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Presentación del libro “Ciberlaxia. Riesgos de la exposición digital ingenua en infancias y adolescencias. Intervención clínica y prevención de los consumos problemáticos en entornos digitales”, de Alberto Trimboli

31/08/2025- Por Sergio Zabalza - Realizar Consulta

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Bien podríamos decir que hoy en lugar de hablar de “Las Fuerzas del Cielo”, correspondería mentar a “Las Fuerzas del Celu”. Reitero: este libro indispensable al que hoy estamos presentando se dedica a lo largo y ancho de sus páginas a desenmascarar la coartada por la cual un sujeto –niño/a; adolescente o adulto/a– cree que maneja un celular cuando lo cierto es que el celular lo maneja a él o ella.

 

                                     Editorial Noveduc. Buenos Aires. 2025

              

 

     Volumen realizado con el sustancial aporte de las siguientes autoras:

 

                              Daniela Antonaccio

                              Karina Elalle

                              Yesica Lasala

                              Betsabé Leicach

                              Mariana Manté

                              Silvia Raggi

                              Fabiana Santos

 

                    

  

 

  Sabemos que, desde el punto de vista psicoanalítico, aquello que carece de nombre no existe. lo cual no significa que no se sufra. De allí el alivio que experimenta un sujeto durante un tratamiento cuando el hallazgo de un significante le posibilita la apertura de todo un horizonte de sentido que su padecer clausuraba, o cancelaba para usar un término hoy por demás vigente.

 

  Algo de esto acontece con el título de este libro. Ciber-laxia. Ciber: que remite al entorno digital. Y para la palabra laxia el texto cita el latín laxus que significa relajado o descuidado, para luego precisar que “el término ‘laxitud’ refiere falta de firmeza o relajación excesiva”.

 

  La cuestión está en que en el subtítulo aparece la palabra ingenua. A mi modo de ver es aquí por donde, de una u otra manera, transita el grueso del libro. La etimología de la palabra “ingenua”, proviene del latín ingenuus, que significa “nacido libre” o “natural”. 

 

  En su origen, se refería a la condición de una persona nacida libre, en contraste con un esclavo o liberto. Con el tiempo, el término evolucionó para describir a alguien con falta de experiencia, malicia o astucia, asociado a la inocencia y la sencillez. 

Rescatemos entonces el término ingenuus para aplicarlo a quien por manipular un celular se siente libre. Bien podríamos decir que hoy en lugar de hablar de “Las Fuerzas del Cielo”, correspondería mentar a “Las Fuerzas del Celu”.

 

  Reitero: este libro indispensable al que hoy estamos presentando se dedica a lo largo y ancho de sus páginas a desenmascarar la coartada por la cual un sujeto –niño/a; adolescente o adulto/a– cree que maneja un celular cuando lo cierto es que el celular lo maneja a él o ella.

 

  Es un texto que no aboga por la libertad, sabe que la misma es un señuelo. Pero sí trabaja para la emancipación. Esto es: el trabajo para saber hacer con las pasiones que nos dominan. La primera y más importante de las cuales –y mucho más que el amor o el odio– es la pasión por la ignorancia. Estoy diciendo que toda la IA: chat GPT; celular, compu y el adminículo del que se trate hoy está instrumentado al servicio de la pasión por la ignorancia. Esto es: creerme un ingenuus mientras manipulo el celu.

 

  Vamos a ver entonces en qué consiste este ingenuus emancipado que nos propone el texto. Por empezar quebrar las significaciones estereotipadas en cierto sentido común por el cual el problema quedaría reducido a la ludopatía, la pornografía, ardid de Las Fuerzas del Celu que, al encerrar la problemática del ingenuus en dos o tres casos, nos preserva de hacernos cargo de la enorme responsabilidad que supone someterse a los velados mandatos del ciberespacio.

 

  De hecho, el texto es muy exhaustivo al enumerar los peligros que supone ingresar al ciberespacio. Al respecto, Alberto advierte:

 

“La premisa central es que las adicciones digitales no deben ser concebidas como enfermedades en sí mismas, sino como respuestas sintomáticas ante un sufrimiento psíquico que las precede. El consumo problemático, en este sentido, no es el inicio del padecimiento, sino su manifestación”. 

 

  Si no entiendo mal entonces el significante consumo problemático abre –con un ánimo investigativo– el inmenso abanico de padeceres que la Ciberlaxia denuncia en nuestra época. En sintonía con el texto, propongo considerar el mirar para abajo, posición corporal propia del ingenuus –sujeto liberto– cuyo valor simbólico sorprende tanto por su alcance como por sus consecuencias.

 

  Hoy el paisaje de los cuerpos humanos se distingue por la atracción que un celular genera entre las personas. Todas y todos miran para abajo. Sea caminando en la calle; cenando en familia o viajando en un colectivo; la mirada se inclina hacia el reflejo que emana de una pantalla jugando con nuestras manos. 

 

  De hecho, si damos un paso más, mirar para abajo conduce la atención hacia los propios genitales, tal como insinúa la práctica de la masturbación. Signo de la renuencia para acceder a la diferencia que implica el encuentro con la propia intimidad en el cuerpo del partenaire. Por algo Freud considera que todas las adicciones son sustitutos de la masturbación, a la que considera la “adicción primordial”[1]. De hecho, precisa que:

 

“El ‘vicio’ del onanismo es sustituido por la manía del juego, derivación esta que se trasluce en la insistencia sobre la apasionada actividad de las manos. Real y efectivamente la furia del juego es un equivalente de la antigua compulsión onanista, y en la crianza de niños no se usa otro término que el de ‘jugar’ para nombrar el quehacer de las manos en los genitales”[2].

 

  Si de estas líneas se desprende que el hábito de mirar para abajo para manipular un celular constituye una suerte de masturbación, bien podemos concluir que el lector ha interpretado el texto.

 

  Es que, si es cierto que la intimidad habita en un pliegue de lo público, bien podemos colegir que esa dimensión carente del contacto de los cuerpos se reduce a la esfera de lo privado, allí donde las palabras, por carecer del espacio narrativo, quedan sometidas al capricho del algoritmo.

 

  El psicoanálisis propone un término bien preciso al respecto: goce del Idiota. Un delirio que –habida cuenta del individualismo propio de nuestra época habita la subjetividad de buena parte del mundo. Y no tanto por el insulto que tal término hoy ocupa en el sentido común, sino por el significado que Idiota tenía en la Antigua Grecia, a saber: privado, alejado de lo público. Por algo la frase “me da paja” comenzó con los adolescentes y se extendió a toda la escala etaria. Goce Fálico. Peligroso, violento, y misógino. Goce del Idiota. Ingenuus. El libro dice en la página 44:

 

“La tecnología portátil, con dispositivos pequeños, de uso intuitivo y disponibilidad inmediata gracias a Internet, ha reconfigurado la relación entre deseo y satisfacción. Ya no existe la espera: el deseo puede concretarse al instante, en cualquier momento y lugar, mediante una simple acción de la pantalla”. 

 

  Si tal como afirma Nietzsche: “Nuestros útiles de escritura participan de la formación de nuestros pensamientos”[3], hoy que la hiper-conectividad invade la intimidad de una persona a manos de la privado, nos tienta preguntarnos hasta qué punto la ciega obediencia a mirar para abajo nos deja afuera de la cama. ¿Con qué herramientas contamos para hacer frente a semejante sumisión?

 

  Bien, este libro brinda herramientas y respuestas. Esas palabras que saben escuchar. Comencemos por las primeras. Para mencionar tan solo algunas. Por ejemplo: entornos digitales, concepto que este texto aborda como:

 

“espacios construidos a través de tecnologías conectadas a internet que permiten la interacción simbólica, social y funcional entre personas, dispositivos y sistemas automatizados”. 

 

  De esta manera, por primera vez en la historia de la humanidad, habría un dispositivo capaz de alterar, interrumpir, y perturbar el molde con que un sujeto adviene al entorno propiamente humano. Si tomamos el estadio del espejo como representativo de tal fragua subjetiva bien podríamos convenir entonces que ese reflejo cuyo marco está compuesto por un decir simbólico, hoy entorno digital mediante se ve reducido a una mera imagen des-quiciada, es decir: carente de los límites que aporta la ventana.

 

  Allí donde lo Real se funde con lo imaginario sin mediación simbólica para así transformarnos en objetos: versión siglo XXI de lo siniestro. Y para dar un ejemplo, me pregunto si el pasaje al acto del protagonista de la serie “Adolescencia” no experimenta precisamente esta fatal degradación, cuyo desenlace no es otro que el de clavar el cuchillo en la imagen burlona que le devuelve el espejo. “Yo no la toqué”, dice Jamie. Y en realidad, es cierto, el cuchillo cumple la función fálica desamarrada de toda regulación que su cuerpo –inhibición mediante no está dispuesto a cumplir. 

 

  Cual cruel paradoja, en la Sociedad del riesgo que menta este libro el sujeto no tiene acceso al acto, el peligro de ser considerado irrelevante o descartable lo transforma en un “residuo humano”. Para seguir con las mencionadas herramientas conceptuales citemos la gamificación, del inglés game entendida esta como:

 

“una forma ya no simplemente de estimular el interés, sino una técnica de gobierno blando, que opera sobre la motivación, la conducta y el deseo. El juego deja de ser un espacio libre para convertirse en una forma de productividad encubierta, que explota emocional y cognitivamente, al sujeto bajo la apariencia de entretenimiento… Es que en entornos digitales los individuos no solo consumen imágenes, relatos y productos; también se ofrecen a sí mismos como mercancía”.

 

“Frente a este escenario –dice el libro la respuesta no puede ser la prohibición ni la mera regulación técnica. Se requiere (…) una alfabetización digital integral, que incluya no solo habilidades operativas, sino también marcos éticos, afectivos y simbólicos para habitar el mundo digital con libertad, cuidado y responsabilidad. Esta alfabetización no es solo una tarea escolar: involucra a las familias, a los equipos de salud, a los medios y a las instituciones culturales”.

 

  Es aquí donde ingresa la transmisión del modelo que aporta el Hospital Álvarez para la denominada Clínica de los consumos problemáticos en entornos digitales. Los autores son muy claros cuando explicitan que:

 

“el problema no es el objeto en sí mismo, sino el tipo de relación que se construye con él y que puede devenir en problemática cuando ocupa un lugar central e irreemplazable en la vida de una persona, en lo emocional, en la identidad o en el lazo social”.

 

  De esta forma, “acompañamiento, escucha clínica y construcción de alternativas subjetivamente viables” constituyen un modo de abordaje que rescata la dignidad subjetiva por sobre cualquier otro fin u objetivo, sea desde los grupos de admisión, la psicoterapia individual, los grupos familiares y multifamiliares, la terapia ocupacional, la intervención psiquiátrica y los otros diferentes espacios brindados por el enfoque interdisciplinario por el cual se orienta el dispositivo.

 

  Al respecto, el lector agradecerá los testimonios empleados para ilustrar esta perspectiva clínica que incluye la prevención no moralizante frente a los nuevos riesgos y propuestas concretas para su implementación en el ámbito escolar. Un abordaje que al dar curso al encuentro con un Otro cuerpo habilita las palabras que el algoritmo no tolera.

 

 

 



[1] Sigmund Freud (1950 [1892-1899]), “Fragmentos de la correspondencia con Fliess” (Carta 79) en Obras Completas, A. E. Tomo I, p. 314.

[2] Sigmund Freud (1928[1927]), “Dostoivesky y el parricidio”, en Obras Completas, A. E. Tomo XXI, p. 190.

[3] Friedrich Nietzsche, “Carta a Heinrich Koselitz”, citado en Nicholas Carr, Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Madrid, Taurus, 2001. 


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