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El Freud al que Lacan no retornaba. Primera parte14/12/2000- Por Jorge Baños Orellana - Realizar Consulta

Entonces estoy aquí, en la mitad del camino, habiendo pasado veinte años--
Veinte años en buena medida malgastados, los años de l'entre deux guerres
Tratando de aprender a usar las palabras, y cada intento
Es enteramente un nuevo empezar, y un diferente tipo de fracaso
Porque uno solamente aprendió a sacar lo mejor de las palabras
Para las cosas que ya no tiene que decir, o del modo en el que
Uno no está más dispuesto a decirlas. Y entonces cada empeño
Es un nuevo comienzo, una incursión en lo inarticulado ....
Para nosotros, solo queda el intento. El resto no es cosa nuestra.
T.S. Eliot, "East Coker" (1940)
Desde
el comienzo, desde las discusiones entre Freud y Breuer a propósito de la publicación
de sus Estudios sobre la histeria, la literatura analítica tuvo que vérselas
con los riesgos y beneficios de quedar asimilada a la literatura erótica. Una
cosa era hablar, como quería Breuer, de estados segundos o estados hipnoides,
emparentando la histeria a disfunciones neurológicas y al síndrome confusional;
otra cosa muy distinta era vincularla con los suspiros de una mujer por su cuñado.
Lo que vino después, la teoría del trauma y la seducción sexual precoz, enseguida
eclipsada por el retrato del niño como perverso polimorfo incestuoso, no hizo
más que empeorar la situación. Más allá de los resultados médicos que el psicoanálisis
prometía, a esa práctica de conversaciones privadas acerca del sexo y a esa
teoría que apuntaba a un orden que, por enrevesado que fuese, se inclinaba por
los beneficios de la satisfacción, les faltaba el decoro de la literatura científica.
Las convenciones del género científico daban por hecho y hasta exigían que la
verdad fuera atea, pero todavía no indecente.
el
género del psicoanálisis
Un
día primaveral de marzo de 1898, Freud observa en la vidriera de una librería
de Viena una monografía botánica y esa noche sueña que hojea satisfecho un libro
suyo que tiene todo el aspecto de una monografía botánica. Se sabe que el libro
que estaba escribiendo por entonces era La interpretación de los sueños;
él mismo asocia que esa tarde había recibido la carta de Fliess que dice: "Me
ocupo mucho de tu libro sobre los sueños. Lo veo terminado frente a mí, y yo
lo hojeo". [1] Conseguir
que un libro de psicoanálisis pueda ser tomado por la comunidad de lectores
como un libro de botánica seguía siendo, por lo visto, una de sus grandes preocupaciones.
No creo excesivo interpretar este anhelo de inscripción en el género científico
como uno de los sentidos del sueño de Freud.
Buenos
Aires 1948, el paciente n.n.
Cincuenta
años más tarde, en 1948, los primeros pasos hacia la profesionalización del
psicoanálisis despertaban en Buenos Aires igual clase de suspicacias. 1948 es
también el año de la publicación de El túnel, la novela del escritor
argentino Ernesto Sábato; allí se cuenta que cuando su protagonista, Juan Pablo
Castel (pintor de éxito y loco del lugar común), es invitado en el cuarto capítulo
a un cóctel de la Asociación Psicoanalítica Argentina, él no tarda en detectar
la sintonía inestable del nuevo grupo:
Todo
era tan elegante que sentí vergüenza por mi traje viejo y mis rodilleras. Y
sin embargo, la sensación de grotesco que experimentaba no era exactamente por
eso sino por algo que no terminaba de definir. Culminó cuando una chica muy
fina, mientras me ofrecía unos sándwiches, comentaba con un señor no sé qué
problema del masoquismo anal. (...) Damas y caballeros tan aseados emitiendo
palabras génito-urinarias.
Castel,
entonces, huye (El túnel es un incansable maratón) precipitadamente escaleras
abajo hacia la calle Rodríguez Peña, seguramente llevándose por delante --aunque
Sábato se haya olvidado de contarlo-- la mesa de librería dominada por una pila
del volumen iv n°3 de 1946 de
la Revista Argentina de Psicoanálisis, puesto que el cuarto capítulo
de El túnel transcurre, en efecto, en la primavera del 46. Con los años,
ese será uno de los números más curioseados de la revista. El analista fundador
Arnaldo Rascovski publicó en sus páginas, bajo el título de "Interpretación
psicodinámica de la función tiroidea", el caso de su paciente Emilio Rodrigué,
quien se convertiría en uno de los analistas didactas más influyentes de los
setenta en la Argentina. Muy a lo Breuer, Rascovski documenta científicamente
la remisión del mixedema, del edema palpebral, de la macroglosia y el ascenso
de las cifras del metabolismo basal luego de 400 horas de análisis. (Por no
mencionar las radiografías de la solución de un proceso flemonoso en una muela
incluida.) ¿Pero cómo lo ha conseguido? A la manera de Freud. Anotando que al
niño Rodrigué lo vistió la niñera hasta los 9 años; que el joven Rodrigué exhibe
una: "intensa tolerancia por expresiones pregenitales de la sexualidad marcadamente
pueril y masoquística", y sufre de: "un intenso temor a la castración
donde aparecían volcados sus propios contenidos sádico orales hacia la mujer,
en la forma de la clásica fantasía de la vagina castrante ... que veía como
un conducto tortuoso lleno de piedras que trituraban al pene". Sin omitir
los brillantes resultados de la cura: no solamente mejora la función tiroidea
y la dentadura de Rodrigué sino además, y como condición determinante, el paciente
alcanza "una genitalidad suficiente que le permitió la elección de objetos
adecuados". En El antiyo-yo, su primera autobiografía, Rodrigué evocará
ese artículo, levantando la reserva de su identidad (el paciente n.n. de Rascovski soy yo), respaldando
la veracidad de los datos clínicos y admitiendo: "me daban calor las cosas
que decía de mí". [2] Es en este contexto que Borges definirá el psicoanálisis
como la rama erótica de la ciencia ficción. Ahora bien, Freud no había
retrocedido ante el semblante chistoso de la interpretación de los síntomas
ni ante lo novelesco de la cura; en su lugar respondió escribiendo sucesivamente
El chiste y su relación con lo inconsciente en 1905 y El delirio y
los sueños en la Gradiva de Jensen en 1906.
la
primera erótica freudiana
Y
hay que destacar que el Guión Maestro del caso Rodrigué no se alejaba substancialmente
del de Freud. A Freud le había parecido acertado comparar la novela de Jensen
con el relato de una cura analítica exitosa debido a que Norbert, el joven arqueólogo
reprimido, evoluciona alegremente en sus páginas hacia la genitalidad. La peripecia
se desencadena, como es sabido, a partir de un vivo interés, arqueológicamente
injustificable, que a Norbert le despierta el bajorrelieve de una doncella romana,
y Freud festeja sin reparos que todo acabe en una elección de objeto adecuada
en el sentido más casamentero: "Es con todo derecho una mujer antigua, la
figura de piedra de una mujer, la que lo arranca a nuestro arqueólogo de su
extrañamiento respecto del amor y lo amonesta a pagar a la vida la deuda que
con ella tenemos desde nuestro nacimiento". [3] Ese joven aburrido que observaba
con desprecio a las parejitas de su edad en viaje de bodas, "absolutamente
incapaz de comprender su obrar y trajinar"
[4] --subraya Freud--, progresa, por mediación de intervenciones
semi-analíticas, a una inesperada simpatía por los tortolitos y finalmente acaba
convertido en uno de ellos.
Considerando
una pérdida de tiempo la discusión de si a Norbert le toca el diagnóstico de
"erotomanía fetichista" [5] u otra etiqueta de
la nosografía psiquiátrica, Freud prefiere definir el caso como una "huida
del amor", [6]
y a su cura como "el triunfo del erotismo"
[7] . Y de un erotismo, agreguemos, felizmente correspondido. Norbert
encuentra (o reencuentra) en Zoe a una mujer que lo comprende, que se arrima
a sus dislates con la paciencia de una analista: "...esta muchacha reflexiva
y prudente ha resuelto ganar para marido a su amado de la niñez después de comprobar,
tras su delirio, su amor [hacia ella] como fuerza pulsionante". [8] Además, Zoe se insinúa como una
amante complaciente. La Gradiva cierra con un detalle prometedor Obedeciendo
el capricho de Norbert, y para el beneplácito de Freud lector, la muchacha posa
muy dispuesta bajo el sol pleno del mediodía del verano pompeyano.
Norbert
Hanold se detiene y le ruega a la muchacha que lo preceda. Ella lo comprende
"y recogiendo un poco su vestido con la mano izquierda, Zoe Bertgang, Gradiva
rediviva, envuelta por los ojos de él que la miran entrecerrados, cruza las
piedras de la calzada hasta el otro lado de la calle con su andar calmoso y
grácil, en medio del resplandeciente brillo solar". El triunfo del erotismo
lleva a reconocer lo que había de bello y valioso también en el delirio.
[9]
Peter
Rudnytsky observó que en la copia de la novela que guardaba su biblioteca, Freud
había garabateado, en ese lugar, con un lápiz verde: "Erotik! Aufnahme der
Phantasie - Versöhnung" [Erótica! aceptación de la fantasía - reconciliación]. [10]
En
1948, Castel, el protagonista de El túnel, habría leído con convicción
y envidia la posibilidad de semejante armonía conyugal.
[11] El también había conocido una mujer que lo comprendía. Una que
iba derechito a mirar en sus pinturas lo que nadie podía ver. "Existió una
persona que podría entenderme. Pero fue precisamente la persona que maté. Todos
saben que maté a María Iribarne".
* *
*
Buenos
Aires 1998, el pase
¿Que
ocurriría si hoy, vale decir 50 años después, Castel octogenario saliera con
permiso de la reclusión psiquiátrica en donde había acabado y visitara la Escuela
de la Orientación Lacaniana? Hace un mes atrás, mientras escuchaba allí el testimonio
de uno de los a.e. de la amp, me acordé de Castel y me imaginé lo asombrado que se pondría.
No tanto al notar que hay pacientes promovidos para contar sus propios casos,
sino al comprobar que las suyas son historias decentes. Quizá tristes, pero
decentes, de las que no da calor contar. Nada de detalles escabrosos acerca
del masoquismo anal. Ciertamente en un momento escuchamos mencionar el agujero
del grito, pero falsa alarma: se trata de el agujero de "El grito",
el cuadro de Munch. Por otra parte, ningún triunfalismo del objeto adecuado
y completo; en su lugar la sensatez resignada de que el Otro no existe
y el sujeto está solo. De haberme analizado con un lacaniano --piensa
Castel-- habría terminado consintiendo que todos vivimos en un túnel y que era
insensato, tal como me lo gritó su esposo ciego, matar a María Iribarne
porque ella no quería ser mi tortolita.
Con
el sobresalto de los aplausos del cierre, el viejo se despeja e inicia la marcha
hacia la salida del gran salón del quinto piso de avenida Callao 1033. Antes
de alcanzar el ascensor se deja atraer por la estantería de nuestras publicaciones
y su concentración paranoica, que no ha menguado con la edad, verifica de una
hojeada que lo que acaba de escuchar no es privativo de los testimonios del
pase de los a.e., sino que corresponde a un giro generalizado
del Gran Relato, del Guión Maestro de nuestros historiales clínicos.
la
segunda erótica freudiana
Supongamos
que, desde que se lo declaró mentalmente insano, una de las ocupaciones rutinarias
de Castel haya sido la de estudiar a Freud. De ser así, es muy probable que,
una vez recobrado de las novedades de la noche de la eol,
le haya venido a la mente la hipótesis de que los lacanianos somos una secta
estudiosa que mantiene la cuestión sexual soterrada, igual que Norbert antes
de tropezarse con la piedra de la Gradiva. Nuestra situación también le recuerda,
naturalmente, el artículo de 1912: "Sobre una degradación general de la vida
erótica", donde Freud habla de "degradación" en su acepción cuantitativa de
reducción de grado, de tendencia al cero, de erotismo eliminado, depuesto del
objeto idealizado. Adicto a las demostraciones, de vuelta en el hospicio busca
en la biblioteca la obra de Lacan y se pone a averiguar cómo empezó todo eso.
En su visita, no se le había pasado por alto nuestra simpatía por la fórmula
no hay relación sexual, que seguramente hacía a la cuestión, pero advierte
que, como tal, se trata de una expresión tardía, no muy anterior al Seminario
16. Con lectura implacable
y visión de túnel, marca una página del Seminario 1
como el primer indicio firme del recelo lacaniano hacia los tortolitos. Es la
clase del 30 de Junio de 1954, en la que Lacan reinterpreta el sueño de "La
monografía botánica". En vez de conjeturar, a la manera clásica, el cumplimiento
de algún deseo sexual infantil de Freud --como hicieron Gristein, Anzieu y muchos
otros--, Lacan da un breve recuento de los restos diurnos y sentencia: "Estos
fueron los puntos fonemáticos vividos, si así puedo decirlo, a partir de los
cuales se puso en funcionamiento la palabra que se expresa en el sueño. ¿Quieren
que la formule? Es, para decirlo crudamente: Ya no amo a mi mujer". [12] Repuesto de la
noticia de que Sigmund no amaba más a Martha, Castel continua sus hallazgos:
Seminario 4, clase 22da:
Mantengámonos firmes y en el terreno de nuestra experiencia. Si ésta ha hecho
hacer algún progreso al problema sexual (...) es en la medida en que ha sido
capaz de situar las relaciones entre los sexos (...). Para tener una perspectiva
salubre sobre el progreso de nuestra investigación, hay que darse cuenta de
que en la relación del hombre y la mujer queda siempre abierta una hiancia. [13]
"La Dirección de la cura": [En] la novela rosa [de Abraham]
del "paso de la forma pregenital a la forma genital", las pulsiones "no
toman ya ese carácter de necesidad de posesión incoercible, ilimitada, incondicional,
que supone un aspecto destructivo. Son verdaderamente tiernas, amantes, y si
el sujeto no por ello se muestra oblativo, es decir desinteresado, y si esos
objetos" (...) [Pero] lo que hace que el objeto se presente como quebrado
y descompuesto, es tal vez otra cosa que un factor patológico. ¿Qué tiene que
ver con lo real ese himno absurdo a la armonía de lo genital? (...) ¿Nos tocará
a nosotros camuflar de cordero rizado del Buen Pastor a Eros el Dios negro? [14]
Seminario 9, clase 13ra: Lo que ustedes tienen que
hacer, no es predicar una erótica, sino arreglárselas con el hecho de que incluso
entre la gente más normal y dentro de la aplicación más plena de las normas,
eso no marcha". [15]
Seminario 14, clase 12da: "Si algo nos revela la
experiencia, es la heterogeneidad radical del goce masculino y del goce femenino," [16]
Cerremos la lista con la clase 13ra del Seminario 15:
...un
hombre, una mujer, normalmente constituidos, (...) ¿es natural que se besen?
He aquí la cuestión. (...) Esta es la pregunta que hago. ¿Por qué? No para que
se vayan a pasear por todo París a contar que lo que Lacan enseña es que el
hombre y la mujer juntos no tienen nada que ver. (...) Es molesto que no pueda
enseñarlo sin que se produzca un escándalo. [Pero] es justamente porque no tienen
nada que ver que el psicoanalista tiene algo que ver en este asunto [cette
affaire la]. Escribámoslo de esta manera en el pizarrón: staferla.
Hay que saber utilizar una cierta forma de escritura.
[17]
Castel opina, y quizá tenga razón, que este "staferla" es
el primer balbuceo dirigido a despejar una fórmula de mayor abstracción para
el desencuentro de los tortolitos.
* *
*
donde
el Retorno no retornaba
Pero
no terminan aquí sus pesquisas. Les cuento que durante esa marcha en busca de
citas, llevó adelante una investigación paralela --a su entender incluso más
decisiva-- que se ocupa de la performance de Lacan lector de Freud. Su primera
conclusión es que el llamado "Retorno a Freud" no es un simple slogan,
sino el empeño de un trabajador incansable. Castel comprueba que incluso ciertos
tópicos de la obra de Freud habitualmente dejados de lado merecieron algún comentario
de Lacan. Es el caso de los artículos sobre telepatía. Si bien el tratamiento
que les da es de una autorreferencialidad teórica que, incluso para Castel,
es un poco risueña. En los cincuenta, Lacan asegura que los fenómenos telepáticos
prueban que "el inconsciente es el discurso del otro"; [18] y encierra las
misteriosas coincidencias entre la clínica de dos pacientes o entre los dichos
de un paciente y los recuerdos guardados del analista --que tanto llegaron a
inquietar a Freud y a Ferenczi-- en un dibujo de la geometría de circuitos; [19] más tarde,
en los seminarios de los años setenta, las experiencias telepáticas serán otro
indicio de la no-relación, del goce y de lo Real.
[20] Como fuere, según la contabilidad de Castel, Lacan alcanzó a
comentar expresamente noventa y siete títulos de Freud, los correspondientes
al grueso de sus artículos y a todos sus textos extensos, excepto uno. No le
extrañó a Castel que el libro de Freud con el que Lacan no había querido saber
nada sea el de El delirio y los sueños en la Gradiva de Jensen.
Le fastidió mucho, en cambio, puesto que eso destartalaba su hipótesis inicial
de que los lacanianos sufrimos el mal de Norbert, el cerciorarse de que Lacan
no se había desentendido de las diez paginitas de "Sobre una degradación general
de la vida erótica", antes bien, las cita puntualmente cada vez que la cuestión
staferla asoma seriamente.
[1] Freud, Sigmund [1900], La interpretación de los sueños, en Obras Completas t.iv, Amorrortu, Buenos Aires, 1976; p. 188.
[2] Rodrigué, Emilio y Berlin, Martha, El antiyo-yo, Fundamentos, Madrid, 1977; pp. 98-104.
[3] Freud, Sigmund [1907], El delirio y los sueños en la "Gradiva" de W. Jensen, en Obras Completas t.ix, Amorrortu, Buenos Aires, 1976; p. 42.
[4] Op.cit., p. 14.
[5] Op.cit., p. 38.
[6] Op.cit., p. 58.
[7] Op.cit., p. 33.
[8] Op.cit., p. 59.
[9] Op.cit., p. 33.
[10] Cf. Rudnytsky, Peter, "Freud's Pompeian Fantasy", en Gilman, S. et al, Reading Freud's Reading, New York Univ. Press, 1994.
[11] M.C. Melgar tipificó acertadamente el romance de Zoe y Norbert con la categoría de "el amor feliz". Y no desafía el ánimo del libro de Freud cuando su análisis permite oír el freudismo más optimista: "El descubrimiento de la diferencia de los sexos deja en la memoria humana una atracción formidable por lo diferente. A esta atracción podría llamársela: la belleza de lo diferente" (cf. Melgar, Ma Cristina, Amor - Enamoramiento - Pasión, Kargieman, Buenos Aires, 1997; p. 61.)
[12] Lacan, Jacques [1953-54], El Seminario 1: Los escritos técnicos de Freud, Paidós, Barcelona, 1981; p. 391. Contrástese con la formulación que da Freud a la palabra que se expresa en el segundo sueño de Norbert Hanold: "Y ahora nos gustaría ensayar la sustitución de ese sueño "singularmente disparatado" de Hanold por los pensamientos inconscientes que tras él se esconden (...): "¿Por qué juega este juego conmigo? ¿Quiere burlarse de mí? ¿O acaso me ama y quiere tomarme por marido?". Freud, Sigmund [1907], op. cit., p. 68.
[13] Lacan, Jacques [1955-56], El Seminario 4: La relación de objeto, Paidós, Barcelona, 1994; p. 376.
[14] Lacan, Jacques [1958-1961] "La dirección de la cura y los principios de su poder", en Escritos 1, pp. 237-238; Escritos v. corr. pp. 585-587, ed. siglo xxi.
[15] Lacan, Jacques [1961-62], El Seminario 9: La identificación, clase del 14-iii-1962, inédito.
[16] Lacan, Jacques [1966-67], El Seminario 14: La lógica del fantasma, inédito; clase del 1-iii-1967, inédito.
[17] Lacan, Jacques [1967-68], El Seminario 15: El acto psicoanalítico, clase del 27-iii-1968, inédito.
[18] "Que el inconsciente del sujeto sea el discurso del otro, es lo que aparece más claramente aun que en cualquier otra parte en los estudios que Freud consagró a lo que él llama la telepatía": Lacan, Jacques [1953], "Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis", en Escritos 1, p. 85; Escritos v. corr. p. 254, siglo xxi.
[19] "...por ser agentes integrados, eslabones, soportes, anillos de un mismo círculo de discurso, es que los sujetos ven surgir al mismo tiempo tal acto sintomático o revelarse tal recuerdo": Lacan, Jacques [1954-55], El Seminario 2: El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Paidós, Barcelona, 1983, p. 140.
[20] La clase del 20-xi-1973 se inicia con estas dos consideraciones, a propósito de los textos de Freud sobre telepatía : "Lo oculto es, aunque parezca imposible, seguramente esto: esa ausencia de la relación" y "No es impensable que el cuerpo, en tanto que lo creemos vivo, sea algo mucho más difícil de lo que saben los anatomofisiólogos. Habrá quizá una ciencia del goce, si cabe la expresión". La semana siguiente: "... si la vez pasada los aburrí con esa historia de lo oculto, es justamente por esto, porque para Freud es, en cierto modo, la confirmación patente sobre estas tres dimensiones [Imaginario, Simbólico, Real], de las cuales él nos denuncia tan bien dos. ¿Qué es para Freud lo Real?. Y bien, se los diré hoy: es, justamente, lo oculto. Y lo es precisamente por cuanto Freud lo considera como lo imposible. Pues acerca de la historia del ocultismo y la telepatía, él nos previene, e insiste, que no cree en ella para nada": Lacan, Jacques [1973-74], El Seminario 21: Los desengañados se engañan o los nombres del padre, inédito.
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