» Introducción al Psicoanálisis

Tiempos de Infancia y Lugar del Analista

17/05/2012- Por Esther Mano - Realizar Consulta

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Al hablar de los tiempos de la infancia, nos lleva a referirnos a los tiempos de efectuación del sujeto, en tanto este, no está en el origen, como así tampoco el objeto, que no es en sí sino que se engendra. Momentos instituyentes, sostenidos por un orden simbólico, que preexiste al infans y donde el Otro marcará la mueca de partida. Estructura abierta la del infans a formarse, que permitirá al analista, ciertas redistribuciones del goce, dónde los elementos, no tienen aún, lugares establecidos.

  

El hablar de los tiempos de la infancia, nos lleva a referirnos a los tiempos de efectuación del sujeto, en tanto este, no está en el origen, como así tampoco el objeto, que no es en sí sino que se engendra.

Aunque el viviente llegue al mundo inmerso en el baño del lenguaje, no hay al comienzo, ningún sujeto, Lo hay para el adulto que lo sostiene supliendo su prematuración, pero estrictamente en este primer tiempo, el sujeto sólo existe imaginarizado por el Otro, en la función fundante de este. Momentos instituyentes, sostenidos por un orden simbólico, que preexiste al infans y donde el Otro marcará la mueca de partida.

Podríamos decir, que la estructura sellada no tiene los mismos juegos que la sin sellar. Diferencia que nos habilita a hablar de Psicoanálisis de Niños, en su especificidad, donde las intervenciones del analista irán dirigidas a relanzar el circuito del deseo allí donde este queda detenido.

Diferentes tiempos de la constitución del sujeto marcarán distintos posicionamientos en relación al Otro, al objeto y al fantasma.

Trama que se irá tejiendo, paso a paso en una lógica de incompletud, primeros sesgos de intermediación con el Otro, donde el infans deja de ser ese objeto-falo que completa a la madre, para tomar los hilos de su propio deseo.

Castración del sujeto, y advenimiento de este, y castración del Otro, en tanto queda sin respuesta a la demanda del infans.

Pero, si esta operación de corte y caída del objeto, no se produce, el infans quedará sometido al capricho pulsional del Otro, la madre, quedando este a merced de su demanda sin poder interrogarla.

Lacán en “Dos Notas sobre el niño” dice que el síntoma del niño puede representar la verdad de la pareja familiar, y agrega que este caso es el más complejo pero también el más abierto a nuestras intervenciones. Pero también advierte, en este texto, que la operatividad del analista se dificulta cuando el niño “realiza” la presencia del objeto en el fantasma materno. Dos operaciones que implican dos modos de abordaje.

En relación al juego, será este quien posibilitará, el modo de tejer esa falta, esa pérdida de goce; en tanto operación de creación, que transforma lo real. Juego que solo se jugará en los desencuentros, marcando una diferencia entre el mundo y la escena, donde cada quien jugará sus roles, propiciando leer de otro modo la demanda, pudiendo interrogarla.

Tiempos entonces de corte y desamarres, única vía de acceso al lenguaje, donde las palabras toman valor, solo en su articulación discursiva.

¿A qué juegan los niños, entonces? Los niños juegan a perder una y otra vez el objeto, repetición propiciatoria, que inaugura una hiancia que lo separa de la demanda de goce del Otro y dá lugar a la libidinización del mundo, de los objetos.

Es solo al jugar y en su repetición, que lo perdido se inscribe, trabajo de duelo que se realiza jugando, produciendo en ese movimiento la inscripción de la castración y la división del sujeto.

El destino del ser humano se va a producir entonces en una dinámica que se juega si hay juego, es decir, si hay movilidad.

Es lo lúdico entonces, lo que posibilita y recrea la apropiación por parte del niño de los significantes que lo marcaron, pero dejando ya en este movimiento sus propias huellas.

Es trabajo del analista volver a abrir el juego allí donde este queda detenido en tanto apropiación de las marcas que vienen del Otro, relanzando el tejido del deseo.

El “dale que yo era…”, supone ya la pérdida y la separación del lugar de objeto que el niño era para el Otro. Jugar a ser el personaje, jugar a no ser él, implica un lugar de desprendimiento, un lugar de diferencia.

El juego se inicia “perturbando” el campo del Otro, y es en esta falta que comenzará a hacerse lugar. Escena lúdica donde se produce la pérdida del objeto, marcando la instauración de una ley que lo pondrá a resguardo de ser engullido por la proximidad materna. Es decir el juego funcionará acotando o transformando la relación del sujeto con lo real, en tanto el mundo no se confunde con la escena que hay de este, representando esta el lugar donde se re-crean las cosas, marcándose a través del jugar la diferencia entre estos dos espacios.

La pregunta por la estructura en la infancia, abre así una nueva consideración que concierne a las operaciones que instituyen al sujeto como así mismo la chance del análisis en el tiempo de producción y fijación de la pulsión, relanzando el deseo, allí donde quedó eclipsado. (L. Donzis)

Nuestra intervención tendrá lugar entonces, en aquel borde donde el juego se detiene.

Estructura abierta la del infans a formarse, que permitirá al analista, ciertas redistribuciones del goce, dónde los elementos, no tienen aún, lugares establecidos.

 

Viñeta Clínica:

Freud en su artículo “Libido y Narcicismo” se refiere a unos versos de Goethe, en relación a la pérdida del objeto amoroso devenido omnipotente, que dicen:

“… Cuando bien me mira ella

Valor adquiere mi yo,

mas si la espalda me vuelve,

dejo de ser lo que soy”.

Elegí este fragmento a modo de introducción, para referirme a Gabriela, quien tiene 8 años de edad y concurre a tercer grado.

Después de la primera semana de clases cada vez que su mamá la va a dejar en el colegio, comienza a llorar con gran angustia, se descompone, como si se desmoronara. Esto hace que no pueda seguir concurriendo a clases.

Podemos decir que para que haya identificación y no captación como puro efecto de Gestalt, para que la apropiación de la imagen sea dada, tiene que haber alguna fractura de la unidad, que permita el juego de la movilidad, que propicie, la textura flexible de la imagen. En Gabriela esta imagen es fija.

La primera entrevista la tengo con la mamá, quien manifiesta estar preocupada por lo que le pasa a su hija y tiene miedo de que pierda el año escolar. Pregunta cuando voy a ver a Gabriela, tiene urgencia que lo haga, se muestra interesada en saber que es lo que ella tiene que ver con lo que le pasa a su hija. Pide que la vea dos veces. Trae una indicación del colegio: “Nos mandaron a Terapia vincular, Gabriela y yo, para que nos vea a las dos juntas.”

Insistencia del ver y el dos en el discurso de la madre.

Insistencia que habla de la problemática en juego. Repetición que comenzará a jugarse y desplegarse en el transcurso de este primer tiempo.

Aquello que pueda comprometer a la niña en un semblante de relación edípica está neutralizado en un campo dual, prevaleciendo lo imaginario, en tanto unificación narcisista. Para que el sujeto pueda ver y no quedar congelado en una imagen debe pasar por la experiencia de castración, en tanto la falta constitutiva hará que se manifieste la pulsión a nivel escópico.

Su padre concurre a las entrevistas al ser citado y se limitará a intervenir en relación a cuestiones u observaciones respecto del orden o desorden de su familia pero como un observador no participante.

Aparición de un tercero que no acude a la cita, en tanto deja a la niña encerrada en el Otro materno sin posibilidad, de soltarse de los pliegues del goce del Otro, en tanto que la niña en estos tiempos carece de herramientas simbólicas para ofrecer un No como respuesta a la demanda desmesurada materna.

Gabriela se presenta al consultorio, acompañada de su madre, se niega a entrar sola. Su apariencia es la de una niña despierta y desenvuelta. Alumna ejemplar, con un nivel en el orden intelectual que marca diferencia con sus compañeros. Esto hace que su aprendizaje no se vea afectado, a pesar de no concurrir a clases.

Su madre en un intento de resaltar lo especial de su hija dice: Está teniendo problemas para dormir, quiere que me quede con ella. Le doy un libro para que lea, uno bien pesado, para que se aburra y se duerma, pero ella lo lee con gusto.

Gabriela tratará de explicar lo que le pasa y dice: “No es como los chicos del jardín que se creen que su mamá no vuelve, tampoco como me dijo la psicóloga del colegio, que no cuide tanto a mi mamá. Lo que me pasa es extraño (queriendo decir que extraña). Al preguntarle en relación a “extraño” hablará de los hombres. Les tiene miedo, sobretodo si su mamá no está cerca. Su madre dice “eso es mío”. Efectivamente este extraño aparecerá posteriormente desplegado en el discurso de la madre en la ecuación: extraño-hombre-esposo.

Gabriela entonces, en tanto objeto del Otro quedará “a la vista” de la madre para impedir que “lo extraño” se acerque. Esto limitará todo movimiento y actividad de la niña, ya que nada puede hacer, sino está allí garantizada la mirada de su madre quedando inhibida en su juego.

Podríamos decir que la niña, gira la cabeza buscando la mirada de su madre que legitime su partida, pero es aquí donde el juego queda detenido, capturado en la imagen.

Nuestra apuesta será entonces que la pérdida se produzca, del lado de la niña, es decir que el juego se relance, en ese lugar donde el Otro retaceó su donación.

Es sólo apartando el goce de la madre, que sujeta al niño como tapón de su falta, que hay lugar para que el Nombre del Padre ejerza su movimiento, garantizando este el límite al goce.

Las intervenciones en este momento irán dirigidas a quebrar esta relación narcisista en que se encuentra cristalizada, poniendo en cuestión, por ejemplo, su posición de sabelotodo que trae en cada uno de sus relatos. Modo posibilitador para que aparezca cierta hiancia, algo del orden de la pérdida, que le permita correrse de este lugar de goce.

La imagen si es fija, no contiene ningún cuerpo… “Sólo su mueca, su flexibilidad, su desarticulación, su desmembramiento, su dispersión a los cuatro vientos, comienzan a indicar cuál es su lugar en el mundo” (1)

Así en una sesión se quejará de su maestra y dice: “A los demás chicos les dá ochenta cuentas, a mí sólo tres, me trata distinto. Me aburro”.

Cuerpo cautivo, condenado al aislamiento sin lazo con los otros y sin disponer del Otro como testigo, en tanto hay un goce que no se pierde aún.

Podemos decir que la posibilidad del pasaje de un Otro a otros sus pares, está dado en tanto la renuncia al objeto, la caída de este, marca una brecha, donde el juego, las palabras, los sueños, irán trazando el recorrido del sujeto deseante.

Gabriela comienza a quejarse. Dirá que por no poder ir al colegio, se está quedando sin amigas.

En la siguiente sesión trae un diario íntimo que comienza a escribir. Inauguración de un espacio “privado” de la mirada del Otro.

Comienza a ir al colegio, pero aún es preciso que su madre esté allí para que la niña pueda quedarse en el aula.

El punto en que este ojo deja de alimentarse es cuando Gabriela comienza a tener problemas en el colegio.

“No me salen las cuentas”. “Perdí los cuadernos”. “Voy a tener que empezar todo de nuevo”. Agrega “la gente pierde cosas cuando está muy ocupada”. Sí está muy ocupada, ocupada de la madre que no la deja, no hay aquí espacio para una pregunta. Gabriela comienza a perder cosas a olvidarse otras, como modo de interrogar al Otro, interrogación que separa a la niña de la captura narcisista, buscando un lugar que le permita jugar.

El veo-veo y la escondida serán los juegos que en este momento comienzan a insistir. Allí el interés estará dado en que lo que la analista ofrece de mirada no responde a lo que ella ve, así distintos objetos que nombra nunca coinciden con aquel donde la niña posó su mirada. Es en la escondida, donde el júbilo estará dado en que se la busque donde ella no está y en la sorpresa de la aparición repentina, la de ella.

Lacán en el Seminario 11 dirá que la relación de la mirada con lo que se quiere ver es una relación de señuelo de engaño. Punto de esquizia entre el ojo y la mirada, y allí la carencia señalando que “cuando en el amor demando una mirada, lo que hay fundamentalmente de insatisfactorio y siempre fallido es que nunca me miras allí donde te veo y a la inversa, lo que miro nunca es lo que quiero ver.” “Tú no me ves desde donde yo te miro”.

Gabriela mostrará a partir de su síntoma que en materia de ver, todo es trampa, en tanto lo imposible de la coincidencia, marcará la repetición del síntoma.

Despejar al niño, sacarlo del espejo, del lugar desde donde queda eclipsado por el Otro, es uno de los movimientos que se juegan en los análisis en Tiempos Instituyentes. Que pueda salir del circuito materno con la dignidad de un sujeto deseante es lo que marca la dirección de la cura, dentro de los límites de análisis de un niño.

 

(1) J. Lacan, conferencia en la facultad Saint-Louis, Bruselas, 1960

 

Bibliografía:

Donzis, Liliana. Jugar, Dibujar, Escribir. Psicoanálisis de Niños, Ed. Homo Sapiens

Marrone, Cristina. El Juego, Una deuda del Psicoanálisis. Ed. Lazos

Jacques Lacán. “Intervenciones y Textos 2”. Ed. Manantial

Jacques Lacan. Seminario 11. “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. Ed. Paidós.

Flesler, Alba. El niño en análisis y el lugar de los padres. Ed. Paidos

 

 


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