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Emma Zunz: en el nombre del Padre18/04/2016- Por Silvia Horowitz - Realizar Consulta
¿Qué pasa si volvemos a leer aquello que ha quedado como un falso recuerdo? Relecturas de cuentos que nos acontecieron, que renuevan la apuesta, los interrogantes... así nos acerca esta autora la posibilidad de leer de otro modo el cuento Emma Zunz, de J. L. Borges; para develar aún sus misterios. En una suerte de sorpresa, interpretación e intriga, toda lectura resultará creativa, parece decirnos Silvia. Entonces, demos paso a su texto.
A partir de un debate en una red social, se me ocurrió desarrollar algunas ideas cruzando el cuento de Borges “Emma Zunz” y el artículo de Freud “El tabú de la virginidad”. No se trata ni de psicoanalizar al autor ni, mucho menos, de establecer una interpretación profunda y con una pretensión de verdad unívoca sobre el mencionado relato. La riqueza del arte verdadero es su polisemia y la multiplicidad de lecturas posibles. Esta aproximación es sólo un ejercicio de lo que Freud llamó “psicoanálisis aplicado”, o sea, la utilización de una técnica concebida para el trabajo clínico de otra manera: como instrumento de abordaje de obras de arte. Freud supone que la eficacia evocadora de ciertos temas está relacionada con su enraizamiento en tramas inconscientes que nos involucran tanto al autor como a sus lectores.
Yo recordaba vagamente que en “Emma Zunz” se trataba de una joven que se hace desvirgar para simular una violación que sirva como excusa a un asesinato para vengar la muerte del padre. Y, también, que elige a su partenaire sexual de modo que no le genere ningún sentimiento positivo. El hombre es sólo una herramienta. En este sentido, me parecía que podía servir de ejemplo a las ideas que Freud desarrolla en el ensayo “El tabú de la virginidad”, que forma parte de una trilogía publicada en 1911, cuyo título general es “Aportaciones a la Vida Erótica”.
Sin embargo, cuando me aboqué a una relectura meticulosa del cuento, lo que descubrí fue mucho más que eso y una verdadera sorpresa.
El tabú de la virginidad
En este artículo, Freud comienza por destacar que el valor que se le da a la virginidad de la novia en nuestra cultura dista de ser algo universal. Por el contrario, en la mayoría de los pueblos estudiados por historiadores y antropólogos, es casi una regla que no sea el marido el responsable de la desfloración. En algunos casos se realiza en forma quirúrgica, con un punzón o herramienta similar, y queda a cargo de una anciana o un hechicero; en otros se trata de un coito ritual previo a la noche de bodas. Evidentemente, concluye Freud, en torno de la virginidad se ha establecido un tabú basado en el miedo a la mujer. La mujer, luego de su primer acto sexual, se convierte en una amenaza para el varón. Esto está inscripto en el inconsciente de todos los pueblos primitivos. Por alguna razón se preserva al marido de un acto que podría volver a la joven esposa en contra de él, conspirando contra la felicidad conyugal futura. Freud descarta que se trate simplemente del dolor o el sangrado del primer coito. Algo más, más potente, debe haber para establecer un tabú prácticamente universal.
Concluye Freud que, además del dolor y el sangrado, está la herida narcisística (el duelo) por la destrucción de un órgano. La pérdida del himen retrotrae a la mujer al momento doloroso del descubrimiento de la diferencia sexual anatómica. Para Freud, la niña supera su envidia al pene sustituyendo su deseo de tener un miembro viril por el de tener un hijo. Así se resuelve el Edipo. La mujer deseará ser madre en vez de tener un pene. Sin embargo, la desfloración reactiva la trama de la envidia al pene y el complejo de castración. Freud cree comprobarlo en sueños de pacientes, como el de una recién casada que expresaba el deseo de castrar a su marido y conservar ella su pene luego de la noche de bodas. También Judith, la heroína del Antiguo Testamento, es un símbolo de la mujer que castra al hombre para vengar su virgo perdido. La decapitación es un sustituto simbólico de la castración. Si bien Freud no lo menciona, debía conocer el impactante óleo de Artemisia Gentileschi (joven pintora desflorada en una violación) “Judith decapitando a Holofernes” de la Galería Degli Uffizi de Florencia.
La virgen en su laberinto
“Emma Zunz” se inicia cuando la protagonista recibe la noticia de la muerte autoinflingida de su padre. Nada se dice de la madre de Emma, ni este momento ni más adelante. Las otras mujeres que aparecen en el cuento son algunas amigas y la (fallecida) mujer de Loewenthal. De las amigas sabemos que, como todos, permanecen excluidas del secreto. Hay un secreto entre Emma y el padre que tiene un lugar estructurante en la trama y en el movimiento psíquico de Emma. Su padre debió huir, acusado de un desfalco, pero le confió a su hija que el verdadero culpable es un antiguo gerente de la empresa donde él era cajero, Loewenthal, y sólo ella lo sabe. Ni siquiera Loewenthal sabe que sabe, y eso le da una sensación de poder.
“… quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente”. (1)
Vayamos tomando nota: hay un secreto que sella la relación privilegiada de Emma con el padre, que excluye a los demás y cuya veracidad no se pone en duda. El narrador lleva al lector a suponer que esto “es así”, hay una certeza que nunca se cuestiona. Y esto es fundamental para que Emma pueda estar más allá de la Ley.
Al enterarse, Emma es tomada por un malestar físico, y luego siente culpa y temor. De estas emociones poco esperables es rescatada por el plan de venganza. Sólo una vez definido el mismo, Emma puede llorar la muerte del padre.
Poco más tarde, nos enteramos de que Emma no tiene novio. Es más, los hombres le provocan “un temor casi patológico”. (2)
O sea que, frente a la pérdida, Emma se aferra a la certeza no corroborada de la versión del padre. Su respuesta es muy arcaica (malestar físico, culpa, temor, ira) y genera un plan de acción que le evita caer en el duelo. A eso sigue un período que podríamos calificar de confusional: Emma no sabe con claridad lo que hace.
“Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y los agrava, tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde?” (3)
Emma sale a buscar un marinero que la desflore. Entre dos, descarta a uno joven que le podría haber inspirado cierta ternura, y escoge a uno más desagradable.
A continuación, Borges introduce algunos elementos perturbadores: en el hotel de citas al que la lleva el marinero hay un losange igual al de la casa de la infancia de Emma en Lanús. Emma, especula el narrador, debió dudar de su propósito cuando se dio cuenta de que su padre le había hecho a su madre “la cosa horrible que ahora a ella le hacían”. (4) Nótese el impersonal y que ésta es la única referencia a la madre en todo el cuento. Finalmente, recalca Borges que el marinero es sólo “una herramienta” para su acto de justicia.
En la sección del cuento donde Emma lleva a cabo su venganza y mata a Loewenthal, el narrador insiste en que las cosas no suceden como ella se las había imaginado. No siente tanto el deseo de vengar al padre como el de castigar el ultraje padecido por ello. El final del cuento es magistralmente ambiguo: “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero era también el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”. (5)
Vengar un ultraje
Cuando pensé en escribir estas líneas, recordaba que Emma había escogido al marinero más viejo y desagradable, evitando al joven que le podría haber despertado alguna ternura. También que el texto se refería a que el hombre en sí mismo no era importante porque era sólo “una herramienta”. Y, en ese sentido, se parecía al punzón de la desfloración ritual de la que habla Freud. Emma utilizaría la hostilidad desencadenada por la desfloración como motor para consumar su venganza. El coito aparece como mecánico, sin ternura y con “la pureza del horror”. Y entonces, al releer el cuento, me vi frente a una contradicción: la fuerza traumática del ultraje parece provenir de otro lado. ¿Por qué en el infame hotel de citas adonde la lleva el marinero hay unos losanges idénticos a los de la casa de la infancia de Emma? ¿Por qué la referencia a que eso horrible (el coito) el padre se lo debió haber hecho a la madre es la única mención a la misma en todo el cuento?
Por otro lado, Borges usa un impersonal: la cosa horrible que ahora a ella le hacían. Esto se suma a las múltiples alusiones a lo que podemos denominar un estado confusional. No sabía bien lo que ella hacía como tampoco sabía quién se lo estaba haciendo a ella. Ni cuándo.
“Los hechos graves están fuera del tiempo…”. (6)
La respuesta arcaica, con elementos de malestar físico y culpa, antes de poder experimentar dolor por la muerte del padre es otro elemento a tener en cuenta.
Cuando, finalmente, Emma está frente a Loewenthal, no se siente ansiosa de vengar a su padre sino de vengar el ultraje que había padecido.
Y entonces llegamos a ese final maravillosamente ambiguo, donde el autor concluye que, aunque falsos algunos nombres y circunstancias, eran verdad el pudor, el odio y el ultraje.
Si uno lee cuidadosamente el cuento no hay ninguna confirmación de que la versión de la inocencia del padre sea cierta. Por lo tanto, tampoco lo es la culpabilidad de Loewenthal. Uno puede pensar que Emma se descompone cuando se entera de la muerte del padre por la emoción. Pero ¿por qué la vergüenza?
Creo que el autor va sembrando pistas para sugerir que el secreto entre Emma y el padre, ese pacto que nos da a conocer entre ellos, es la punta del iceberg. Hay otros secretos. Y no hay una madre que medie. Debió haber una a la que el padre le haya hecho por lo menos una vez esa cosa horrible. Más no se sabe de ella.
Emma tiene un temor patológico de los varones. Algo le habrá pasado en su infancia. Quizá en Lanús, en la casa que tenía los losanges casualmente idénticos a los del hotel de citas donde la lleva el marinero. Y donde sucede algo que está fuera del tiempo. ¿Porque ya había pasado?
Creo que el cuento describe la descompensación de una mujer abusada sexualmente por su padre en la infancia. El trauma del abuso se reactiva por la noticia de la muerte y, con la excusa de vengar al padre, en realidad busca un chivo expiatorio para vengarse del padre.
Un último comentario: la primera vez que leí el cuento di por sentado que Emma era virgen y que por eso se introducía el detalle de la revisación médica para la pileta. La verdad es que también esto es ambiguo, otra pista falsa. Una revisación de pileta no explora en detalle los genitales ni deja constancia de si hay o no himen intacto. Por otra parte, un abuso no siempre implica penetración. De todos modos, la sensación que me deja el cuento es que la situación con el marinero es, efectivamente, una puesta en escena que recrea un coito previo con el padre.
1) Borges, J.L. “Emma Zunz”, Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, 1974, p. 564.
2) Op. cit., p. 565.
3) Ibíd.
4) Op. cit., p. 566.
5) Op. cit., p. 568.
6) Op. cit., p. 566.
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