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Pánico, desorden que denuncia

28/05/2007- Por Gladys Saraspe - Realizar Consulta

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El ataque de pánico entendido frecuentemente como una novedad de la época, no lo es. Ni siquiera para el DSM que lo ha incorporado a su listado de trastornos desde 1980 y que lo describe como crisis de angustia. El presente trabajo se sostiene en la convicción de que el empleo de la nueva nominación no entraña simplemente una manera de decir, sino que implica fundamentalmente un modo de hacer con este padecimiento y con el malestar que denuncia.

Introducción

El ataque de pánico, entendido frecuentemente como una novedad de la época, no lo es. Ni siquiera para el DSM que lo ha incorporado a su listado de trastornos desde 1980 y que lo describe como crisis de angustia.

El presente trabajo se sostiene en la convicción de que el empleo de la nueva nominación, no entraña simplemente una manera de decir, sino que implica fundamentalmente un modo de hacer con este padecimiento y con el malestar que denuncia.

Angustia pánica. Angustia de masas. Nominaciones
 

Freud presenta al pánico como una variedad de la angustia y lo asocia con las masas en descomposición.

Efectivamente, en su libro Psicología de las masas y análisis del yo, publicado en 1921, menciona el fenómeno del pánico y lo describe como una angustia enorme y sin sentido, que se propaga entre sujetos que momentos antes formaban parte de una masa psíquica. Toma como ejemplos de masas fuertemente cohesionadas a la Iglesia y al ejército, y explica que la fuerza de su cohesión se origina en los estrechos lazos libidinales que se establecen entre sus miembros, a partir de identificaciones recíprocas, que resultan de haber ubicado todos ellos, a un mismo otro en el lugar del Ideal. Para que la masa se sostenga como tal, dice, es condición que cada integrante se sienta amado por su líder, en la misma medida en que supone que son amados los demás, y sostiene que estos fuertes lazos libidinales tienen como consecuencia, una restricción en la libertad de acción de los miembros de la masa.

El ejército es particularmente apropiado para explicar el fenómeno del pánico, que se origina en la caída del general y en la sensación de desamparo en que se encuentran entonces los soldados, que ya no se preocupan más que por sí mismos, desoyendo las órdenes del que fuera su guía.
La angustia pánica, cuyo carácter gigantesco está en total disonancia con la magnitud del peligro que amenaza, encuentra su origen en la rotura de lo que constituye la esencia de la masa, los lazos libidinales entre sus miembros[1].

Finalmente, Freud señala que el uso corriente de la palabra “pánico” no puede considerarse inequívoco, ya que muchas veces se la emplea para denominar cualquier angustia de masas, y otras veces se designa con esta expresión, la angustia de un solo sujeto cuando ésta rebasa toda medida.
Podemos pensar entonces, que es en búsqueda de claridad conceptual que en su artículo de 1920, Más allá del principio del placer, emplea el término schreck (terror o susto) para mencionar a la angustia desmedida que puede presentarse en un sujeto aislado.

Recordamos que en este escrito, Freud relaciona el terror con la sorpresa y lo diferencia del miedo y de la angustia señal. En el caso del terror, el apronte angustiado falla en su función de señal, dejando al sujeto a merced de una situación que se torna traumática por su falta de preparación para enfrentarla, y lo sume en otra forma de la angustia, de índole devastadora, que llama “automática”.

De la revisión de estos dos trabajos, surge que Freud vincula la angustia automática con el terror y el pánico con la angustia de masas. Creemos que el nombre del trastorno calificado como “ataque de pánico” por los manuales estadísticos de psiquiatría[2], podría ajustarse algo más a la cuidadosa precisión freudiana de los conceptos, si se llamara por ejemplo, ataque de susto o de terror[3].
Si los psicoanalistas nos ocupamos en cambio de realizar tales distinciones, no es por hacer demostración de virtuosismo semántico, sino porque no desconocemos que la concepción que se tenga de un padecimiento, determinará el modo en que se haga con él en la práctica. En la angustia se trata del sufrimiento de un sujeto y la forma en que se lo conciba no es en absoluto inocente.

Más allá de las nociones, lo real
 
Para el psicoanálisis sin embargo, la angustia no es sólo una noción, y en cierto modo es lo más alejado del concepto, con el que se intenta apresar lo real por el significante, ya que se trata de un afecto que no engaña por ser señal del encuentro directo con lo real, que escapa siempre al sentido.
La angustia es entonces, vía directa a lo real[4] y no aproximación conceptual. Una experiencia profunda del sujeto que despojado de su cobertura narcisista, se desvela ante la presencia del objeto, que aparece en el lugar reservado para una falta.
La angustia despierta al sujeto señalando su causa, por ello es brújula en la cura y el analista, aunque procura enmarcarla, no la hará callar.

Para las psicoterapias relacionadas por el pseudo-discurso del capitalismo con el DSM IV, el pánico, en cambio, no es lo que la angustia para el psicoanálisis, sino un exceso que debe ser eliminado, y por reeducación o por medios químicos, se llamará al panicoso, al orden, a la funcionalidad dentro de un orden.
Efectivamente nuestra cultura no es la cultura del caos, no es verdad que todo vale en la hipermodernidad, hay un orden establecido por el mercado global y una media normal de conducta, respecto de la cual se espera que los sujetos no se extravíen demasiado. Es un orden que tiende a ser inclusivo ya que muchos desvíos son rápidamente nominados y clasificados, la angustia entre ellos, pero no es menos cierto que también muchos quedan fuera de orden, segregados por el régimen.

¿De qué orden se tratará, que su desvío que denuncia, se amordaza tan solícitamente? Se trata de gozar a la orden.
Dios ordena gozar, dice Lacan citando el Eclesiastés, y este es el dios que toca a nuestro tiempo sin duda, no un Dios Padre Ideal, regulador del goce, sino un dios oscuro y superyoico que ordena consumir hasta el autoconsumo.
El mercado como dios y líder de un ejército de consumidores de lo mismo, a los que ha hecho creer que ama, atiborrándolos de lo que produce en exceso. Consumidores obedientes que gozan a la orden y pierden tal como indicaba Freud, en su condicionamiento, la libertad de su acto.

El falso discurso del capitalismo forcluye lo imposible y produce innumerables objetos comunes que caducan con terrible aceleración y el sujeto del pánico denuncia con su cuerpo, que ha descubierto su propia condición de objeto de intercambio y su propia caducidad.

Bibliografía

*      DSM IV. Versión electrónica

*       Freud, S. Psicología de las masas y análisis del yo (1921) en Freud, S. Obras Completas. Tomo XVIII, Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1997, 7ma edición.

*       Freud, S. Más allá del principio de placer (1920) en Freud, S. Obras Completas. Tomo XVIII, Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1997, 7ma edición.

*       Freud, S. Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de “neurosis de angustia” (1895) en Freud, S. Obras Completas. Tomo III, Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1997, 4ta reimpresión.

*       Lacan, J. El Seminario Libro 10,  La Angustia. Ed. Paidós.  2006.

*       Miller, J-A, “Introducción al seminario de la angustia”. En Registros. Mujeres y Psicoanálisis. Tomo Rouge. Año 8. 2005. Págs. 9-24

Referencias

[1] En el contexto de su primera teoría, la rotura de lazos libidinales, libera angustia

[2] Cuya descripción coincide, por otra parte, casi punto por punto con los viejos episodios de angustia que Freud pretendía distinguir de las neurastenias en 1894.

[3] Aunque no olvidamos, que atenerse a las enseñanzas del psicoanálisis, no es precisamente lo que guía a los compiladores del mencionado manual.

[4] Miller, J-A, “Introducción al seminario de la angustia”. En Registros. Mujeres y Psicoanálisis. Tomo Rouge. Año 8. 2005. p 9-24


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