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De la (im) propia voz14/02/2022- Por Giselle Canteros - Realizar Consulta
Giselle Canteros, en este artículo, comparte un fragmento del proceso de trabajo de su primer libro, El rechazo de Eros sobre el narcisismo de hierro capitalista. Esta fracción de escritura interroga la estructura de la voz y sus paradojas: objeto fuente de placer y de angustia, objeto apropiado y extraño, fronterizo, íntimo y ajeno, que necesita del “cuerpo-instrumento” para decir, escribir y cantar. Modos de la “falla inconfundible” que particularizan a un sujeto. Esto, según una de la hipótesis de la autora. Lo otro que va a encontrar el lector en este ensayo, es la apuesta a una escritura poética, al sonido de una voz curiosa que no renuncia al asombro y que salta el “cerco académico” para dialogar desde una posición original. Pasen y lean.

“La noche de Artemisa” de Yamila Pereira*
“Hay libros que nacen del asombro ante un mundo que se cae”.
Mercedes Roffé en Glosa continua
Un trayecto
¿Qué es una voz?: ¿una manera de fallar inconfundible? El trayecto de una voz no siempre es del todo placentero (¿qué lo es?), o al menos no creo que se trate de un placer inmediato. Es un trabajo que dura lo mismo que una vida. Porque nunca una voz será, ¡por suerte!, algo acabado. Tampoco será una. Y eso nos permite hacer y sentir lo que vamos labrando en ella. Ser cada vez un poco más extraños que ayer. Desplegar esas versiones de nosotros mismos que van resignificándose durante el recorrido. No temerle al tiempo y a sus voces.
No hay manera de apropiarse de lo que los otros significativos –esos que con su decir nos tocan en lugares insospechados– dicen sin un desprendimiento. Y desprenderse cuesta duelos. Es con los despojos que se trazan nuevas coordenadas, teñidas, ahora sí, de esa experiencia intransferible que pasa por las entrañas.
Decir. Escribir. Cantar: formas de crear el espacio de una vibración. Tal vez una voz, como propuesta inconfundible, sea aquella donde resuenan, lejanos, los maestros, “pero del que no se llegan a vislumbrar los epígonos”[1]. Y si de escritura se trata, mejor dejar de llorar y comenzar a escribir. Traicionar a esa lengua madre para adoptar una lengua propia que a la vez será siempre un tanto extraña y por eso otra.
“Se abdica del idioma materno porque se abdica del llanto y se abdica del llanto porque sólo dejando de llorar se puede escribir”[2]. Y dejamos de llorar cuando por fin comprendemos –no sin dolor– que no se trata de alcanzar un decir perfecto, inmaculado; tampoco de imitar a otros ni complacer a nadie.
Virginia Woolf rogaba que las escritoras por venir escribieran toda clase de libros, por trivial o por vasto que sea el tema, aconsejaba “soñar sobre los libros y demorarse en las esquinas”[3].
De lo que se trata es de una búsqueda orientada por el viento y la propia llama, permeable al asombro de un trayecto sinuoso pero vital y dignificante. Discurrir esa voz que no es sólo una anquilosada, sino varias que dialogan entre sí y se transforman.
Abrirnos al misterio fosforescente de que algo en nuestro interior se encienda sin saber del todo por qué.
El asombro cotidiano
“Extraña emoción… cuando recobramos el mundo por otra ventana”.
Henri Michaux en Escritos sobre pintura
Extraña emoción cuando nos permitimos mirar y escuchar lo que nos rodea con curiosidad, como si fuera la primera vez.
“Una” voz, como aquella forma inconfundible de contemplar y subrayar las cosas del mundo, no puede tejerse sin asombro. O dicho de otra forma: “una voz” es una posición que da fe de una singular manera de asombrarse del mundo y sus cosas. Ella se articula con la tradición pero, a la vez, da un paso hacia lo próximo, lo distinto.
En ese devenir, me parece necesario no olvidar a la humildad. Pero esta ¿qué es? Creo que una posición humilde es procurar no perder la capacidad para asombrarnos. Aprender de lo que cada experiencia nos ofrece, por trivial o nimia que sea
Lo que hacemos cuando hablamos es música, y lo que dice nuestra voz puede ser poesía. Pensar “la poesía como voz en lugar de palabras impresas”[4] nos lleva a ir más allá de la escritura y sus reglas. Nos involucra en un juego de reencantamiento de lo que hay y de lo que no hay, nos mueve a nombrar de otras maneras lo que vemos y lo que no. Una existencia poética que tiene algo para decir.
Y lo poético está en la incertidumbre, no en el eco de lo que otros dicen, por más que lo que digan sea brillante. En la vida cotidiana cada quien practica con la lengua, y hay momentos en los que “la palabra es inseparable de la voz y el gesto, de la circunstancia, del cuerpo propio y los otros cuerpos”[5]. Pero hay que animarse a practicar asumiendo el tránsito, el tiempo de errar.
Si digo que nuestra voz no está en el eco de lo que los demás dicen, es porque no se trata de mera repetición sino de construir síncopas para cambiar la modalidad del ritmo según nuestro gusto.
Ni mejores ni peores voces: diferentes maneras de fallar.
El cuerpo es el instrumento de la voz
Un decir verdadero también puede producirle perplejidad al cuerpo cuando expresa más y menos de la intención del hablante. Es la lengua extraña del inconsciente que cada tanto nos habla. Y nos habla a través de los sueños, y también a partir de lo que sueñan otros. Con Lacan sabemos que la pulsión “es el eco en el cuerpo por el hecho de que hay un decir”[6]. Eco, pero en el cuerpo. Ya no se trata de algo que se repite y no nos genera nada. Algo nos “toca” en alguna tecla.
Me interesa resaltar que una voz, nunca anquilosada siempre en movimiento, nunca igual a sí misma siempre (im)propia, se sirve del cuerpo. Por ejemplo, si usamos la voz para cantar y nos desplazamos a lo largo de un camino de notas musicales que abarcan sonidos graves, medios y agudos significa que generamos desde nuestro cuerpo distintos sonidos musicales.
Quiere decir que el cuerpo humano puede comportarse como un instrumento musical, el más completo y perfecto; de cuerda y de viento. Se trata de aprender a utilizarlo estudiando como se hace con cualquier instrumento. De mis clases de canto aprendí que hay que diferenciar bien lo que es estudiar canto de lo que es aprender a desarrollar la voz musical.
Entonces, pienso que el trayecto de una voz, en tanto posición subjetiva, no es sin el instrumento de nuestro cuerpo que vibra de diferentes maneras, que siente distinto, que está marcado, herido, conmovido por variedad de experiencias. Y así como la voz no es del todo propia, tampoco el cuerpo lo es. O dicho de otra forma: apropiarse de la voz y del cuerpo siempre implica un vínculo con lo impropio y con las transformaciones que van aconteciendo con el paso del tiempo.
Estoy por terminar, pero para eso necesito regresar un poco al principio. Una voz es un trayecto lleno de imponderables y sorpresas afortunadas y no tanto. Si pensamos ese recorrido como una sucesión de canciones de lo más diversas, podemos imaginar que en esos ensayos lo importante (y lo necesario) no es alcanzar la excelencia sino estar orientados.
Y la orientación no tiene nada que ver con la perfección ni con evitar perderse. Se puede estar perdido en el bosque, y al mismo tiempo ensayar salidas. O se puede no tener ni idea sobre qué sucederá en el futuro –y tampoco en el mismísimo presente–, pero al mismo tiempo estar orientado por algo que no se puede del todo explicar, pero que se siente. En psicoanálisis llamamos a esto: deseo.
Un comienzo en cada final
Como las obras literarias, los sueños también se expresan a través de distintos géneros, pero, tal vez, lo atractivo de aquellos es, justamente, cuando se alejan de los géneros y son capaces de forjar una forma y simbología propias. Soñar este libro ha sido un trayecto de unos meses y también de años, de varias experiencias y tránsitos. Nació de un cerco académico y fue más allá, a partir de verse trastornado por el deseo, brújula inquietante que me orienta.
También estas páginas han sido la sala de ensayo de mi (im) propia voz, habitada por un arco de voces que consuenan, dialogan, se aman, pero que también se pelean, se odian, se contradicen.
La libertad de expresión es una tarea inmensa, imposible y maravillosa. Escribir es darle hospitalidad al trayecto de una voz. Esto implica abrirse a lo que en nosotros nos deja perplejos, a eso Otro que también somos. La textura poética tiene como instrumento al cuerpo, al misterio que siempre encierra nuestro (im) propio cuerpo.
Cada quien libra su resistencia ante el hierro capitalista como puede, como le sale en cada momento. Esta ha sido la mía. Termino pero comienzo. Y sueño una voz como posición de riesgo inconfundible, acaso ¿quién no tiene un mar de garra y cielo adentro?
Arte*: Yamila es una artista visual argentina (1984). Es muralista.
“Su propuesta artística ronda los límites del realismo mágico, el surrealismo y el estudio antropomórfico. Persiguiendo una mirada sensible, lúdica y multifacética, que haga cuerpo en el lenguaje plástico, mutando hacia fines meramente poéticos”. www.yamilapereira.com
[1] Roffé, Mercedes, Glosa continua, Excursiones, Buenos Aires, 2018, p. 49.
[2] Morábito, Fabio, El idioma materno, Gog y Magog, Buenos Aires, 2014, p. 174.
[3] Woolf, Virginia, Un cuarto propio, Penguin Random House, Buenos Aires, 2021, p. 139.
[5] “Aguda conciencia del presente”, entrevista de Víctor Vimos para Periódico de poesía.unam.mx, 25 de enero de 2021.
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