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Presentación de “Las Fuerzas del Celu (el Cuerpo ante la religión artificial)”, de Sergio Zabalza, en el Congreso de la Asociación Argentina de Salud Mental

11/09/2026- Por Alberto Trimboli -

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En un pasaje hermoso del libro aparece la diferencia entre calcular el desconocimiento y habitar el no saber. La máquina puede procesar aquello que desconoce; un ser humano, en cambio, puede vivir la incertidumbre, la finitud, el deseo, la contradicción. Ahí reside una diferencia fundamental. (…) Porque quizás frente a las Fuerzas del Celu tengamos que volver a poner en movimiento otras fuerzas. Las fuerzas del encuentro. Las fuerzas del deseo. Las fuerzas de la comunidad. Y las fuerzas de una salud mental que recuerde que ningún algoritmo, por sofisticado que sea, puede sustituir la experiencia irrepetible de un cuerpo hablando con otro cuerpo.

                                 

 

                                   Editorial Letra Viva. Buenos Aires. 2026

 

 

 

  Cuando uno presenta un libro, corre el riesgo de intentar explicarlo. Y creo que con Las Fuerzas del Celu sería un error.

Porque Sergio no escribe un libro para explicar la inteligencia artificial, ni para enseñarnos cómo funcionan los algoritmos, ni mucho menos para decirnos cómo debemos utilizar el celular.

 

  Lo que hace es preguntarse qué nos está pasando a nosotros. Qué está pasando con nuestros cuerpos, con nuestros afectos, con nuestra capacidad de pensar, con el encuentro con los otros y con la forma en que estamos construyendo nuestra subjetividad.

 

  Y ahí está, para mí, uno de los grandes logros del libro.

Porque la discusión sobre inteligencia artificial y tecnologías digitales suele quedar atrapada entre dos posiciones bastante pobres: la fascinación tecnológica y la demonización tecnológica.

Sergio escapa de ambas.

 

  De hecho, al comienzo del libro plantea que quizás el problema central no sea la inteligencia artificial en sí misma, sino la concepción de sujeto que se construye y se impone sirviéndose de ella.

Y agrega algo fundamental: cualquier análisis de la lógica digital que ignore su instrumentación política corre el riesgo de no comprender aquello que está ocurriendo.

 

  Ese planteo me interesa especialmente porque dialoga con algo sobre lo que vengo trabajando desde hace tiempo, y que Sergio, también planteó cuando presentó mi libro Ciberlaxia el año pasado, en este congreso.

 

  Cuando escribí Ciberlaxia, no quise describir una enfermedad ni proponer un nuevo diagnóstico. Utilicé ese término para señalar una forma de relación relajada, descuidada, ingenua y muchas veces sin percepción del riesgo frente a los entornos digitales, y que de una u otra manera, Sergio nos está alertando en este libro, porque las fuerzas del celu no son neutras.

 

  En el libro, además, Sergio habla del cuerpo como un territorio en disputa. Me parece extraordinariamente actual esta idea de un cuerpo en disputa, porque muchas veces hablamos del tiempo de pantalla como si la cuestión fuera simplemente contar horas.

Dos horas está bien. Cinco horas está mal. Pero el problema es bastante más complejo.

 

  La pregunta es: ¿qué ocurre durante esas horas? ¿Qué captura nuestra atención? ¿Qué ideas se nos están metiendo sin que nos demos cuenta? ¿Qué dejamos de hacer? ¿Qué emociones son estimuladas? ¿Qué contenidos son seleccionados para nosotros? ¿Quién nos está manipulando?

Y, sobre todo, quién los selecciona y con qué finalidad.

 

  Es muy original la idea de religión artificial. La religión y la Inteligencia Artificial comparten una misma promesa: la de un paraíso sin fricción, donde el sufrimiento desaparece y el sujeto se disuelve en algo mayor que lo excede y lo cuida.

Sergio llama a esto “religión artificial”: un credo que no exige templos ni dogmas explícitos, sino sumisión afectiva a cambio de una promesa de bienestar garantizado.

 

  Esta línea de trabajo de Sergio me recuerda la serie Pluribus, (que se puede ver en Apple TV), que lleva esa promesa a su forma más pura, sin metáfora de por medio: una comunidad que no oprime, que no castiga, que simplemente da todo lo que se pide.

 

  No hay Infierno en esa religión, solo una Gracia total y permanente. Y ahí está el horror que la serie descubre: cuando todo deseo es satisfecho, el deseo mismo se extingue, porque el deseo necesita falta, necesita un Otro que pueda negarse. La colmena es, literalmente, una fe sin exterioridad: no hay a quién rezarle, porque todos son el mismo Uno.

Es la religión llevada a su consumación máxima, y por eso mismo, su fracaso como experiencia humana.

 

  De lo que Sergio plantea en el libro, la IA opera con la misma lógica pastoral: consuela, aconseja, nunca contradice, atiende la demanda antes de que se formule como pregunta. No hay ahí un Dios que castigue, sino un Dios que sonríe y coincide siempre.

Carol, la protagonista, es la hereje (o la oveja descarriada): la que sigue necesitando pelear, dudar, estar en desacuerdo, incluso consigo misma. Es la única que sigue creyendo en lo humano, cuando la humanidad se convirtió en servidora del otro.

 

  Sergio lo señala explícitamente cuando habla de una subjetividad atravesada por apremios económicos, desempleo, falta de futuro y exclusión, al mismo tiempo que recibe el mandato de triunfar, ser individualista y gozar.

 

  Eso tiene una resonancia muy concreta en la Argentina actual. Por ejemplo, con un solo click nos endeudamos. Detrás del endeudamiento hay familias que reorganizan su vida cotidiana. Detrás de una estadística hay cuerpos. Hay angustia. Hay miedo. Hay incertidumbre.

 

  Y ahí aparece otro aspecto que me interesa mucho del libro: la política de los afectos.

Sergio advierte sobre el peligro de separar pensamiento y afectos. Sostiene que cuando el pensamiento pierde su relación con el cuerpo y con el prójimo puede degradarse a mero cálculo.

Y esto me parece central en un momento histórico en el que desde distintos lugares se pretende establecer una oposición entre emociones y datos.

 

  “Yo hablo de datos, no de emociones”, nos dicen. Como si sentir fuera un defecto. Como si la única lectura legítima de la realidad fuera cuantitativa. Como si decir que una economía tiene equilibrio fiscal alcanzara para describir lo que ocurre en la vida cotidiana. Los datos son indispensables, pero los datos no sufren, las personas sí.

 

  En un pasaje hermoso del libro aparece la diferencia entre calcular el desconocimiento y habitar el no saber. La máquina puede procesar aquello que desconoce; un ser humano, en cambio, puede vivir la incertidumbre, la finitud, el deseo, la contradicción. Ahí reside una diferencia fundamental.

 

  Y quizás por eso sea tan importante recuperar la espera. El celular prácticamente abolió la espera. Queremos algo y hacemos clic. Queremos comprar y hacemos clic. Queremos una pareja y deslizamos una pantalla. Queremos una respuesta y preguntamos a una inteligencia artificial. Queremos dejar de sentir angustia y buscamos inmediatamente algo que la calme. Pero el deseo necesita también del intervalo. Necesita de la falta. Necesita del tiempo. Necesita incluso de la frustración.

 

  Por eso creo que Las Fuerzas del Celu es, paradójicamente, un libro profundamente político sin dejar de ser profundamente clínico. Nos recuerda que no podemos escuchar a una persona ignorando la época en la que vive. Que no podemos pensar la angustia sin preguntarnos por el trabajo, por el futuro, por los vínculos, por el lugar del cuerpo y también por las tecnologías que organizan cada vez más nuestra experiencia.

 

  Porque quizás frente a Las Fuerzas del Celu tengamos que volver a poner en movimiento otras fuerzas. Las fuerzas del encuentro. Las fuerzas del deseo. Las fuerzas de la comunidad. Y las fuerzas de una salud mental que recuerde que ningún algoritmo, por sofisticado que sea, puede sustituir la experiencia irrepetible de un cuerpo hablando con otro cuerpo.

Creo que ese es uno de los grandes méritos de este libro.

Y por eso agradezco a Sergio que lo haya escrito y, sobre todo, que nos obligue a seguir pensando.

  

                     

 

  Alberto Trimboli, Alicia Hartmann, Cintia Ini y el autor, en la presentación de

  Las fuerzas del celu –a fines de agosto– en el Hotel Marriott de Buenos Aires.

 


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