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Psiquiatría y Psicoanálisis16/10/2000- Por Daniel Larsen - Realizar Consulta
Hacer explícito este supuesto no nos facilita las cosas. Al contrario, nos obliga a preguntarnos sobre el tipo de relación que puede existir entre medicina, psiquiatría y psicoanálisis, y nos exige, por otro lado, una toma de posición que de ninguna manera podemos eludir.
En sus comienzos, como sabemos, el psicoanálisis nace de la medicina como un procedimiento terapéutico destinado al tratamiento de las neurosis. Pero, si queremos ser más precisos, tenemos que decir que en realidad surge de la práctica médica de Freud (lo cual no es lo mismo), de su obstinada búsqueda de "la solución" para los interrogantes que le planteaban las histéricas con sus síntomas.
Freud descubre, en resumidas cuentas, que los síntomas tienen un sentido, que son como mensajes cifrados, que hablan y que, por lo tanto, sólo bastaba con cederles la palabra. Es así como Freud llega a crear el método de la asociación libre, regla fundamental de lo que, a partir de entonces, conocemos como psicoanálisis.
El discurso médico se fundamenta, según lo describe Jean Clavreul, "en el acto médico propiamente dicho, el que se produce junto al lecho de los enfermos: la clínica. La primera etapa de este proceso consiste en la afirmación: usted padece una enfermedad. Su cuerpo está habitado por una enfermedad en la que usted no está comprometido. El enfermo es así invitado a desprenderse de toda interpretación subjetiva de lo que le sucede."
Es por demás común encontrarnos, en la práctica hospitalaria, con pacientes que nos consultan porque dicen "que los mandó el médico" o porque, después de haberles realizado toda clase de estudios "no se les encontró nada" y que, además, "no tienen ni idea de por qué los mandaron".
Esta ausencia de implicación subjetiva en lo que les sucede está favorecida, aunque no causada, por un discurso médico que, por estructura, excluye al sujeto.
No es ninguna casualidad que, en relación con esto y llevando las cosas un poco más lejos, los administradores de la salud sólo tengan en cuenta, en última instancia, los datos estadísticos, o sea, el número de prestaciones que, en la medida que suben o bajan son las que van a determinar la eficiencia de la administración local. A semejanza de lo que ocurre en las novelas de Kafka, lo único que cuenta es el cumplimiento, sea como sea y a cualquier costo, del acto burocrático.
Por lo tanto, si el discurso médico se basa y se sostiene en la exclusión del sujeto, el discurso analítico, en cambio, apunta a crear las condiciones necesarias para que un sujeto pueda advenir. No hace falta pensar demasiado para darse cuenta de que entre psicoanálisis y medicina sólo puede existir una relación de oposición, lo cual implica, como es de suponer, que en nuestra práctica cotidiana en instituciones hospitalarias, nos encontremos con diversas clases de complicaciones como es el hecho, por ejemplo, de que no haya forma de que los médicos puedan entender por qué los analistas no transcribimos en las historias clínicas de los pacientes los resultados de las entrevistas realizadas, o sea, que preservemos la privacidad de las sesiones y el secreto de lo hablado.
De todas maneras, reconocer estas dificultades no significa que tengamos que marginarnos o aislarnos en una especie de ghetto psicoanalítico, así como tampoco debemos retroceder ante las exigencias de nuestra práctica (lo cual nos llevaría a una medicalización del psicoanálisis).
Más bien considero que, si aceptamos el desafío que implica trabajar en un hospital, no podemos escatimar esfuerzos en tratar de lograr, en un diálogo continuo con los médicos (por lo menos con los que se pueda), reintegrar algo (no conviene ser demasiado ambicioso) de lo que la estructura forcluye.
Por otro lado, la relación psiquiatría-psicoanálisis es un poco más compleja ya que se encuentra viciada por la influencia de diversos factores ajenos a la experiencia analítica misma. En este trabajo me voy a limitar solo a algunas de las cuestiones que están en juego.
Cuando en 1906 el psiquiatra suizo Carl Jung se integra al círculo de discípulos de Freud éste no duda en adjudicarle un lugar privilegiado ya que veía en él por un lado, la esperanza de que el psicoanálisis deje de ser "un asunto de judíos", y por otro, el medio que necesitaba para empezar a conquistar a la psiquiatría con el objetivo de llegar a obtener, en algún momento, la tan ansiada "carta de ciudadanía" dentro del campo de las ciencias. Esta necesidad de un reconocimiento oficial, que ha marcado al psicoanálisis desde sus comienzos, es una de las razones que ha determinado la actitud tan ambigua que han adoptado muchos psicoanalistas en relación con la psiquiatría.
Un ejemplo de lo que venimos diciendo lo podemos encontrar, a mi criterio (sé que muchos no van a estar de acuerdo), en Jacques Lacan. Su práctica de presentación de enfermos, que mantuvo hasta el final de su enseñanza ¿no es acaso una práctica psiquiátrica inscripta claramente en el discurso médico? Su insistencia en reivindicar como "su maestro" (incluso "su único maestro") a un psiquiatra organicista como es el caso de Gaetän de Clérambault, ¿no es problemática, procediendo de la boca de un psicoanalista?
Es interesante, a este respecto, lo que dice Maud Mannoni: "Freud, por su parte, probablemente habría considerado "deformante" la fascinación de un alumno-psicoanalista por una enseñanza psiquiátrica, dado que él intentaba preservar a sus alumnos de la identificación con el psiquiatra". Y más adelante agrega:[Lacan] "influyó en toda una generación de psicoanalistas y orientó la investigación en el terreno de la psicosis; pero, sin embargo, su formación psiquiátrica contribuyó a una psiquiatrización del psicoanálisis, alentando en muchos alumnos, incluso en los no médicos, el sueño de proporcionar a la psiquiatría la teoría de la que carece" (el subrayado es nuestro).
Por otra parte, no es muy difícil detectar, detrás de las críticas que con frecuencia hacen los psicoanalistas a la psiquiatría, una especie de prejuicio que trasluce una rara pretensión (o ambición). El prejuicio en cuestión (por supuesto tampoco nunca explicitado) sería que la psiquiatría es criticable, o cuestionable, en última instancia, porque no se fundamenta en los conceptos de la teoría psicoanalítica, de lo cual se deduce que lo que se pretendería de la psiquiatría, y aunque parezca descabellado, es que se constituya en algo así como una psiquiatría psicoanalítica.
Esta idea presupone lo que comentábamos al comienzo, que psiquiatría y psicoanálisis serían como dos disciplinas hermanas, dos ramas de un mismo tronco que sería la medicina, que estarían en un mismo plano y que, por lo tanto sería equiparables, comparables y, lo que es peor, integrables en ese híbrido que sería la psiquiatría psicoanalítica.
Entonces, si en tanto heredero de la medicina, el psicoanálisis se constituye y se consolida como tal sólo en tanto renuncia a su herencia (en este sentido si el psicoanálisis es hijo de la medicina sería un hijo bastardo), mal podemos suponer que pueda tener algo en común (y menos que menos que pueda pensarse en una integración) con la psiquiatría, digna representante de la medicia. Por lo tanto, en el supuesto caso de que la psiquiatría necesite de una crítica, es un problema de los psiquiatras y no de los analistas. (al César lo que es del César...)
Esto no nos exime del trabajo de reflexionar constantemente sobre la diferencias existentes entre el discurso médico y el psicoanalítico, pero sin perder de vista el objetivo: evitar el riesgo, tan frecuente en las instituciones hospitalarias, de la medicalización y psiquiatrización del psicoanálisis.
(Una versión más desarrollada de este artículo ha sido publicada en el número 9 de la revista "Psicoanálisis y el Hospital").
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