» Introducción al Psicoanálisis
Miedo28/04/2003- Por Jorge M. Helman - Realizar Consulta
la historia del miedo nos sitúa en la Grecia arcaica, generosa creadora de divinidades múltiples. Existía para el pensamiento clásico un dios llamado PAN, dotado con atributos particulares [3]. Los pobladores de esos tiempos creían que cuando PAN (o PANIKÓN) se metía en sus cuerpos sus pies permanecerían amarrados, aterrados o enterrados a la tierra y así perderían su capacidad de fuga. De allí derivan palabras castellanas como terror, terrorífico o terrorismo -tan en boga en los últimos tiempos-.
Recientes investigaciones
conciben al miedo como la causa primordial del surgimiento de un portentoso
artefacto llamado lenguaje, instrumento que distingue y aleja al género humano
del resto del reino animal.
Dentro de esos estudios,
sobresale una teoría [2] que sostiene que la manada de protohomínidos, nuestros más próximos antecesores,
disponía no sólo de un líder sino también de un vigía que alertaba al clan si
algún peligro amenazaba su integridad. Este vigilante poseía tan sólo un
alarido que avisaba sobre el peligro pero no especificaba ni la intensidad, ni
la proximidad, ni la complejidad, ni la urgencia, ni la naturaleza. Así se
fueron creando, entre este vigía y la manada, convenios sobre el significado
arbitrario de sonidos diferenciados, que marcaban la distancia que los separaba
del peligro, su índole y su gravedad. El
miedo ante la amenaza externa, en consecuencia, fue el motivo para la creación
de esos signos distintivos, arbitrarios y consensuales que originaron el
dispositivo lingüístico.
Más acá en el tiempo pero aún
lejos de nuestros días, la historia del miedo nos sitúa en la Grecia arcaica,
generosa creadora de divinidades múltiples. Existía para el pensamiento clásico
un dios llamado PAN, dotado con atributos particulares [3].
Los pobladores de esos tiempos creían que cuando PAN (o PANIKÓN) se metía en
sus cuerpos sus pies permanecerían amarrados, aterrados o enterrados a
la tierra y así perderían su capacidad de fuga. De allí derivan palabras castellanas
como terror, terrorífico o terrorismo -tan en boga en los últimos tiempos-.
Resulta por ello conveniente
distinguir aquí el pánico del miedo; mientras el primero impide a la persona su
movilidad, el segundo habilita la fuga. Justamente, los hoy llamados ataques de
pánico (antes conocidos como fobias) impiden al paciente salir del reducido
espacio de su propia casa, si no es a costa de múltiples alteraciones
orgánicas.
En el siglo XVII, el filósofo
inglés Thomas Hobbes, una
de las simientes más importantes del pensamiento moderno, señala en su libro LEVIATÁN que la función del Estado
contemporáneo es organizar, ordenar y controlar al miedo. El Estado se encargaría así de proteger a los ciudadanos de
un sentimiento básico, común a todos los seres humanos, que es el horror por la
desaparición de la propia existencia. Según Hobbes, el gregarismo del hombre es una consecuencia
forzada originada en la lucha contra el sentimiento devastador de miedo. Así
las cosas, el Estado se instituye como una necesidad para el mantenimiento y
supervivencia de la sociedad.
Estas pequeñas pinceladas
históricas que se acaban de esbozar demuestran que el temor es la noticia
subjetiva de la existencia de algún peligro Real. O sea que el miedo que no es
sonso, como dice el refrán, es necesariamente inteligente y constituye una
defensa de supervivencia.
Sin embargo, es importante
determinar qué se oculta tras la expresión peligro Real. El peligro pudo haber
sido cierto o real en algún momento de la vida y transformarse en imaginario
con el correr del tiempo. Es decir, el psiquismo quedó fijado o adherido a un
momento traumático en el que la existencia se veía amenazada y aunque siguió
intelectualmente evolucionando, ese trauma o recuerdo ha dejado una huella
imborrable. Este último caso es el de aquellas personas que pueblan los
consultorios psicológicos para aliviarse de ese peso traumático que vivencian
como exagerado o exuberante y que les resulta inevitable percibir.
En Psicología, se conoce con
el nombre de Realidad Psíquica a esa
escena fantasmática que
habita, a veces gratificando pero otras atormentando, al Yo de la persona. Lo
que fue Real en algún momento e innombrable, posteriormente, se transforma en
eso que llamamos Realidad.
Y una vez más, las
etimologías vendrán en nuestra ayuda. El vocablo Real proviene del latín REI
(que luego se españoliza canjeando la I latina por la Y griega). El Rei
-que significa regir, reglamentar, gobernar- era el que ponía, por mandato
divino, un orden en las cosas. En síntesis, lo que conocemos como realidad es
una organización jerarquizada de recuerdos o representaciones entre las cuales
es factible distinguir las que corresponden al mundo interior de aquellas otras
que pertenecen al espacio objetivo.
Sin embargo, las distinciones
a veces no son tan transparentes y se puede percibir una realidad emocional
como si fuese una realidad objetiva. El caso más paradigmático, en este
sentido, lo constituyen las películas de terror que cuentan con entusiastas
adeptos así como también con personas que huyen de ellas como si se tratase de
realidades fácticas y no, virtuales. Estos últimos individuos confunden la
pintura roja de un film con la sangre real de un hecho y, de ahí, su espanto
frente a este género. Pero el primer grupo de personas también es interesante,
ya que para ellos implica un desafío casi erótico poder enfrentarse a este tipo
de exhibiciones. Se puede afirmar que hay una importante dosis de masoquismo en
dicha confrontación. Ambas actitudes (repudio o aceptación) no constituyen en
sí mismas un acontecimiento patológico sino que indican la presencia mitigada
de componentes que hacen a la “normalidad” de la vida cotidiana.
También es cierto que el
sujeto humano, por ser una entidad social, no puede eludir la imitación y la
confrontación. Y, en este sentido, quien enfrenta lo terrorífico con soltura,
como desafío o reto, menosprecia competitivamente a quien lo elude. De modo tal
que esa dosis de masoquismo a la que se hizo referencia no excluye una parcela
de sadismo, definiendo tanto a uno como a otro por la presencia de placer en el
dolor, ya sea aplicándoselo a sí mismo y desafiando a un otro impotente de
soportarlo. Pero en este sentido, se trata de realidades imaginarias que
habitan la conciencia colectiva, pero que no entrañan riesgos o peligros
efectivos.
Sin embargo, existen
situaciones donde la fusión de ambas realidades, la interior y la exterior,
presenta características mucho más dramáticas. En otros términos, una película
de terror se puede evitar -característica propia de la fobia- pero la amenaza
de un peligro real colectivo es ineludible a no ser que se pague el alto costo
de escotomizar o rasurar un
trozo de la realidad, o sea, que se niegue la existencia de ese hecho
ostensible.
El testimonio más reciente e
ilustrativo, acerca de cómo esta organización subjetiva de recuerdos afecta a
las personas, lo encontramos en las últimas exhibiciones en favor de la paz
mundial. Pudimos observar la magnitud de las mismas en diferentes escenarios.
Europa ha sido el epicentro de dichas manifestaciones y cabe una pregunta ¿Por
qué Europa? Es este continente el teatro
en el que se desplegaron las dos guerras mundiales que conmovieron al siglo XX
y aunque los protagonistas -¡O víctimas!- directos que viven hoy son muy pocos
han transmitido, como lo hacen los abuelos y padres a sus hijos, el sentimiento
de peligro y riesgo que arrastra una aventura bélica.
En resumen, los recuerdos
traumáticos se transmiten generacionalmente y se vive como
propio el miedo que ellos entrañan, aunque la persona no haya sufrido
directamente el trauma. El mecanismo imperante en este caso es la
identificación con aquél que lo ha padecido y con el cual existe un vínculo
afectivo importante.
De modo tal que existe una
representación acerca del sentimiento de miedo, ésta se puede situar en la
conciencia de la persona o puede pernoctar en alguna región de su inconsciente.
Presagiar un peligro es protegerse del mismo, por ello, el miedo es una defensa
necesaria para la subjetividad. De hecho, la auténtica valentía de alguien se
puede medir en función de su conciencia del peligro; lo contrario sería una
actitud temeraria e ignorante del riesgo.
En virtud de ello, cabe
combatir una opinión muy difundida, aunque errónea, que sostiene que se teme a
lo desconocido. Lo desconocido puede generar sorpresa, pero no necesariamente temor. En realidad, lo temible es
lo conocido que no debe reaparecer porque daría lugar a lo que se conoce con el
nombre de siniestro. Lo ominoso es
aquello que debe quedar sepultado en el olvido, en ese retazo de la
subjetividad que llamamos inconsciente, que debe estar alejado de nuestra
conciencia, de nuestra percepción. Este alejamiento pretende evitar la
reproducción de lo traumático, es decir, que existe una intuición del peligro
que implicaría la reaparición de la situación dolorosa ya acontecida.
El miedo como sentimiento
contiene una idea del riesgo, posee noticia de la existencia de algún peligro.
Por ello, no se teme a lo que se desconoce sino a aquello que, por conocido,
resulta imperioso evitar.
Lo auténticamente desconocido
no tiene por qué producir efectos temibles, por el contrario, contribuye mucho
al deseo de saber y, por lo tanto, en tanto deseo, puede ser gratificante...
siempre y cuando la persona esté a la misma estatura de su propio deseo.
Lo desconocido es fascinante
y tentador, hurga en los bordes del conocimiento para extenderlo más allá de
sus propios límites, como lo testimonia Albert
Einstein cuando designa a
la FÍSICA como una aventura del
pensamiento.
Una aventura, a diferencia de
un destino, supone riesgos e incertidumbres. El destino es certeza y por lo
tanto seguridad... y prisión, como lo señala el ya citado Hobbes en LEVIATÁN.
La vicisitud propia del
conocer, a la que Freud
gustaba llamar pulsión epistemofílica, es seductora;
incita y estimula al espíritu a quebrar
sus propias fronteras; es creativa, porque construye, venciendo los
aburrimientos, nuevas modalidades del entendimiento y de la comprensión.
Pero ciertamente, el camino
del conocimiento no posee garantías de éxito, sino probabilidades de fracaso y
es, justamente, en este riesgoso andar por el saber donde se tensa y prueba la
capacidad de superar la adversidad de lo ya conocido; parienta directa de los
miedos.
Buenos
Aires, 6 de marzo de 2003.
Correo
del Autor: jhelman@psi.uba.ar
1 El presente trabajo fue preparado para el
programa televisivo “LA AVENTURA DEL DESCUBRIMIENTO” que se emitirá
próximamente por canal 9 de Buenos Aires, Argentina.
2 THOM, René, “Pregnancia y Saliencia” – incluido en CASTORIADIS, Cornelius,
GREEN, André, FRIDMAN, Wolf
y otros - El inconsciente y la ciencia -
Amorrortu - Buenos Aires -
1993.
3 De éste se
deriva el vocablo PANIKÓN, abreviatura de dêima panikón,
que significa “terror causado por PAN”
© elSigma.com - Todos los derechos reservados



















