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Presentación del libro de Luis Vicente Miguelez, Herramientas Psicoanalíticas15/09/2014- Por Alberto Font - Realizar Consulta
“… digo que, al decir de Ulloa, en este libro Luis no teoriza la clínica sino que conceptualiza la práctica. No solo dice lo que hace y nos lo comunica con sus libros, sino que también hace lo que dice ya que ha alcanzado el oficio -como él lo llama- de ser analista y lo hace con un particular estilo. Y si recordamos que estilo viene de estilete, y que el estilete era la herramienta con que los antiguos mesopotámicos marcaban las tabletas de cera o arcilla, digo con certeza que Luis marca de forma clara y contundente lo que hace con su agudo estilete.”
Editorial Letra Viva. Buenos Aires. 2014

El ver el título del libro de Luis, me provocó una sonrisa. Soy hijo de un hombre que trabajaba en un negocio que vendía máquinas y herramientas y que tenía el sueño de tener conmigo su propio negocio, una ferretería donde juntos vendiésemos herramientas. Mi padre tenía la habilidad de venderlas sin saber usarlas, leía los manuales de instrucciones de las máquinas y con eso se manejaba. En una oportunidad, siendo yo niño se prendió fuego la estufa de mi casa y él con desesperación buscaba el manual de instrucciones, mientras mi madre le echaba una manta mojada encima y apagaba el incipiente incendio.
Diré del libro que me pareció valiente, muy claro y con un estilo que tiene por momentos un devenir poético. Es mi propósito interesarlos en su lectura y para eso haré un puntuado de algunos de sus conceptos. Nos presenta una caja de herramientas en la se mezclan la interpretación, la construcción, el trabajo per-elaborativo, la abstinencia y algunos otros recursos como en cualquier caja de herramientas que se precie y nos deja abierta la oportunidad de combinarlas y encontrar la manera adecuada de emplearlas en cada instancia. Como analistas nos advierte sobre el furor interpretandis que nos podría llevar a autorizarnos a interpretarlo todo o a instalarnos en el lugar de pretender descifrar o traducir algo oculto en el decir de un paciente.
Presenta al psicoanálisis como el espacio en que el síntoma vocifera su verdad, la del sujeto del inconsciente, para el analista que pone la oreja. Articula un decir dislocado que interroga al sujeto y al Otro en su saber sobre el deseo. Previene sobre el riesgo de buscar rápidamente acallar la pregunta mediante una solución conocida. Si se logra refrenar el impulso a saber y puede abstenerse de sofocar lo aún no dicho mediante interpretaciones sesudas, pretenciosamente reveladoras pero ineficaces, se permitirá que el resurgimiento del significante que enciende el deseo y el tiempo de la per-elaboración amplíen el espacio del soñar y del vivir. Nos presenta a la interpretación y la construcción como operaciones que pueden actuar en común o con divergencias entre sí. La construcción como la quinta esencia de la interpretación. Nos dice y se detiene en que el psicoanálisis es una cura por la palabra, pero también es una cura de la palabra y ahí advierte que la palabra en tanto exceso de sentido enferma.
La interpretación psicoanalítica tiene carácter performativo, en tanto no refiere a algo sino que realiza algo. No se trata tanto de encontrar significado a lo dicho sino que la interpretación misma produce acontecimientos. Constituye un sujeto al que se dirige. No está para ser afirmada o negada sino que es un ladrillo para una construcción que se va armando. No viene a dar una significación nueva, sino a crear las condiciones de su posibilidad. El acto de interpretación psicoanalítica teje nuevas texturas. La construcción como herramienta por antonomasia que deja expuesto el sistema teórico del analista.
La fuerza de verdad de una construcción estaría fundamentalmente determinada no solo por el acierto conjetural, sino por la singularidad de los términos discursivos empleados. Lo que impide que se trate de un fragmento de teoría aplicado sobre el paciente. La construcción viene a aportar algo que falta entre lo que pasó y el recuerdo. Es siempre conjetural, lo que la diferencia claramente de la construcción delirante. Busca hacer del fantasma un relato, construye un texto. Se ubica entre el decir y lo dicho. Más que de rememorar se trata de transformar lo recordado y de reescribir lo sucedido. El análisis debe posibilitar soltar amarras de las fijaciones; una vez exhumadas las representaciones reprimidas u olvidadas, para poder articularlas de tal forma que sufriendo la obra del tiempo, den lugar a nuevas posibilidades de vivir el presente.
Un análisis genera más relato que recuerdo. Se construye entre el analizado y el analista un espacio de memoria común, hay una reconstrucción. La construcción analítica permite situar al sujeto ante un goce del que padece sus consecuencias, un goce generalmente desmesurado que demanda más allá del principio del placer y que deja al sujeto imposibilitado para el deseo. Viene a edificar un puente entre la palabra y lo no representado; lo vivenciado precozmente, lo no comunicable. No se trata tanto de recordar como de construir. Rescata y preserva el lugar del silencio en un análisis. En tanto analistas debemos estar dispuestos a entendérnosla con los efectos transferenciales de la pulsión de muerte. El efecto del análisis tiene un pie puesto en el acontecimiento y otro en el suceder. Se trata del surgimiento de lo impensado sobre un fondo de lo ya sabido, hay algo que se produce como una irrupción en el relato. Lo que no puede ser recordado porque nunca fue consciente, lo incapaz de convertirse en recuerdo. El trabajo elaborativo que permita tramitar aquello que aun comprendido objetivamente no constituye una real transformación subjetiva. La per-elaboración. Es un acontecer diferente a hacer consciente lo inconsciente, permitiría una suerte de transferencia en el sentido de un desplazamiento entre una y otra tópica del aparato psíquico. Que lo reprimido primordial pueda ser evocado y no necesariamente repetido compulsivamente. La neurosis de transferencia como el inicio del trabajo per-elaborativo. Hacer de la perdida una inscripción - borrar una huella y dejar una marca.
Diferencia entre: el secreto como algo que se lleva con uno, como lo indecible, lo inconfesable y el secreto como aquello que afecta a la vida de un sujeto pero del que este no sabe nada. Es más objeto de un secreto que sujeto del mismo. Un análisis como la oportunidad para que el secreto empiece a enunciarse. El analista centrando su trabajo más sobre el efecto metapsicológico de una realidad sobre la que opera una suerte de desmentida constante. Se trata de evaluar los efectos siniestros del secreto en el psiquismo, mucho más que develar la realidad misma del hecho ocultado. En el secreto que porta el sujeto sin saber de él, dice Luis que es como una brecha abierta en el tramado psíquico transgeneracional que cual sombra espectral vagará de una generación a otra hasta alojarse en alguien. Cuando el secreto en el origen refiere a algo vergonzante, inconfesable o delictivo, el secreto generalmente retorna en el sujeto como acciones auto punitivas. Estar abstinentes y sobrevivir en el intento. Ulloa nos decía abstinentes, no ausentes y Luis nos dice que el bien actuar en transferencia sería ayudar a que algo se desenvuelva naturalmente a partir de un estar sin manifestarse.
Me resta referirme a algo que Luis llama la soledad concurrida del analista y al respecto quiero comentar una experiencia que tengo la suerte de compartir con Luis y un grupo de colegas y se llama FRAGMENTOS. Un espacio de analistas, creado y coordinado en su momento por Fernando Ulloa, en el que seguimos trabajando, ahora sin él obviamente y que está destinado a que los analistas llegados de la soledad de los consultorios, nos encontremos y presentemos el fragmento de una sesión en que hemos sentido que perdíamos nuestro lugar de analistas. Resulta un recurso valioso para soportar el peso y la soledad de la clínica. Funciona ahora con una modalidad autogestiva donde las tareas que desempeñaba Ulloa giran hoy en el grupo y son ocupadas espontáneamente por alguno de los integrantes. Nos resultó complejo reencontrar la manera de funcionar a partir de la perdida de Fernando, pero afortunadamente hemos logrado recuperar el espacio y su finalidad. En Fragmentos, al decir de Ulloa cuentan tantos sujetos como sujetos cuentan.
Entiendo que por la confiablidad psicológica imperante nos permitimos mostrar lo que nos resulta complejo, lo que sentimos que no podemos, donde se nos agotan los recursos, donde el límite nos alcanza. Y es en ese espacio donde podemos experimentar, jugar, probar nuevos modos de emplear las herramientas de nuestro quehacer escuchando y enriqueciéndonos con las resonancias de los colegas acerca del propio caso o de casos que ellos evoquen a partir del fragmento presentado. Nos reúne y convoca lo que tenemos en común, un ser analistas y muy especialmente la riqueza de la diversidad de estilos, miradas y escuchas de los compañeros en su estar analistas.
El FRAGMENTO que alguno de nosotros lleva, rueda por el grupo y se va modificando con las resonancias de los compañeros hasta volver a nosotros ofreciéndonos una alternativa de recuperación del lugar perdido. El fragmento es una descripción puntual “fragmentaria “de un momento de una sesión en que el analista se sorprende corrido de su lugar. No es una supervisión, no es un control. Podríamos decir es el momento en que tropezamos en el uso de nuestras herramientas o descubrimos que carecemos de las adecuadas y acudimos en su búsqueda a la rueda de colegas. Me gusta hablar de rueda, por sus características de paridad y simetría para referirme a nuestro espacio en que un conjunto de trabajadores de un determinado oficio intercambian sobre el quehacer común.
Después de leer a Luis y recordando lo leído en los relatos de análisis con Freud o con Lacan o Winnicott, y ver que encontramos ahí múltiples intervenciones que no se ajustan estrictamente a ninguna de las herramientas descriptas me pregunto que son esas intervenciones? ¿Que hacían cuando no interpretaban, no construían, no implementaban algunas de las herramientas que podemos describir? Que es eso que no está definido como herramienta desde la teoría?
Comparto aquí la pregunta con ustedes, sólo he llegado a pensar que son maneras artesanales de usar las herramientas, formas singulares acordes a lo singular de cada paciente y de cada analista. Lo que ratifica la necesidad de pensar nuestro quehacer con la lógica de lo artesanal, donde la herramienta se construye para cada caso con las herramientas existentes convirtiéndose en únicas e irrepetibles como la condición de cada sujeto que se analiza.
Volviendo a mi padre, recuerdo me decía que las herramientas solo se usaban para lo que servían y en el momento adecuado. Nunca una pinza como martillo, ni un destornillador como punzo y pienso en el cuidado de nuestras herramientas y en la necesidad de no mal usarlas, no deformarlas, no forzarlas, no extender nuestros análisis más allá del tiempo necesario de tal modo que pierda su valor y eficacia, como valiosísima herramienta que es y sigue siendo más allá de las múltiples propuestas más del orden masivo industrial utilitario que hoy inundan el campo psi.
Volviendo al comienzo y a mi anécdota familiar y al incendio de la estufa, mi madre empleó una manta como recurso válido para apagar el fuego. El saber de las herramientas no garantiza la resolución de las dificultades. La creatividad inteligencia y oportunidad para adaptarlas al momento adecuado siguen siendo imperiosas.
Finalizando digo que, al decir de Ulloa, en este libro Luis no teoriza la clínica sino que conceptualiza la práctica. No solo dice lo que hace y nos lo comunica con sus libros sino que también hace lo que dice ya que ha alcanzado el oficio, como él lo llama de ser analista y lo hace con un particular estilo. Y si recordamos que estilo viene de estilete, y que el estilete era la herramienta con que los antiguos mesopotámicos marcaban las tabletas de cera o arcilla, digo con certeza que Luis marca de forma clara y contundente lo que hace con su agudo estilete.
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