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Resumen de Adolescencia. Una lectura psicoanalítica, de Silvia Wainsztein y Enrique Millán

06/09/2005- Por Cristina Marrone -

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“...el goce en su límite es la expresión misma de la ruptura del diálogo y es la razón que pondrá a los analistas de púberes y adolescentes al borde de un ataque de nervios. Por ello, re-establecer «la diferencia entre enunciado y enunciación permitirá instaurar el diálogo y será condición del análisis en la transferencia con púberes». En definitiva, con ello se cumpliría con una función de corte que permitiría establecer el velo imprescindible a la enunciación. Así: el diálogo es a la pubertad lo que el juego es como corte a la infancia. La hipótesis es consistente, entusiasma porque coloca a la ficción como cuña frente al goce del Otro”.

ADOLESCENCIA

 

 

¡Cuánto de la adolescencia constituye la orilla resbaladiza e innombrada de la clínica psicoanalítica a la que nos ofrecemos cotidianamente como analistas!.

En función de la deuda que considero imprescindible situar entre analistas no será vano recordar que, en aquellos tiempos en que Silvia Wainsztein y Enrique Millán comenzaron con estos temas, establecer la articulación entre adolescencia y fantasma, rescatando al texto de Freud desde la trama de los conceptos lacanianos para no dejar confundida a la adolescencia con un momento evolutivo, constituyó una  apuesta, igualmente vigente hoy.

Así, el verso lorquiano “Porque yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa” constituye un buen engarce para el legado de Freud ya que la pubertad es metamorfosis, Umgestaltungen.

La voz alemana no sólo será rescatada para subrayar el sacudón en lo imaginario y en lo real de la pulsión sino que el clivaje propuesto entre auto y erotismo abrirá el puente hacia el semejante en una torsión radical en el yo hacia la lógica del fantasma en relación a la que los autores establecerán su tesis: “En la pubertad el objeto es vuelto a hallar pero en el dominio psíquico, es decir, constituyéndose en tanto fantasma, cuya fórmula S   a indica que la sexualidad se sostiene de una relación lógica”.

Entonces, lo nuevo de la pubertad es la instauración del objeto en su estatuto fantasmático, el que efectivamente subraya operaciones lógicas y no habrá manera de establecer al objeto en el dominio psíquico sin ir y volver cercando cada vez en la clínica al goce incestuoso. No será sin perder dicho goce que el sujeto encontrará su apoyo, su montura en el objeto a. Por eso se trata, en la clínica con adolescentes, de un encuentro frecuente con lo no estabilizado del fantasma. Es lo que me parece entender y lo que extraigo de la  lectura de algunos trabajos posteriores en los que tanto Silvia Wainsztein como Enrique Millán, cada uno en la singularidad de su estilo, muestran que en ocasiones la estabilidad del fantasma también es la apuesta del analista.

Por eso entiendo que Silvia Wainsztein acentuará el encuentro con el goce en su exceso situándolo desde la función de suplencia del analista, o desde la jerga adolescente, e incluso en el caso clínico del joven de las endoscopias o de la muchacha anoréxica apresada bajo un goce adictivo al no disponer de la regulación fantasmática.

“Apretar”, “rascar”, “franelear”, “chapar” y los de última horneada: “copado”, “curtir”, “joya”, “transar” y “chabón” son algunos de los términos de la jerga adolescente que Silvia Wainsztein designa como “neologismos, vocablos nuevos que trastocan el código, que no figuran en el discurso común y cumplen con una función simbólica porque ayudan a la estabilidad del registro imaginario que lo real incestuoso desacomodó caóticamente”. En consecuencia, señalan el sesgo de aquello que pide estabilizarse como fantasma, sin embargo la ajenidad de estas palabras, su discordancia con el discurso común no las confunde con territorios forclusivos, pero tampoco las deja fácilmente pertenecer a lo reprimido. Así se formula  la relación entre la jerga adolescente y el chiste, incluso considerando que neologismo y chiste implican cierta “yuxtaposición disparatada o sucesión de contrasentidos”, sólo que el adolescente con su neologismo en lugar de risa provoca ignorancia en el adulto, y al mismo tiempo cumple con la función relevante de hacerse un lugar en el código y en el mundo con sus pares. De este modo la mirada sobre el neologismo nos conduce desde el fantasma hacia lo simbólico del lenguaje, justamente allí donde el lenguaje, según mi parecer, toca la escritura. Es que el neologismo, se me ocurría, tiene algo del tatuaje, pero ... hablado.

Por su parte, también en cuanto a la cuerda simbólica, Enrique Millán plantea que “La pubertad implica algo específico respecto del lenguaje, esto es la ruptura de las condiciones dialógicas entre los púberes y sus padres”.

El trazo acentúa al lenguaje más que a la función de la palabra e implica una posición clínica y conceptual respecto del análisis con adolescentes, ya que en tiempos instituyentes se trata fundamentalmente del lenguaje, no sólo en la latencia sino que en la pubertad cobra el sentido preciso de cierto déficit.

Entonces, siguiendo el hilo de su propuesta, no sólo se trata de la ruptura del diálogo y de ponerlo en primer plano sino que habría condiciones específicas para que éste se produzca, siendo fundamental la de la castración, la ley que en tanto tal determina la urdimbre del acuerdo imaginario que posibilita el descenso de la tensión agresiva imprescindible para el establecimiento del lazo social.

“Cuando se dialoga, señala Enrique Millán, se dialoga de yo a yo. Se sabe que el campo de la enunciación está por debajo de la barra y esto es lo que permite que se hable de lo que se habla y no de otra cosa”. El autor  es en esto taxativo: si falla la articulación a lo que el otro quiere decir, la agresividad como expresión del despunte de la obscenidad del goce ganará el terreno.

Así, el goce en su límite es la expresión misma de la ruptura del diálogo y es la razón que pondrá a los analistas de púberes y adolescentes al borde de un ataque de nervios. Por ello, re-establecer “la diferencia entre enunciado y enunciación permitirá instaurar el diálogo y será condición del análisis en la transferencia con púberes”.

En definitiva, con ello se cumpliría con una función de corte que permitiría establecer el velo imprescindible a la enunciación. Así: el diálogo es a la pubertad lo que el juego es como corte a la infancia. La hipótesis es consistente, entusiasma porque coloca a la ficción como cuña frente al goce del Otro.

Los trazos elocuentes de este libro se condensaron finalmente en la insistencia de la pregunta por la articulación entre neologismo y chiste.

¿Cómo entender ese placer de disparatar que al parecer les es común?. Esto me recordó que para Freud los chistes disparatados se diferenciaban y se ubicaban en la orilla opuesta a otra especie de chistes, los de doble sentido. El efecto chistoso del disparate se basa en la metonimia y se vale del uso de falacias de carácter sofista o automáticas inadmisibles para el pensar consciente. Su utilización permite no renunciar al placer de disparatar y deja al oyente la tarea de enderezar lo deforme del disparate mismo. Las falacias empleadas quedarán revestidas con una  apariencia de lógica como en la historia del caldero o en la del salmón con mayonesa, basadas netamente en la repetición automática como en la historia del Shadjen, casamentero que se ha procurado un ayudante que debe reafirmar todo lo que él diga para presentar a la novia de manera elogiosa. Así el casamentero dice “ella ha crecido como un abeto. ¡como un abeto! Repite el ayudante. ¡Y tiene unos ojos que hay que ver! ¡Ah! que ojos, reafirma y sus formas son incomparables!, ¡qué formas! señala el ayudante. Aunque es verdad que tiene una pequeña joroba, admite finalmente el casamentero. ¡Pero qué joroba! Reafirma el supuesto ayudante”.

He aquí el disparate: hay un mínimo efecto de sentido pero no es lo más importante, ya que el placer se juega fundamentalmente en una diferencia cuantitativa, basada en la repetición bajo el modo de una falacia automática, como un eco que no es otra cosa que la expresión de la monotonía misma del narcisismo (un neologismo es un eco, pero no todo eco es un neologismo),sólo que en determinado momento esa monotonía automática se pone al servicio de una técnica específica, la de revelar el disfraz desenmascarando a la novia y al Otro, el casamentero. Bien...nuestro adolescente es el ayudante mismo que con el eco de su neologismo hace camino para consolidar la lábil lógica de su fantasma la que no podrá instituir sin restarle saber al Otro.

Entonces, el adolescente lo usa para desenmascarar al Otro pero también para vestirse un poco.

Indudablemente, el libro de Silvia Wainsztein y Enrique Millán llega hasta nosotros como el intento de otorgar alguna vestimenta a esta zona bastante desnuda de nuestra práctica.

 

 

 

 

 

                                              

Cristina Marrone
  csmarrone@hotmail.com

 


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