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Amamos a Murakami

27/07/2011- Por Nicolás Cerruti - Realizar Consulta

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El autor intenta cierta continuidad incierta entre este texto que presenta y el anterior en esta sección, de Flor Codagnone, Literatura y Psicoanálisis: un relato de carmín. Se hace cargo de las sospechas, de los posibles vínculos, y propone poner en juego lo que nombrara Flor como el límite: ¨tiene que ver con lo creativo¨ . Algo de lo creativo tiene que lograr expresarse en todo este anudamiento de psicoanálisis y literatura. Es por eso que toma a Murakami, autor de ficción Japonés, de nuestra actualidad, porque en su relato no sólo se confrontanlo real y la verdad, sino lo vivo. Porque, en el sentido de Flor, da cuenta de ¨una zona rica que apenas se ha explorado y que está relacionada con tres elementos: la ficción, lo vivo y el sentido pedagógico¨. El autor parece anticiparnos que no hay de lo creativo y vivo si no hay del amor.

“...todo placer estético que el poeta nos procura conlleva el carácter de ese placer previo, y que el goce genuino de la obra poética proviene de la liberación de tensiones en el interior de nuestra alma.”

Sigmund Freud

“Al comienzo de todo” comienza Murakami en su cuento “La tía pobre” como las historias comiezan —había una vez—, como el relato religioso principea —en el principio—, como el psicoanálisis se hizo eco —en el principio era el verbo, el acto, el sujeto, etc.—, el mundo era perfecto. Un mundo perfecto a lo Murakami es un mundo que hace el elogio de la creación. Nos instala de lleno en lo imcompleto: es la luz que contiene otra luz, son “las ruinas de alguna ciudad antigua sumergidas bajo el agua”, es una canción que habla de amores perdidos... ruinas, pérdidas, falta. El mundo perfecto de Murakami es la escritura.

 

En el cuento “La tía pobre” Murakami justamente se plantea el problema de la creación, y la escritura; lo resuelve magistralmente escribiendo, en sus palabras. Esto nos permitirá también profundizar los planteos de Freud sobre el poeta y la obra literaria. Encontramos un mismo tono entre autores desde el momento en que Freud habla de poeta para hablar más ampliamente de creador literario, como Murakami lo afirma del escritor. Por mi parte quisiera plantear en este poeta ya un modo de acercarnos a la creación, pues hay de los poetas que pueden distanciarse de sus obras, o que las mismas permanezcan a la espera, y sin embargo tienen el en sí del poeta. Veríamos que de ser posible (aunque no sea lógico) algunos son primero poetas, luego crean, y luego escriben.

 

Murakami es asaltado por una idea: “no tengo la menor idea de porqué un domingo como aquel una tía pobre, precisamente, tuvo que robarme el corazón”. Una idea sin motivo, sin saber, una idea que son palabras que le llegan... al corazón, al sí mismo, ¿a él? Lo cierto es que con una idea no es suficiente. Y aquí Murakami nos comienza a mostrar qué más acontece a aquel que se llama poeta.

 

No es solo una idea que le llega, sino que no comprende; no está de más decirlo de este modo: es una idea de la que no tiene idea. Es sin tener, sin razón, pero sí con un querer. Ese no comprender es en principio lo que lo motiva: “las cosas que no comprendía solían ser las que me robaban el corazón.” Antes de escribir siquiera, de proponérselo, hay allí un placer que, con Freud, podemos llamar “previo”. Es en un segundo momento donde acontece la escritura, el acto creativo, algo nuevo, un placer mayor.

 

Este diálogo sobre la creación comienza con una mujer, no queda claro si es una novia, una amiga, pero es en todo caso con quien se sincera. De ella le viene casi la sentencia de escribir, escribir como una responsabilidad sospechosa, como un casi desprecio del juego, una casi desautorización del saber hacer con la ficción... un disgusto hacia la ficción como lo falso. Murakami esa responsabilidad se la carga encima, más precisamente en la espalda, y con esta allí instalada sigue su vida y nota, y anota, sus cambios. “Yo llevaba pegada a mis espaldas una pequeña tía pobre”. Esta tía pobre, en lo común, es casi un ser discriminado, abandonado, un poco despreciado, nadie le da bola, ella lo asume y no sabe comportarse, es alguien que casi ni lástima produce, hasta que no la vemos aunque esté allí, como los ojos del hipnotizador.

Murakami no tuvo una tía pobre, entonces busca el motivo para escribir de alguien que no sabe; lo encuentra en la ausencia; quizás tampoco el lector tiene una tía pobre, en eso comparten algo.    Comienza a hablar de esta, sin saber, y de alguien va pasando a ser algo. Pierde el nombre antes de morir, pierde lo humano, y sin embargo puede representar algo que insiste más allá de lo simbólico como pacificador (y mortificante). Ese algo en la espalda, tiene todo que ver con el disco que sobre las espaldas reposa en los presos, que Lacan toma para explicar lo que somos más íntimamente en su texto “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada.” En este texto lo nombra como el objeto a, y es en este punto donde podemos aproximarnos a ese algo que tiene la posibilidad de lo creativo. Es mi apuesta que eso en la espalda, siendo el objeto a, es un punto vivo, que llama a la creatividad. En Murakami, al llevarlo en la espalda, le vuelve lo que los otros ven y él no. Es como ese objeto a que no se especulariza, y que si lo hace angustia, o participa de lo siniestro, eso familiar que incomoda. “...una especie de ser etéreo que cambiaba de forma según las imágenes que tuviera en mente quien la miraba.” Podía ser una madre, un perro agonizante, una maestra de cara quemada, caida en desgracia; en todo caso deprimía. Murakami habla de imágenes que el otro tiene en mente, pero en verdad es algo que se impone al otro. El relato de Murakami parece ir de la realidad a la ficción; en la realidad están los amigos que participan desde sí mismo, y se apartan como la peste de Murakami, pero en la ficción él se vuelve famoso, nadie se compromete con él, y eso lo hace exitoso, buscado, efímero. Cuando lo llaman a un programa de T.V., que trata sobre cosas que existen, Murakami aporta más pruebas sobre esta entidad creativa: “está hecha sólo de palabras”. Palabras sin significado, sin forma... un signo conceptual. Eso, para Murakami, no solo existe sino que vive. “...continúa existiendo de modo independiente a mi voluntad. Es como la memoria.” dice magistralmente; tan independiente como el sueño. Nos recuerda a las primeras elaboraciones de la memoria de Freud; la palabra que no dominados. Para los medios de comunicación todo es fenómeno, y si antes había un hombre que llevaba algo en la espalda, ahora hay un hombre como objeto. La tía pobre y Murakami se hacen un mismo cuerpo, y entonces se instala el silencio.

Es que ese objeto a está integrado a nosotros, no solo aparece, y deprime, sino que lo llevamos en el cuerpo, y su presencia no engaña. “El mundo es una farsa”; es el mundo el que miente, engaña, el significante, lo simbólico, lo que crea una verdad con su estatuto de no acabado. Pero la escritura no es solo la precipitación del sentido (como decía Derrida) o del significante (como quiere Lacan), es también una ayuda. Lo que se aplica a este objeto a se podría decir de lo que no solo motiva la escritura sino de la escritura misma: existe sin razón, “su existencia en sí misma es una razón”, puede ser nada.

        

Murakami nos instruye que esa nada es la perfección, es, como dijimos al principio, la perfección a lo Murakami: la escritura.

    

“La perfección está sentada sobre el núcleo de la existencia de la tía pobre como un cadáver enterrado en un glaciar.” Una nada que se puede conservar. Murakami hace con este objeto a, puede ser el semejante, el excluido, un síntoma social, un fragmento de cuerpo, el sí mismo que no sabemos, lo siniestro, la angustia, lo que causa el deseo de escribir, lo que ayuda. Pero Murakami también se siente responsable de la época en que vive, y nos da la génesis de la tía pobre. Vuelve a la tía pobre y nos cuenta un cuento: suben al tren una madre cansada con sus dos hijos, la niña tiene un sombrero con un lazo, se siente dichosa, el hermano menor despliega toda su maldad no solo arrebatándoselo, sino también destruyéndolo. La niña convoca la autoridad, y nada. Entonces en un arrebato hace justicia por mano propia, y con esa mano le da una cachetada al hermano. Las frases que vienen como reprimenda son de esas que solemos escuchar en el consultorio tras el fantasma, la madre le dice: “Los niños que no se portan bien en el tren ya no son míos”, “Vete”, “Tú ahora ya no eres de la familia”.

 

Murakami siente la soledad del mundo al no poder ayudar a esta niña, se siente sucio, se siente “un poste indicador plantado en mitad del desierto al que se le hubiesen borrado las letras”. No puede ayudar a la niña, y nos indica que fue allí, en ese tren, que la perdió a la tía pobre, casi como la metáfora precisa de que esa niña lo será en el futuro.

 

Amamos a Murakami porque no pudo ayudar a esa niña pero su responsabilidad lo llevó a escribir como una ayuda para todos. “Vivir es duro”, nos dice. Llama a su amiga del principio del cuento, quiere saber si está viva, quiere hablar; es el llamado del suicida que puede esperar. Si habla no escribe, si habla tiene hambre y sueño, aparece su cuerpo, y posterga su objeto para otra escritura, cuando renazca como poeta de un mundo de tías pobres.

 

Murakami nos ha mostrado el camino de la creación, de la idea al objeto a la escritura. Amamos a Murakami porque toma bajo su responsabilidad hacer con esa nada tan viva y acechante, y eso nos ayuda a vivir. La vida es dura, y dura, toda la vida. Pero amar es finito. Amamos a los que saben hacer con la perfección de un mundo imperfecto. Amamos a aquel que no nos da todas las respuestas.

 

 

El texto de Haruki Murakami se encuentra en el libro de cuentos “Sauce ciego, mujer dormida”, de Tusquets Editores.


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