciertos
desplazamientos, de estrategias más elaboradas y circunstancias más complejas:
El “Aquí”, a partir del principio de realidad, este rigor tópico admite
poco a poco una creciente diversidad de lugares, una geografía más extensa y
variada para la acción del sujeto en el mundo exterior. El “Aquí”, el espacio
(lo tópico), se inviste entonces,
libidinalmente destacando áreas para la vivencia de experiencias de carácter a
veces más privado y otras más público, según el caso. Un espacio se hará
habitable u hostil, refugio en donde retraerse o escenario desde donde
exhibirse, etc. Correlativamente, en la intimidad del sujeto, lo psíquico
diferencia, en una suerte de tópica subjetiva, espacios para la vinculación con
los demás. Según el pudor y la confianza se construirá una relación posible con
los demás. Y, sin duda, no se “alojará” a todo objeto en el mismo lugar de esta
“tópica subjetiva”.
El “Ahora”, admite con el principio de realidad,
una articulación temporal que da movilidad a esa cristalización del “ya mismo”
que exige la moción pulsional. El principio de realidad multiplica los espacios
y moviliza lo temporal, no hay otra alternativa, tiempo y espacio se afectan
mutuamente. El “Ahora” debe desplazarse en beneficio de una temporalidad
que haga calcular a lo psíquico algo casi incalculable –y nunca exento de
riesgo para la ejecución lograda de un acto-: el momento oportuno. La
realización del placer requerirá, entonces, de cierto sentido de la
oportunidad. Y así como la diversidad de espacios “exteriores” abren cierta
correlatividad en una tópica subjetiva, la temporalidad que ordena una
experiencia abre una dimensión subjetiva del tiempo: una apropiación del tiempo
que va desde una duración algo afectada de narcisismo (que busca detenciones de
infatuación), pasando por una imaginarización basada en el antes, el hoy y el
después (que permite contarnos una historia), hasta los trastocamientos de ese
“tiempo otro” que impone la dinámica efectiva
del après coup (que promete variaciones en el pasado y en el futuro). Y,
finalmente, en el apetito voraz y codicioso del “Todo”, el principio de
realidad dice “sólo un poco” –y, ni siquiera, un poco de lo anhelado-.
Entonces, el principio de realidad –por medio de la represión- impone una serie
de desplazamientos que van desde el “Aquí” al “un poquito más allá –o más
acá-”, desde el “Ahora” a “un poquito más tarde” y, desde el “Todo” al “tan
sólo un poquito”. Estos desplazamientos que impone el principio de realidad son
tematizados, en general, como una metaforización del objeto en la búsqueda
pulsional. Y, como la pulsión no se conforma con sólo “un poquito”, pues
tendremos “retorno de lo reprimido” para relanzar este movimiento de repetición
y metaforización en el trabajo psíquico. Todo encuentro es re-encuentro,
siempre media una diferencia que es sorpresa que enriquece y decepción que repliega.
De no haber tal malestar en lo psíquico, el movimiento
transferencial, en el encuentro con esos pacientes, queda atado a la metapsicología del “Aquí, ahora y
todo”. El paciente intenta “decirlo todo”, desamarra un discurso que no
reconoce la menor omisión, ningún pudor, evita las contrariedades de las
imprecisiones y del olvido, o bien –lo que es lo mismo-, se empeña en otro
absoluto equivalente: el “no decir nada”. El paciente se hunde, en este segundo
caso, en el más inquebrantable de los mutismos. Su aparato psíquico es incapaz
de elaborar alguna metáfora de lo que diciendo se calla, o de lo que habla
cuando se hace silencio: el paciente se siente poseedor de un objeto pleno,
cree dominar a la palabra o al silencio “plenos”. Atadura también a un “Ahora”,
porque “Todo” lo que se dice, se debe decir “Ahora”: inútil señalarle al
paciente que lo que acaba decir se contradice flagrantemente con lo que dijo un
segundo “antes”, porque un segundo antes no es “antes”, es un “ahora” ya
perdido. Y “Todo y Ahora”, finalmente, se dice “Aquí”: como una catarsis que
necesita su recipiente, no más que eso, un recipiente donde vomitar palabras
actuales y totales. No se espere que lo dicho “Aquí” despliegue algún efecto en
las experiencias de “más allá” del consultorio.
II. Una cuestión de
tiempo
De
modo, entonces, que el malestar no indica una falla del funcionamiento psíquico
sino su adecuada estructuración. Con ese
displacer, para Freud, no hay porqué ir “más allá”. Por cierto hay pacientes
que ponen en primer plano sus quejas, o bien para impotentizar a sus analistas
asumiendo con resignación la ligazón que los une a aquellos objetos a quienes
imputan el origen de sus males (aunque no quieran resignarlos en modo alguno),
o bien, por asumir un ideal de felicidad en el que no asome el menor malestar
(desprendiéndose una y otra vez, en este caso, de todo objeto). Cuando se
intenta situar la posición de un sujeto con relación a su deseo, tiene
gravitación situar su concomitante posición con relación al malestar. Siempre
se pone en juego un malestar, o por asumir ese deseo, o por eludirlo, y esto da
lugar a circunstancias clínicas bien distintas.
Ahora bien, en el texto que nos ocupa, Freud decide
analizar -para poder pensar así los límites del funcionamiento del principio
del placer-, otras evidencias de la insistencia del malestar en la
subjetividad. Llega así a la consideración de las neurosis traumáticas. En
ellas, el enfermo queda fijado al momento traumático, reviviendo una y otra vez
en sus sueños ese penoso momento, en lugar de -según lo esperable en el proceso
onírico-, forjar la realización de un deseo, como por ejemplo, una curación
posible o la evitación imaginaria del accidente en cuestión. Comenta entonces
Freud: “El enfermo hállase pues, por así
decirlo, psíquicamente fijado al trauma”. Ya había hablado Freud del
sufrimiento histérico como un “sufrimiento de reminiscencias”, pero mientras
que para estos habría una detención “en el” tiempo –a partir del trauma-, en las
neurosis traumáticas sería más apropiado hablar de una detención “del” tiempo.
La comparación con la histeria resulta interesante para marcar las diferencias.
Abordamos aquí una afectación de lo temporal en el funcionamiento psíquico. En
la histeria el “trauma” espera una segunda vivencia para caracterizarse como
tal. Es el movimiento del après coup, en el que diversas resignificaciones
alteran el pasado desde el presente, que a su vez necesita del pasado para
engendrarse. El trauma se constituye como tal por el recuerdo, en la neurosis
traumática no es posible el recuerdo de dicho episodio porque éste jamás se
olvida. En la neurosis traumática, podríamos decir, se “sufre de una
inquebrantable memoria”. En la histeria, el episodio dinamiza el tiempo, le da
movilidad, tanto que -el “episodio” en cuestión- se “interpreta”, se conjetura,
en el peor de los casos se anula; en la neurosis traumática el tiempo se
detiene... Freud no suma para su consideración en este texto a la melancolía,
donde también hay una detención “del” tiempo, todo debe quedar inmóvil desde el
mismo momento de la pérdida. Nada debe cambiar, el futuro no debe suceder y
contrastar con el pasado (y hacer notar una penosa ausencia). Una detención “en
el” tiempo marca una perspectiva para el sujeto y supone diversas
“transferencias” desde ese punto al pasado y al presente, no faltan tampoco las
proyecciones al futuro. Una detención “del” tiempo supone, en cambio, una
anulación de todas las perspectivas posibles para fijar un solo y único punto de vista repetido, monótono: no hay
transferencias. En la primacía de lo “actual” se hace difícil el psicoanálisis.
En las neurosis de destino hay también una forma de
detención temporal: la repetición de lo mismo: frustración tras frustración,
renovación perpetua del malestar y del sufrimiento amargo de la traición del
amigo, del desamor y abandono de la compañera, etc. Pero volvamos a las
neurosis traumáticas: en su etiología también opera una contingencia temporal:
el factor “sorpresa”. Freud hace hincapié en lo inesperado del accidente en dos
sentidos: como algo fuera de lugar y de oportunidad, es decir, desfasado en
tiempo y espacio. Nuevamente vemos que lo que afecta a una de éstas dimensiones
afecta la otra.
III. ¿Lo que no
entra en el juego o lo que lo interrumpe?
Seguidamente Freud analiza el juego del carretel que él
mismo observa en su nietito. Llama la atención que el niño repita en el juego,
justamente, el momento más penoso del suceso: el de la partida de su madre -al
tirar el carretel por encima de la baranda de su cuna- despidiéndolo con el
sonoro “fort”. Sin embargo, aquel fragmento del juego que debería despertar
placer, el retorno de la madre, es muchísimo menos reproducido por el niño.
Nuevamente la tendencia a repetir hechos
penosos que parecen contradecir al principio del placer... De modo que en el juego del carretel se
reproduce un episodio desagradable convertido en juego, Freud concluye que se
reproduce en el juego activamente lo que se sufrió pasivamente para elaborar
psíquicamente el trauma (en este caso el abandono de la madre) Sin embargo, hay que reconocer que, en el
hecho de que un carretel, un hilo, un ademán, una baranda (la de la cuna por
sobre la cual el niño hacía aparecer y desaparecer el carretel), en fin, toda
una serie de elementos, con los que Freud conjetura se intenta el dominio de
una experiencia penosa, ya tienen para el niño un cierto potencial significante
que los asocia en el juego observado. Es importante destacar que eran
pre-existentes en su potencialidad significante como para abarcar y articular
tal experiencia. Y podría decirse que si el carretel y el hilo dominaban una
ausencia –provocándola voluntariamente-, también es cierto que una ausencia
ordenaba todo un mundo para un jugar. Además, el juego era un modo de espera,
un modo de soportar la ausencia... ¿o de negarla? He aquí nuevamente una
indagación algo independiente de la compulsión a repetir: ¿se ha dañado o
permanece intacta cierta capacidad de lo psíquico para ordenar una experiencia
subjetiva de lo temporal? Creo que la circunstancia es bien distinta cuando el
factor traumático no puede “entrar” en el juego, sino que más bien lo
interrumpe o afecta seriamente a la capacidad de jugar. En ese caso, así como
un sueño penoso interrumpe el dormir, el trauma impide que un mundo se ordene
con la experiencia del jugar, una vida se interrumpe y el mundo ya no sirve ni
siquiera para repetir lo insensato (en el extremo no hay ni mundo ni sujeto).
Así como, un monto de angustia mínimo en el aparato preserva ya contra las
secuelas de un trauma (“no creo que la
angustia pueda originar una neurosis traumática; en ella hay algo que protege
contra el susto y por lo tanto contra la neurosis de sobresalto”[1]),
la capacidad de juego establecida en el infans lo protege contra los traumas
psíquicos: en los dos casos, angustia y capacidad de juego, hay un estado
mínimo de espera y expectación, un material significante para la articulación
de lo penoso.
Distinto es el caso que Freud analizará a continuación: la
repetición en transferencia de una fuerza pulsional insatisfecha, ligada a la
frustración de pretéritas aspiraciones edípicas. Esa fuerza de estimulación interna
indominable, eso “no ligado” no encuentra su juego, fuerza al aparato a ir más
allá de sus posibilidades significantes, obliga a un “más allá” del principio
del placer. Lo interesante, desde mi punto de vista, es que, en la
determinación y caracterización de ese impulso al “más allá”, Freud tenga que
detenerse a pensar un “más acá” del aparato, es decir: no sólo lo que lleva más
allá de las posibilidades del funcionamiento psíquico, sino que debe considerar
–también- aquello que lo pone inicalmente en condiciones de funcionar. “Más
acá”: lo que permite una experiencia angustiosa o una capacidad de jugar, no
sólo lo que detiene o interrumpe un juego, detiene o interrumpe un dormir. El
más acá del principio del placer es la apropiación de un espacio-tiempo
personal por parte del sujeto.
IV. Lo que Freud da
por sentado para su desarrollo del “más allá”
La primer condición pre-existente para el funcionamiento
psíquico es la estructuración de una membrana que opere como “barrera protectora anti-estímulos”.
Efectivamente, si tiene algún sentido hablar de trauma, es necesario considerar
aquello que resulta dañado o desgarrado por el accidente traumático. Freud da
por sentada la existencia de esta capa psíquica protectora del aparato para
pensar el “más allá”. Esta membrana, por otra parte, ya empieza a diferenciar
para el sujeto un “adentro” y un
“afuera”. Incluso le permite generar un mecanismo defensivo que consiste en
confundirlos “Hay prevalencia de las
sensaciones de placer y displacer sobre todas las excitaciones exteriores, y la
orientación de la conducta contra aquellas excitaciones interiores que traen consigo
un aumento demasiado grande de displacer. Tales excitaciones son tratadas como
si no actuasen desde adentro, sino desde afuera, empleándose así contra ellas
los medios de defensa de la proyección”[2].
Freud ve en las excitaciones internas una fuente aún más peligrosa que las
procedentes del mundo exterior (ruidos, frío, etc). El infans carece de un
dispositivo protector contra las excitaciones interiores del organismo. Las
perturbaciones económicas que tales estimulaciones internas provocan son equivalentes
a una neurosis traumática. Es evidente que si tomamos por caso un incremento
insoportable del hambre en el bebé (excitación interna), este displacer estará
en directa relación a una falta de aporte desde el medio ambiente. Claro que
aquí el factor traumático no se destaca por su exceso o fuerza efraccionante
sino por su defecto. La membrana protectora no se ha desgarrado sino que está
agujereada desde el vamos a partir de ciertas fallas severísimas en los
cuidados maternos. Freud también da por sentado, entonces, un quehacer
suficientemente bueno para analizar el
más allá del principio del placer-displacer. Una madre que cuida y protege
quedaría del lado “de acá” del principio del placer, condición previa a su funcionamiento.
Sin ese quehacer el trauma no tiene posibilidad, sin una madre suficientemente
buena el trauma estaría dado no por efecto positivo de una fuerza agresiva sino
por la violenta inasistencia de algo que debió haber estado (cuidados
maternos). El sostén materno puede tener
en ocasiones, más que vacilaciones, grietas en su función de soporte. De modo
que el bebé experimente caídas, caídas que serán para él “impensables...” Es
muy distinto que “algo le pase a alguien” (en la medida en que haya un sujeto
allí para experimentar lo sucedido, es decir, presente en tanto posee una
estructura psíquica ya desarrollada), a
que suceda lo que podemos llamar un trauma impensable, es decir, que “algo le
pasa a alguien que no está”, en el sentido de carecer de una estructura
psíquica consolidada en el momento de ocurrir el episodio. El valor traumático
impensable no impone al sujeto tener que tramitar “lo que pasó”, sino la tarea
imposible de pensar “lo que debiendo haber sucedido no sucedió”, Winnicott lo
enuncia de este modo: “A un paciente le es más fácil recordar un
trauma, que recordar que nada pasó cuando podría haber pasado...”
V. Cuidados maternos
y preligazón del aparato, el más acá...
La excitación interna, entonces,
tiene carácter traumático por su naturaleza no ligada (procesos primarios) “El fracaso de esta ligadura –por parte
de los estratos psíquicos superiores, dice Freud- haría surgir una perturbación análoga a las neurosis traumáticas”.
Y entonces, Freud afirma que sólo después de tener éxito la ligadura de las
excitaciones internas “podría imponerse
sin obstáculos el reinado del principio del placer o de su modificación, el
principio de realidad. Más hasta tal momento sería obligada como labor
preliminar del aparato psíquico la de dominar o ligar la excitación”[3] Son las funciones maternas las que operan esa
preligazón necesaria para el funcionamiento psíquico de su hijo. El quehacer
materno hace posible una metaforización de sus cuidados, permitiendo interiorizar
un movimiento materno que es vital para el desarrollo del infans y el posterior
imperio del principio del placer-realidad en su estructura psíquica. Este
movimiento oscila entre, una sensualización que por momentos arriesga
desbordes, que pueden llegar a aplastar la necesidad biológica del infans[4]
y un quehacer mecánico, por parte de la madre, carente de la necesaria
libidinización del cuerpo que atiende. Entre una cosa y otra, el apuntalamiento
abre las vías de un erotismo que se hará –aprés coup- representable en cierta
posición fantasmática, regulador indispensable del principio del
placer-displacer. En fin, movimiento de la madre, esencialmente, respecto de su
presencia-ausencia, según la tolerancia progresiva y desarrollo emocional del
niño. La madre abre al infans un campo
de fenómenos transicionales donde inscribir ese movimiento: pre-ligazón para el
infans de un espacio-tiempo en donde las experiencias se vuelven “episodios
psíquicos”, es decir se hacen representables para él. Este campo de experiencias se abre entre la
madre y su bebé, allí el espacio es confín: ni adentro ni afuera, y el tiempo:
oportunidad, ni antes ni después. Los objetos se sitúan en ese límite y en ese
instante. Fuera de ese espacio-tiempo, los objetos se hacen “objetivos”, tienen
sus coordenadas presuntamente precisas, tienen su antes y después, su pasado y
su futuro. Pero en el campo de fenómenos transicionales, como en la trama
onírica, lo primero que se desliga es el espacio-tiempo convencionales.
Como lo dice bellamente Pontalis: “El
sueño ya le había enseñado a Freud que el tiempo no es lo que de él se dice. No
es irreversible, no sigue su curso lento como un río, como lo pretende la
tradición, o a toda marcha, como una flecha que atraviesa el espacio: ambas
imágenes tienen en común el asignarle una dirección. El sueño, en un mismo
movimiento, cae hacia arriba y trepa hacia abajo. Batalla los tiempos, los
recorre en todos los sentidos, hace advenir simultaneidades extrañas, coexistir
ritmos diferentes –procede por aceleraciones o aminoramientos que pueden
congelar de espanto o colmar de beatitud-, lo rubrica tanto Mack Sennett como Robert Bresson-, da vida a los muertos y hace
retornar a los desaparecidos. Para “desligar” las representaciones –o separar
el significante del significado-, es necesario ante todo que la desligazón se
opere sobre el tiempo. El sueño efectivamente desliga el tiempo[5].”
El relato del sueño, aunque tomado ya por la lógica de vigilia, si es permeable
al análisis es que recuperó una espacio “entre” paciente y analista. Recupera
su movimiento (¿transferencial?), al situarse en los bordes de dos ignorancias
y dos sorpresas. Un sueño los interroga por igual a paciente y analista,
ninguno lo domina, ambos lo respetan. El
tiempo del sueño, como el del análisis es el de la “quinta estación”. ¿De qué
se trata? –se pregunta Pontalis, y nos comenta-: Jean Giraudoux la evoca en su novela Bella, en el siguiente pasaje:
“Allí donde él gobierna, (a este “él” podríamos designarlo como el fantasma, la
fantasía que, en su omnipotencia imaginaria, desafía la naturaleza de las
cosas), “Allí donde él gobierna, escribe Giraudoux, florece una quinta estación
que hace dar ciruelas al manzano, frambuesas al roble”. Sin embargo es Pascal
Quignard quien, más recientemente, ha sabido conferirle, en admirables páginas,
el alcance que más nos interesa: “Hay algo que no pertenece al orden del tiempo
y que sin embargo retorna cada año, como el otoño o el invierno, la primavera y
el verano. Algo que tiene sus propios frutos y su propia luz” (...) “esa
verdadera pre-estación que vaga furtivamente durante toda nuestra vida, que
merodea a las estaciones calendarias, que visita un poco las actividades del
día, a menudo los sentimientos, siempre el dormir, por las vías del ensueño y
relatos que derivan en esa especie de recuerdo verbal que de ellos se retiene,
despojándole de toda su luminosidad y febrilidad”.
Estación
anacrónica –literalmente hablando-, que no posee existencia en sí. Si “merodea”
las estaciones calendarias es que no toma su lugar en la sucesión natural,
menos aún las excluiría. Continúa Quignard: “Estación que es extranjera, no a
la totalidad del lenguaje sino a todo pensamiento articulado”.
Sin el recurso de la arqueología, que puede cernir en
cierto espacio (ruinas) la historia, y sin la ayuda de la memoria que opera
para algunos como un depósito del pasado, apenas recordamos instantes y
evocamos detalles, en psicoanálisis, como en las películas, sólo el movimiento
hace que unos cuantos cuadros parezcan suscitar el dinamismo de una
historia...
El mail del autor es paularot@datamarkets.com.ar
[1] Más allá del principio del placer, Sigmund Freud, Obras completas, Nueva visión, España
[2] Ob. Citada
[3] Ob. Citada
[4] Justamente, hablamos de un orden de necesidad mítica en el sujeto humano porque su sensualización guarda ciertos límites, de lo contrario, ese cuerpo biológico reclama sus derechos: la anorexia es un claro ejemplo, la seducción que estafa la necesidad de alimento hace cerrar la boca al niño. Una cosa es “comer por amor” y otra alimentarse sólo de amor...
[5] Ce temps qui ne passe pas, Cap. “La quinta estación” (Traducción de
estas citas de Daniel Ripesi) J-B. Pontalis, Ed. Gallimard, 1997, Paris
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