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Narcisismo: secuencia identificatoria: El ideal del Yo - el Superyo

17/07/2006- Por Norma Gentili - Realizar Consulta

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Lacan nos llama la atención sobre la diferencia entre el Superyo y el Ideal del Yo: “No sé si han advertido aun lo siguiente: existen dos concepciones que, apenas introducidas en una dialéctica cualquiera para explicar un comportamiento enfermo, parecen dirigirse exactamente en sentido contrario. El Superyo es coercitivo. El Ideal del Yo es exaltante”.

Son estas cosas que tendemos a eliminar, al pasar de un término a otro como si fueran sinónimos. Se trata de una cuestión que valdrá la pena plantear a propósito de la relación transferencial. Cuando se busca el fundamento de la acción terapéutica, suele decirse que el sujeto identifica al analista con su Superyo o, por el contrario, con el Ideal del Yo, en el mismo texto un término sustituye a otro.

El Superyo se sitúa esencialmente en el plano simbólico de la palabra. A diferencia del Ideal del Yo. El Superyo en un imperativo, es coherente con el registro y la noción de la ley, es decir con el conjunto del sistema del lenguaje, en tanto que define la situación del hombre como tal. Es decir en tanto que éste no es un individuo biológico.

Es preciso también acentuar y, en sentido contrario, su carácter insensato, ciego, de puro imperativo, de simple tiranía. ¿En qué dirección puede hacerse la síntesis de estas nociones?

El Superyo tiene relación con la ley, pero es una ley insensata que llega a ser desconocimiento de la ley. El Superyo es, simultáneamente, la ley y su destrucción. En esto es la palabra misma, el mandamiento de la ley, puesto que sólo queda su raíz. La totalidad de la ley se reduce a algo que ni siquiera puede expresarse como el “Tu debes”. El Superyo acaba por identificarse sólo a lo más devastador, a lo más fascinante de las primitivas experiencias del sujeto. Acaba por identificarse, dice Lacan, al que llama figura feroz. A las figuras más fantásticas, traumáticas, podríamos decir, que el niño ha sufrido.

En la carga amorosa el objeto amado equivale estrictamente, debido a la captación del sujeto que opera al Ideal del Yo. En “Introducción al Narcisismo” Freud al referirse a la psicosis, hablando de la libido sustraída de los objetos y retraída sobre el Yo, dice:

“Circunstancia que nos lleva a considerar el narcisismo engendrado por el reflejo al Yo de las cargas de libido del objeto, como un narcisismo secundario, basado en un narcisismo primario encubierto por diversas influencias”.

Freud se pregunta ahí mismo, qué relación puede existir entre el narcisismo del que ahora tratamos, secundario, el autoerotismo, que hemos descrito como un estado primario del la libido. En el individuo no existe, desde el principio, una unidad comparable al Yo, es absolutamente necesaria. El Yo tiene que ser desarrollado. En cambio las pulsiones autoeróticas son primordiales. Para consultar el narcisismo ha de venir a agregarse al autoerotismo algún otro elemento. Un nuevo acto psíquico. Y al narcisismo como en Yo erogeneizado.

En el mismo texto Freud también dice:

“Decimos por tanto que el individuo tiene dos objetos sexuales primitivos: él mismo y la mujer nutriz. Y presuponemos así el narcisismo primario de todo ser humano”.

“El mismo”, esta es la operación que se la agrega al autoerotismo para hablar de narcisismo primario. El mismo, su unificación, esto es lo que Freud dice: El dice esto y no digo anticipa porque a veces tengo la impresión de que ponemos a Lacan a trabajar de maestro de ceremonias. Entonces, el Estadio del Espejo es la forma unificada de la que Freud habló, constituye el narcisismo primario. Esa primera identificación, el Yo Ideal, tronco de las identificaciones posteriores.

El narcisismo en primer lugar, es idéntico a la ecuación cuerpo = falo.

En Schreber, Freud dice que debemos interpolar entre el autoerotismo y la elección de objeto una nueva etapa, se trata del narcisismo, en el cual, dice él, ha sido efectuada la elección de objeto. Pero el objeto todavía con el propio Yo. Existe una anticipación temporal de la evolución del Yo a la evolución de la libido.

Al objeto psicoanalítico debemos aprehenderlo en el punto más radical en el que se plantea la pregunta del Sujeto en su relación con el significante. Esa relación con el significante es tal que si en el nivel de la cadena inconsciente sólo tenemos signos, si se trata de una cadena de signos, la consecuencia es que no haya ninguna detención en la remisión de cada uno de esos signos al que le sucede. La imposición del significante al sujeto lo fija en la posición propia del significante. Se trata entonces de descubrir el garante de esta cadena. Lo que se transfiere de sentido, de signo a signo, debe detenerse en alguna parte. Es ahí donde surge el privilegio del falo entre todos los significantes. Ese garante en el nivel que lo estamos tratando es el Ideal del Yo. El Ideal del Yo dirige el juego de relaciones de las que depende toda relación con el otro. Y de esta relación con el otro depende el carácter mas o menos satisfactorio de la estructuración imaginaria. Se trata justamente de una coincidencia entre unas imágenes y lo real.

¿De qué otra cosa hablamos cuando evocamos la realidad oral, anal, genital? Es decir, ¿entre ciertas imágenes y las imágenes? Hablamos justamente de las imágenes del cuerpo humano. Y de la humanización del mundo. Su percepción en función de imágenes ligadas a la estructuración del cuerpo. Los objetos reales que pasan por intermedio del espejo y a través de él están en el mismo lugar que el objeto imaginario. Lo propio de la imagen es la carga por la libido, llamando carga libidinal a aquello por lo cual un objeto deviene deseable. Es decir, aquello por lo cual se confunde con esa imagen que llevamos en nosotros, de diverso modo y de manera más o menos estructurada.

¿Cuál es mi deseo? ¿Cual es mi posición en la estructuración, en el plano simbólico, del intercambio legal que sólo puede encarnarse a través del intercambio verbal entre los seres humanos? Ese guía que dirige al sujeto es el Ideal del Yo.

La distinción es absolutamente esencial y nos permite concebir lo que ocurre en el análisis en el plano imaginario y que se llama transferencia: para esto es necesario comprender que el amor es un fenómeno imaginario y que provoca una verdadera subducción de lo simbólico. Algo así como una perturbación de la función del Ideal del Yo.

El amor vuelve a abrir las puertas a la perfección. El Ideal del Yo es el otro en tanto hablante, el Otro en tanto tiene conmigo una relación simbólica, sublimada. El Ideal del Yo, en tanto hablante, puede llegar a situarse en el mundo de los objetos, en el Yo Ideal. O sea donde puede producirse la captación narcisista. Esto es, cuando se está enamorado se está loco. En el amor se ama al propio Yo realizado a nivel imaginario.

El Superyo satisface la necesidad de castigo del Yo por desear la muerte del padre. Ese padre todopoderoso es al que se identifica esa instancia.

El Ideal del Yo es identificación a un rasgo emblemático. Y es del orden de la significación a la que sostiene.

El Superyo está constituido por cosas oídas, tiene relación con la voz, y no con la mirada, como el Ideal del Yo. El Superyo es una demanda que somete al sujeto. La demanda del Otro tiene dos destinos posibles: ser reprimida y retornar como mandamiento del Superyo; o ser renunciada pero curando una identificación a la potencia demandante como Ideal del Yo, estableciéndose una alianza con el padre.

En el seminario de “La identificación” Lacan plantea que se trata, en la identificación, de una identificación del significante al sujeto. Ese insignificante no puede ser más que el rasgo unario. Trazo, soporte de ese significante. Instrumento de esa identificación. Eso pone en causa, no lo que se encuentra de verdadero en lo real sino el estatuto del sujeto en tanto que es el encargado del llevarlo. Es en el rasgo unario que se concentra la función de indicar el lugar en que está suspendido el significante, donde está enganchada, en lo que concierne al significante, la cuestión de su garantía, de su función. De eso a lo que sirve ese significante en el advenimiento de la verdad.

Quiere puntualizar Lacan que se ocupa de este tema un poco como respuesta al reproche que implicaba que identificación sería una llave para todo como si evitara referirse a una relación imaginaria, que sólo la experiencia soporta, a saber: la relación del cuerpo.

El rasgo unario es lo que Lacan quiere indicar como la función del Uno, lo que equivale a decir no a la unicidad. Al A = A, a la mismidad. A diferencia del signo, lo que distingue al significante es ser lo que los otros no son. Lo que en el significante implica que esta función de la unidad es justamente no ser sino deferencia. Es en tanto pura diferencia que la unidad, en su función significante, se estructura, se constituye. El Uno como tal es el Otro, desde el cual el significante se suelta.

La identificación no tiene nada que ver con la unificación. Por eso dice Lacan: hablo de unario y no de único. Es una marca, un rastro, una huella que soporta la diferencia. El trazo de estructura más simple. Absolutamente despersonalizado. Todo significante es constituido primeramente como trazo. Tiene a ese trazo como soporte.

Y después había traído dos o tres paginas de ese Seminario donde lo que Lacan dice es que él toma al rasgo unario por todo lo que dijimos antes, pero de la identificación de la que esta hablando es de la identificación secundaria, esta identificación a los emblemas y al Ideal del Yo.

Hablando del rasgo unario, Lacan subraya a la identificación al Ideal del Yo. Y que este rasgo, sustrayéndolo a la cronología, pensar que esta identificación primaria esté dada desde el principio, y que se da a partir de ese rasgo que sólo se pone en juego, o que se pone en juego de una manera especial ya que estaba copresente en el momento de la caída de la represión originaria donde el niño renuncia al padre y se identifica con esos emblemas.

 


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