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Presentación del libro “Atrapar la huella antes que se desvanezca. Montañismo y Psicoanálisis” de Leonardo Leibson

03/11/2023- Por Matías Buttini - Realizar Consulta

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Los psicoanalistas no somos sólo Dantes –viajeros– sino también Virgilios –acompañantes de viajeros–. Este libro tiene un subtítulo: montañismo y psicoanálisis. Es un libro escrito por un psicoanalista que en sus descansos es montañista. O un montañista que lee, o más aún, un analista que va a la montaña o la montaña viene a él.

 

                           

 

 

Atrapar la huella en su desvanecimiento. Experiencia de lectura

 

  Un libro te pega o no te pega. Es tan sencillo como eso para mí. Después ves dónde te pega, e incluso cómo te pega. En este sentido, no es diferente de un viaje como experiencia. No todo viaje es una experiencia, ya que como dice Leonardo Leibson acá: la experiencia de viajar implica el recorte, el relato, el testimonio y especialmente la presencia de un relator. Miguel Briante cuenta la historia de un forastero que entra en una pulpería y dice:

 

–Me dijeron que acá uno viene y cuenta su historia –dijo el hombre. Tenía una camisa como azul, abierta adelante, y faja negra, de vasco. Pero todavía no le mirábamos la cara. Al rato dijo: –Y que se la escucha, me dijeron.

Así que Arispe le dijo: –¿A ver?

–Que de noche sueño que acá adentro me está creciendo una víbora –dijo el hombre–, y que cada noche se hace más grande y más grande y a mí no me importa y lo único que quiero saber es si cuando de tan grande que sea la víbora yo me muera, lo único que quiero saber es si la víbora vivirá.

        

  Es un breve relato que se titula De más lejos y me ha evocado, curiosamente, el texto de Leonardo Leibson al ponerme a escribir estos comentarios. Me pegó por ahí… Pero viene de más lejos. Voy a intentar desenrollar la víbora que creció dentro mío al leer el libro.

 

  Con Leonardo somos amigos desde hace más de 20 años, es increíble. Saqué la cuenta. No de la infancia, no de la adolescencia, no de la vejez –aún– pero si de la vida. Nuestro amor por las montañas y la patagonia es algo que se mete en nuestra conversación en forma asidua. Nos conocimos tocando música en una cátedra de Psicopatología de la UBA, cosa rara si las hay.

 

  Él no tocaba música, yo si; él fue bautizado como el Tío Salvattore y relataba los tangos de terraza que compusimos juntos, con él y con otros y que dieron nombre a un CD. En esos tiempos, aún existía el CD como hoy existen aún los libros. Formas de almacenamiento que a veces, cambian su aspecto. Si tienen paciencia, veremos a dónde llegamos con ésta historia. Como en todo verdadero viaje, no de turismo, no de visita, no de trabajo sino un viaje a secas, ese que hace el viajero o el viajante, no se puede saber lo que va a ocurrir. Este es claramente un mal marketing para una agencia de viajes.

 

  La música de las palabras y especialmente de la palabra escrita y sus resonancias es algo que comparto con el autor. Los buenos libros y los buenos vinos, son el descanso de los buenos viajes. El retorno a un lugar, como él dice, no siendo el mismo que se fue, ni el lugar ni el viajero. Estamos entonces, frente a un procedimiento que modifica a quienes lo atraviesan. Me refiero a las montañas y al psicoanálisis, crossroad –no suena igual en español– cruce, que éste libro nos propone.

 

  Los psicoanalistas no somos sólo Dantes –viajeros– sino también Virgilios –acompañantes de viajeros–. Este libro tiene un subtítulo: montañismo y psicoanálisis. Es un libro escrito por un psicoanalista que en sus descansos es montañista. O un montañista que lee, o más aún, un analista que va a la montaña o la montaña viene a él.

 

  Generalmente, me molesta la expresión tener un hobby y aunque recién descubro gracias a Google que el término viene del inglés pony o pequeño caballo para niños, por ende, juguete y ahi me agrada más, igual me sigue pareciendo una denominación muy desacertada. Tener un hobby suena a algo a lo que uno no le pone ningún interés, ninguna pulsión y es todo lo contrario que hacen los niños cuando juegan.

 

  Leonardo Leibson no tiene un hobby, a lo mejor ha visto algunos hobbits por esos pasajes montañosos, donde habitan criaturas extrañas y desconocidas como la montaña solitaria o la desolación de Smaug, el dragón fascinado con el oro que robó a los señores enanos. Ese viaje inesperado, primera parte del Hobbit es una película en la que estaba cuando me llegó el libro con su tapa “preciosa”; como si Mendoza quedara en Japón. Me encanta.

 

  Volvamos sobre nuestros pasos. El autor, en su tiempo libre –¡si es que existe algo asi!– no va a la montaña, él habita la montaña en forma permanente, simplemente no siempre puede ir allá. Y tampoco podría permanecer allá sin convertirse en el artista del trapecio del que habla Kafka, ese que nunca baja de las alturas.

 

  Cuando uno lee este libro, cae en la cuenta de que no existe nada similar a un hobby, nada que puede ser evocado tan livianamente como aquello que se hace cuando no se tiene nada mejor que hacer. Leonardo es un montañista, ama esos recorridos y nos los presenta en su libro en forma adictiva, “afixionada” –es suyo el término–. Es una afición.

 

  Lo que él detecta y lo bien que lo hace es que el psicoanálisis y las montañas tienen, para quien practica o frecuenta esos lugares asiduamente, reglas similares, instersticios parecidos, recovecos sorprendentes. Encuentra esos parecidos que Freud evocaba cuando hablaba del cirujano o del partero, incluso del arqueólogo. Son esos parecidos entre algunas prácticas o deportes o actividades que evocan al analista una posibilidad de transmisión de su arte.

 

  Piglia lo ha comparado al arte de la natación, yo mismo he escrito sobre la relación entre el psicoanálisis y la práctica del Aikido (Revista Nadie duerma, 2021). Siempre encuentro mejor la comparativa con algo que se practica efectivamente y con el cuerpo, no la comparación teórica, la idea, lo interesante, lo intelectual. Pues el psicoanálisis no es un ejercicio intelectual, y Leonardo es uno de los colegas que he escuchado y leído hablando de esto: el análisis se practica con el cuerpo. Tal vez único final del análisis para un neurótico común, cosa que también se evoca en el texto. Aclaro que el neurótico común soy yo, Leo es un tipo extraordinario y fuera de lo común por eso puede escribir estos libros.

 

  Lo extraordinario acá es que ni Freud ni ningún analista que conozca ha escrito un libro entero con una mera metáfora o símil –como dice López Ballesteros en sus traducciones–.

 

  Es acá donde este libro deja de ser su propia promesa inicial: no es sólo un diario de viaje sino también un libro de psicoanálisis. Psicoanálisis a lo Leonardo Leibson. Y acá va otro elogio: como sus otros escritos, sus otras huellas, es un libro claro en su transmisión, directo en sus puntos claves, amoroso para quien lo lee y también cargado de cierto erotismo en el modo de usar las palabras, de elegir los giros y sembrar ciertas críticas y señalamientos.

 

  Este libro me pegó fuerte y no pude dejarlo. Decidí no resistirme a sus tentáculos y dejarme llevar por sus páginas. No obstaculizar esa invitación a leerlo en apenas unos días desde que lo tuve en mis manos. Esas páginas vienen de lo que llamamos diarios de viaje. Otro asunto en común que me pega de cerca.

 

  Este diario, no es el relato pormenorizado de todo sino retazos, recortes, sino es un relato siempre posterior y un darse cuentas de algo que se hizo. El acento le está puesto en el acto, en el hacer. Son expresiones que están en el libro y se van moldeando a lo largo de su trama, con la intención de ir estableciendo un decir propio, un decir-se andando. Es acá donde todo relato es ficcional, auto-ficcional, y éste libro lo corrobora por momentos.

 

  Esto me condujo a una modificación fantaseada del título del libro para poder titular esta presentación: atrapar algo en el mismo instante en que se desvanece. Una huella es algo evanescente que no está siempre; incluso las huellas que reaparecen en los análisis (¿reaparecen porque fueron olvidadas o reaparecen porque se escriben?) luego se desvanecen. Es decir que cuando uno habla de las marcas, huellas, trazos y restos de una operación de un hacer, no los tiene todo el tiempo presentes, puede dejarlos estar ya que no se borrarán, pero sí se desvanecerán y, a veces, y uno se los encuentra de pronto.

 

  La lectura de un libro coincide con algunos otros, que es atractivo poner en serie, unos antes, otros después pero a los que ya se les echó el ojo, unos (varios, demasiados) al mismo tiempo. También pasan cosas durante la vida, hay ruidos, no existe lector ideal en silencio aislado, salvo en el lector insomne, solitario que roba algunas horas de esas más silenciosas para su provecho.

 

  La lectura es una práctica que requiere de una diacronía, de un tiempo y tal vez por eso hoy en día está tan poco valorada, de la mano de la insoportable levedad de las redes sociales, el scrolling y la inmediatéz de contenidos y resoluciones en segundos y en super calidad de imagen. Comienza y viene el remate rápido. Creo que los que son mucho más jóvenes que yo, estan menos de un segundo atendiendo algo. Leer es otra cosa, requiere tiempo, y cierta persistencia.

 

  Este libro coincidió con Klaus y Lucas de Agota Cristoff y con una contratapa, como siempre absurda y recortada… Una frase de Zizek en la que me apoyo y seguramente la cortaron de otro lado para pegarla acá: “Un libro con el que descubrí qué tipo de persona quería ser realmente”. Aplicada al libro de Leonardo Leibson, es completamente errónea. Este libro no hace a uno descubrir nada de uno mismo, aunque sí muchas cosas sobre quien escribe, desde dónde dice lo que dice y en especial su magistral sutileza de hacer pasar su mensaje de forma suave pero insistente. Quiero decir, dice algunas cosas fuertes, pero de modo agradable.

 

  Como si esto no alcanzara, el libro me pegó también en otro lado: evocó el gusto por el fuego y por hacer asados, la leña quemada, la reunión, el olor a humo, el dormir a la interperie, las noches demasiado estrelladas y los equipos de camping… En resumidas cuentas, hay comentarios sobre los refugios.

 

  Y acá hay que detenerse un poco también: el autor llama refugio a una Escuela de psicoanálisis y usa ese término, tomando una expresión de algunos otros y que tiene una carga semántica interesante. La Escuela es un lugar donde hay otros, y muy comparable a los refugios de montaña, dice y acordamos. Allí se cuentan historias, cada cual relata sus víboras, digamos, sus peripecias y se sopesan actos y deseos más o menos fuertes, más o menos locos.

 

  El libro contiene otra parte un poco más oculta, otras capas por donde su interés se remonta al refugio y a la Escuela de psicoanálisis. Hay comentarios y elaboraciones que giran alrededor del dispositivo del pase y de una experiencia personal que el autor no cuenta.

 

 

  El pase es una cosa extraña que Lacan inventó y que está sujeta a todo tipo de contingencias y azares. Es un dispositivo potente y tiene un diseño muy fino, tan preciso como difícil de sostener en su práctica efectiva. Si el análisis está sujeto a las contingencias, si subir a la montaña está sujeto a las contingencias, sin duda lo que Lacan llamó el pase o el pasaje, está sujeto a las contingencias de las contingencias.

 

  Quedó una fórmula un poco difícil. Para ser más claros: hay al menos dos pases, el llamado clínico y el dispositivo. Uno, es el pasaje de analista a analizante que puede suceder en el transcurso de un análisis debido a una transformación del sujeto y de sus relaciones con su síntoma y de la emergencia del deseo del analista; el otro, es un lugar, un espacio ofrecido por una Escuela –refugio– para dar cuerpo a la palabra y producir algo para la Escuela: el testimonio indirecto –a través de dos pasadores– de lo que en el análisis produjo esos cambios.

 

  De ahí, vemos si eso que tan livianamente llamamos “análisis personal”, pasa a través de ciertas circunstancias. Y parece algo elevado y mágico y no tiene nada de eso. Dice Leonardo Leibson:

 

“El pase no es un estadio superior. Por el contrario, es una re-versión de una caída” (p. 109)

 

  Me encantó esta idea porque desmistifica y lo hace posible, atado a esas “marcas que sólo dejan los seres humanos”, dice Leo. Me encanta porque el pase es más bien la experiencia de una vulnerabilidad tan interesante como desconocida.

 

  Es siempre una apuesta personal, de cada uno, nunca podría ser obligatorio ni para todos tampoco, pero que encastra y depende de otros actores y vectores en juego. Lacan dice: quien decide hacerlo, corre el riesgo de contar su historia, e intentar decir a otros qué fue lo que lo hizo analista. Es un lugar, un dispositivo añadible, diría al análisis lacaniano. Añadible es que se puede tomar o no, entonces, es una oferta, una opción. Incluso una oportunidad.

 

  El autor habla de otro término bastante poco comentado por los psicoanalistas y es el esfuerzo, el estado de esfuerzo y de dificultad. Su pregunta:

 

“Muchas veces me he preguntado y me han preguntado cuál es el propósito de tanto esfuerzo y por qué uno quiere hacerlo” (p. 62). Más adelante, señala que el esfuerzo “es una posibilidad” –su comparación con el análisis es bien precisa en este punto– y la montaña, es “un lugar que ofrece la oportunidad de la dificultad. De trabajar con la dificultad. No sólo y no tanto para vencer o derrotar o conquistar, sino porque avanzar en y con la dificultad nos permite encontrarnos de otro modo” (p. 63).

 

  Leonardo Leibson escribe sobre este pasaje, este pase por la montaña como travesía real y de su pase a la posición de analista como travesía del fantasma. Incluso de cómo se hizo analista en tres sesiones. Hay ironía en eso, pero hay pasaje y precisión quirúrgica sobre la lógica clínica extraída de la experiencia de su propio caso. Aquí dice y dice mucho sobre esto. Lo quiero citar en la pág. 118:

 

“Paisaje y pasaje son palabras cercanas. Eso no es banal. El pasaje es cuando logramos franquear una búsqueda y algo del paisaje nos cruza y nos deja marcados. Como cuando decimos algo que nos sorprende y al mismo tiempo se nos escapa.

“El pasaje es ese efecto, al que podemos llamar «sujeto» (otra vez la jerga), que se entromete en el discurrir del discurso corriente y acciona un efecto de creación. Fugaz y desvaneciente, pero que señala un recorrido, la huella de un recorrido. Esa huella que se desvanece pero que deja que atrapemos algo, un instante antes que desaparezca. Un fragmento de vacío que nos trastoca.”

 

  En nuestra Escuela, La Internacional de los Foros del Campo Lacaniano (EPFCL), se oferta y se practica el pase propuesto por Lacan. Es una apuesta, que trastoca a quienes lo hemos elegido como experiencia, sin duda y en muchos sentidos. Creo estar de acuerdo con Leonardo: es una apuesta a que algo se transmita en ese curioso trastocamiento que es puramente personal, pero hace olas en lo colectivo. ¿Algo? Si, algo de lo que queda de un análisis –si está llegando a su fin o ha concluido–, algo de lo que te cambia la vida o para decirlo en palabras del autor: te permite nacer, nacer en serio.

 

  Ahí me pegó también el libro: para Leo –sin duda para mí y espero que para mucha gente más– el análisis no es un ejercicio de palabras, es poner el cuerpo o mejor aún, hacerse un cuerpo para quien no cuenta con eso de antemano. “Pienso –dice– que la experiencia es solidaria de lo narrativo”. Nos afirmamos en esta dupla de lo narrativo y la experiencia que se conectan por un pegamento o cola la e-cole como juega Lacan en francés, escuela y pegamento–.

 

  Entonces, narrativo, experiencia y un pegamento o Escuela que los una, son términos que pueden ser solidarios entre sí. Ahi coinciden de modo curioso la experiencia de la montaña y el psicoanálisis: uno está solo pero nunca del todo solo, siempre un poco acompañado y eso, te puede salvar la vida en la montaña y en “las cómodas ciudades donde vivimos” –como contundentemente señala el autor–. Salir de la comodidad no es sin esfuerzo.

 

  Podemos ir terminando, podemos hablar de su obra escrita, pues los volumenes que se han publicado, y seguro seguirán publicandose y nos darán nuevas facetas de un pensamiento en movimiento, de un paseante, como él se nombra. Hay retruécanos, vueltas o giros donde se encuentran repeticiones creativas que son muy inspiradoras de su estilo de contar, narrar y transmitir el psicoanálisis.

 

  Para concluir podemos leer apenas dos frases que contienen ideas que son aplicables a la montaña y al psicoanálisis porque él las dice de un modo siempre mejor y no deja de sorprender por su precisión y simpleza narrativa. Sobre la asociación libre y también sobre estar en la montaña y ver el paisaje:

 

“Es un modo de estar des-atento, pero muy interesado en lo que está pasando” (p. 52)

 

Por último, una conclusión del libro:

 

“El psicoanálisis es una práctica que se dispone a escuchar el llamado a no volver al mismo sendero” (p. 38)

 

 

 

 

 


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