» Literatura

Del idealismo de Tlön, al saber del psicoanálisis

11/11/2021- Por Santiago Rebasa - Realizar Consulta

Imprimir Imprimir    Tamaño texto:

Santiago Rebasa, desde Argentina, escribió este ensayo magistral con una pregunta entre ceja y ceja, núcleo duro del psicoanálisis. Pregunta que Freud respondió con el concepto de realidad psíquica, Lacan con el de significante y Jorge Luis Borges con sus Ficciones. ¿Es la ficción la que introduce el absurdo en el mundo, o es el mundo un absurdo hecho de materia textual? El trabajo original del autor, sin apelar a sintagmas vacíos, permite que la lectura de su texto sea una experiencia enriquecedora: la clínica dialoga con la teoría, debate con las TCC y hace un pasaje por Borges y Bioy Casares, dos personajes de un cuento de Jorge Luis Borges, que conversan sobre literatura y polemizan sobre un autor que desfigure los hechos que cuenta. Bioy intenta citar con fidelidad una enciclopedia, y en ese trance se desata la trama de la narración. Un desliz entre memoria, imaginación y constatación, en el que terminan acechados por la existencia de una realidad, que es tal, porque fue escrita en otro lugar y en otro tiempo. No hay manera de refutarlo: estamos escritos. Por eso existe la literatura, y por eso existe el psicoanálisis. Patricio Vargas

             

                             

 

                         Borges por José María Fernández, durante 1969, en París*

 

 

 

“Las palabras copulan entre sí, somos sus

hijos. Es nuestra deuda con el lenguaje”.

 

         Daniel Rubinsztejn en Variaciones del sujeto

 

 

“Enrique Pezzoni: Tanta metafísica y física

de la literatura, tantas conjeturas… ¿ha visto

Borges? Después de hacer tantas conjeturas

acerca de si existen o no existen los autores y

qué pasa entre el autor y el narrador, aquí

tenemos la felicidad de que el autor existe…

Borges: Quién sabe, ¿eh?...”

 

         Enrique Pezzoni, lector de Borges

 

  

 

  Un analizante se pregunta por qué está contando ahora las cosas que empezaron a funcionar mal con su analista anterior, y también se pregunta por qué lo dice en forma de queja. Quizás la palabra queja tenga mala prensa, remite tal vez a queja histérica, siendo que histérica puede estar cargado de sentidos peyorativos; una condición indigna.

 

  Pero estos sentidos son suposiciones que surgen ahora en la redacción de estas palabras. ¿Se trata de eso allí? ¿De ese saber? ¿O de habilitar la pregunta de por qué decir así lo que dice? Alojarlo así facilita retomar su inquietud: por qué menciona lo que no funcionaba y me lo dice a mí.

 

  Se sorprende: piensa ahora que me está avisando, querría poder evitar conmigo similares desencuentros, desea que el análisis prospere, que el analista no explique lo que él dice, que no sea un saber sabio que traduzca sus dichos.

 

  Cuál es el saber que cuenta en un análisis, cuál es su valor, su función, son cuestiones centrales para ubicarse en la posición del analista. Implica eso que Lacan llamó “falta en ser”, una desposesión y destitución del saber y del ser, de toda creencia en la sustancialidad del ser y del saber previo del analista, ambos sostenidos sin embargo por lo que soporta la escena en su inicio, lo que de la transferencia describe el sujeto supuesto saber.

 

 

El sabio explica

 

  Cuenta Lacan que Ernst Kris intenta calmar la angustia del paciente ante la certeza de estar plagiando, asegurándole que en sus trabajos teóricos no copia a nadie como él cree. Para esto recurre a una revisión de esa realidad objetiva que son sus escritos. A la ficción del síntoma, la idea insidiosa según la cual cree plagiar, la explicación del analista sabio y garante de la realidad le es resistencial.

 

  A esa resistencia del analista al saber que despliega el síntoma le responde una nueva versión o ficción: sueña que come sesos frescos. Sueña para seguir diciendo lo que insiste. No hay que contradecir o explicar, sino leer según las claves que la ficción pone en escena. No se trata de decir que él no plagia, como sabe supuestamente el analista, sino suponer un saber al texto que insiste: ¿qué plagia?, ¿qué copia?, ¿qué come en los sesos de otros?

 

  Esa idea sintomática no puede ser rechazada como tal mediante una corrección realista cuyo modelo es el analista normal, si me permiten el exabrupto. Hay que interrogarla, no sabemos nada de ella ni cuál es su realidad, su función, en ese otro mundo ignoto al que nos asomamos con la interpretación.

 

  Hace poco leí que un analista decía que el Otro materno de un paciente era desde donde él se hacía ver como “buen hijo”, y agregaba lo que me pareció de una simpleza e importancia crucial, “lo que en su lengua significa ‘el incuestionable’”[1]. Muestra así que la asociación libre guía como una ética que no supone un sentido, sino que interroga.

 

  Me permito agregar un diálogo posible: “–¿buen hijo? –eh…, sí, algo así como el incuestionable…”. El analista no sabe qué es o qué significa “buen hijo”. Y seguramente esto podría seguir: el sujeto varía pendiendo de las lianas de uno a otro significante.

 

  Por eso la pregunta de un paciente sobre lo que dice y cómo lo dice nos pone de lleno en el plano del análisis, en tanto es también análisis del discurso que se desarrolla en cada sesión. Y por eso también el cuento de Borges que propongo acompañe estas reflexiones, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, dará forma a una serie de ideas asociadas a este problema.

 

 

La realidad en TCClön

 

  Antes de ingresar irreversiblemente a la dimensión íntima y extraña de Tlön pasaré por la concepción de la realidad que da forma a las prácticas psicoterapéuticas bajo la égida de las Terapias Cognitivo Conductuales. Hace poco me referí más extensamente a ellas[2], ubicando su discurso dentro del amplio campo de la antigua sugestión, cierto que con nuevos ropajes de la mano del uso retórico de los términos que toman prestados de la ciencia, sobre todo la neurociencia.

 

  Ahora sólo quiero referirme a un gráfico que vi publicado por un practicante de las TCC, quien hace insistente hincapié en lo comprobable, verificable y objetivo. Se trata de un círculo grande que hace las veces de conjunto y tiene como epígrafe “Cosas por las que me preocupo”. Dentro de ese círculo hay un subconjunto, un círculo muy pequeño, para que se note bien la desproporción, en el que dice “cosas que pueden pasar”. Y dentro de este último un puntito casi, que lleva por epígrafe “cosas que realmente pasan”.

 

  El gráfico tiene un texto asociado de quién lo publica: “Preocupaciones excesivas y distorsionadas. Ansiedad generalizada”. De más está decir que para llenar esos círculos el “criterio de realidad” invocado será el del terapeuta, que sabe lo que “realmente pasa” y también lo que “puede pasar”. Él es dueño del muy científico criterio de realidad, de la realidad, para decirlo todo. ¿Serán consideradas esas preocupaciones imaginarias? ¿Qué tipo de realidad les toca? ¿Cuál es su ontología?

 

 

El idealismo de Tlön

 

  Metiéndonos ahora sí en el cuento de Borges, tomaré primero la concepción idealista de Tlön, mundo imaginario que después situaré, que postula que no hay continuidad en el espacio de la sustancia. Las cosas son cuando las percibimos, pero no existen en el tiempo en el que no las percibimos. Ese paroxismo idealista se vuelve sin embargo atendible cuando la sustancia es lo verbal.

 

  La cosa que está en juego en un psicoanálisis es el texto de la sesión, que el analizante dirige al analista. Entonces, ese idealismo paródico del cuento ilumina el modo subversivo en que conviene tratar la cosa: en cada sesión se despliega un texto cuyas coordenadas de lectura permitirán extraer su conexión con un acto inhibido, con la muda angustia, con el síntoma que enigmático protege de la angustia.

 

  En cambio, conectar el texto de la sesión con otros textos o saberes a partir de los cuales se entiende mejor aquel, o que lo expliquen, situará la suposición de saber en otro texto u otra persona, que pasan a funcionar como autoridades. Deja intacta la idea referencial del discurso. Un análisis debe hacer algo con esa idea referencial según la cual la verdad de un discurso está en otra parte, o la tiene otro. La idea de que el discurso refiere a otra cosa esconde que el discurso, al mismo tiempo, es la cosa. La cosa del psicoanálisis al menos.

 

  Siempre en otra parte se puede suponer una completud y un saber inalcanzable, que regirá entonces desde afuera la dirección de los actos, instalando la dependencia respecto de esa autoridad. Si es otro el que sabe habrá que escucharlo y seguir sus sugerencias, orientaciones u órdenes, que dirigen y ordenan proveyendo un patrón o modelo para actuar, tal que ese actuar satisfaga a ese otro para que siga amando al subordinado.

 

  Es justamente sobre la cuestión de la referencia que “Tlön, Uqbar…” puede abrirnos nuevas puertas o bellos modos de dar vuelta todo. Los invito a sumergirnos en el mundo que ese texto propone.

 


Copia, falsificación, reproducción, creación

 

  “Debo a la conjunción de un espejo y una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar”. De un modo indirecto el cuento empieza de lleno con los efectos de la cópula (“conjunción”) entre dispositivos de reproducción o multiplicación. Y ya el tema de la copia toma un protagonismo particular: el espejo duplica en una imagen el reflejo de otra.

 

  La enciclopedia (The Anglo-American Cyclopaedia, N. York, 1917) reimpresión morosa, difiere al mismo tiempo una realidad que copia de la realidad de la Encyclopaedia Britannica, de 1902, compuesta de lo que múltiples escritores plasmaron en artículos que quieren describir los lugares, luchas e ideas de un mundo. La copia es también lo falaz. Pero lo falaz, esa ficción diferida, reimpresa, duplicada, es la que tendría en definitiva el efecto determinante, creador.

 

  Y así lo falaz es pantalla, encubre lo verdadero, que tiene efectos, como las fake news, que ponen en escena diversas verdades, de la enunciación, por ejemplo. No por mentirosas ocurren menos, como acontecimientos textuales. Desde un interés psicoanalítico, no importa tanto si algo ocurrió o no, sino cómo fue escrito o dicho. El texto, lo analizable, es lo menos cuestionable, porque tiene una forma, y la forma es un carácter de la verdad.

 

  Luego J. L. B.§ introduce como glosa la polémica entre Borges y Bioy Casares que los “distrajo” (cuando J. L. B. dice distraer es necesario prestar atención), polémica sobre una novela en primera persona “cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores –a muy pocos lectores– la adivinación de una realidad atroz o banal”. ¿Está a su vez distrayéndonos con una pista falsa? ¿O señala un detalle que el lector, desobediente o perspicaz debiera retener?

 

  En la sesión analítica las glosas pueden indicar una clave de lectura, por el hecho de que se las dispone por fuera, o mejor dicho se intenta disponerlas por fuera de la sesión, por fuera del texto a tener en cuenta. Esa localización por fuera es lo que las señala como valiosas: es el índice de lo que se expulsa del cuerpo textual de la sesión. Pero, ¿qué función cumple este comentario/glosa en este cuento?

 

  Mientras conversaban el espejo desde el corredor los acechaba y consideraron que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces lo “atroz” se transforma en “monstruoso”. Fue entonces que Bioy recordó la frase del heresiarca de Uqbar: “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. Si bien la cópula multiplica los hombres mientras que los espejos sólo su imagen, eso refuerza lo que está en juego en el texto: que esa imagen duplicada, multiplicada, reflejo, copia, que es falaz respecto del referente, tiene también una existencia.

 

  Aquí aparece el primer nombre –Uqbar– de esa atrocidad de lo falaz que tiene consecuencias reales. Porque la frase que recuerda B. Casares, y ahora forma parte real de la conversación entre Borges y B. Casares, la pronunció “uno de los heresiarcas de Uqbar”.

 

  En la copia de The Anglo-American Cyclopaedia que había en la quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía, no figuraba el artículo sobre Uqbar que B. Casares había leído en esa enciclopedia. “Conjeturé que ese país indocumentado y ese heresiarca anónimo eran una ficción improvisada por la modestia de Bioy para justificar una frase”.

 

  Es decir, la frase existe al ser dicha, y Borges piensa que Bioy quiso a su vez darle existencia (¿otro tipo de existencia, una frase ya acuñada, no inédita?) atribuyéndole un origen que la justificara. ¿Qué tipo de existencia es el de la ficción, improvisada por la memoria o por el olvido, que en esto son casi iguales, máquinas textuales selectivas?

 

  B. Casares encuentra la cita en el ejemplar que tenía él, adquirido en un remate, y… ¡sorpresa! ¿Sorpresa? Comienzan las comparaciones entre la cita y lo que el recordó. Las versiones y las imitaciones. Acá el recuerdo y olvido de Bioy son para Borges más bellos, que no es igual que más verdaderos, pero ese guiño de preferir la versión “falaz” por más bella no puede pasar desapercibido en este contexto.

 

  Se referirá luego a las originales como “palabras casi idénticas a las repetidas por él”. Pero entonces, si son casi idénticas tampoco las repitió. Hay una diferencia, son una versión, y las de la Enciclopedia son “literariamente inferiores”. Cuando ahora repite Borges lo que había dicho Bioy especifica: “Él había recordado: copulation and mirrors are abominable” pero antes lo dijo –Borges o Bioy, no sabemos– en castellano, es decir que también hay una diferencia o error: cuando repite lo recordado lo dice distinto o sin traducir, y luego compara las diferencias con la Enciclopedia.

 

  Primero la versión recordada: “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres” (“copulation and mirrors are abominable”). Luego la original: “Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y divulgan” (al final retomará lo siniestro de la divulgación, con la decisión de no publicar de Borges del final del posfacio, porque la imprenta es el otro dispositivo atroz o banal, que abominablemente multiplica).

 

  Una de las diferencias es que la versión de Bioy parece estar en un plano distinto a la del heresiarca: que la cópula multiplica los hombres es de carácter casi bíblico, que los espejos multipliquen es más forzado, pero parece ser metafórico. En cambio, la frase del gnóstico es claramente más hereje o más escéptica en un sentido, y más creyente en otro: porque mientras califica de ilusión al universo parece escéptica, pero cuando la califica de sofisma incurre en la creencia de que la fórmula puede crear el universo.

 

  En todo caso sigue teniendo eso un carácter falaz, de falacia creadora, ya que lo abominable de los espejos y la paternidad es que multipliquen o divulguen algo ilusorio o sofístico, como si se quisiera postular que algo, para ser multiplicado o divulgado debiera contar primero con la característica de no falaz, o no ilusorio, o real. Y podemos comenzar a intuir el pavor del heresiarca ante la incontrolable ramificación de creaciones o realidades que no se asientan en su origen sobre ningún referente real. El heresiarca asustado parece una paradoja metida en el mundo hereje de la región de Uqbar.

 

 

Repetición, diferencia, reimpresión, multiplicación

 

  Dice Borges que “no hay otra diferencia entre los volúmenes” que las cuatro páginas sobre Uqbar. Son casi idénticos. “Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima Encyclopaedia Britannica”. Sí, había indicado que era una reimpresión, pero no había indicado que eran de la décima.

 

  Es decir que repite Borges lo que dijo pocos párrafos antes, que ya es muy curioso, pero introduce una diferencia (“décima”) que cree haber ya indicado: el olvido y la memoria, esas máquinas selectivas de multiplicación, reproducción o creación, ¿también abominables? Luego veremos cómo en Tlön el olvido permitirá encontrar o crear objetos nuevos que tendrán respecto de los originales una pequeña diferencia.

 

  Dice Borges que “el pasaje recordado por Bioy era el único sorprendente. El resto parecía muy verosímil”. Lo verosímil no es lo mismo que lo verdadero. Más adelante esas diferencias tomarán forma en la metafísica de Tlön, que no buscará ni lo verdadero ni lo verosímil sino justamente lo sorprendente, el asombro, lo sensacional.

 

  “La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus nebulosos puntos de referencia eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región”. El problema del referente vuelve a aparecer así, de un modo gracioso pero inquietante. Quizás eso es lo más verdadero: que lo “nebuloso” y “ambiguo” en la redacción de la parte geográfica, y lo casi cínico de ubicar las fronteras con accidentes de la misma región, ponen en cuestión el referente como verdad del texto, y como verdad exterior al texto.

 

  Y tiene por otra parte especial pertinencia para el trabajo del psicoanalista que necesita tomar al texto de la sesión tal como uno que describe la región de Uqbar: delimitado por sus propios accidentes. Es decir que sus efectos de verdad no dependen de que podamos referirlos a elementos que están por fuera de ese texto, como manuales de psicoanálisis o psicología, o experiencias previas del analista, u otro tipo de textos. En cada sesión se despliega un nuevo Uqbar con sus propias leyes, regiones y cosmogonías.

 

  La literatura de Uqbar es fantástica y sus relatos refieren a dos regiones “imaginarias”. Uno de los cuatro volúmenes es obra de Johannes Valentinus Andreä, teólogo alemán que a principios de Siglo XVII describió la también “imaginaria” “comunidad de la Rosa-Cruz –que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él” (463).

 

  Borges va sembrando el camino de simulacros escritos, regiones imaginarias, creadas por escritores, que luego otros fundan a imitación de esas figuras, de eso prefigurado en textos. Fundan abominablemente una comunidad que otro sólo escribió… ¿sólo? Esas regiones imaginarias, con su física incluida, comenzarán a tener su peso en la otra realidad, la que supuestamente no es imaginaria sino real, bien real. Pero, ¿qué es la realidad?

 

  La región de Uqbar sólo aparece en un volumen único (pirático) de The Anglo-American Cyclopaedia. Allí los literatos escriben sobre las regiones de Mlejnas y Tlön. Los planos son difusos: en una región que aparentemente no existe más que en un ejemplar excepcional y distinto a todos, apócrifo, de la enciclopedia pirática, viven literatos que escriben a su vez de unas regiones imaginarias.

 

  Un libro que Borges encuentra luego es la Primera enciclopedia de Tlön, “un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta desconocido”. Dos años antes “había descubierto en un tomo de cierta enciclopedia pirática una somera descripción de un falso país”, lo que muestra cierta progresión de los hallazgos: descripción de un falso país, un vasto fragmento (un tomo) de la historia total de un planeta, al final serán hallazgos de objetos no textuales (llamémoslos así por ahora).

 

 

De la “irrealidad” a lo asombrosamente real

 

  El libro aparece gracias a Herbert Ashe, ingeniero inglés de los ferrocarriles del sur. “En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses”, comenta Borges. ¿Irrealidad? Un noruego en Brasil le había encargado que trasladara “no sé qué tablas duodecimales a sexagesimales (en las que sesenta se escribe 10)”, presumiblemente un trabajo para un capítulo de las matemáticas de una región imaginaria.

 

  Ashe, antes de morir recibe un paquete de Brasil con un libro que Borges encuentra en el bar del hotel y abre para leer. Vértigo… como esa noche del Islam en que se abren las secretas puertas del cielo, así son los sentimientos de Borges, que aclara que el libro tiene 1001 páginas en inglés. Maravilla. Se trata de “A First Encyclopaedia of Tlön. Vol. XI. Hlaer to Jangr”. Allí es donde se describe sistemáticamente todo el planeta imaginario. ¿Quiénes inventaron a Tlön, ese brave new world, como distópicamente lo llama? Y al preguntárselo nuestro protagonista Borges remarca la cualidad de invento, su faz imaginaria o ilusoria, que luego se volverá de una ontología más sinuosa.

 

  El concepto idealista de universo en Tlön, una “serie de actos independientes”, “más que un concurso de objetos en el espacio”, “sucesivo, temporal, no espacial”, implica que “no hay sustantivos en la conjetural Ursprache[3] de Tlön”. No existe la palabra “luna”, sino el verbo “lunecer o lunar”. La sustancia que el sustantivo invoca no es central sino los verbos o los adjetivos, lo que se predica de la supuesta sustancia.

 

  Tan idealista es la concepción que abundan los “objetos ideales”, “convocados y disueltos en un momento, según las necesidades poéticas”. “Esos objetos de segundo grado [y compuestos, por ejemplo: “el color del naciente y el remoto grito de un pájaro”] pueden combinarse con otros; el proceso, mediante ciertas abreviaturas, es prácticamente infinito”. Aquí se produce una especie de puesta en abismo (mise en abyme) del relato.

 

  Los objetos ideales de las lenguas de Tlön son una figura de los mundos ideales que las necesidades poéticas de una sociedad secreta habrían prefigurado en algunos tomos desperdigados por el orbe. Y, en definitiva, es el leit motiv del texto: la escritura, y el saber que esta desarrolla, son los que prefiguran y luego configuran la realidad, que termina cediendo al encanto de la palabra. Un encanto maravilloso.

 

  Este relato y sus figuras podrían ser la forma idealista e hiperbólica de describir la irrupción del lenguaje en el mundo o, para decirlo mejor, la irrupción del mundo que la palabra configura, un nuevo mundo, a strange new world, que es el que conocemos.

 

  En el intento de describir menos poéticamente la percepción no podemos ni acercarnos a la supuesta experiencia biológica del ser vivo. No sólo por que usamos también palabras y más palabras, es decir, el plano metafórico que sustituye la supuesta sustancia por el signo, sino también porque la experiencia misma ya está configurada por las estructura sintáctica, es decir, sucesiva, jerárquica, orgánicamente organizada en sujetos, predicados, modificadores, adjetivos, verbos, adverbios y sustantivos, por un lado, y estética o poética, es decir, llena de placeres o sufrimientos que provienen del efecto de las combinaciones entre los términos, sus sonidos y sentidos. El goce estético. Esas estructuras preceden y dan forma a la experiencia.

 

  La puesta en abismo como recurso retórico que multiplica, de modo acaso siniestro, confirma que la glosa (atroz o banal) indica el núcleo del texto, ese proceso infinito de creación de objetos ideales, tan atroz como banal, tan secreto como visible, tan maravilloso como cotidiano, tan selecto como común o propagado por todos lados. El mundo como objeto de segundo grado. ¿Orbis Tertius refiere acaso a un grado? ¿El tercer mundo es entonces un mundo de tercer grado?

 

  En un mundo real (supuesto primer grado) hay un texto que describe la región de Uqbar (segundo mundo o grado de mundo) en la que la literatura postula las regiones imaginarias de Mlejnas y Tlön, que el tomo XI de la enciclopedia de Tlön describe como un mundo completo (tercer mundo o tercer grado), con sus geografías, leyes, mitologías, botánicas.

 

  “No es exagerado afirmar que la cultura clásica de Tlön comprende una sola disciplina: la psicología. Las otras están subordinadas a ella. He dicho que los hombres de ese planeta conciben el universo como una serie de procesos mentales, que no se desenvuelven en el espacio sino de modo sucesivo en el tiempo”.

 

  Así resume Borges los planteos centrales de este mundo idealista. Y mientras continúa el desarrollo paródico de este “idealismo total” que “invalida la ciencia” (es decir, unir causalmente hechos) comenta algo que puede sernos de interés: “Todo estado mental es irreductible: el mero hecho de nombrarlo –id est, de clasificarlo– importa un falseo”. El nombre clasifica, la palabra clasifica. Y al clasificar generaliza. Y generalizar lo irreductible, el acontecimiento único, implica un falseo. Agreguemos, un falseo propio del lenguaje. Nombrar es falsear. Así lo falaz queda homologado al lenguaje en la extraña pero cercana forma de pensar de Tlön.

 

  El protagonista y narrador Borges destaca que es el asombro y no la verdad ni la verosimilitud siquiera lo que buscan las filosofías de Tlön, tal como le gustaba a J. L. B., el autor: que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Si nos tomáramos la libertad de extraer de lo extraordinario lo común, diríamos que la literatura fantástica es como la metafísica, no puede más que aspirar a la verdad, quizás por la vía de una cierta verosimilitud en la extrañeza, y esa verdad se produce como efecto en el punto culminante del asombro.

 

  No se trata de una verdad referencial sino una verdad del afecto, de lo que afecta. De lo que produce asombro y pregunta. De lo que hace levantar la cabeza del lector porque él ha sido tocado. Lo que hace despertar nuevas asociaciones al analizante, cuando la ficción o construcción del análisis lo toca de modo cercano al asombro, a lo que afecta de modo irreductible, singular, no clasificable, íntimo.

 

 

Copia, shanzhai o falsificación

 

  Tal como propone Julián Ferreyra en un interesante ensayo sobre los shanzhai[4], los recuerdos encubridores y las construcciones en análisis de Freud participan de este aspecto falso y verdadero de los shanzhai chinos. Los relaciona allí con la idea de shanzhai, originales que curiosamente tienen mucho que ver con la idea de copia del cuento de Borges.

 

“El shanzhai, al producirse, provoca una separación del original; luego está la posibilidad que dicho alejamiento devenga creación, produciendo un original segundo. Es decir, el shanzhai da cuenta de un proceso con posibilidad de continuidad… [a] posteriori. En Recordar, repetir y reelaborar Freud nos transmite una lógica y proceso similares. El shanzhai no rompe ni es tampoco una discontinuidad con lo antiguo/previo/original, sino que es una sutil variación ‘juguetona’. Hace a una combinatoria inédita por lo osado, otorgándole así originalidad, una actualización y nuevos usos: como intentamos que suceda con el síntoma en un psicoanálisis”[5].

 

  Los recuerdos encubridores, en efecto, son “creaciones literarias” que intentan restituir una verdad sustantiva, con los elementos que hay a mano, mediante la producción de los recuerdos. El recordar todo es pensable como una máquina de ficciones verosímiles, aunque no completamente verdaderas. Y su análisis nos conecta con lo que no pudo más que decirse así.

 

  Las construcciones en análisis cumplen una función análoga de rellenar lagunas de las asociaciones para que el discurso prosiga, gracias al nexo que ellas introducen. Tampoco esta ficción pretende ser exacta, aunque sí producir un efecto por resonar con una verdad del discurso del analizante que no puede decirse, o que, al decirse en fragmentos, desfigurada o desplazada, no puede escucharse.

 

 

Reflejo crepuscular, falseado y mutilado

 

  Los metafísicos de Tlön “saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos. Hasta la frase ‘todos los aspectos’ es rechazable, porque supone la imposible adición del instante presente y de los pretéritos. Tampoco es lícito el plural ‘los pretéritos’, porque supone otra operación imposible. Una de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo”. Así, sucesivamente, proliferan las teorías y los razonamientos de todo tipo. Todos son posibles a partir de un descreimiento radical en que haya una única concatenación verdadera. Es el imperio de las ficciones sensacionales o agradables o asombrosas.

 

  Una “escuela declara que ha transcurrido ya todo el tiempo y que nuestra vida es apenas el recuerdo o reflejo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado, de un proceso irrecuperable”. Esta idea asombrosa a la vez no lo es tanto, de manera atroz o banal nuestras versiones de lo que acontece son reflejos falseados y mutilados de lo irrecuperable.

 

  Cada escuela ilumina de manera sensacional aspectos que nos permiten pensar el psicoanálisis (entre otras prácticas discursivas) que trabaja en y a través de los fragmentos parciales, las versiones, siempre falseadas y verdaderas a la vez, que como los objetos ideales de Tlön son creados por y para esa única vez de la sesión.

 

  Otra escuela postula “que la historia del universo –y en ella nuestras vidas– es la escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio”. ¿Cómo no leer en esta sensacional versión, puesto en abismo otra vez, el tema del cuento, esa idea de que nuestras vidas y universo son efecto de escrituras de otros, que, en su fragor, para “entenderse” en otra escena nos conciben, conciben una confusa trama a la que nos incorporaremos para tomar, con suerte, la palabra en ella?

 

 

“Siglos y siglos de idealismo no han dejado de influir en la realidad”

 

  Y entonces aparecen los hrönir para desplegar el tema del cuento, ese influjo del saber en la realidad. El idealismo, sustancial, si me permiten el oxímoron, puede producir la duplicación ominosa de objetos perdidos.

 

  Cuando antes desarrolló la extraña (para Tlön) teoría materialista, refutada, postuló que el idealismo de Tlön no concibe la continuidad en el tiempo de los objetos. Por eso, si dos personas buscan un lápiz, y si la primera lo encuentra y no dice que lo encontró, la segunda puede encontrar “un segundo lápiz no menos real pero más ajustado a su expectativa. Esos objetos secundarios se llaman hrönir y son, aunque de forma desairada, un poco más largos”.

 

  Una copia o duplicación que a la vez tiene una diferencia. ¡Ambas cosas a la vez! La copia pirática, falseada, falaz, existente, eficaz, que tiene efectos. Es entonces que ocurre lo paradójico y maravilloso (¿o banal?, ¿o atroz?): la producción metódica de objetos que hasta ese momento fueron –¡otra vez la cópula!– “hijos casuales de la distracción y el olvido”. ¿Cómo producir metódicamente un objeto tan extraño que es efecto de la distracción o el olvido?

 

  Una búsqueda que rima con la de la sociedad secreta, que se propone escribir un mundo nuevo. Los extraños experimentos se suceden de manera estéril hasta que logran producirse los hrönir (en un experimento “los discípulos exhumaron –o produjeron– una máscara de oro, una espada arcaica, dos o tres ánforas de barro y el verdinoso y mutilado torso de un rey con una inscripción en el pecho que no se ha logrado aún descifrar”).

 

  Lo que me interesa principalmente de los hrönir en esta ocasión es que repiten el tema de la duplicación o multiplicación infinita y aparecen de nuevo los grados. Hrönir de primero o segundo grado, como con los objetos ideales. Hay infinitos grados, como era de esperar, con diferencias entre sí, los de quinto grado son casi uniformes, en los de undécimo grado “hay una fuerza de líneas que los originales no tienen”. Falaces copias incluso más puras que los originales, el clímax de la multiplicación pirática.

 

  Dentro de ese festival de la falsificación y creación de realidades de diferentes grados, “la cosa producida por sugestión, el objeto educido por la esperanza”, llamada ur [original] es el objeto “más extraño y más puro que todo hrön”. La cosa producida por sugestión es muy sugerente para lo que venimos tratando de pensar, la cosa que atañe al psicoanálisis.

 

  En efecto, la cosa es el lenguaje y su efecto. Estamos familiarizados con lo que puede crear la sugestión, que es lenguaje oído y ejecutado. Y agreguemos: ejecutado no sin la colaboración del equívoco, que es una de las formas de decidir la interpretación del significante, como tal sin sentido.

 

  Toda esa parodia del idealismo, ¿no ilumina de manera hiperbólica (y distópica) lo distópico que anida en la realidad cotidiana de aparente solidez y aparente sustancia continua en el espacio y tiempo? ¿En qué medida describe de modo oblicuo y poético nuestra realidad cuya producción es constante y dependiente de las tramas textuales en continua reproducción multiplicadora? ¿Hasta qué punto es sólo una parábola idealista que el modo en que relatamos lo que nos acontece o aconteció tiene antes que nada una realidad ficcional y de una actualidad irreductible?

 

 

Los objetos de Tlön

 

  Dice Enrique Pezzoni que “las utopías de Borges están construidas con infinito rigor, pero distan de ser placenteras; esos lugares utópicos son atroces, y regidos de acuerdo con un orden que es diferente al nuestro pero que contamina de absurdidad a nuestro propio orden”[6]. Una ficción entonces que introduce lo absurdo en nuestro mundo, que así se vuelve copia de sí, de inestable realidad, de sentido inestable, y eso lejos de ser un problema, es también la condición de posibilidad de un análisis.

 

  En otro lugar[7] había desarrollado esa inestabilidad de sentido que se deriva de tomar el modelo onírico como uno que al extenderlo a otros discursos les contamina su propia inestabilidad, refuerza lo que hay en esos otros de máscara, de disfraz, de falseo y a la vez alusión.

 

  Analizar todo texto como si fuera un sueño, el reino del disfraz, del desplazamiento y la condensación. Inestabilidad de sentido que es el potencial propio del análisis, en tanto el discurso es analizable a partir de sus versiones, siempre falaces, de lo irrecuperable que asoma como tal cuando un discurso lo evoca.

 

  En el mismo sentido, una riqueza de esta ficción borgeana es la de introducir el hecho atroz o banal de que la realidad sea algo postulado por los discursos que le dan forma, y al dar forma a un mundo imaginario puede lograrse que tenga efectos en lo que llamamos realidad no ficcional. ¿O acaso la ficción de J. L. B. pergeñada en este cuento no tiene efectos en la realidad actual?

 

  Así, toda la realidad tambalea y tintinea al ritmo de las letras que le dan forma. Pero respecto del análisis el efecto podría ser aún más importante. Freud proponía que la realidad que importa en el análisis es la realidad psíquica, puesto que es sobre ella que el análisis puede operar. Y para eso es necesario que caiga la referencia, que pueda haber una convicción tal respecto de la materialidad del texto como para prestar atención al hecho de que sus modulaciones operan sobre la realidad psíquica. Y que la reescritura de la historia que se produce cada vez en una sesión, opera porque es la historia la que postula un sujeto, y no al contrario. Por eso la reescritura es reposicionamiento.

 

  Dentro de ciertos límites que el discurso permite, los cambios de posición son virtualmente infinitos. Pero sobre todo, para que el análisis o los sucesivos análisis no sean una mera multiplicación abominable o siniestra de lo mismo, es necesario que el saber ocupe el lugar que le es conveniente en el análisis: no un saber sabido por el otro, no un saber que el analista o analizante suponen presente en la sustancia de los libros que los preceden, no un saber debido, que debe tener una forma adecuada a uno u otro ideal, no un saber que explica los dichos del analizante desde afuera porque el que explica ya sabe, sino un saber por venir. Un saber por venir del que nada se sabe, sólo que será necesario alojarlo y esa es una de las potencias de la asociación libre cuando el análisis logra causarla. Saber por venir que puede producir una nueva realidad, una nueva posición en el discurso.

 

  “Atroz o banal”, atroz y banal, acaso “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” postula un hallazgo maravilloso y al mismo tiempo la estructura del mundo conocido. Si lo fantástico fascina no podremos ver su maravilla en nuestro mundo cotidiano, donde también las letras se entrometen en la realidad para estirarla o comprimirla, al punto que la existencia termina por sucumbir a su efecto. “La realidad cedió en más de un punto. Lo cierto es que anhelaba ceder”[8].

 

 

Arte*: http://oyeborges.blogspot.com/2011/06/sejours-parisiens-alicia-damico-y-pepe.html. Fotografía de Jorge Luis Borges, en el Hôtel des Beaux Arts, donde manifestó su deseo de morir (ahí murió Oscar Wilde, entonces el hotel se llamaba Hôtel d´Alsace), tomada por José María Pepe Fernández, el año de 1969, en París, Francia.

 



[1] Patricio Diego Vargas, publicación de Facebook o inédito.

[2] Santiago Rebasa. “Neurociencia ficción: del dominio de una retórica a una retórica de dominio”. En: Neurocientismo o Salud Mental. Discusiones clínico-críticas desde un enfoque de derechos. Julián Agustín Ferreyra y José Antonio Castorina (compiladores). Miño y Dávila editores, Buenos Aires, 2019

§ “J.L.B.” será la forma de referirnos al autor del cuento, Jorge Luis Borges, mientras que llamaremos “Borges” al protagonista del cuento.

[3] En alemán, lengua o idioma antiguo o primordial.

[4] Julián Ferreyra. “Construcciones freudianas, shanzhai y el arte de la falsificación china”. En: #PsicoanálisisEnVillaCrespo y otros ensayos. La docta ignorancia, Buenos Aires, 2020.

[5] Julián A. Ferreyra. Ibíd. Págs. 140-1.

[6] Enrique Pezzoni, lector de Borges. Lecciones de literatura 1984-1988. Compilado y prologado por Annick Louis. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999. Pág. 179.

[7] Santiago Rebasa. “El sueño y el sentido inestable”. En: Cómo lee un psicoanalista: Sugestión, transferencia, interpretación. Letra Viva, Buenos Aires, 2013.

[8] J. L. Borges. “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Obras Completas. Tomo 1. Emecé Editores, Buenos Aires, 2007. Pág. 473.

 


© elSigma.com - Todos los derechos reservados


Recibí los newsletters de elSigma

Completá este formulario

Actividades Destacadas

La Tercera: Asistencia y Docencia en Psicoanálisis

SEMINARIOS

Modalidad online. Sábados de 11 hs.

Leer más
Realizar consulta

Del mismo autor

No hay más artículos de este autor

Búsquedas relacionadas

» psicoanálisis
» literatura
» ficción
» clínica
» Borges
» Tlön
» texto de la sesión
» copia y creación
» realidad